Monday, May 25, 2015

Cuba tiene poco que ofrecer

“Como mercado interno de interés para potenciales inversionistas o exportadores, Cuba tiene poco que ofrecer”. No lo digo yo, lo afirma Eugenio Yanes en un escrito en «Cubaencuentro». El razonamiento del periodista se centra en un muy corto listado de razones. Veamos:
  • “El atractivo… es porque se trata de un país en venta, ofrecido sin remilgo ni pruritos al mejor postor".
  • “… una morbosa y enfermiza nostalgia por una isla arcaica, anclada en la Guerra Fria y el «antimperialismo consecuente»”.
  • “… entre los atractivos mas destacados … se mencionan los «almendrones», fosiles de automóviles americanos”.
  • “El otro lamentable atractivo que Cuba ofrece… es esa antiquísima profesión conocida en la isla como «jineteo»”.
El pecado más grave que tenemos los cubanos es el autoengaño, la mistificación. Ha sido nuestra mejor virtud, y también nuestro peor defecto. En todas las épocas y en todas las circunstancias políticas, los cubanos tenemos la desgraciada tendencia a mistificarlo todo. Es cierto, sin embargo, que Cuba es hoy un país «vintage».
«Almendrones», «jineteras», «pingueros», «bicitaxis», «barbacoas» y coleros de todo tipo. La Cuba del socialismo sustituyó los casinos y los burdeles por un jolgorio tropicalista que se extendió por todo lo ancho del país, pero que hace a La Habana la capital de la «melcocha castrista». El bohío campesino abandonó el campo, en su lugar florece en el Vedado, en los tugurios de los solares, que se exportaron a todas las latitudes de la ciudad. Por supuesto, eso atrae al mercado del turismo, ¡quién lo duda!
No conozco un canadiense que no diga que mi país es hermoso. Y lo es. La Habana tiene carácter como ciudad, como muy pocas otras, un carácter que fue ejecutado antes de la revolución, porque «esa» no ha dado ningún carácter que no sea el de, precisamente, destruir. La isla tiene, además, un clima esplendoroso, unas playas donde el agua sigue siendo transparente, una arena que reverbera los ojos por su blancura, y toda una línea infinita de hoteles flamantes para aquel turista que solo se encarga de vivir esa vida. Sus «problemas» a resolver allí no son los del cubano, son los de su particular y muy personal placer. Unos buscan una puta de sainete, otros un «pinguero» de salón. Unos «disfrutan» el surrealismo mágico de un «bicitaxi», otros se mueren por atrapar una foto con el «almendrón» del 50.
Cuba se volvió ese sainete, y el castrismo lo explota.
Sí, les recuerda Vietnam y la hemorragia de sus bicicletas, pero un Vietnam cercano, con un perfil más cercano a su entorno occidental. Y el cubano se vende fácil. Sonríe complaciente al turista embobecido. Sainete, vacilón y nalgas en un coctel dulzón de un mercado que es, usualmente, mas barato que el del resto de la región. Hoy por hoy más de un millón de canadienses se arraciman anualmente en Cuba. La mayoría solo quiere una playa que se disfrute, un sol reverberante, una jornada de asueto tranquila y adormecedora, y algunos unas nalgas calientes y un tabaco encendido entre las suyas.
¿Nos sorprende?
Pues, ¡no!
Esperen ver la invasión del turismo americano cuando llegue el momento. Les concedo que al principio funcionará aquello de la «isla arcaica», el último vestigio de la «guerra fría» –  no se hasta cuándo seguirá alargándose este cuento infantil. Después comenzará a suceder lo que ocurre aquí, en Canadá, donde Varadero, y toda Cuba, es solo una extensión playera de su «cottage» de verano. Buscan sol, aguas transparentes y descanso.
Y, dejémonos de cuento, los americanos se abalanzarán sobre la isla. 56 años sin ver un rincón de ella, que era su traspatio natural, garantizan la «inversión». De eso están hablando Josefina Vidal y Roberta Jacobson. De eso se trata. La nueva mafia no está en la terraza del «Capri», sino en las oficinas del gobierno, y en la familia numerosa de los dos cabezas de tirano.
