Thursday, June 11, 2015

Depredadores y Carroñeros

Hay una raza de hombres que actúa como depredadores, y hay otra que actúa como carroñeros. Entre esas dos bestias queda el conjunto humano que componen sus víctimas, de suerte que la sociedad se convierte, casi a diario, en la lucha o destrucción de ese conjunto inmenso por parte de las dos bestias. De alguna forma los depredadores necesitan de los carroñeros para sobrevivir, y entre los dos se establece esta dependencia meta digestiva, sutil, decadente, casi mesiánica en su existencia.
Cuando pensamos que Fidel Castro no hubiera podido sobrevivir sin el conjunto sucesorio de bestias terciarias que le sirvieron de séquito, de carroza de aplausos, ni tampoco de los que se encargan del desecho humano, penúltimos en el escalón de desvergüenza en el festín y holgorio de despojos.
¿Cuántos ministros des-ministrados?
¿Cuántos secretarios des-secretados?
¿Cuántos escritores desplumados, cabezas descarnadas de esa ave de rapiña, carroñera, que pueblan los paisajes semi-urbanos de pequeños pueblos antes de las tormentas?
Los cubanos les decimos “auras tiñosas”. No importa la originalidad de su nombre, cuál fue su iniciación nominativa, y por qué vuelan en círculos, como en una danza macabra antes de las torrenciales lluvias de verano, cuando las hay. Todo un símbolo de cubanía del despojo.
Al final todas tienen un destino común, servir de carroña para otras bestias de su misma especie depredadora.
De este destino podrido no se salvan ni los poetas. Lo demostró Guillen. Ni tampoco los medio escribanos. Lo demuestra Barnet.
Un trabalenguoso filósofo de pasillo, que zapateó ministerios educacionales, culturales y hasta una institución que dice estudiar la herencia martiana, fue sucedido por otro pos-escritor que hizo volar al gato en unas desgranadas y mediocres páginas que algun burócrata, de la industria del papel desletrado, llamó libro.
¿Quién lo leyó?
¿Qué logró decir o recordar o emborronar?
Despojos de palabras que alguna otra bestia carroñera, de tercera o cuarta o penúltima generación se encargará de aplaudir en algún periódico. No es un símil, ocurrió. Lo patético es que siempre existe la pluma desvergonzada del ave carroñera de servicio.
De la mentira y de los mentirosos lo triste no es ni la persona ni el acto de la mentira, es el conocimiento profundo de la consecuencia desgarradora de su acto. La mentira es el resultado de una concientización de la desvergüenza, y es como esa bola de nieve, rodando sin parar desde la cumbre, crece y crece, nunca detiene su ritmo, para al final solo quedar en lo que siempre fue, la mentira. La persona, el nombre, la identidad del mentiroso desaparece, se convierte en el desecho bilioso del extremo final del sistema digestivo de una sociedad enferma, comatosa.
Cuba es una mentira regurgitada por generaciones de carroñeros. Los depredadores son los mismos, no han cambiado.
Hoy es Abel Prieto. Ayer fue Armando Hart o Nicolás Guillén. Del ano ministerial de la cultura se defecaron libreros, escritores, pintores. Kchos de despojos. Cultura secular de la mentira. El patetismo les ha llevado a creerse su propio acto regurgitador, los premios locales del engaño, las condecoraciones defecables de la hipocresía. Y el mercado siempre es ávido de todo, hasta de lo peor, el desecho humano.
Y entonces se reciclan.
Ganan premios principescos en España o dolarizadas cuentas en subastas artísticas en Sotheby’s. La cultura de la mentira y del engaño es, quizás, el producto cultural por excelencia del castrismo. Y la desvergüenza llega a que ni el sonrojo, ni el paladar seco ni la mirada desviada surgen como síntomas de la mentira metabolizada en el despojo intelectual.
Lo que queda son las felicitaciones numerarias a la «literatura cubana» por los 50 mil euros de desvergüenza.
Hace como un mes un amigo me trajo un pequeño anuncio que había encontrado en algún lugar, ya ni recuerdo donde, sobre una muestra de cine cubano aquí en Toronto.
« ¿Qué cine?», pregunté.
Todo arte es manipulación. No solo por lo que se muestra, sino también por lo que se excluye. Pero el arte que defeca la cultura cubana es, por esencia, un arte de exceso de exclusión. Y entonces el cine se convierte en esta ciencia de adivinar qué es lo que dejó de decirse, para lograr conocer, con certera exactitud, lo que se quiso decir en imágenes. Es el subproducto disidente de las sociedades putrefactas.
No me tomé el trabajo ni el tiempo de acudir a la «muestra». No me gustan los chequeos clínicos, sobre todo ese acudir organizado con la «botellita» de la defecación indigesta. De hecho, algunas de las «muestras» anunciadas ya las había logrado semi-ver por internet. Es un arte decadente, como todo lo que emana de aquella sociedad, aun en su posible disidencia. Apesta a reciclaje y me causa una abrumadora pena ver buenos actores, porque los hay, sirviendo de comederos de depredadores y carroñeros.
Son la parte final del sistema digestivo caliginoso de la sociedad cubana. Materia en descomposición. Desechos culturales de un sistema artístico-canceroso.
¡Cuánta ironía en este Abel, cuando me recuerdo de la Biblia! De alguna forma, y como consecuencia de la devastación de estos mismos depredadores del templo, lanzando al mar a los padres de la iglesia y convirtiendo la casa de Dios en un mercado ideológico, de alguna forma, vuelvo a decir, tuvieron que inventarse este «abel» en minúscula, para no escribir su verdadero nombre.
¡Caín!

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