Sunday, August 9, 2015

La CocaCola del periodismo de inmundicia

Al parecer las recientemente restablecidas relaciones Cuba – Estados Unidos no solo nos ha traído los románticos paseos exploratorios de los hombres de negocios norteamericanos a Cuba, las múltiples ofertas de viajes de cadenas televisivas, payasos mediáticos de shows nocturnos y científicos desmelenados del «Discovery Channel» en la búsqueda de la virginidad de nuestros corales y tiburones, sino también el florecimiento de un periodismo de inmundicia, con cierto tufillo progre que no se cansa de explotar, ahora en re-contra, la «desgracia» de la reconversión americana de Cuba.
Me resisto a creer que existan estos personajes, pero desgraciadamente la realidad me abochorna y me abofetea con los descubrimientos.
Y así nos cuentan la fábula de esta poshistoria de restablecimiento con una CocaCola de desfallecimiento ideológico:
“Los 11 millones de consumidores que gana el mercado estadounidense seguro que beneficiarán también por poco que sea a su resentida economía. Los chavales aficionados al béisbol calzarán unas Nike, mientras que sus padres harán la compra en Walmart y se tomarán un pésimo café en Starbucks. En el otro lado de la balanza, Cuba, con sus fronteras abiertas al país vecino, será el principal atractivo turístico del Caribe, compitiendo en igualdad de condiciones con Cancún y la costa caribeña de México. El ron y los puros multiplicarán su producción, pero las constructoras yankies aprovecharán también este aperturismo para levantar lujosos resorts y altas torres de hoteles y apartamentos.Motorola, Verizon y AT&T colapsarán la isla con cables, wifis y teléfonos móviles de última generación. Apple y Microsoft harán lo propio con ordenadores y demás aparatos tecnológicos para competir con Cubacel, la empresa cubana de telecomunicaciones. El consumismo irrumpirá en la isla y Ford y General Motors sustituirán con sus modernos vehículos a los clásicos carros que todavía hoy discurren por las calles de La Habana. La autogestión se acabará y todos los cubanos se endeudarán gracias a los créditos de Citibank para comprar las viviendas que habrán levantado Turner, Bechtel o incluso ACS.”
La respuesta inevitable de la lectura de este post de un tal «David Val Palao», curioso apellido por cierto, nos lo desliza en su final:
“Por eso, creo que el discurso de Obama no puede entenderse como una derrota de EEUU frente al régimen cubano. Más bien, pienso que es la enésima victoria del capitalismo que, con esta decisión, gana once millones de consumidores y un país virgen donde levantar todo su emporio destructivo. ¿O podrán los Castro evitarlo y minimizar ese impacto salvaje sobre la isla?”
La clave principal para comprender la visión primermundista progre es un adjetivo: destructivo.
Es el capitalismo el que es «destructivo», y no los 56 años de una dictadura que ha dejado todo el país hambriento, más de 2 millones de cubanos náufragos en el mundo y un turismo de calzones, para entes de izquierdas, que desesperadamente luchan porque no naufrague «su sueño revolucionario» caribeño.
Es el capitalismo, quien destruirá con cafés desabridos de Starbucks a Cuba, y no La Habana en ruinas del castrismo.
Es el capitalismo destructor de Walmart, Apple y Microsoft, y no el «constructor» socialismo de centrales vendidos, tiendas y hospitales de doble moneda y derrumbes a domicilio.
Es el destructor capitalismo de Ford y General Motors, y no la inexistencia de una red ferroviaria, vial y motorizada en una ciudad que no sale del colapso de su transporte público y que acude, mal que bien, a los rastrojos de aquel capitalismo perdido de Ford y General Motors, convertido en esos «almendrones» que simbolizan el país acacharrado que defiende la ideología progre.
Los cubanos se endeudarán con el Citibank por «comprar las viviendas que habrán levantado Turner, Bechtel o incluso ACS». Nunca lo hicieron antes, el «mundo feliz» del socialismo castrista no construía, así los cubanos no se endeudaban.
¡Qué mundo feliz!
¿No les resulta conmovedor?
El señor Val Palao, con la típica arrogancia que caracteriza la izquierda española colonialista, vestida de «okupa», cierra el ojo izquierdo a lo que es La Habana de hoy, el paraíso de la destrucción castrista, y deja que el derecho se apodere de ese raciocinio que hace al capitalismo el eje del mal, el causante de todos los problemas mundiales de esta época nuestra.
Para ellos, fue la democracia quien destruyó Rusia, y no la mafia putinista, ni los líderes stalinistas. Es Ronald Reagan quien hundió al Kremlin y sus satélites europeos. Antes que Reagan nunca la Rusia soviética cometió crímenes, no existieron los campos de concentración en la Siberia, ni las represiones sangrientas a los soldados polacos. Fue Franco quien ordenó los fusilamientos que las propias guerrillas de izquierda en Barcelona ejecutaron contra sus propios «camaradas comunistas», por oponerse a la visión estalinista de sus correligionarios, donde hasta el propio Orwell casi ni escapa de la condena de las tropas de la «pasionaria», mientras el hijito sagrado de la Ibarruri vivía en el «mundo feliz» de la Rusia soviética, lejos de esos paredones de fusilamiento, las balas y la miseria de sus camaradas de lucha.