El otro narcótico adormecedor en estas «razones» reza que «Cuba no tiene nada que ofrecer”, porque son 11.2 millones de cubanos pobres.
¿Se han preguntado de qué viven esos millones de pobres?
Pues, déjenme responderle, principalmente de los que le mandamos los cubanos desde Canadá, Estados Unidos, España y cualquier otro lado. Y así pueden verlo los que la visitan. La principal industria cubana somos nosotros, sus emigrantes.
Y eso no dejará de ocurrir, y lo conocen sus gobernantes y también nosotros todos. Mientras más «se exportan» los cubanos en balsas, o por otras vías más seguras, mejor. Más rápido regresan con dólares y artículos, más impuestos a la entrada de los aeropuertos isleños a esas «importaciones para la industria personal», y más dólares frescos para cualquier cosa. Represión incluida al inconforme.
Y los cubanos no lo quieren ver, no quieren entender, tampoco Eugenio Yanes.
Lo siento, ¡bájese de la mecedora!
Los comerciantes, hombres de negocios, políticos, demócratas-republicanos y republicanos-demócratas no miran el mercado cubano, miran la vitrina turística de ese mercado cubano para sus locales, dándose el vacilón cubano.
Entienden hoy, como entendieron ayer, que invirtiendo en Cuba también reciben dólares de sus propios compatriotas que aterrizarán pronto, muy pronto. Y eso también lo conocen los que gobiernan Cuba, y se frotan las manos.
Levantarán mas hoteles, abrirán mas el mercado turístico a América. Yates, cruceros, regatas en sus costas, exhibiciones de arte americano, orquestas con sus melodías y meneos, puede que hasta un día sancionen el matrimonio gay y toda la orquestada maniobra mediática de Mariela Castro. Entonces tendremos el turismo homosexual como adición salpicona al coctel erótico-tropical. Me pregunto si se aventurarán, alguna vez, a hacer lo de Holanda, legalizar la prostitución. Después de todo, Cuba es un país prostituido a todo lo largo. En política, en ideología y en cuerpos mestizos.
Le llamamos «jineteros» y «pingueros», hasta eludimos decir lo que son: putas y putos. El eufemismo tapa la desvergüenza y la inmoralidad de las profesiones sexuales. En Cuba hasta el homosexual activo, aquel que «da pero no recibe» no lo reconocemos como homosexual, siéndolo. Es esta engañifa sicológica machista que trata de cerrar el ojo a la evidencia. Y algunos dicen que «las niñas cubanas» crecen muy rápido, «se desarrollan» temprano y se lanzan a la «caza del gallego», para ocultar lo que es la prostitución infantil. Es el relajo de la mistificación que lo hemos llevado a filosofía y política de estado.
De tanto cerrar los ojos ya somos peor que el tuerto.
Así que, dejémonos de hacer el tonto, Cuba sí tiene que ofrecer. Lo ha estado ofreciendo todos estos años a Canadá, y sigue creciendo ese mercado. Ni se imagine qué pasará mañana cuando sea tan fácil como coger un yate, un crucero o un ticket de avión de la Florida, Nueva York u Ohio para La Habana o Varadero.
Y el cubano seguirá financiando al núcleo familiar de su rincón criollo, que al final financiará las arcas del gobierno. Seguirá alquilando «mulas». Cruzará la frontera con «gusanos» llenos de «diversionistas ideológicos».
Tenemos que acostumbrarnos a decirnos la verdad. En este negocio, entre las dos partes, los que nos fuimos perdimos... el país. Está claro, nuestra vida está resuelta en otras partes. Cuba es la que está hecha pedazos, repartida, difuminada por el mundo.
Lo siento, yo no tengo ya lugar para el optimismo.

Nota: La foto que encabeza el post fue tomada el 25 de Mayo del 2014 en Ciudad de La Habana, no por el autor pero por una amistad.

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