Saturday, May 23, 2015

SinCO… en Matadero

Hace unas semanas viajé a Los Angeles. Como ya se hace habitual en el aeropuerto de Toronto, que no está en Toronto sino en Mississauga, pero al que todos seguimos llamando de Toronto por esa cualidad surrealista tomada, tal vez, por alguna sugerencia macondiana o extraída de algún relato de Salman Rushdie, pues allí, en Pearson, que es su nombre oficial, en el control de seguridad de la terminal 3 de ese aeropuerto, me pidieron que me descalzara y entregara mis zapatos, como se entrega pudendamente la ropa mas íntima en un chequeo médico para ingresar a  las fuerzas armadas. De golpe, uno queda inhibido, arrinconado en la desnudez, sin saber dónde poner las manos para ocultar nuestra bochornosa «encueridad», o suerte de ella, y cuántas manos pedir prestadas para ocultar todas esas partes vergonzosas de nuestro tímido cuerpo ante el ojo bromista ajeno.
Allí, al poner los zapatos en la bandeja plástica, me invadió una muy cotidiana sensación de absurdidad total.
Nos damos cuenta, de repente, que el mundo se nos ha cambiado, que somos hijos de la desnudez, que hemos crecido en «paños menores» o sin ellos, y nuestra vida transcurre como una larga secuencia de estampas donde el quitarnos la ropa, y los zapatos, quedarnos «en cuero y con las manos en los bolsillos», es la quintaesencia del vivir.
Quizás así lo sea. Después de todo, nacimos desnudos. Desnudos creamos otras vidas que nos sucederán. Desnudos regresamos al barro para dejar flotando una de esas tantas almas originarias creadas por Dios, hasta que vuelva a encontrar su próximo recipiente mortal.
Resulta que tengo que quitarme los zapatos para que los examine una máquina de Rayos X, mientras un hombre de estatura inalcanzable, vestido con toda la parafernalia imaginable de seguridad me pasa un aditamento electrónico por todas mis partes, con toda la semejanza de un dildo tecnológico, para dar el «visto bueno» de mi candidez ciudadana ante el ojo acristalado electrónico de una pantalla oculta a mis mortales ojos.
Y allí estoy, desnudo como un niño, sin pantalones ni calzoncillos, a pesar de que no estoy ni en la posible versión privada de esa bagatela seudo erótica para amas de casas desesperadas, llamada «50 sombras de Grey». Pero no soy ni Christian Grey y tampoco conozco a ninguna Anastasia.
Así, casi sin quererlo, tuve la sicodélica sensación de habitar uno de esos locos libros de Kurt Vonnegut. De vivir un tiempo en infinito, donde el vecino convive en un bunker privado, rodeado de computadoras, aislado, rodeado de esa cerca transparente en que se convierten las relaciones humanas electrónicas; sin vernos los rostros a pulgadas de nuestras puertas, viendo el de los otros a miles de kilómetros de distancia. Somos ese átomo de absurdidad encallado entre armas, tecnología y celulares. Escribiendo la crónica de nuestra vergonzosa soledad.
De forma que miraba moverse mis zapatos en aquella bandeja plástica, en su viaje surreal por la estera hacia el equipo que sonderaría sus partes pudendas: las suelas desgastadas en mi caminar por el tren urbano de la ciudad, el polvo enquistado en una estría del tacón, llevando la huella ineludible del paso apresurado de mi pie por el jardín de mi casa, la esquirla de fango escondida en el pliegue derecho de su punta oscura, inadvertida entre el betún deslumbrante que la oculta, como el buen carmín que desaparece la arruga de la señora que esperaba ser también despojada de su intimidad, después de mi pequeñísima persona.
Los zapatos estaban allí, pero a la vez estaban en otra parte, quizás en camino a ser registrados en una base de datos centralizada, y que alguna vez sería pulverizada en la próxima investigación serial para descubrir el terrorista agazapado dentro de mi pie. ¡Ni modo!
