Monday, June 8, 2015

Prisioneras en Libertad

El mando negro le caía hasta los pies, como una cascada oscura, ocultando cada una de las formas, cada una de las ondulaciones, pelo, hombros, brazos, piernas, los pies se adivinaban en el paso o al inclinarse, pero ella era solo una forma oscura, imprecisa, inclinada sobre la caja de cristal, apoyada en una mano casi oculta detrás del manto de tela, mientras observaba como los diamantes de aquellas joyas relumbraban con luz en el rostro oscuro, invisible, en los ojos que no dejaban ver el velo. En el hombro izquierdo una bolsa de papel de «Guess», donde se adivinaba un «jean» recién comprado.
Fácilmente doscientos dólares gastados en una prenda que nadie vería usar.
La vi en «Hudson’s The Bay», una de las tiendas más exclusivas de Canadá, en el centro de Toronto. Era una forma, no una mujer. Una forma de tela oscura que se inclinaba, observando los diamantes y las perlas. Antes ya había visitado y comprado en otras tiendas de marcas, caras, gastando un lujo que no dejaba ver el manto negro sobre su cuerpo.
Me pregunté entonces, me he preguntado siempre, ¿para qué compran estas mujeres, o estas formas, o estos bultos escondidos en ese manto oscuro, que se arraciman en las tiendas, caminan por los centros comerciales, y hasta manejan algún auto por el centro de la ciudad?
Las he visto manejar aun con su velo sobre los ojos. ¿A qué temen? O, mejor, ¿qué temen que les vean? ¿El rostro? ¿La identidad? ¿Los ojos? ¿Los rasgos que pudieran ser hermosos, aterciopelados, sin siquiera tener una gota de maquillaje o de afeites?
Alguien me dijo alguna vez que, detrás de aquella cascada oscura de tejido tosco y feo, van vestidas con la refinación occidental, «lucen» en esa oscuridad un buen pantalón de marca, o una blusa elegante de alguna boutique exclusiva. ¿Para qué?
¿Qué sentido tiene vestir un lujo que nadie puede ver?
La «nube oscura» de tela dejó de mirar los diamantes y las joyas y se acercó, en esa forma en que se deslizan los fantasmas, a los que no se les ve los pies, pero se le adivinan que los tienen, ligeros, ocultos, insinuados en el ondular de su liviandad. Lo único que pude adivinar de aquel cuerpo fue el olor a «Chanel No. 5», que flotaba también como esa nube de tela a su alrededor. Por un descuido le pude ver una mano, fina, delgada, bonita. Las uñas sin color, pero bien cuidadas. Una mano de una mujer joven, quizás delgada y sensual, aterciopelada, pero que se ocultaba detrás de aquella forma indecisa de telas y oscuridad.
Traté de adivinar sus ojos, sus pestañas, el arco de sus cejas, pero solo pude ver algún movimiento veloz, esquivo, que trataba de ocultar mi mirada con el desvió fugaz de la suya. ¿Fue mi imaginación? ¿O el movimiento de su cabeza ligeramente hacia el otro lado?
No lo sé.
¿Por que viven estas mujeres ocultas en un país que les otorga todos sus derechos en igualdad con la de todos sus ciudadanos?
¿Qué religión es esta que les hace borrar su rostro, su identidad y, por qué no, su sensualidad como criatura divina?
Son cientos que pululan por los centros comerciales, las tiendas, las calles y avenidas de Toronto, el metro, los autobuses. Algunas solas, otras en grupos, muchas con tres o cuatro críos que arrastran y se dispersan, con ese descarado desasosiego que tienen todos los chiquillos pequeños.
Sus hijos gozan de una libertad que ellas ya no tienen. ¿Quién se las quitó? ¿Quién les despojó de sus derechos?
Me he preguntado si son diferentes en su sexualidad, en como hacen a los hijos, como gimen al sentir algún placer, o como lo disfrutan. El ser humano es un ser sensual, y sexual. Somos mas que la maquinaria para engendrar hijos. ¿Entenderán eso ellas?
Un documento de identidad, un pasaporte, una tarjeta de residencia, una licencia de conducción no definen un ser humano, una persona, una invidualidad civilizada y consciente.
Es un rostro lo que nos diferencia de cualquier otro rostro.
¿De qué sirve la palabra si la mirada está escondida? Los ojos hablan el lenguaje oculto de los pensamientos. Cuando conversamos con el vecino, el amigo, el pariente o cualquier otro con que tropezamos en la calle, miramos a los ojos porque es allí, en la mirada, donde las palabras culminan su significado. Si esos ojos se ocultan el camino inicial del entendimiento se rompe, la comunicación de la inteligencia humana se interrumpe, huye, desaparece la comprensión entre los hombres. Surge así el silencio.
¡Cuántas veces he visto un rostro hermoso, aun sin un toque de maquillaje, encuadrado en esa masa colorida que le oculta la cabeza, o el pelo!
Un rostro que pudiera ser la pintura de la belleza, la inspiración de algún poeta o el deseo juguetón de un adolescente. Lo es aún con la tosquedad del pañuelo. ¿Qué tiene que ver el pelo con la fe? ¿Qué hay de espiritualidad en ocultar un rostro? Pero lo más importante, ¿por qué viven prisioneras en libertad, en un país que le otorga sus derechos?
Son muchas. Cada día son más. Amenazan con cubrir este país con su territorio de velos y telas oscuras. ¿Por qué se marchan de esos países que le imponen un rudo código ortodoxo y se instalan en el occidente liberal para continuar siendo prisioneras de su misma perdida voluntad de ser libres?
No entiendo. O no quiero entender.
No quiero pensar que es para colonizar este país, porque lo están haciendo. Destruyendo uno a uno los cimientos de su libertad, con su obediencia a la intolerancia. Y provocando que mañana seamos una minoría.
¡Y nadie se da cuenta!
Y cuando hablamos de todo esto nos quieren señalar de que somos nosotros, y no ellos, los que propagan la intolerancia, la inconsecuencia y el no-entendimiento.
Me causa pavor ver a esa mujer joven, posiblemente muy bonita, de manos hermosas, con el olor delicado de un perfume caro, que oculta su rostro, su mirada, el pelo, las formas, las caderas, el movimiento sensual y cadencioso de su cuerpo. Me causa pavor porque me está diciendo que algo anda mal en este país cuando tantas jóvenes claudican a su libertad personal, y la abandonan a algún otro, aun cuando ese «algún otro» es un supuesto dios que castiga a quien descubra un rostro.
Pero Dios nos hizo hombre y mujer para conversar, para el entendimiento humano, para compartir esta vida, no para ser una isla, aislado del resto de la humanidad detrás de un trapo negro.
Algo anda mal. Y lo peor, nadie quiere darse cuenta.

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