Thursday, May 14, 2015

Pasaje al olvido

Una inacabable lista de auto invitados llegan «al baile». Celebridades, hombres de negocios, músicos olvidables, políticos menos olvidables, pasados primeros ministros devenidos segundones en su tiempo, presidentes, y tal vez hasta un Papa en Septiembre. Son nombres que saltan a las páginas de los diarios y recorren los cintillos de noticias, anunciando su llegada al último lugar que parecer estar de moda, Cuba.
Mientras toda esa celebridad extranjera «parece regresar», descubrir por un infeliz instante ese promontorio alargado de verdor, sofocante en toda la extensión de su verano, los cubanos parecen ser los únicos olvidados, «no invitados» a su propia fiesta, y en su propia casa.
Parecen huir, escapar. No aparecen en ninguna de las mediatas «listas» que reclama la prensa. Extranjeros en su propia casa, olvidados por todos, ciudadanos de último orden en un mundo que no tiene ya ninguno establecido. 
¿Los otros? Los otros regresan, nosotros nos vamos. Por esa fugaz eternidad del planeta, el mundo nos abandonó, definitivamente, pero nosotros también abandonamos al mundo. 
Nos convertimos en ese pueblo galante, reidor y bondadoso, manso en su quejumbre silenciosa, parlanchín de su facundia y su criollidad, que no sabe levantar la voz para no molestar al vecino, aun cuando ese vecino es fastidioso y nos riñe, y nos causa problemas y desplantes sonoros.
Ahí estamos. Un remanso del mundo, un rincón tranquilo, callado, abrumado de quejarse a media voz, pero que teme levantar la palabra más allá del atiplado susurro para expresar esa queja.
Y los pueblos galantes, mansos, no hacen la historia, la sirven, de la peor forma.
La hemos servido. 
Hoy hasta nuestros símbolos se retiran, desaparecen, avergonzados. Otros usurpan su lugar, ajenos al aire requemado y caluroso, al polvo salitroso de sus calles, al dulce aroma de nuestras comidas y tradiciones.
Alguien reclama por Puerto Rico «la otra ala». Un rocoso promontorio de tierra en el sur lo acusan de tango y lo llaman Malvinas, mientras mastica algún «chiclet» y habla inglés. Cualquier otro minúsculo átomo perdido en el mapa geopolítico del mundo reclama banderas e independencia. Cuba ha quedado encallada ahí, olvidada, huérfana de reclamos, de querellas justas.
Olvidada.
Hasta la música ha perdido el son. Enmudecida aspira el arpegio ajeno, la nota estridente del visitante, la descolorida insipidez de algún otro. Ritmo de otros ritmos, arpegio de otros arpegios, cuando fuimos la cuerda originaria a templar, bailar y tocar por todo el mundo.
En esta soledad, hasta los entornos naturales se transforman en esta vitrina donde el jarrón de porcelana de China trata de evocar una época perdida en el ensueño. Detrás de sus cristales, la vida pasa. 
Cuba se ha tornado esa vitrina de cristal. Anticuario para turistas. Promontorio de viñetas tropicales para el fotógrafo de moda.
La tragedia hoy para el cubano es que no somos memorables, y vivimos de la memoria.
La pregunta entonces seria ¿a qué recuerdo acudir? ¿A qué memoria?
Un país en ruinas se levanta con esfuerzo y voluntad. Un país sin memoria no tiene historia, es un paisaje desolado, que se desvanece, se convierte en ese despojo de hijos regados por doquier, como pétalos lanzados al viento.
Y no hay pétalos sin flor. No hay flor sin sus pétalos.
No acudimos al hoy para pensar en el mañana, acudimos al ayer. El pasado es el ladrillo fundacional de cualquier fortaleza ante el mundo, los hombres, y las circunstancias. Y ese ayer se desvanece, se nos ha ido, en un largo camino entre las aguas.
Solo queda ese pequeño remanso, ese rincón, ese evanescente pasaje al olvido.

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