Thursday, July 30, 2015

El columpio

No sé por qué, pero no hay nada mejor para describir la actitud de un poeta que acudir a las palabras de algún otro poeta, aun cuando la poesía nos hable de alguna otra cosa, algún otro mundo imaginado mas allá, o mas acá del tiempo. Gerardo Diego fue un poeta español de la muy conocida «Generación del 27». Por alguna extraña concesión de los gustos y de su tiempo, o quizás porque su poesía los hizo trascender por circunstancias propias de la historia, mas allá de la poesía y los versos, Gerardo Diego es muchas veces olvidado ante otros nombres, poetas como Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Federico García Lorca y Dámaso Alonso.
Nombres grandes, sí, definitorios, algunos de ellos envueltos en circunstancias trágicas que hicieron escribir sus nombres en el crisol de los acontecimientos. Tal vez recordemos mas sus nombres gracias a eso. Pero Gerardo Diego no fue un poeta menor y la Academia Española recordó aquel olvido cuando le otorgó su «Premio Cervantes» en 1979. Alguien, una escritora herida de orgullo quizás, recordó muy tempranamente su olvido cuando le otorgaron a Dulce María Loynaz el mismo premio, por el conjunto de su obra como a Gerardo.
¡Ay de los que hieren el orgullo de los escritores que se reconocen a sí mismos como muy grandes, mas grandes que otros! Rebuznan de rencor.
Pero a Gerardo acudo cuando contrasto algunas palabras de poetas y cantores, trovadores y troveros cubanos. Parecen estos dos, Silvio y Milanés, como «a caballo en el quicio del mundo», soñadores jugando al sí y al no mientras «las lluvias de colores emigraban al país de los amores».
«Cantan el sí» y «Cantan el no», como deshojando una margarita, olvidando que en esa esquina del mundo ellos dos son una simple partícula mortal, una minúscula brizna de arena que empuja la voluntad antojadiza de algún otro.
Para Milanés algún sí, que cambie para bien, que salga de alguna agonía que no se atreve todavía nombrar con todas las letras.
Para Silvio algún no, para que el capitalismo no vuelva.
¿Para qué serviría esa pequeña alcancía en forma de cerdito si no es para guardar monedas?
Me da lástima la actitud de esos dos, sentados a caballo en ese quicio del mundo sin poder decidir, por sí mismos, el sí o el no de su próxima vida. Se han quedado, tal vez, sin letras, sin palabras y sin sus poemas.
Se han quedado sin voz.
Y entonces me viene de nuevo el viejo «Columpio» de Gerardo Diego, y aquella verdad que ya fue dicha antes que ellos, definitivamente mejor, cantada, trovada, rimada, vencida:

“A caballo en el quicio del mundo
un soñador jugaba al sí y al no
Las lluvias de colores
emigraban al país de los amores
Bandadas de flores
Flores de sí
Flores de no
Cuchillos en el aire
que le rasgan las carnes
forman un puente
No
Cabalgaba el soñador
Pájaros arlequines
cantan el sí
cantan el no”

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