Thursday, May 7, 2015

No me gustan los musulmanes

Un juez de la corte de Edmonton ha puesto en libertad condicional al terrorista convicto Omar Khadr y su abogado defensor, Denis Edney, no ha perdido tiempo en afirmar que el Primer Ministro Stephen Harper es “un intolerante y no le gustan los musulmanes”.
De manera categórica el señor Edney acaba de confirmar, con esa curiosa oración de su particular vocabulario inglés, que los musulmanes son terroristas, porque es a eso a lo que ha respondido el gobierno federal canadiense a través de su Ministro de Seguridad Pública, Steven Blaney, al afirmar que el gobierno del Sr. Harper “lamenta que un terrorista convicto se le permita  regresar al seno de la sociedad canadiense sin cumplir totalmente su condena”, como merece, agregaría yo.
Pero dejemos ese intercambio de localismos verbales para este abogado y su contraparte federal. Yo tampoco tengo que tomarme el tiempo, y el esfuerzo, de responderle en nombre del gobierno conservador del señor Harper. Ya lo harán otros, así como también habrá algunos idiotas útiles que utilizarán esta zanahoria en el bando liberal - ¿no es así Justin Trudeau? - y del NDP para buscar votos de sonrisas en el parlamento.
Un aparte. Ya el señor Trudeau confesó que había fumado marihuana en los pasillos de Ottawa.
Pero, en su lugar, contestaré por mí mismo, y por nadie más. El silencio también es una concesión al enemigo de la razón, la tolerancia y, sobre todo, una cobardía imperdonable.
No me gustan los musulmanes.
No me gustan esos que, amparados por la tolerancia a la palabra, al pensamiento y a la libertad de expresión defienden la intolerancia, el vasallaje a un conjunto brutal e ignorante de credos que amparan la represión al diferente en un manto de religión.
No me gustan los musulmanes.
No puedo tolerar, con mi silencio, la destrucción de los pilares seculares de la sociedad democrática occidental: la convivencia pacífica de todos, cualesquiera seamos. Y, sobre todo, el silencio que significa la hipócrita tolerancia a la intolerancia, que es la esencia del problema que enfrentamos hoy en el mundo nuestro, en nuestra sociedad occidental.
Diariamente nos invaden los espacios públicos, los centros de pensamiento y de dirección social, universidades, revistas, escuelas y colegios, reclaman que se retiren símbolos de nuestra forma de convivir y creer – y nada menos que por «irrespeto a mahoma» –, ocupan lugares prominentes en los estamentos políticos, jurídicos y de emisión de opinión y, precisamente, de manera invisible pero consistente, van destruyendo las bases cristianas de nuestra cultura, de nuestro pensamiento y de nuestra vida.
Intentan borrar toda la memoria cristiana de nuestra sociedad y nosotros, ciudadanos de occidente, creyentes o no creyentes, blasfemos o devotos, nos olvidamos que pertenecemos a la misma cultura arraigada en un pasado cristiano, sin el cual no seríamos sino sombras sin sustancia, seres razonantes sin vocabulario, apátridas espirituales, huérfanos de espíritu y de intelectualidad.
Lo intentó el estalinismo, y fracasó. Lo intentó el castrismo, y también fracasó. Lo intenta el mundo musulmán destruyendo los símbolos gregarios de la cultura milenaria mundial. Lo intenta a muerte, sublevación y mucha insolencia permitida bajo el manto de nuestros mecanismos democráticos.
Es hora de decir ¡Basta!
Los ciudadanos de Europa del Este conocieron todo esto, y los cubanos sabemos también nuestra historia, especialmente los que acudimos a Dios, y creemos en su misericordia. Fuimos una península aislada en el mar de la «felicidad incontenible» del marxismo. Expulsaron monjes, padres de iglesias y santos. Cerraron templos y lugares de credo. Cargaron barcos con curas, monjas y monjes, muchos de ellos españoles y canadienses. Persiguieron doctrinas y fe.
Nada desapareció y, curiosamente, los mismos ateos comprendieron que el intento de borrar esa cultura, y acercarnos a una ideología extranjera a nuestra forma de ser y de pensamiento, a nuestra idiosincrasia de vivir, nos destruiría como personas, como hombres de raigambre cristiana.
Nuestro mundo sobrevivió esas desgracias, a un costo humano enorme.
Lo que ocurre con el musulmán en nuestro mundo es diferente, porque estos intentan derruir de raíz los mismos cimientos, las mismas raíces y la misma memoria de nuestro pasado cristiano. No están en nuestros países para irse, o para convivir en pacífica tolerancia con el diferente. Utilizan precisamente la ingenuidad cristiana de nuestros principios democráticos para defender su derecho a la intolerancia de nuestras raíces, a nuestros fundamentos como sociedad. Y somos tan estúpidos, tan benevolentes y misericordiosos en nuestra ingenuidad política, que le dejamos hacer.
No me gustan los musulmanes. ¡No!
No me importa que me digan algunos que, rechazándolos, destruimos los principios fundamentales de nuestra sociedad, porque ese es el cómodo  precepto del idiota benevolente para defender, peligrosamente, el crecimiento de una doctrina que mañana nos cerrará los lugares de culto a nuestra fe, la enseñanza ecuménica de nuestra historia y de nuestra memoria como sociedad, impondrá preceptos estrictos en el lenguaje común, a nuestra lengua y a nuestro intelecto. Prohibirá nuestro arte, nuestra libertad de elegir cómo educar a nuestros hijos, qué ropa usar, cómo comportarnos en sociedad, qué libros consultar y qué leer y, muy fundamentalmente, cómo dirimir nuestras diferencias.
