Saturday, July 11, 2015

No quieren muerto al Rey

El director teatral Juan Carlos Cremata es la última víctima – debiéramos decir penúltima –  de la censura estalinista del Consejo de las Artes Escénicas de Cuba, su obra «El Rey se muere» acaba de ser suspendida de la sala «Tito Junco» luego de su segunda función, otras a veces han corrido peor suerte. Puesto que se nos anuncia que «con el deshielo» se han incrementado las muestras de interés por parte de artistas extranjeros, y cubanos residentes en otras partes, todas partes, el Instituto Cubano de la Música, en voz de su «presidente», ha declarado la necesidad de fijar «un criterio» de selección para su aceptación «a bailar y gozar en Cuba»– llámese censura, que es la palabra honrada a utilizar, aunque esto no puede aparecer en «Granma», como se comprende – que, según el plumífero «presidente Orlando Vistel», los artistas «premiados» con la aceptación a entrar al país lo serían a tenor con un criterio donde se impusiera «la calidad y el nivel artístico, por encima de la fama».
Entiéndase, el nivel de morderse la lengua y no decir mas allá de lo que se espera que se diga.
¡Nada ha cambiado!
Al parecer lo ocurrido con Cremata es la vuelta de tuerca en el teatro. Hay que apretar clavijas antes que se suelten demasiado, aun a pesar de los «deshielos». Como quiera que Cremata no será el último – penúltimo – de los que le aprieten las clavijas, reproduzco su carta de respuesta al sargento escribidor que ha sido designado para cerrar las puertas públicas a «El Rey se muere».
Me imagino no quieren que se aluda a «ningún rey», y menos a su muerte.
¡Bravo por Cremata!
Esta es su carta:

CONDENADNOS, no importa: el ARTE nos ABSORBERÁ
por Juan Carlos Cremata
Ante todo: pido perdón esta vez por hablar en primera persona.
El Rey se Muere
No suelo responder, al menos públicamente, a crítico o espectador alguno, sobre detalles en la “maquinaria” intrínseca de cada una de nuestras creaciones. Siempre he pensado al igual que García Márquez, que lo que he tratado de decir, se encuentra en lo realizado. Y en su lugar me enriquece, mucho más, oír las diversas interpretaciones que se desatan, de lo que a veces hacemos con pura intuición artística u oficio, avalado, por supuesto, en un caudal de propuestas colectivas que van surgiendo a la par de la creación misma. Defiendo ante todo, una pluralidad de lecturas en lo que persigo o sueño y por lo que de alguna manera me obsesiona y alienta como artista, pensador y ser humano.
Soy muy aficionado además a la idea de Pablo Picasso de que más que buscar, se encuentra en el camino del arte. Por eso me apasiona, pero que mucho más, el acto mismo de la génesis estética más allá de la obra terminada. Trato siempre, también, de hasta abusar del plural de modestia, contraponiéndolo a un prolongado, cada vez más frecuente y excesivo “yo” que es ya habitual, por abundante, en los discursos que desde hace mucho inundan cualquier rama del pensamiento en nuestro país, sobre todo la crítica. Y especial, la política.
Pero me veo obligado a contestar unas notas “apresuradas” (léase también inducidas, mandadas y/o dictaminadas lo que explica de alguna manera su “precipitación”) acerca del estreno, el pasado 4 de julio, de la obra EL REY SE MUERE de Eugene Ionesco, por nuestro colectivo El Ingenio.
Estimado Andy Arencibia Concepción / con copia a todo aquel que se sienta aludido/:
Aplaudo su seriedad en investigar mi obra y admiro el respeto que me profesa, a pesar de que, evidentemente, lucha usted, como el resto de sus conductores, en favor de mantener incólume su condición laboral, o lo que es decir “cuidar su puesto de trabajo”. Le entiendo.