La izquierda útil, el periodismo menesteroso, la tinta venenosa, la mala leche.
Hay un detalle que, no obstante, se le escapa a esta inmundicia. Este es: ni WalMart, ni Nike, ni Starbucks, ni el Citibank, ni Ford, ni la General Motors, y mucho menos las grandes compañías de telecomunicaciones como Motorola, Verizon y AT&T colapsarán la isla con cables, wifis y teléfonos móviles, autos, cafés desabridos y artículos de primer uso que hoy no tienen los cubanos.
Nada de eso sucederá.
No porque no quieran esas compañías hacerlo, si no porque los que gobiernan ese país, que ya han construido un capitalismo de estado familiar, no se lo permitirán. Aquí no se admiten ni surrealismos, ni imaginaciones periodísticas, ni cuentos y fantasías de una profesión que parece estar prostituida en España. Los dueños de Cuba han anunciado que no admitirán la competencia con sus empresas y monopolios de telecomunicación, como la Cubacel de la macondiana reedición de Val Palao.
Los que como este «gallego» hacen estas enfebrecidas afirmaciones surrealistas no solo yerran en su línea de pensamiento, con impúdica ignorancia, sino que fantasean con un entorno que no existirá, precisamente, por la condición indispensable que necesita el castrismo para sobrevivir: la subsistencia del mismo modelo de esta poshistoria, la exclusión de toda competencia, la inevitable mano de hierro estatista. De esa sobrevida depende la suya propia, es así de simple.
Y no crean que este señor muestra alguna originalidad en lo que dice, lo contrario es lo correcto. Busque en Google y se tropezará con algunos cuantos sitios que gritan la imperiosa necesidad de acudir a Cuba a disfrutar el turismo cubano antes que llegue «la desgracia» del turismo norteamericano, de los mismos turistas por los que gritan desesperadamente los Castros, precisamente para seguir en  la construcción socialista de la destrucción de Cuba.
No obstante, para un  señor que dice ser periodista y trabajar con la información y los medios, debe ser motivo de un incuestionable bochorno desconocer que el turismo en España, para hablar de su país de origen, es la primera industria, y la primera que registró el golpe de la crisis económica de los pasados años, y la ausencia de ese mismo turismo norteamericano «destructivo», y su invasión de «yankies», el primer signo del colapso de la «alpargata española». Entonces gritaron bastante por la ausencia de los «destructivos americanos».
No obstante, su actitud fuera comprensible si me escribiera desde Cataluña, la provincia mas industrial de España, y la mas rica, pero al provenir de Madrid y hablarnos con este lenguaje de rancia izquierda no me hace otra gracia que la muy conocida actitud del canilludo avestruz al llamarle zancudo al flamenco.
Esta «progresía» peninsular nos condena a vestir de indígenas y limitar nuestro destino como  nación a ser colonizados o por los «yankies destructivos» o por los «constructivos» colonialistas gallegos de izquierda.
Y lo peor de su estulticia, se olvidan que fueron los españolitos pro diálogo y comercio los que establecieron las «reglas del juego» del mercadeo con Cuba, convirtiendo al nacional cubano en el indito explotado, narigonado con un salario de miseria, unas condiciones de semi esclavitud laboral, condescendiente a la amanerada ideología progre y a una subcontratación laboral que los condena a ser simples alfeñiques de la partida sucia de estos «okupas» de la prensa peninsular.
Este presupuesto ideológico de la «destrucción americana» y la «constructividad europea y canadiense» es la que ha sostenido la dictadura cubana en los últimos 25 años. Por supuesto, la destrucción de la que hablan es la de su paraíso turístico, inmune a la competencia americana, conociendo de primera mano de que el cubano, a pesar de más de 56 años de embate antiamericano, es profundamente pro yanqui. Hasta el señor Eusebio Leal ha tenido que sucumbir a admitirlo con algunos eufemismos imprescindibles para su lenguaje.
Val Palao sencillamente teme perder el terreno en Cuba, y así su ideología okupa.
Pero calma, señor Palao, calma. Las invasiones comerciales «yankies» a La Habana no existirán mientras estén los jerarcas destructivos del actual gobierno de ese país. Ya se lo contestó el mismo Malmierca en estos días por la península, ¿o es que no ha leído a su propia prensa?
Periodismo de profundo y rancio espíritu progre, inmundicias colaterales de un movimiento que evidentemente irrumpió en la vida española con esperpentos como Willy Toledo y otras inmundicias peninsulares, cornucopia del «ocupa Wall Street».
Pura basura.

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