Friday, June 5, 2015

Abnormalización

No voy a quejarme. No voy a pedir a otros lo que no hemos hecho los cubanos. No viajaré a Bruselas, ni tampoco al Congreso norteamericano. No prepararé mi maleta para ir a Washington, en asiento rentado por un senador norteamericano, para hablar de Cuba en contra de una abnormalidad. Tampoco daré pataditas de bebé prematuro porque no me escuchan, o me retiran el pasaporte, o no me dejan hablar con Roberta Jacobson. Después de todo, ¿quién soy yo?
Hagámosno el sicoanálisis, ¿está de moda?
Ya ha caído en desuso, pero igual, ¡qué importa!
Me fui del país. Me tiraron piedras, alguna vez, por ir a la iglesia. Después casi me echaron de esa misma iglesia los nuevos reconversos. Hoy hasta periodistas oficiales aplauden más al Papa que este simple mortal católico. ¡Aleluya!
¡Cuánto puede Dios!
Pues, sí, me fui. Me harté de tanto sainete. Aun cuando deberían ser otros los que se tuvieran que marchar, porque quieren menos a Cuba, la cuidan menos, piensan menos que yo en ella. Zapatean el mundo dejando caer La Habana, una ciudad hermosa que pudiera seguir siendo la Venecia de América.
Edificio por edificio. Piedra por piedra. Escombros quedan.
Escombros de ciudad. Escombros de hombres. Escombros de periodistas, boliteros y pingueros. Basura que se arrastra con una bandera que no es suya y se olvida de la propia. Ni ortografía resguardan, ni acentos. Bembean a un ritmo que ya ni el español lo reconoce como su lengua. Hasta se nos olvidaron los apellidos de los patriotas.
No quedan hoy. Se fueron. Los arrastran en balsas hacia algún otro continente o latitud. Balseros, eso es lo que quedan de sus nombres.
Miro el Capitolio. ¿Quién lo construyó? Un déspota.
¿Quién lo destruyó para ser cuarticos divisores de burocracia? Otro déspota.
¿Saben algo? Ese Capitolio, tamaño y medio del de Washington, está sobre balsas, literalmente. Sus fundaciones la aguantan gruesos pilares de madera, encajados como vergas robustas en la ciénaga que fue, algún tiempo en el pasado, sus cimientos.
¿El rostro? Maquillado, centenares de veces. Reconvertidos en cubículos burocráticos. Museos improvisados y hasta cafeterías dolarizadas. Lo que toca para cada época. ¿Y qué hicimos los cubanos?
Nada.
Irnos. O virarle la espalda a esa teta robusta que empina el pezón hacia el cielo.
Alguna vez alguien se balanceó sobre una grúa a la hora del almuerzo. Miles lo admiraron, allá arriba, como se balanceaba, se quitaba la ropa, se quedaba en calzoncillos, mientras media Habana se divertía a su costa.
Los cubanos somos una broma. ¿Y entonces de qué carajo nos quejamos de que un sapingo, en la verdadera Casa Blanca, también nos tome a broma y promueva esta abnormalización?
Pues, sí, nos la merecemos, aunque sea un trago amargo de tomarse. Todavía miles van a esas pasaderas, que no posaderas, de cuenta en asambleas de rendición de fondillos donde responden otros futuros balseros sobre el charco de la esquina, la gotera de la bodega y el gorgojo del arroz que llega por la libreta.
¿Y queremos «democracia»?
«¿Qué es eso, mi’jo?» Pregunta Fefa, la de vigilancia. «¿Viene por la libreta? ¿Es la sustitución del picadillo de soya de este mes?»
Tal vez. Pregúnteselo al abnormal del Capitolio, al del otro. Puede que en algún momento nos lo cuelen en esa jarana secular que tengo guardada, «como un tesoro del pasado», en un cuadro frente a la taza sanitaria de mi casa, aquí en Canadá, como recuerdo de que, hasta los males de estómago, están prescritos por núcleo familiar en Cuba.
Toca uno cada tres semanas, en la bodega.
Triste historia la nuestra. Los cubanos se van, y los americanos regresan y los que se tienen que ir, ni muertos, ni idos, convertidos en arrugas, máscaras y hasta en una alpargata de vieja. Este mundo, patas arribas, no solo es una abnormalidad en Cuba – ¡qué buena respuesta! – hasta en la «yuma», Toronto y en la vía Apia.
Pero, dejémonos de cuento. No fue el primero Baracknormal Obama quien  sostuvo aquella estatua de piedra. Fuimos nosotros, y aquí estamos, aún sosteniéndola.
¡Que Dios nos perdone!

Nota: La caricatura que encabeza este post pertenece a Cartonist A. F. Branco

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