Mientras, allí estaba yo, sintiéndome desnudo y miserable, encuerado ante la mirada ceñuda de ese «alguien» sin nombre más allá de su intitulada y confesa profesión de «seguridad de aeropuerto», que me mediría el pie y, tal vez, hasta sacaría simpáticas cuentas de mi masculinidad por el tamaño del calzado.
Vivimos en una sociedad tan obsesionada con la longitud viril de ciertos instrumentos eróticos, donde masculinidad, virilidad, hombría, y algunas otras cosas más, se resumen en pulgadas, centímetros y milímetros, que no es extraño que aquel personaje nos mida y catalogue en alguna de las posibles medidas de la escala internacional de medidas ante un equipo de Rayos X. Y así seremos hombres cortos, medianos y largos. Desechables y «echables». Viriles y desvirilizables. Todo porque un loco intentó, ya nadie se acuerda o nos acordamos todos los días, hacer explotar un avión con sus zapatillas deportivas, y los que viajamos estamos en la punta final de esta cadena de absurdos, donde la eroticidad, el terrorismo y la falsa virilidad de un extremista lleva a hacer sonreír a un miembro innombrable del equipo de seguridad de un aeropuerto quien, no cabe dudas, también sufrirá esta violación íntima a su masculinidad en alguna otra estación de vuelo.
¿En qué mundo vivimos hoy que no podemos saludar a un hombre sin primero hacernos chequear las puntas de los dedos, las uñas, los zapatos y hasta el pelo?
Y no es solo Toronto. Es Nueva York para entrar en las fuentes que recuerdan los nombres de los muertos aquel fatídico 11 de Septiembre. O La Habana, donde no nos quitan tal vez los zapatos, pero sí el cinto, quizás para impedir que nos ahorquemos a destiempo por volver a sufrir lo sufrido.
¡Y seguimos regresando!
Los cubanos tenemos el espíritu de «Ana» Steele. Vivimos en un librito sadomasoquista social que fue escrito prestando mucha más atención al detalle que el que pudo terminar y publicar, con mucha suerte y dinero, E.L. James. Y me explico.
Solo bastan dos que se encuentren y ya comienzan a hablar de Castro. Tres y ya hacen un tumulto. Y al cuarto y al quinto ya podemos llamarle multitud. Sucede en todas partes del planeta. Estamos dondequiera. Somos más cosmopolitas que el Vaticano, que es mucho decir.
Después de quejarnos en Ciudad México, hacer «huelga de hambre» en una estación migratoria de algún puesto fronterizo en Honduras, o en el mismo México para quedarnos con Latinoamérica, sudando «el gordo fondillo» para poder llegar a suelo americano, o a una barriada torontiana – depende las prioridades, lo de Estados Unidos es una obsesión homérica nuestra –, nos cargamos de bártulos, maletas y equipajes y nos arrastramos como ese simple caracol, y regresamos quejándonos de por medio en Toronto de los zapatos y del oficial de inmigración que se ríe de la «largueza o cortedad» frente a su Rayos X, para después estar sonriendo amaneradamente a la patrulla descuartizadora de nuestra intimidad política en el aeropuerto de La Habana.
¡Somos tan predecibles los cubanos!
El desnudo de mis zapatos en el aeropuerto de Toronto, de viaje hacia Los Angeles, se me antoja entonces tan inocuo o ridículo que olvido el absurdo que puede representar esta historia de Vonnegut.
Y es que convivimos en esta gran ciudad con células vivientes de extremismo y no la reconocemos. La observamos cruzar nuestro paso hacia el mercado, las tiendas, los descuentos en los centros comerciales, y nos sorprende los sucesos en el Parlamento de Ottawa. Olvidamos nosotros mismos que venimos de un país donde la intolerancia se coló hasta el tuétano íntimo de nuestro tejido adiposo como sociedad, y viajamos con él, nos desplazamos, convivimos con esos otros sin percatarnos que la destrucción de nuestra civilización occidental, de lo que es nuestro entorno, viaja con nosotros, sin necesariamente estar en nuestros zapatos, sino en nuestra tolerancia al intolerante, que debe ser ciertamente intolerable.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta el próximo 11 de Septiembre?