Precisamente no permitirá las diferencias.
Cada vez que alguno de estos que, con hipócrita tolerancia y con palabras bellas, acusa al tolerante de fanático, al que utiliza su derecho a opinar como intolerante, y al que impone la paz para todos con la acotación de la célula terrorista, enemiga de la razón y del derecho a la diferencia, como enemigo de alguna secta depravada, está auto inmolándose a sí mismo, pero a la vez, hiriendo con cuchillo mortal la sociedad que dice defender y en la cual transcurre su propia vida.
No me gustan los musulmanes.
No me gustan ni estos que recaban que las enseñanzas del tal «mahoma» son pacíficas, sin demostrarlo con su acción. Ninguno de esos que acuden a las palabras «del profeta» que dice no defender los preceptos terroristas de estos personajes tenebrosos que acuden a la muerte en nombre de su supuesto nombre. No puede existir una divinidad que defienda la muerte como testimonio de defensa a la palabra de algún «profeta». No existe.
También tengo derecho a decirlo, y sin ninguna consecuencia. Es parte de mi cultura ancestral como hombre de occidente. Los que no lo comprendan, o no quieran pensarlo así tienen que vivir y convivir con ello, aunque no les guste. Es parte del acervo social que hemos logrado en más de dos milenios de vida.
¡Nadie nos lo puede arrebatar!
A ese clan musulmán que defiende «su pacifismo», llámese como quiera y donde quiera, le digo que tienen que probarlo. Tienen que exigirle al núcleo terrorista de su comunidad que tiene que desaparecer o enfrentar las consecuencias. Tienen que, ellos mismos, eliminar esos miembros «disidentes» que promueven la muerte, la destrucción y la intolerancia. No hacerlo significa, como mínimo, una complicidad y, en última instancia, el reconocimiento tácito de que su propia doctrina sí es terrorista.
Ya sé que hay muchos que no se atreven ni a abrir la boca, pronunciar una palabra ni arriesgarse a decir lo que digo. ¡Será tarde para cuando lo hagan!
A los que defienden hoy la libertad de Khadr basados en una supuesta «tortura» en prisión hay recordarles el origen su presencia en esa misma prisión: un acto de terrorismo armado donde murieron personas.
Son condenables los actos, o los supuestos actos de tortura a un convicto: deben ser resueltos y aclarados con transparencia. Pero eso no puede ameritar, ni se puede premiar, con la libertad del terrorista.
No se puede premiar al delito, aun cuando el delincuente no haya sido tratado coherentemente en las premisas de su confinamiento. Ya sé que no soy «muy benevolente». Lo siento, me interesa mucho más las vidas de las víctimas que la del victimario. Y si ellas ya no pueden ser preservadas hay que, al menos, respetar con la condena al victimario el sacrificio de sus vidas.
Veo, sin embargo, y con estupor que los sectores intelectuales, los artistas, políticos, miembros de la sociedad con opinión e influencia no ejercen su derecho a hablar con honradez y valentía, ante los desafíos que las comunidades musulmanas presentan en nuestros países. Dejarlo para mañana, o conceder el silencio es un acto de execrable cobardía, y es el suicidio cotidiano que percibo cada día en la prensa, en la televisión, en los medios sociales, en la misma calle.
Para colmo de males he leído que hasta en Cuba han aparecido estos rastacueros para levantar su fondillo al cielo en el medio del Paseo del Prado. No debería sorprenderme, pero lo hace, y me asusta.
Un país cuyo gobierno es una zorra hipócrita, que abraza toda cultura antioccidental, que intentó destruir nuestras raíces cristianas – y fracasó –, que apoyó todo movimiento antidemocrático en América y el mundo – y también fracasó –, y que hoy sigue aplaudiendo a grupos terroristas en el Oriente Cercano y en el Medio, no dejaría en última instancia, y como medio de sobrevivir a cualquier desafío, abrazar a estos infieles.
Los musulmanes, aquí y donde quiera, en Cuba incluida, tienen que firmar con su propia sangre su lucha por la paz. Deben ser parte de ese contingente armado que lucha contra ISIS, y contra el terrorismo de su doctrina.
Otras lecturas, y otras palabras, refrendarían lo que hasta ahora mismo confirman su tibieza como agrupación que intenta destruir nuestra civilización occidental, democrática: que son terroristas, como dice el señor Edney.
No, no me gustan los musulmanes, y tengo el derecho a decirlo.

4 comments:

Anonymous said...

A mi tampoco me gustan.
Ya somos dos.

Simón José

Anonymous said...

a mi tampoco. ya somos tres.

Anonymous said...

A mi tampoco me gustan los musulmanes.

Como tampoco me gustan los comunistas

Patry Sid Fdez Moreira said...

Soy cubana, de Camaguey, y vivo en México hace 6 años. Por mi trabajo en una empresa petrolera conozco a varios extranjeros musulmanes y la verdad son ejemplos de hombres. Paisano, no puedes meter a todo el mundo en el mismo saco.