Tuesday, June 9, 2015

Una Banana para el Mono

Apartándonos del bochornoso espectáculo de cobardía, Tomás Sánchez ha dicho, al menos, una gran verdad cuando habla de los sucesos que ocurren, y transcurren, alrededor de Tania Bruguera:
“¿Evidencia esto la voluntad de cambio del gobierno cubano? Lo más triste es que a muy pocos le importa. Tanto dentro como fuera de Cuba, la esperanza del levantamiento del embargo-bloqueo y de una mejoría económica mantiene en silencio a casi todos.”
Incluso, Tomás, tu propio silencio, la invertebrada costumbre de bajar la cabeza, o enterrarla en algún lugar. Tal vez en el lodo. Mirar al otro lado o, simplemente, evadir una palabra de compromiso.
¿Cómo se puede pedir a alguien, a un artista, “retornar a su arte político” cuando a la misma vez se le expresa la necesidad de abandonarlo para con los suyos?
Entonces, ¿qué actos políticos constituyen la «obra» de Tania Bruguera? ¿De algún otro? ¿De algún lugar mas allá de las fronteras de Cuba?
¿Es Tania Bruguera una artista de otro mundo, otra constelación, otro planeta, o es una artista cubana?
Pero, mucho más, ¿cómo entender que sea esta la posición de un artista que no vive en Cuba, que está a salvo de represalias y de censuras, lejos del brazo represor, ese que impone el silencio o despliega la calumnia? La elección de Tomás Sánchez es no ser coherente con su condición de intelectual, de hombre de la cultura, o sencillamente, de su condición de hombre.
Lo que demuestra Sánchez con sus palabras en Facebook, más que una «limpieza de cara» muy oportuna, es la actitud cotidiana de amaestramiento sociológico a la que ha estado sometido el ciudadano cubano. Sus palabras resumen el espíritu decadente y depresivo que posee la cultura cubana, esa que está protagonizada por el círculo de artistas amaestrados de la UNEAC.
Muy oportunamente, demasiado, las palabras de Tomás suceden, ¿o preceden? – no tengo pruebas para poder afirmarlo categóricamente – las declaraciones de quien fuera el sargento de ese exclusivo club de amaestramiento intelectual por un largo tiempo, Abel Prieto, y que hoy juega el muy reclusivo rol de «asesor» de Raúl Castro.
Abel Prieto quiere «construir un socialismo digital», difundir un «pensamiento descolonizador» y lograr que internet sea zona de paz y no un «teatro de operaciones militares». Es verdaderamente una delicia descubrir como todos estos personajes no dejan de usar constantemente el lenguaje cotidiano de los cuarteles militares.
Ironia del destino, o de sus palabras, o de todo, afirma el flamante neo-asesor, post-escritor:
“Se pretende formar una criatura rendida ante la tecnología, una criatura sin raíces, sin memoria, desamparada frente a la manipulación, egoísta”
Sin pretender hacerlo ha definido hoy lo que es Cuba.
56 años lleva el proyecto de crear el «hombre nuevo». No han logrado en dos décadas quien escriba su manual, quien lo construya tampoco, quien rehaga al ciudadano desinteresado, solidario sin límites, desmonetarizado y filántropo por naturaleza sociológica. Tratando de escribirlo las oleadas de generaciones se les han ido, y en su lugar han levantado este «hombre nuevo» que, al estilo de Tomás Sánchez, esperan por la banana para que el mono realice sus piruetas.
Le duele a Abel Prieto la desmemoria cultural. ¿Y qué cosa fue entonces los años setenta? ¿Y la llamada de atención a los intelectuales en las palabras de sus jefes? ¿Y la persecución de los artistas inconvenientes o desobedientes? ¿El olvido de sus obras, el silencio en la radio y los medios? ¿Qué cosa fue el proceso contra Padilla?
Lo que pretende el neo asesor es reescribir la historia, al parecer porque ya no tiene «vuelo el gato».
Y sobre la banalización de los contenidos en la red de redes ejercida, según Prieto, por «los centros de poder mediático», me sorprende que  un llamado «intelectual», que ejerció la función de sargento cultural de la organización de escritores de ese país – por demasiado tiempo – y que hoy «asesora» al poder político, y postescritor por la casualidad divina del poder, me sorprende que olvide que la banalidad ha existido desde los tiempos de Homero, que ya entonces se encargó de recrearla, con toda delicia, en su poemas clásicos, otorgándosela a los dioses juerguistas que tramaban unos contra otros, a espaldas de cada cual, todo tipo de jugarretas y chismerías.
