Saturday, July 11, 2015

Fragilidad

No quisiera ser injusto con Cremata, no quisiera ser injusto ni con aquel que por impulsar el proyecto «La Colmenita», válido por su faceta humana de cercanía a los niños - sin necesariamente ser una manipuladora utilización de la infancia en pro de una envejecida dictadura -, creó una obra y una expresión artística que en un momento de nuestra historia trató de articular una cara humana al proyecto de un totalitarismo insular criollo. Pero las injusticias tienen otras apiladas que las sostienen y de las que es difícil desgajarse, despojarlas de su ropaje utilitario e, incluso, hostil a la naturaleza humana del crecimiento moral del hombre. Tal vez el hombre, por su humanidad, es la más injusta de las criaturas vivas.
Yo no he visto «El Rey se muere», pero vi otros. Viví en Cuba, conviví en medios intelectuales, comenté más de  una vez «el cuarto silbido» de «La vida es silbar», cuando en la calle la gran mayoría no entendía el final y el sentido de muchas escenas del filme, o la comidilla «culturosa» que levantó en miembros del MINCULT la aparición de «El vuelo del gato». El cubano es un chistoso por naturaleza y un burlador empedernido por herencia. Estaba en ARTEX entonces, y más de uno nos «pasábamos» el libro de guarras para descubrir lo que el autor no quería decir y le daba vueltas, mucho más que para «disfrutar» de la mediocridad de su escritura.
¿Cuántas puestas de teatro han sido deslizadas por la prensa, sin rumor, sin siquiera levantar un espasmo de crítica como para «hacerlas desaparecer»?
El silencio ha sido un arma eficaz de la censura en Cuba. El habanero acude al teatro, una porción exigua quiero decir, anhelando encontrar una tregua a la aridez de los demás medios. Es como el guiño que deja pasar, dejó pasar en muchas ocasiones, el régimen. En esto ha sido un ejemplo de pirotécnico político-erótico, esa suerte de esquivar, en un devaneo astuto, mover sensualmente un gesto para admitir, de vez en vez, un coqueteo con la crítica social, política, sin que llegue a mucho mas. Y, por supuesto, nunca alcanzar el resto del arte visual.
La pintura y el arte-calle fue otro. El «parque de G» floreció de piruetas críticas decididamente anti-régimen, desacralizando figuras emblemáticas como el «che». Pero fueron esas últimas desacralizaciones las que condenaron el espacio. Lo mismo sucede hoy.
Las obras anteriores de Cremata no «tropezaron» con el obstáculo insalvable, el rey.
Hay, sin embargo, una línea de la carta del artista cubano que trasciende por su incoherencia, dice:
“Una pandemia de libertad inunda nuestros sentidos.”
No sé si Cremata domina a cabalidad el idioma que utiliza en sus textos. Pandemia es una epidemia que se extiende «a todos los individuos de una localidad o región», e incluso países. Pudiera estar hablando de epidemia, estarse propagando hoy por el país, y especialmente por los salones de cultura, por los predios intelectuales, que es por donde primero aparecen. Pero, ¡no!, no es ninguna pandemia.
El teatro cubano ha tenido más de una experiencia de «epidemia liberalizadora», o suerte de ella. Del «teatro arena» del desnudo en el piso último del teatro Nacional, hasta una muy hilarante «Las Leandras» con coristas masculinos enseñando nalgas y meneando colitas desnudas. Han tenido mucho éxito, han llenado pequeñas salas, como todo lo homoerético que seduce al cubano y lo incita al chiste verde, demoledor.
Pero las libertades no han llegado nunca a ser «pandemias» en cuanto han intentado acercar el dedo «al rey». Y dejémonos de creernos ser el corrillo cultural del país. A los intelectuales se les crece la cabeza en cuanto lo señalan con el dedo, por la más mínima paja.
Yendo al nudo esencial de la censura estatal sobre «El Rey se muere», Cremata apunta:
“Y no es verdad absoluta e incondicional que intentáramos hacer referencia a monarca, líder o dirigente alguno. Es más, intentamos conscientemente de evitarla, aunque sabíamos de sobra que la lectura enfermiza de estos tiempos iría, por obligado, en esa dirección.”
Añade:
“El actor que hacía del rey Berenjena Primero, estudió los gestos del gran cómico francés Louis de Funes, en lugar de ponerse a hurgar en personajes más cercanos a nuestra cotidianidad.”
Bien, ahora esto sí es vergonzoso y triste. Si el actor que iba a representar al «rey Berenjena Primero» estudió los gestos de Louis de Funes, ¿cómo es posible su incuestionable parecido al «verdadero rey Berenjena Primero»? ¿No hubiera sido mas conveniente buscar uno lejos de ese incuestionable parecido para no levantar molestias?
Vean la foto que encabeza este post, y confirmarán lo que digo.
Segundo, ¿por qué entonces tiene que preocuparle a Cremata aclarar los manierismos histriónicos del intérprete si no es por el evidente estudio de la gestualidad del «verdadero rey» para su puesta en escena? ¿Está tratando de salvar al actor y a sí mismo?
De hecho es esa afirmación lo que más nos hace pensar que esa gestualidad y apariencia fue ex profeso buscada.
¡Que los censores y aprendices de brujas hagan suyas sus labores veniales! ¡Que se cuezan en su líquido hirviente y mascullen las posibles similitudes!
Pero no su autor.
En otros términos, es curiosa la utilización del vegetal, berenjena, en el nombre del personaje central. Un vegetal que se le ofrece a Oyá, en el santuario yoruba, afrocubano, un santo que simboliza el carácter violento e impetuoso y que representa «la falta de memoria», según lo que esas mismas leyendas yorubas nos cuentan.
Es curioso también porque en nuestro medio tecnocultural de hoy, en las redes e internet, la berenjena simboliza al falo, y ha sido tan usado en ese sentido que «Instagram» ha limitado el uso de ese símbolo en sus «emoticons». ¿Pudiera eso trasladarse como la forma en que «el verdadero rey» ha usado a su antojo, «a pinga’e palo», el país, su poder, su posición de líder?
Y una última muy sugerente. En el estudio de los sueños el desafortunado vegetal significa «sufrimiento a causa de alguna pasión secreta». Dígase: ser eterno, estar entero, trascender más allá de la posible muerte. Se dice que soñar con ella como alimento «quiere decir» que se tiene un temor a la pobreza, a sufrir pérdidas materiales, a la soledad, al rechazo de los demás, a la enfermedad y a la vejez. ¿?
Yo no escribí la obra, ni la produje, ni monté sus escenas y seleccioné su elenco, tampoco estudié gestualidades, pero Cremata sí. Por supuesto, él tiene todo el derecho a la defensa y a decir que nada de esto acontece, y todas sus preguntas y cuestionamientos son TOTALMENTE VALIDOS.
Son tan válidos como su desafortunada afirmación de la pandemia de libertades, que sigue sin aparecer en Cuba, ni de los sentidos, por cierto. El grave problema que enfrentan los intelectuales arrinconados en una trinchera de defensa, como está hoy Cremata, es que aun siendo fuertes, tremendamente fuertes en sus planteamientos, aun se siguen quedando a medias, se caen a mitad de camino, desfallecen con una debilidad en su trayecto al enfrentamiento vertical. No acaban de comprender que, aun diciendo que son «revolucionarios» o que no intentaron parodiar al «verdadero rey», aun tratando de ser condescendientes con cierta humanización de la crítica, seguirán siendo demolidos por la maquinaria encargada de arremeter contra los que se abalanzan contra la berenjena, ¡perdón!, el poder.
La parodia es válida, es arte. El arte tiene toda la razón de usar la burla, el chiste verde, negro, e incluso la desvergonzada vulgaridad del desprecio, con todas sus palabras, sus apariencias físicas y sus entuertos. El problema no está ni en lo que se escribe, si no en que por mucho tiempo a aquellos berenjenales se le exilió el teatro bufo cubano, que tenía mucho de político y realista. Solo dejaron «al negrito y la mulata con el gallego», y sin decir «jota» de lo que ocurre mas allá de los solares.
Me apiado, por supuesto, de Cremata, que puede estar sufriendo sus últimas jornadas como artista en un teatro en Cuba. Sus palabras en la carta ya lo han condenado, aunque lo haya absuelto su pensamiento. Pero hasta que no muera «el rey», y sus secuaces, no habrá pandemia de libertad en Cuba.
¡Dejémonos de engañarnos!

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