Estos pensamientos vuelan en mi mente leyendo las noticias, y las palabras, de Roberta Jacobson sobre la posibilidad de una «embajada americana restrictiva», o restringida. Y hemos de aceptarlo como un hecho.
Los maestros de ceremonia de las negociaciones ya no saben negociar.
¡Aleluya!
¡Fin de la Historia!
Usan las mismas técnicas, y prácticas, un similar lenguaje al de su enemigo de siempre. Y nosotros hemos de aceptar este juego, esta engañifa de negociaciones, como aceptamos este encueramiento tecnológico en los aeropuertos.
¿Para qué entonces ponernos calzoncillos, pantalones, sostenernos la portañuela con cintos y colgarnos del cuello una corbata que no aparece en los equipos de Rayos X?
¿Para qué entonces negociar lo no-negociable?
¿Qué razón tienen estos maestros de ceremonias diplomáticas que aceptan cualquier transacción con el enemigo, ese que lleva la bomba en la zapatilla deportiva – y no se la encuentra nadie nunca –, o el que aplaude al que lleva esas zapatillas en los pasillos neoyorquinos de la ONU, que viene a ser lo mismo?
«Tanto mata la vaca el que le da la puñalada como el que le aguanta la pata», decían nuestros abuelos.
¿Qué negociación loca es esta que necesita meses de conversaciones para aceptarlo todo sin restricciones a lo restringido?
¿Estamos viviendo en «Matadero Cinco»?
¿Qué estación de la vida es esta?
Solo pregunto.
En lo personal, Vonnegut me hace dar arqueadas amargas, las mismas que me provocan una Sontag o, en el peor de los casos, una Eva Golinger, sobre regímenes de inspiración diabólica como los de Cuba y Venezuela. Talibanes de una inquisición ideológica tan despreciable y terrible como la medieval. La sed socialista de Vonnegut me inspira la misma energía de desprecio que provoca mi admiración a su talento literario.
Desprecio esta absurdidad que le hizo sentir benevolente desmemoria por los bombardeos nazis sobre Londres, y condenar  el contraataque aéreo aliado sobre Dresde, suerte de incoherencia intelectual que condona la victimología aliada a cargo de ejecutar la apología de las muertes  inocentes de civiles de un pueblo levantado sobre la intolerancia, la religión ideológica y la indiferencia. ¡Qué bien conocemos esto los cubanos!
 Ninguna muerte es despreciable, pero a veces hay que tener toda la memoria, no solo un fragmento apetecible para el plato literario de oportunidad.
Todo esto me hace confirmar, una vez más, el abismo de talento entre literatura y política, y me hace volver a recordar a Cortázar.
A mi regreso de Nueva York, dos años atrás, el oficial de inmigración en la frontera de Canadá me preguntó de dónde yo era y cómo me llamaba, a pesar de que tenía mi pasaporte en regla y el hombre lo deletreaba con sus gruesos lentes. Tuve ganas, muchísimas, de decirles entonces que venía de Tralfamadore y mi nombre era Billy Pilgrim.
Pero, ni modo, no quise correr el riesgo de que me creyera.

1 comments:

Mario Riva said...

Después de todas estas vejaciones, en aras de la “seguridad”, debo sacar mis propias conclusiones:

1.- Antes del 9/11 éramos más libres. Querámoslo, o no. Creámoslo, o no.
2.- Existe el concepto de que las poblaciones de los países industrializados, que son (en su gran mayoría) los que efectúan vuelos en avión para trasladarse de un lugar a otro, están siendo sometidos a vejaciones injustificadas.
Estas vejaciones (que en su mayoría todos aprobamos, en aras de la “seguridad”) son más para intentar demostrar que se está haciendo “algo” para combatir al terrorismo, cuando en realidad no conducen a otra parte que no sea la incomodidad.
3.- Otros decimos que, eso se llama “calentar” la zona, con tal de disuadir a los potenciales terroristas. Para que nunca sepan como, cuando y con qué se van a encontrar. De ahí podríamos inferir lo del control aleatorio. Tal vez sea lo más sensato.

¡Todo sea por la seguridad de los vuelos!