Saturday, June 13, 2015

Sin escuchar a Justin Bieber

Los padres de la iglesia no quisieron escuchar a Giordano Bruno, y lo quemaron. Más tarde tampoco quisieron leer lo escrito por Galileo, a él no llegaron a quemarlo pero le hicieron rectificar públicamente sus palabras, a pesar de que, cuenta la leyenda, susurró por lo bajo «pero se mueve». Lo cual es un perfecto mito, nadie podía contradecir entonces a la Iglesia.
Tampoco hoy se pueden contradecir cosas en Cuba.
Tristemente, y aún en edad tan temprana para nosotros, en el 2000 el Cardenal Angelo Sodano declaró la muerte de Giordano Bruno y el encierro de Galileo una «época triste», defendiendo a la vez a los acusadores de Bruno porque, y aquí vemos la ironía cruel de la historia, «tenían el deseo de servir la libertad y promover el bien común e hicieron todo lo posible para salvar su vida».
No sería extraño entonces que, tal vez hoy, Abel Prieto dijera que la época de los fusilamientos en la fortaleza de «La Cabaña», llevados a cabo por el «che» Guevara fuera una «época triste». O, quizás, los años del fusilamiento de Ochoa o de los tres jóvenes que secuestraron la lancha de Regla también. O todos estos años, desde hace 56. 

Y por los mismos motivos que argumentó Sodano, trágicamente.

No estoy seguro, sin embargo, que lo diga, pero tal vez lo haga en algún momento. Todo es posible en estos personajes en estos tiempos.
En la época de los nazis sus seguidores quemaron los libros de Thomas Mann, no querían leerlo.
En la época de la «cacería de brujas» en Hollywood, los seguidores de McCarthy condenaron a cárcel o a reclusión, e impidieron a muchos grandes artistas de la meca del cine a ejercer su profesión. No querían leerlos, o verlos, o escucharlos. No querían películas donde aparecieran sus nombres. Tampoco querían que los demás lo conocieran.
En España los intelectuales tuvieron o que huir cuando Franco, o que escribir guiones de cine donde la metáfora sustituía la realidad, el símbolo la imagen, el silencio en muchísimas ocasiones a la palabra. No querían escucharlas.
Yo tenía un amigo en La Habana, trabajábamos juntos en un instituto de la Academia de Ciencias, que a muchos de estos personajillos de la burocracia oficial, cuando decían una frase tristemente célebre por su idiotez, decía: «Perdió la oportunidad de quedarse callado».
Se lo dijo una vez al vicepresidente de la Academia en pleno en el cine científico del Capitolio. Entiéndase, no se lo dijo frente a frente, lo susurró, pero como el hombre tenía una voz de trueno, aun en susurros, el vozarrón viajó por todas las arcadas y rincones de aquel salón majestuoso hasta alcanzar al personaje en su patética facundia.
Bueno, Abel Prieto perdió la oportunidad de quedarse callado una vez más. Podría haberse ahorrado su periplo desculturalizado por los medios españoles. Pero, por supuesto, por ser asesor exclusivo de Raúl Castro, que encarna en persona un gobierno exclusivo, la cultura que este personaje representa es la cultura de la exclusión, no de la diversidad.
Y de eso es de lo que habla, de la cultura de la exclusión, que ha sido la cultura cubana desde que los intelectuales fueron acorralados en aquella reunión en la Biblioteca Nacional donde todo quedó bien delimitado: «todo por la dictadura, nada en contra de ella».
Yo vivo en Canadá, y tampoco escucho a Justin Bieber. No es música para mi edad, para mi gusto, pero es una elección que personalmente elijo para mí mismo y que no impongo para los demás, porque la cultura siempre es una forma de elección personal, un conjunto de valores individuales, nunca una imposición social.
Sin embargo, a pesar de que Abel Prieto quiere morirse sin oír a Justin Bieber, ya de hecho lo ha oído. Un hombre que se considera culto nunca condena el conocimiento de ningún tipo, ni su existencia. Conocimiento no significa gusto, afición a lo que se conoce, pero se hace muy evidente que si no se conoce un hecho cultural no puede ser valorado, aun para decir que no se quiere escuchar. Y, por encima de todo, la cultura es diversidad, pluralismo incontrolable.
Por otra parte, lo que es banal para una persona  no lo es para alguna otra, y grandes exponentes de la cultura mundial, que hoy se consideran «vacas sagradas» en el templo cultural mundial, han cultivado la banalidad y la intrascendencia. Guillaume Apollinaire, uno de los más grandes poetas franceses de principios del siglo XX, escribió algo tan espurio como «Las once mil vergas», ¿la ha leído el «prestigioso» asesor pos cultural cubano? ¿O quiere también ignorarla como se ha ignorado en Cuba las obras de verdaderamente grandes escritores cubanos como Guillermo Cabrera Infante?
El francés pecó de pornógrafo, el cubano de anticastrismo. El petimetre Prieto de ignorante.
Todo esto es tan evidente que parece un discurso tonto decirlo pero, al parecer, la conversión de seudointelectuales en sargentos culturales, pos escritores y luego exclusivos asesores políticos convierten a estos personajillos en seres incultos, casi en la frontera de la idiotez.
Casi estaría tentado de ir, ahora mismo, a «HMV» y comprar el último álbum del canadiense Justin Bieber, «Believe», y enviárselo por correo expreso al flamante ignorante asesor, de gira por diarios y agencias de prensa españolas. Pero, en última instancia, estaría gastando un dinero que, con toda seguridad, satisfaría el placer de los hijos de esta edulcorada excrecencia seudo-artística del régimen. Y, sobre todo, me estaría exponiendo con demasiada fruición a que me condenara, trágicamente, a recibir de vuelta «El vuelo del Gato», y firmado con agradecimientos de su misma pluma. Lo cual sería una doble tragedia.
Pero entiendo, nadie puede crecer mas allá de lo que vale. Este señor ha vivido en un mundo donde la exclusión es la realidad, la monotonía la cultura oficial y la censura la reacción natural al miedo. Y eso es, miedo, miedo a poder coexistir en igualdad de condiciones con la diversidad, so pena de no sobrevivir la competencia.
¡Patético!

1 comments:

Simon-Jose said...

Es de esperar "que se enquisten". El único modo de sobrevivir que tienen es hacer como el armadillo.
Podríamos aplicarle, sin margen de error, aquel viejo refrán campesino que reza: "perro huevero, aunque le quemen el hocico..."
Abel Prieto, sin obviar sus características personales, cumple en esta ocasión su misión "como heraldo" dando a conocer los edictos de la monarquía. Ese es el motivo de su viaje a Europa.

Un saludo,
Simón José.