Saturday, May 9, 2015

Dos Carmen

Cuando se levantaba sobre las puntas, lanzaba el brazo en arco y quebraba la espalda en ese gesto airado que apuntaba a la oscuridad del muro silencioso del teatro, el mundo aplaudía, el sonido se lanzaba en torrente, temblaban los muros, se crecia la sala, las paredes rompían su estatura y una explosión de  ritmo se extendia por La Habana, con fuerza terrible, infinita.
Terminado el acto, callada la música y perdidas las huellas de aquel fiero adagio, casi ciego, en el tablado, la maravilla terminaba. Moría el pájaro enhiesto, se rompían las alas, volvía a su morada el silencio.
Solo pude ver a una de las «Carmen», pero eran dos.
La vi bailar una noche de septiembre hace muchos años en el Gran Teatro de La Habana. Bailaba sola, legendaria. Detrás un largo tablado con figuras recortadas en raso oscuro le cerraba el paso. No conocía entonces que la primera era rusa, que se llamaba Maya Mikhaylovna Plisetskaya y tenía tantos otros nombres con las mismas alas de esta otra, caribeña, alada, de cara angulosa que recordaba aquella voz irrepetible de la ópera: María Callas.
Alguna vez fue «María», en silencio. Cuando casi no podía bailar.
Se llamaba Alicia entonces, cuando se levantaba sobre las puntas y comenzaba a existir. Cuando bajaba de ellas, tenía otro nombre, algún otro, y reinaba un submundo de órdenes, cuarteles de baile y rondós de pasos a trois y a deux.
No me gusta el ballet. Confieso que no lo entiendo, o no puedo comprender el silencio entre tanta música. Pero cuando conocí aquella «Carmen» algo bailó dentro, taconeó sutilmente algún sentimiento extraño, alcanzó alguna sobrevida entre los mios y los que agitaba aquel espíritu rebelde en rojo y negro.
No volvió a existir nunca más.
Años más tarde, cuando ya no era el niño de aquellos ojos con que la vi entrar desafiante ante la música, supe de esa otra «Carmen», la rusa, a la que nunca vi bailar, ni hacer los mismos gestos. También tenía las alas rebeldes, el cuerpo arqueado de paloma, las líneas fuertes de matrona en el tablado fiero de ese extraño lugar que se llama teatro. De alguna forma bailaron juntas, pero distantes. Separadas.
Vi su imagen, sus movimientos, el cuerpo que se tornaba, doblaba, arqueaba la espalda y lanzaba el brazo a zambullir la mano en ese gesto fiero, el mismo, en que se presenta «Carmen», en que impone para siempre su presencia de sangre caliente.
Era la misma, o la otra. Distintas.
Dos «Carmen».
Confieso que en lo personal la cubana me gustaba más, me parecía más auténtica, en el tablado. Quizás las manos, el gesto anguloso y cadencioso, como tornaba la cabeza o quebraba la espalda, ese no-se-qué demasiado criollo, demasiado cubano, demasiado encendido en el corazón auténtico de la esencia hispana, que solo a los que nos corre España por las venas nos surge, nos revuelca, se precipita en un torrente de pasión y de fuerza cuando nos reverbera la sangre.
Era la «Carmen», mi «Carmen». Lo era… hasta que dejaba de serlo, fuera de la función de puntas, giros y aplausos.
Era la Carmen tirana y la Carmen libre. La Carmen que doblegaba el fuego para ponerlo en manos de un patrono ajeno a la música, al arte, los pies volantes y las alas. Libre en el tablado, encadenada y diabólica cuando se bajaba de sus puntas.
Dos «Carmen».
Todos recuerdan a Maya Plisetskaya como el ángel dulce, que sufrió y supo imponerse a censuras, discriminación, prejuicios y silencios.
Todos recuerdan a Alicia Alonso como el ave fiera que persiguió a otras aves, impuso censuras, discriminaciones, prejuicios y silencios.
En el tablado español, con aquella música de toros, el talle arqueado, la ceja morena y aquel perfil triangular de ave herida, se transformaba en el ángel blanco. Y era mi Carmen.
No me gusta el ballet, tal vez lo encuentre demasiado sumergido en ese ritual amanerado, desdeñoso o, tal vez, demasiado elevado como para poder hablar el mismo idioma y tenderle la mano. Pero cuando vi a aquella mujer con el pelo largo, con sus piernas turgentes, poderosas, hincadas en las tablas como un sable, en esa entrada de iconoclasia, cuasi religiosa, de la danza, no pude olvidar la música, el perfil, los ojos duros y ardientes, el nombre, los brazos, las alas, el viento, los muros, el teatro.
Carmen se llamaba «Alicia», aunque fue primero Maya.
Quisiera entonces, como tributo a quien todos consideran un ángel bueno, pensar que vi a «Carmen» aquel día de Septiembre en La Habana, en el Gran Teatro, y su nombre era Maya.
Y no Alicia.

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