Wednesday, June 3, 2015

La «inversión» raulista

A pesar de no tomarme por sorpresa no deja de ser de un muy curioso interés como la gran prensa liberal, especialmente de Nueva York, después de haber estado «martillando» insistentemente sobre los «cambios raulistas» y las «oportunidades de negocios» en Cuba, ha silenciado las palabras del magnate en Bienes Raíces, Stephen Ross, luego de su regreso de ese país. Y no solo la gran prensa, sino también algunos de los medios y sitios que abordan la realidad en la isla y su régimen. Si hacen una búsqueda en Google podrán comprobar que, aparte de «MartiNoticias» y el «Miami Herald» en inglés, nadie más se hace eco de las palabras de Ross.
¿Casualidad? – me pregunto.
¡Nada más lejos!
Lo que dijo Ross desentona con el espíritu optimista de la prensa hacia el régimen. La «moda Cuba» en los medios de prensa torna la mirada hacia el otro lado, para dejar pasar las palabras «heréticas» de Ross en un momento en que, si se leen día a día los titulares en esa prensa, «todo el mundo» se abalanza sobre la isla caribeña.
Quizás, en orden de encontrar las claves del silencio, sea interesante saber quién es Stephen Ross.
Stephen Ross, «el hombre de Michigan»
De acuerdo a la revista especializada Forbes, Stephen Ross posee una fortuna de 6 mil 500 millones de dólares, ocupando el lugar 72 de las personas más ricas de los Estados Unidos y el 216 en la lista de multimillonarios en el mundo. Graduado de Arte y Ciencias en la Universidad de Michigan, Doctor en Jurisprudencia de la Universidad del Estado de Wayne y Master en Leyes de la Universidad de Nueva York, Ross es fundamentalmente un hombre que se ha hecho a sí mismo. Presidente de «The Related Companies», y su mayor inversor, una multimillonaria firma de desarrollo global en Bienes Raíces fundada en 1972. Es dueño de los «Miami Dolphins» y del «Sun Life Stadium».
El neoyorquino, además de ser multimillonario, o por serlo, es el benefactor por excelencia de la Universidad que lo vio crecer, Michigan, a la que ha contribuido con una donación de 313 millones de dólares. En su honor la universidad renombró su Escuela de Negocios con su nombre.
Mas recientemente, en el 2012, la Compañía que Ross preside ha puesto su mirada en la zona Oeste de Nueva York, donde en un período de 10 años invertirá alrededor de 12 mil millones de dólares para levantar un complejo de tres rascacielos dedicados a oficinas, además de 5 millones de pies cuadrados de espacio residencial, mezcla de viviendas económicas, edificios de alquiler y condominios de lujo, incluyendo una sala de cine y un complejo de tiendas por departamentos. El nuevo vecindario de Nueva York incluirá, además, un hotel y escuela pública y 14 acres de parques y espacios al aire libre.
Se estima de que si Stephen Ross logra construir este complejo sobre la vieja red de trenes elevados de la ciudad, que hoy sirve de parque público, será la inversión más importante ejecutada en Manhattan desde los tiempos en que John D. Rockefeller Jr. invirtiera en esa ciudad 3 mil millones de dólares para crear el «Rockefeller Centre», en la década de los años 30.
Y este es el hombre que fue a Cuba y regresó a la «Gran Manzana» sin haber encontrado muchas oportunidades de negocios. Regresó, literalmente, con las manos vacías.
La pregunta clave aquí es, ¿cómo es posible que un gobierno que está ofreciendo, al mejor postor, una cartera de algunos miles de millones de dólares para la inversión extranjera, no aprovechara la oportunidad de oro de negociar con Ross?
Tal vez la respuesta está en las mismas palabras del multimillonario judío cuando habla de la posibilidad del turismo americano, y no en la inversión fuerte en Bienes Raíces.
La «inversión raulista»
A finales de la década del 50 se estuvo estudiando, por parte de empresarios norteamericanos, la posibilidad de convertir el malecón habanero en un franja de casinos, hoteles de lujo y lugares de recreación y entretenimiento, una suerte de «Las Vegas» habanera. Por supuesto, en eso llegó quienes ustedes saben y se acabó todo.
Allí, como mismo dijo el entrevistador, surgió «un experimento en humanos en socialismo … y nada ha pasado en esos 50 años».
¿Por qué entonces el «raulismo de estado» no ofreció la oportunidad a Ross de invertir en Cuba?
La respuesta está en el tipo de empresario que es Ross. Un hombre que no está a la caza de un hotelito aquí, una bagatela allá y un llega-y-pon en la otra esquina de Cuba. Stephen Ross es un inversor de gran calado, que se zambulle agresivamente sobre el mercado para desarrollarlo y hacerlo crecer, invirtiendo no solo en la infraestructura, sino también en el hombre que convive con esa infraestructura. Y es ahí, precisamente, la nota «inconveniente» encontrada por el régimen en el resumé del judío neoyorquino.
