Friday, May 1, 2015

Tragamonedas

Ya sé que me van a decir que es el miedo. Ya sé que me van a recordar la coerción y el listado temprano en el trabajo. La «llamada de los factores», y el ojo del chivato del vecindario.
Ya sé que me van a recordar el «partido», la «juventud» y el «sindicato», y las «guaguas» de adolescentes vestidos de uniforme, los «camilitos» y los viejos milicianos.
Ya sé que me van a recordar aquellos viejos roñosos, «arrascagüebos», que aún quedan, que se mueren de hambre, hablan todavía de «ofensiva revolucionaria» y se llenan de medallas el pecho flaco, encogido y rabioso. Viven en un mundo que ya no existe, que les dejó detrás, arracimados a símbolos sin valor, pura lata ferrosa de recuerdos.
Ya sé que me van a hablar de ignorancia, falta de información, intolerancia y hasta alguno de fascismo. Ya me sé también esa historia.
Ya sé que me van a recordar la «bachata», los refrescos agüados en pipa, los bocaditos de pan-sin-nada, las tres pocas chucherías que sacan como «golosinas atrapamoscas». Las croquetas de cemento, las «flauta atipladas de pan» viejo, elastizado y húmedo, casi sin aceite o mantequilla, que se desgaja en la boca como hojas secas.
Alguno hasta me recordará este «carnaval de merolicos» en las aceras de paso, entre banderitas sublimes, consignas preparadas «Made in DOR», y tanto pulovito rojo y blanco repartido a última hora para garantizar la cuasi obligatoria asistencia.
Nadie se obliga más que a sí mismo, siempre lo he dicho.
Algunos me abofetearán recordándome que muchos, unos cuantos, solo corren al alcance de esos pulovitos rojos. Es el disfraz de la asistencia, del momento, de la chismería relajosa del sindicato.
Ninguno escuchará nada, no les interesa. El desafecto representante del gobierno sindical dirá sus palabras, aplaudirán unos pocos, menearán la boca unos cuantos, zandungueará una conga la mulata culona que lleva la banderita en el sombrero mientras con la sonrisa desgranada saboreará el ritmo de alguna melodía contagiosa.
La fecha no existe, no tiene ningún significado esencial para sus existencias, no les interesa.
¡Pero están allí!
Es lo que le interesa al gobierno. ¿A alguien más le importa?
Pues, ¡no!
Y esa es la esencia del desparpajo, y la consecuencia son estos 56 años vergonzosos arrastrando esta existencia, mientras que abandonada la explanada se quejarán entonces de los techos, las goteras, el pan viejo, la falta de «güebos» en la bodega, cuando donde falta es en la entrepierna de tantos miles.
Estos mismos trasplantados cinco décadas atrás desde el hoy rompieron máquinas tragamonedas cerca de ese mismo lugar, ¿para qué?
Para nada, para venir a desfilar celebrando los derrumbes, la falta de techos y casas para los hijos, el desaparecido y tantas veces prometido vaso de leche para el niño, la maestra roñosa que ya ni sabe escribir «ortografia» con acento en la í, los hospitales que se caen en pedazos, los médicos que faltan en los centros asistenciales, las vitaminas que se venden en la esquina de la farmacia, lo que cada uno de estos roba en su trabajo, las colas en la embajada americana para pedir visa, o el pasaporte del gallego trasplantado.
Celebran las remesas de los familiares en la «yuma», la cerveza de latica adquirida por la putica maleconera o el pinguero del vedado, del maricón que se entrega a su meneo en el «avioncito» o del jinete que vende el tabaco entre los payasos del ex Eusebio (i)Leal en la Plaza de Armas.
Tragamonedas. Tragadólares. Tragaverguenzas.
Esos son los que desfilan.
¿Nos sorprendemos entonces que la payasada castrista continúe en la carroza?
Entérense, también desfilan los exiliados, «emigrados económicos» para acomodar el eufemismo a esta nueva etapa maromera. ¿Alguno se calzó bien los zapatos, se le subió la leche hasta la cabeza y le lanzó la cojonera a la embajada cubana en cualquier latitud geográfica existente?
Nadie, que yo conozca.
Todos marchan por el mismo caminito. Sonriendo, dando los «buenos días» con la cordialidad amable del cordero al pedir la reactivación del pasaporte, el permiso de entrada a un país que no es el suyo, pero lo es y entregar cerdamente parte del salario para sostener esa payasada nacional.
Eso es también marchar por esa plaza ese «primero» de cualquier cosa, día internacional de la «clase obrera», que en Cuba es decir de la «clase ladrona», porque eso es de lo que viven, del robo al gobierno.
Algunos me susurran en la oreja, «es la parte esencial del salario que le arrebatan a los Castros».
Pues, ¡epa!, Día Nacional de la Clase Ladrona, así marchan.
¡Tragamonedas!

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