Saturday, June 20, 2015

Yo no los conozco

Hay un límite para la vergüenza, también hay un límite para la desvergüenza en el hombre. Al parecer, el Cardenal Ortega encontró el límite final de la desvergüenza. En mi opinión, esta despersonalización de la religiosidad, de la espiritualidad y de Dios es el único preso político, y de conciencia, en Cuba.
Es también el único hombre despojado de la más piadosa y eminente cualidad del cristiano: la honradez.
Tal vez debiera agregar también la humildad.
En la vida, y frente a los sistemas políticos totalitarios, han existido dos posiciones encontradas en el seno católico de las sociedades locales frente a las autoridades de esos regímenes: los que se le enfrentan con claridad y meridiana verticalidad, y los que maniobran sutilmente, unas veces esquivando términos, cediendo para obtener una migaja aquí, una concesión allá, o tal vez para salvar alguna vida, algún resquicio de libertad limitada o, sencillamente, para sobrevivir entre la marea inquisitoria del poder. Inevitablemente, todos sufren sus consecuencias frente a ese poder.
El Cardenal Ortega, sin embargo, ha descubierto una tercera: sodomizando su conciencia.
Ya no le queda ninguna vergüenza para reconocer lo que es, un sodomita político. Ya no le queda pudor para descubrir que la península de Cuba que le interesa está en su propio cuerpo. No le queda ni las manos, ni los labios, ni la boca, ni los ojos, el pensamiento, la voluntad y sus propias carnes.
¿Y los presos políticos?
«Yo nos los conozco», dice Ortega.
No se conoce a sí mismo, ¿cómo conocer a los demás?
Encerrado entre las rejas de su propia ignominia se ha olvidado de los demás, única labor pastoral que le reclama su oficio.
¿De qué sirve cargar con una cruz, confesarse cristiano y tomar la voz de Dios como predicamento si no se reconoce la piadosa humildad?
No es que queden hombres en las cárceles por su pensamiento, donde los hay.
No es que queden reos cargando con causas políticas mistificadas en recursos impúdicamente vulgares, tramoya judicial socialista de trampas, porque sí los hay.
No es que queden víctimas de odios ideológicos o de disentimiento político, que siguen existiendo.
¡Nada de eso!
Lo esencial es que no queda Cardenal en Ortega, ni Iglesia en el arzobispo, ni Dios en su presencia. Al final de su vida, como figura clerical católica, ha retornado a aquel su principio, pobre despojo humano, alguna vez internado en un concentrado de homosexuales, jóvenes desconectados, inconvenientes cantadores y poetas, descontentos paisanos de un país con «hombres nuevos», inadaptados e inadaptables a la nueva milicia de ciudadanos de revuelta.
Ha retornado, ha vuelto a su principio, a su niñez, su infancia de conciencia.
De alguna forma, tal vez como lo escribió Martin Amis en «Time’s Arrow», o Alejo Carpentier en «Viaje a la semilla», este despojo humano, sin palabras, y sin conciencia de hombre adulto, de cristiano y de Dios, ha regresado a la infancia y se ha convertido en ese infante desvergonzado y pillo, que mercadea un caramelo con la inocencia pudenda de su carne.
No le queda nada más.
Lo patético es que estos tantos despojos humanos – son unos cuantos en este bandolero comercio carnal de desvergüenzas – son hoy despojos espirituales. Les arrebataron todo, fundamentalmente lo esencial: la dignidad.
Y así, Ortega, único hombre condenado a quedar preso, mientras todo el resto de Cuba queda mucho más libre «gracias» a sí mismo. Ellos, los últimos, en prisión pequeña entre rejas, o en prisión grande entre los muros líquidos de las costas cubanas, se han convertido en hombres más libres, aunque le queden palabras por poder pronunciar, o libertades fundamentales que disfrutar, o incluso voluntades y conciencia que ejercer.
A Ortega ya no le queda nada de eso. Su anormalidad no es desconocer la prisión de los demás, sino no poder reconocer la prisión de sí mismo.
«Por mi arrogancia, mi propia arrogancia y nada más que mi arrogancia», le susurraría algún ángel si aún le visitara Dios en su confinamiento.
«Yo no los conozco», le dice Ortega a EFE sobre los presos políticos en Cuba.
¡Por supuesto que no!
Los reos no tienen la oportunidad de conocer a los hombres que le rodean. Imposibilitados de conocerles, están condenados a morir en su propia celda, hasta su muerte.

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