Si mal no recuerdo estaba usted, asimismo en la reunión donde se me citó frente a la “plana mayor” del Consejo Nacional de las Artes Escénicas para comunicarme la suspensión de la temporada. Y ahora no me quedan dudas de que muchas de las opiniones vertidas en su escrito, responden a las señaladas de manera personal, aunque con epítetos más duros tales como “traición” o “panfleto político” por la propia Gisela González, que funge como Presidenta de las Artes Teatrales en Cuba.
No sé qué vino antes. Si las de ella o las suyas.
Pero de cualquier manera, su hondo y acelerado estudio viene a explicar un poco más la absurda e inentendible nota inicial, aparecida de repente en CUBARTE, sobre los cambios en la programación en la sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht. Que no hacía más que ocultar una burda censura.
En cambio es usted más inteligente y sano. Su análisis es respetable, aunque condicionado.
Y le estoy, créame, sumamente agradecido al intentar dilucidar un poco en toda la nebulosa indescifrable de lo que intentamos realizar. Así como me gratifican sus elogios, sus loas o sus superlativos a los que espero con humildad corresponder.
No obstante, es del mismo modo un poco injusto e inexacto, aunque está usted en todo su derecho como crítico – que no como investigador – al opinar de manera tan cerrada y tajante sobre un fenómeno artístico, teniendo en cuenta, sólo, su función de estreno.
En Arte, como en toda otra manifestación subjetiva, o incluso hasta en la medicina que está avalada por la ciencia, lo que puede ser bueno para usted(es) no tiene por qué necesariamente serlo para otros
O para nosotros, los demás.
Si hubiera(n) usted(es) asistido a la función del domingo se hubiese(n) encontrado otro momento, aunque en esencia el mismo, que no fue el de ese sábado de estreno. Suelo avisarle a mis amigos que es mejor asistir a las últimas veladas, donde los actores y técnicos ya han probado, y más que saboreado, una experiencia que se va enriqueciendo y cuajando en cada entrega.
Máxime cuando el trabajo que realiza nuestro colectivo depende mucho de esa interacción con el público a la que refiere su comentario. Y en el que además del “choteo” al que muy atinadamente usted(es) alude(n), hay la intención declarada y manifiesta en el rescate de una forma muy cubana de teatralización, cuasi-perdida o extraviada-censurada-a-la-fuerza-por-más-de-50-años, pero que caracterizó a todo el teatro vernáculo cubano con la práctica periódica de la sátira política como comentario de lo que acontece en nuestro país.
Lenguaje procaz, desmedido, irreverente (que no es lo mismo que irrespetuoso) iconoclasta, contestatario y alguna veces hasta vulgar o soez, que como usted no sé si bien señala, inunda nuestros campos y ciudades. Y que parece ser el idioma generado en el “hombre nuevo” que se forja en esta imprecisa sociedad que nos imponen.
El teatro es un hecho vivo, como bien se sabe.
Es catarsis, conmoción, temblor y disturbio, sobre todo en su relación con el espectador. Ya sea ésta a favor o en contra. Peor es ir a una función y regresar igual que si no se hubiese ido. ¿Es eso lo que busca? ¿La loa galante y constante? ¿El musical bonito, ingenuo e inofensivo? ¿La crítica a lo que se autorice señalar? ¿La reinterpretación de nuestra historia, sin cuestionar el presente y mucho menos el futuro? ¿La independencia restringida? ¿La libertad por la libreta?
¿Por qué cupón se me libera? ¿Cuánto me tocará este mes de emancipación?
¡Sacaron albedrío! ¡Corre, que está al acabarse!
Podríamos apuntar que parte de eso llevó hace unos años al mismo Consejo de las Artes Escénicas – amparados en un supuesto “respeto al cambio en la programación”, a suprimir el éxito inmenso que estaba teniendo nuestra puesta en escena de La hijastra de Rogelio Orizondo (sin siquiera haberla visto muchos de ellos y) atendiendo a comentarios desproporcionados, frustrantes y maliciosos, que se acallaron, inmediatamente, cuando unos meses después, el propio Raúl Castro señalara lo mismo acerca de las indisciplinas sociales en las que se anegaba Cuba entera.
Raúl podía decirlo en su discurso, pero el teatro no.
Nosotros no estábamos autorizados para exponerlo.
A Raúl se le aplaudía, por supuesto. ¿Quién se atreve a contradecirle?
A nosotros se nos condenó al exilio de la misma sala a la que regresamos, luego de cuatro años, para volver a experimentar, hoy con la decisión tomada al acabar con nuestra propuesta, otra vez con el mismo castigo, con la exacta sanción, con la idéntica penitencia.
La Hijastra logró 14 presentaciones antes de ser censurada.
E incluso, aún peor.
De LA HIJASTRA logramos dar 14 funciones.
De EL REY SE MUERE sólo pudimos ofrecer dos.
Es el tercer intento. Y a la tercera va la vencida.
Anteriormente se había desatado también un oneroso escándalo con la presentación de EL FRIGIDAIRE (Le Frigo) de Copi.
Pero esta vez fueron definitivos.
La afrenta al poder ya es insalvable.
Y la barrera se situó definitivamente como diciendo: Ni una más, hasta aquí. ¡No pasarán!
Han llegado demasiado lejos.
¡Abajo el bochorno! ¡Arriba la mancha!
Al mismo tiempo, quiero sumarle a los ejemplos de colectivos teatrales, que señala(n) usted(es) como dignos y paradigmáticos (y en los que debieron sin dudas agregar también, la encomiable excelencia de Argos Teatro, Teatro de las Estaciones, Teatro de la Luna o Teatro Tuyo, entre otros muy pocos ejemplos) a los que se podría contraponer la labor de más de una decena de colectivos, donde sí que no aflora por lado alguno metáfora o poética artística. Donde la propuesta va hacia esa pobreza irradiante de la que se vanagloriaba no hace mucho uno de nuestros más mediáticos dirigentes.
¿Qué decir de la profusión vomitiva de eventos sin sentido que hasta ambicionan, únicamente, la venta de nuestro arte al exterior?
¿O de los cientos de verdaderos panfletos políticos que tenemos que dispararnos a diario desde hace muchos años en vivo y por la televisión?
¿O de los miles de actos públicos donde se derrocha el gasto a granel y se fomenta el mal gusto, la inoperancia, la falsedad y la sinrazón?
Hace poco un admirado y reconocido escritor cubano, también de tanto en tanto acosado, nos señalaba lo poco educados que hemos sido los cubanos de estos tiempos en el manejo, el hábito y el culto a la tolerancia.
Lo más importante – y bien sé que estará usted de acuerdo conmigo, aunque lo sienta en sigilo y no pueda expresarlo a sus anchas – es que el Consejo Nacional de las Artes Escénicas tiene todo el derecho de hacer saber su desavenencia, desacuerdo y decisión en contra para con una puesta en escena en específico de las de su circunscripción.
Pero lo que no excluye el calificativo de medida inmoral, medieval e incomprensible, pues jamás tendrá explicación, – amén de demostrar, por el contrario, la invalidez de la posición asumida “en nombre de la defensa de las libertades alcanzadas por el movimiento teatral” (¿?) – o por más vueltas o “tecnicismos” escondidos tras palabrejas rebuscadas; es el uso abusivo de un poder absolutista que se ostenta, sustenta y expone en el ejercicio cruel de una censura infame.
Te callo a ti para hacerme oír yo.
Y sólo yo.
Yo. Yo. Y yo.
Y no ha de oírse más nada.
Ni más nadie.
Típico comportamiento en todo reinado, régimen dictatorial o simplemente “caciquismo”.
Nepotismo ilustrado. Arbitrariedad manifiesta y descarada.
¿Dónde queda la posibilidad de qué los demás opinen?
¿Por qué, y quién, se arroba el derecho a decidir lo que otros deben pensar, proponer o sentir?
¿Qué derecho tiene alguien a dictaminar sobre el pensamiento de todos?
Corren otros tiempos, estimado colega.
Una pandemia de libertad inunda nuestros sentidos.
Si alguien está en desacuerdo con lo que hacemos, eso nunca será peor salida, que la condena y la penalidad al mutismo, que la penitencia al ostracismo, que la expiación al desconocimiento y que la eliminación, de un solo tajo, de nuestras libertades de expresión artística, de nuestro derecho a equivocarnos, de nuestra voluntad y vocación perenne a polemizar; y hasta disentir, que no quiere decir, aunque también pueda serlo, estar en contra.
Nuestra intención con esa puesta en escena era hablar de la resistencia al cambio. Obstinación mordaz que hoy se hace manifiesta de nuevo y la decisión errática del mismo Consejo.
Y no es verdad absoluta e incondicional que intentáramos hacer referencia a monarca, líder o dirigente alguno. Es más, intentamos conscientemente de evitarla, aunque sabíamos de sobra que la lectura enfermiza de estos tiempos iría, por obligado, en esa dirección.
El actor que hacía del rey Berenjena Primero, estudió los gestos del gran cómico francés Louis de Funes, en lugar de ponerse a hurgar en personajes más cercanos a nuestra cotidianidad.
Usted(es) podrán decir y alegar lo que quieran. Además pueden hacerlo pues tienen todos los medios para controlarlo y difundirlo. Leyeron la obra y asumieron el riesgo. Descuidaron la entrega.
Pero lo que no es sensato, ni juicioso y está a contrapelo con el siglo en que vivimos, es el conjuro inútil de hacer callar a los demás.
Es decretar o dictaminar el pertinaz y empecinado silencio.
Ya no hay derecho.
Eso únicamente se impone por la fuerza.
Y cuando hay fuerza palidece la razón.
Es el desamparo enfrentándose al terror.
La amargura impotente de la ofensa.
La orfandad del ensueño.
La verdad burlada.
Insistir en el error para anegarse en él.
En nombre de un “nacional socialismo” se nos coarta, reprime, sanciona, amordaza, atropella y oculta. Eso es fascismo omnímodo. Puro. Absoluto e integral. Del mismo que quemaba libros y estigmatizaba razas, sexos, colores y hasta pensamientos o maneras de ser. Y es también apartheid.
A la manera de decir de Fassbinder “el miedo les devora el alma”
Tampoco es exacta su observación acerca de mi obra cinematográfica más reciente, al utilizar precisamente el ejemplo de «Crematorio 1: En fin el… MAL» que es un proyecto por demás fustigado, disimuladamente velado, o al menos no divulgado oficialmente y que ha podido ser apreciado sólo por intermedio de esa legalizada e incoherente piratería que alimenta sin sentido nuestro Estado.
Es decir que tampoco en el cine parecen ser muy bien vistos mis pasos “políticamente incorrectos” por la nomenclatura y la burocracia oportunista, sin brillo y mediocre que sustenta la autoridad por estos días.
Tengo clarísimo y he aprendido desde que nací que ser revolucionario NO es ser obediente, ni acatar al pie de la letra todo lo que venga de “arriba”. Eso es ser oveja. Es decir: eso es ser “ovejiente”.
De más arriba vienen las cosas de Dios y ustedes ni caso les hacen.
Él los perdone.
Nuestra razón de ser es crear. Y seguiremos haciéndolo. Aunque intenten cortarnos las alas. No podrán nunca doblegar el pensamiento.
La obligación de usted(es) se ha fundado en mutilar, suspender, acallar, frenar, paralizar, estancar, limitar, impedir, retrasar, privar, detener y hasta hacer morir.
Nuestra nación es la cultura y nuestra nacionalidad también.
¡Viva el arte!
Lo demás es politiquería barata, hueca.
Y basta de hipocresías que ni usted(es) mismo(s) la siente(n).

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