El «raulismo de estado» no quiere hombres de negocios fuertes en Cuba. Desea petimetres, pequeñajos como el canadiense Tokmakjian, a quien poder manejar, tener en un hilo y poder deshacerse de él y sus secuaces cuando sean inconvenientes al raulismo y su calaña. Y, sobre todo, no quiere inversores que inviertan en el material humano. El cubano es «carne de cañón», otro petimetre. Pero Ross no es uno de ellos, es un inversor que se interesa en la obra material y en el personal que la dirige y la hace fuincionar, no en balde dona millones a su universidad de «nacimiento» y, especialmente, a la Escuela de Negocios de esa Universidad, la de Michigan, donde se forja la nueva casta de hombres de negocios.
¿Qué es lo que queda entonces como el «resto» de esta operación aritmética raulista?
El turismo de «medio pelo».
El gobierno de Cuba solo quiere turistas americanos. Colmar sus hoteles con esta clase media de alpargatas, que busca ofertas baratas y la encuentra en Varadero y La Habana. No necesita casinos, no necesita grandes centros recreacionales: playa, arena, sol y, de vez en cuando, alguna nalga mulata.
Lo llevan haciendo por más de 25 años con Canadá y España.
Este turismo de alpargatas no se preocupa de la situación del hombre común cubano. No aspira a invertir en capital humano. No quiere cambiar y «abrir ojos» tropicales. «Va y viene». Disfruta y deja. Es el agua pasada del molino, que ni percibe más allá de los cristales de los hoteles o de los autobuses de turismo.
Y, algo mas, el «raulismo de estado» no quiere abandonar Europa, esa Europa que entró en Cuba bajo la ausencia de hombres de negocios americanos como Ross, y que han usado al cubano como trapiche, moliéndole el sudor con unas pocas baratijas de salario bajo la mesa. Algo que, un empresario como Ross, no está acostumbrado a lidiar y que estima una desvergüenza. Ese raulismo, además, teme que la inversión fuerte le «hunda el barco», y vea írsele las riendas del poder con la presencia de un capital fuerte concentrado en manos como las del multimillonario de Nueva York. El miedo esta en el ADN fundacional de la «revolución cubana».
Esta es la mentalidad que, por más de 50 años, ha capitalizado Cuba. Trapicheo, llega-y-pon, mercachifles de estado.
La prensa «sorda»
¿Por qué entonces la prensa liberal no oye las palabras de Ross?
Sencillo. No conviene.
En esa prensa hay una inversión de capital ideológico. Ross no apoya las candidaturas demócratas. Su último apoyo político se lo concedió a la campaña presidencial de Mitt Romney. No apostó por Obama, y no apostará por Hilary Clinton, por supuesto. Las palabras del multimillonario hieren las expectativas de la administración liberal de turno y, especialmente, las de las sacrosantas tribunas periodísticas como la del «The New York Times», que apostó por el cambio de la política hacia Cuba, y que estoy totalmente convencido fue una apuesta con los dados cargados… a través de un evidente guiño de la administración obamista.
Hay mucho que está en apuesta entre la cúpula liberal norteamericana, junto con los topos procastristas del mundo académico y algunos ingenuos que nunca faltan. En el otro extremo está el balance entre la comunidad cubana que también ha cambiado. La vieja guardia de afectados por el castrismo está en retroceso. Lo que queda es una Cuba que muy pocos ya recuerdan, conocen o quieren recordar. Es más fácil decir «borrón y cuenta nueva» que tratar de convencer que nada ha cambiado, a pesar de que, como todos conocemos, nada ha cambiado.
Las leyes cubanas no garantizan la seguridad de ninguna de las inversiones extranjeras, y el típico fantasma de la «corrupción» aplicado a Tokmakjian mañana podrá ser aplicado a cualquier otro, si no es un poderoso señor empresario como Ross con una poderosa presencia en un enclave cubano.
Y esta, señores míos, es la «inversión raulista».
Acostúmbrense a oír las noticias. No dejarán de «llover sobre lo mojado».

2 comments:

Antonio Moreno said...

Solo un ejemplo:
En los años 90. la compañía canadiense Sherritt International, tenía un programa agropecuario llamado "Sherritt Green" que llegó a tener una empresa agrícola de fresas por Matanzas. No resultó. Los factores sdversos eran muchos. No tenían el control de las tierras, ni de la mano de obra y al final todo se fue a bolina.
Intentaron también, incursionar en la producción de azucar. El régimen les proponía la compra de un central azucarero y su modernización. La experiencia canadiense propuso tener una participación en la propiedad de las tierras (la materia prima es la caña de azucar), en el transporte (ferrorviario y automotriz)y en la contratación de todo el personal correspondiente. Sabían que sin estos factores sería imposible obtener dividendos. No resultó.

adribosch said...

No hay peor ciego que el que no quiere ver .
Los argentinos tenemos un dicho "No come vidrio" y Ross no lo come ni ningún inversionista serio que Obama y Raúl le quieren vender "espejitos de colores"
Si hace 56 años el castrismo incautó ,estatizó las propiedades y bienes de los extranjeros y cubanos ,que ahora mismo vende ,alquila o viven personajes de la Revolución ....quien puede garantizar que no vuelva hacer lo mismo ?