¿Mala memoria libresca?
Si de banalizaciones se trata al Prieto del Abel, y con su barba desgarbada, se le olvida que los medios culturales y periodísticos cubanos no fueron ajenos a esa banalidad. La revista «Opina» se convirtió de la noche a la mañana en la publicación más popular de Cuba. Por sus páginas viajaban el chisme, la banalidad y el «Kardashianismo» tropicales.
Desapareció cuando sus jefes superiores quisieron, precisamente, construir el socialismo – no digital – pero cotidiano. Suprimida porque el cubano común enalteció algunos de los símbolos del pasado en la cultura, como la vedette Rosita Fornés, ganadora consecutiva de interminables premios de «Opina». La Fornés nunca se desprendió de lo que fue en el pasado cultural de su país: un producto del mercado cultural típico de las sociedades de las que quiere «escapar» el señor Prieto, o hacernos escapar. Rosita nunca dejo de reclamar que siempre fue vedette. Me imagino que le haya costado unos cuantos dolores de cabeza... hasta que encontró la fórmula exacta: cantar «¡que linda era Cuba con F… en la montaña».
De cierta forma, todo lo que está sobre una montaña siempre parecer ser más hermoso.. por estar demasiado lejos. Las cercanías descubren los defectos.
«Opina» también desapareció porque puso en funcionamiento lo que pudiera haber sido el primer mecanismo de mercadeo privado del cubano post-república: la sección de clasificados y ventas. ¿Se acuerdan?
Fidel Castro no perdonó semejante desparpajo «imperialista», y tampoco perdonó que se premiaran los símbolos de la banalidad del pasado, que hoy sigue cultivando el cubano.
El «kardashianismo» no pertenece a ningún club de poder o a ningún centro de mediática influencia de esa entidad fantasmagórica, surreal, sin contenidos, a la que apostrofan el muy oportuno nombre de «imperialismo». Los gobiernos no establecen la banalidad, lo hacen las leyes automáticas del mercado. Pero me imagino que 56 años de ignorancia del mismo han llevado a la desmemoria cultural de los que pretenden «descolonizar» internet, colonizándola.
Los Kardashian se venden porque existen sus consumidores, como también existe en Cuba los consumidores de la telenovela folletinesca, esa que ha hecho detener todo tipo de espectáculo deportivo, político y que hacia rabiar al pueblo cuando era pospuesta por alguna de las «razones de estado», que era como le llamaban a las facundias del señor Castro cuando se ponía a divagar por televisión, de cualquier cosa, como una olla arrocera.
Hoy, o ayer, o el domingo, o cualquier día, estos mismos quieren volver a implantar lo inimplantable en el mundo moderno: el control de contenidos. Lo que resultaría en la falta de diversidad, en la monotonía cultural, suerte de monoteísmo ideológico, es decir, Cuba.
Y es por eso que los cubanos se marchan de ese país, deciden hacer su carrera en cualquier otro. De escritor, de artista plástico como Tomás Sánchez. Lo triste es que, no pudieron establecer el código o el manual para crear o «construir el hombre nuevo» – nunca han tenido las herramientas para deconstruir el DNA cultural, social y político – pero sí lograron amaestrar la conciencia, los instintos de sobrevivencia, el pensamiento de conservadurismo político. Crearon a ese mono amaestrado que brinca con su banana para satisfacer a su dueño.
¿No es así, Abel Prieto?
Algunos de estos monos amaestrados tienen cuentas gruesas, viajan, entran y salen del país, ofrecen exposiciones de artes, o conciertos, desgranan algunas cuerdas, recorren los pueblos, descubren la miseria de esos mismos pueblos – ¿por primera vez? – mientras cantan, residen en otras partes, deciden volver, ofrecer entrevistas a sitios neocubanos al estilo del «socialismo digital». ¿OnCuba?
Sencillamente le ofrecieron la «banana cultural», y decidieron ser uno más de los que cierran los ojos, de esos que quisieron «retornar a su arte político» descafeinado, para no buscarse problemas.
Es muy triste pensar que hombres que escogieron el arte como su forma de expresión personal sobre su entorno, miren al de los otros y se olviden del suyo propio, solo en bien de preservar la vida y, en consecuencia, poder «retornar a su arte».
Desgraciadamente, ese retorno tiene un precio, o un  menosprecio: el olvido.

0 comments: