Sunday, June 14, 2015

Silencio

Hay alguien que me ha escrito, no voy a decir su nombre, tampoco voy a repetir sus palabras, pero me ha escrito. Molesto, fastidiado por mis palabras, enojado quizás porque tocan ese punto neurálgico que duele al leer, o escuchar o descubrir en las palabras de otros.
«Nadie te oye», dice.
Debió decir que nadie me lee, pero a veces las letras que se convierten en palabras y sentencias cuando se leen se oyen, dentro, con el pulso agigantado de la herida que provocan o que renuevan.
El, anónimo, sin nombre, se ha tomado la molestia de escribir y, sin pretenderlo, me ha «oído». Hay todo un símbolo de chifladura divina en la ignorancia de su reconocimiento que estremece.
A los locos en la antigüedad lo veneraban, eran considerados «sagrados» y sus palabras se comprendían como la ira divina de los dioses. No los culpabilizaban por sus trastornos y sus actos. Para los griegos de los tiempos de Aristóteles, los locos eran las víctimas inocentes de las fuerzas incontrolables de otros, los dioses, sobre las que no tenían poder alguno de control.
Mi «amigo» lector no tiene control alguno sobre su trastorno, es también una víctima y, aunque no vive en la antigüedad ni es griego, se ha instalado en ella, vive en un espacio de tiempo que ya no existe y cree que porque él solo me ha leído nadie más lo ha hecho, ¿no es locura divina?
Siento una gran pena por sus palabras, su trastorno personal, su herida abierta por mis palabras. Por supuesto, hay otros, pero esos no atinan a tener la «locura divina» de este anónimo escribiente de cartas. No dicen que «nadie me oye» porque, evidentemente, han vivido o viven en épocas más modernas y saben que con solo su lectura, la de ellos mismos, ya mi opinión ha cerrado su ciclo de vida, ya mis palabras son más valiosas que el silencio.
Hay un poema maravilloso de Octavio Paz que dice:
“Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.”


De mi silencio, si alguna vez existiera, se levantaría   otro silencio, como una espada, que subiría y crecería interminablemente y caería sobre los recuerdos, «las pequeñas mentiras y las grandes».
Lo que sucede con los «locos divinos», que escriben para que no siga escribiendo porque «nadie me lee» – ¿no es fascinante este trabalenguas? –, es que se suceden con mucha frecuencia. Hay muchos locos que «no me leen», ¿acaso no es divertido?
Quisieran mi silencio.
Muchos son cubanos, casi todos, y no viven en Cuba, en cualquier otro lado. Es como si estuvieran viviendo en un pasado clásico recreando una Grecia que no solo ya no existe, sino que nunca existió.
Este eufemismo de la razón me hace pensar en la manía – en minúsculas, para no hablar de la griega Manía en mayúsculas, lo que haría entonces remitirme a los dioses griegos – cubana de ignorar una realidad etiquetándola de inexistente o diciéndole, al que la describe, que «nadie lo lee», o los conoce o los oye. Ha sido, confieso, una razón de estado, una manía de estado.
Incontrolable también.
Lo aprendieron de «los otros», los que controlan los medios y el poder. Esos sepultan las razones inconvenientes y a los «enemigos» en obscenidades en nombre del «bien común», que no es otro que el de ellos mismos. Casi nunca mencionan nombres, como si al no nombrarlos lo hicieran inexistente, con la identidad nula del silencio. Entonces, si nadie los lee o los conoce o los reconoce, ¿cómo apuntarlos como enemigos?
Hay un vocablo que les es útil a su labor depredadora, siempre.
«Gusano»
Pero ese pequeño animalito puede comerse una flor y convertirse mañana en mariposa. O una mosca. Un insecto muy útil a la vida humana por su polinización, o por la transformación que provoca en la materia muerta retornándola a la vida, en algo volátil, inescrutable.
«Gusanos» nombraban los nazis a los judíos.
«Gusanos» gritaban miles de cubanos frente a la embajada de Perú, en los ochenta.
¿Cuántos de ellos quedarán en Cuba, de los que gritaban entonces? ¿Qué han hecho de sus vidas? ¿En que se habrán transformado? ¿En mariposas?
«No te leen», dice el anónimo que me escribe. No acaba de comprender que a mí no me importan los que no me lean, o que lo hagan o no, lo que me importa es no estar en SILENCIO.

Nota: La imagen que encabeza el post fue tomada del blog «Pintura Mística»

2 comments:

Antonio Moreno said...

Muchos somos los que te leemos Juan Martín. Lo que sucede es, que escribes tan claro y directo, que cuesta trabajo contradecirte algún que otro error minúsculo.
Un gran amigo periodista me dijo en una ocasión que, para que la gente me leyera, no podía ser tan incisivo.
Como no soy periodista y mucho menos escritor, escribo como me da la gana. El que me quiera leer, que lo haga. Y el que no, pues que pase de largo. Esta es una de las ventajas de Internet.
No tengo necesidad de que alguien me publique lo que escribo.

Un abrazo

adribosch said...

Juan Martín no solo nos leemos ,tengo el gratisimo gusto de que compartamos los blogs .
Tú claridad al escribir ,me hace "apropiarme" de tus escritos como si fueran mios.
La mayoria de las veces escribes ,lo que pienso , no tengo la misma habilidad para hacerlo.
Mucha gente te sigue seguramente pero no se hace presente y a veces si lo hace es con una agresión .
En todos los ambitos cuando alguien hace las cosas bien ,se lo envidia .Solo ser indiferente y seguir adelante .
Las dos notas que escribiste estan muy buenas y las llevo para mis blogs .Que sigan los exitos!