Monday, July 20, 2015

Los que debieron estar

Desde hoy las embajadas están abiertas, en La Habana y en Washington. Ya Kerry y Rodríguez se dieron las manos. Ya flasharon las luces de los reporteros. Ya las palabras recordaron lo mismo, de las dos partes. En el festín, se presentaron los mismos, de las dos partes. Unos gritaron «Viva Cuba» otros «Viva Fidel», como si fueran lo mismo, pero no lo es. Y entonces miro el resultado, las fotos, los reportes de prensa, las palabras, lo que se dijo y lo que se sugirió, también lo que faltó por decir, pero lo más importante, los que faltaron y debieron estar.
De los dos lados de la cerca faltaron, de manera injustificada, faltaron.
Del lado de adentro, faltó Antonio Castro Soto del Valle, un miembro imprescindible del clan familiar que explota Cuba. Faltó la señora Mariela Castro Espín y faltó Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, yerno de Raúl Castro, el flamante empresario de GAESA. Debieron estar presentes. Debieron ir allí, a aplaudir a Bruno Rodríguez, sus palabras, su reclamo de que levante los Estados Unidos el embargo, de que le de las «gracias a Fidel», al Socialismo y a una revolución que dicen fue cubana. Debieron ir, sí, porque gracias a este regalo de la administración norteamericana podrán seguir disfrutando del poder, de los regalos del poder, de las vacaciones por el mediterráneo que les ha dado el poder, de las bolsas de regalos en los viajes de la señora Castro Espín cuando representa a homosexuales ordenados por «la patria y el socialismo» y el poder, de las declaraciones en Amsterdam y sus reunioncitas glamorosas con las prostitutas holandesas, de sus viajes a Nueva York y a Toronto invitados por académicos y malabaristas sindicales canadienses. Por todo eso debieron ir a aplaudir, después de todo, gracias a la santificación norteamericana los grandes cruceros zarparán de Nueva York, Miami y otros puntos de la geografía norteamericana para anclar en Cuba e ingresarle dinero a las cuentas de GAESA, que es decir al bolsillo del clan en manos de López-Callejas.
Pero no fueron. Dejaron que el mismo grupo de títeres fuera a aplaudir en su ronda. Ya están acostumbrados a que aplaudan y pongan sus máscaras por ellos. Es herencia familiar. Otros hacen el turismo político, ellos hacen el verdadero, el de placer. Para eso existen.
Del lado de afuera, bueno, faltaron muchos.
Son 1.8 millones de cubanos los que viven en los Estados Unidos, según el censo del 2010. Son el tercer grupo hispano, después de los mexicanos y los puertorriqueños, y con respecto a los 11.24 millones de habitantes de Cuba, los exiliados, emigrados o cualquier cuchufleta que se quieran llamar – ni en eso se ponen de acuerdo –, constituyen el 15% respecto a los nacionales en la isla.
Y siguen llegando, desesperadamente, cada vez más.
De todos ellos, beneficiados por la «Ley de Ajuste Cubano» y por programas de asistencia y ayuda del gobierno que abrió su embajada en La Habana, solo se presentaron un grupito, los mismos. Este curioso paralelismo entre los de adentro y los de afuera nos tiene que decir mucho a los cubanos. Tiene que llamarnos a reflexión, a pensar algo mas para comprender qué ocurre, o qué ha ocurrido en Cuba para que estos casi dos millones les importe un pepino la suerte de su país.
Los 1.8 millones debieron estar allí, o al menos un grupo nutrido, porque ellos han sido beneficiados por el país que hoy abrió su embajada en La Habana. Son emigrantes privilegiados, por encima de los mexicanos y los puertorriqueños, a pesar que son menos que ellos y muchos le ayuden a llegar, entrar y triunfar.
Debieron estar allí para expresar su apoyo, o al menos para decir algo, para agradecer a América, o para ser desagradecidos como el señor Cancio y otros, que se prestan de piratas en la fiesta familiar del clan Castro. En cambio, solo un pobre hombre fue allí, del otro lado de la cerca, se embarró de pintura roja para protestar por la sangre de los que en algún momento han muerto, han sufrido agresiones y violencia, prisión y actos de repudio por parte de los señores que inauguraron su embajada en Washington.
¡Un cubano, de 1.8 millones!

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