Thursday, July 23, 2015

Güelcom a los yuma

Richard Choinsgy pudiera estar recordando en estos momentos los días de la borrachera en La Habana. Tal vez llamaría por teléfono a George Wargner, y quién sabe si intentarían todos ir a reunirse en algún bar, o algún otro apacible lugar, ya no tan frecuentado de licores y prostitutas, cerca de donde hoy deben estar terminando sus vidas. Ya son viejos, ya están de servicio activo en el ejército y deben estar peinando canas y jugando con nietos. En La Habana de 1949, sin embargo, no fueron bienvenidos porque, después de mucho alcohol y una noche de putas, se les ocurrió la «brillante» idea, alcoholizada por supuesto, se subirse a la cabeza de la estatua de Martí en el Parque Central.
Fue Choinsgy quien logró treparse y colocarse entrepiernas y sobre los hombros de mármol, de manera blasfema, el rostro de mármol del apóstol. De forma que en aquel entonces el Martí de piedra le daba «la chupada» al beodo marine norteamericano. La foto quedó como un símbolo vil del significado que, populistas y otros, han visto en la marina y el ejército de Estados Unidos en muchas partes.
Hoy la historia tuerce un poco la punta de su lápiz y tenemos a un cubano que levanta un cartel, muy alegre, dándole la bienvenida a los marines norteamericanos enfrente de la flamante recién estrenada embajada. Para un país que se ha pasado 56 años declarando «su odio al imperialismo», que cosechó fotos como esa y aplaudió discursos feroces en su contra, resulta de una muy peculiar ironía el cambio de circunstancias, de protagonistas y hasta de significado.
Hoy son los cubanos los que le dan «la chupada» a los americanos, al punto que el Departamento de Estado ha tenido que irse de «corre-corre» a anunciar que los predios de su embajada en La Habana «no es territorio de Estados Unidos».
¿Saben por qué?
Pues para que no se le envasen los miles, cientos de miles de cubanos que, con ese pícaro deseo de «chuparle el rabo a la jutía» de la Ley de Ajuste Cubano, se pudieran apresurar a invadir su flamante embajada en Cuba.
Nada, que no hay mejor que ver transcurrir un día detrás del otro.

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