Friday, April 17, 2015

Una sociedad crispada

Quisiera pensar que fue un exabrupto aislado, de una persona no preparada para enfrentar argumentos o responder una pregunta «con filo».
Quisiera pensar que Sucelys Morfa González no es una representación de Cuba, de la sociedad y de la juventud, de este cúmulo de generaciones que  han surgido y crecido conociendo solo un argumento, el oficial.
Quisiera pensar que fueron los nervios, el temperamento de una persona inexperta, sin experiencia, sin preparación previa al evento, sin conocer siquiera cuáles eran sus principios, qué defendía, cómo y para qué.
Quisiera pensar que no fue como representante de un conjunto humano, sino solo un accidente casuístico del encontronazo virtual de un momento.
Una persona aislada, común, sin preparación y sin estatus jurídico y representatividad política, sin perfil ocupacional de dirigente y sin conciencia ideológica, o al menos social y cívica, pudiera tener un exabrupto, reaccionar como la «chusmita» del barrio, esa que sale en chancletas, manitas al aire y el lenguaje de «perlas pedorreras» gritado a todo metal de voz.
Pero, ¡no!
Sucelys - ¡vaya nombre! – es segunda secretaria de la «Juventud Comunista» y es ¿sicóloga? de profesión.
Me pregunto qué clase de profesional puede ser este espécimen que no sabe argumentar con compostura, responder una pregunta con firmeza, sí, digámoslo así, sin necesidad de la histeria, de la actitud descompuesta y de esta presencia crispada que pudimos observar frente a una cámara de televisión, frente a un antiguo cubano de su propia orilla, hoy en la opuesta, micrófono en mano, pregunta de cuchillo en la lengua.
He aquí las dos caras de un país crispado.
Mario Vallejo, reportero de Univisión en Panamá, era un cubano como Sucelys por allá por los 90, trabajando en la radio cubana, la única, la oficial. Ganaba más o menos lo mismo que lo que gana esta «sicóloga» y, por supuesto, presentaba la cara permitida de Cuba, la autorizada por el departamento ideológico del Partido Comunista, que es quien «orienta» - dirige – los medios de comunicación del país.
De entonces para acá, Vallejo cambió de orilla en el problema cubano, hoy trabaja para Univisión en Miami, y gana mucho mas también. Tiene independencia para preguntar, opinar, presentar su reportaje, y hace un trabajo «mas o menos» presentable de acuerdo a los estándares latinos, que no son necesariamente los estándares de la televisión norteamericana en inglés, ni del periodismo americano tampoco.
Sucelys no entró en el camino del periodismo, se graduó de sicología en la Universidad de La Habana, por cierto en una facultad, a una cuadra de la Colina Universitaria, donde muchas veces los cristales le faltan a las ventanas de sus aulas y en un edificio que muchas veces ha necesitado de un mejor mantenimiento, como muchos lugares en Cuba. ¿Habrá exigido alguna vez esta sicóloga algo a sus pagadores de boleto cubanos con respecto a su ex flamante facultad universitaria?
Si Mario se hubiera quedado en La Habana y hubiera viajado a la Cumbre de Panamá como representante del oficialismo cubano, como lo hizo Sucelys, la pregunta no hubiera existido – al menos para Sucelys -, tal vez para Berta Soler o para Fariñas se la hubiera «disparado» el ex miembro de la radio cubana.
¿Alguno de ellos hubiera dado la misma respuesta que Sucelyz y con la misma desfachatez mediática?
Me viene a la memoria el acto de repudio contra Alejandrina, escenificado con el consentimiento de Soler, en casa de la fallecida Laura Pollán y estoy casi convencido que también hubiera reaccionado muy cerca de ese «estilo Sucelyz».
Pero no ocurrió, Vallejo antes cambió de lugar, mucho antes, y en Panamá era reportero de una agencia que no era la oficial de Cuba, ni tampoco la oficial de los Estados Unidos, porque no existe agencia oficial de noticias en ningún país democrático, aunque muchas veces los órganos de prensa se inclinan hacia una tendencia política en esos países.
Pero el suceso de la histeria sicológica de la cubana en Panamá es el suceso cotidiano de una sociedad crispada en Cuba. La pregunta que me asalta es si esto necesariamente tiene que ver con nuestro temperamento «latino», o con la falta de educación democrática de esa sociedad, a todos los niveles, en todos los estamentos sociales, en todo el espectro político, disidencia y oficialismo, o es sencillamente pura vulgaridad de una juventud inculta.
No puedo olvidarme de la «manotería» vulgar de un comandante de chusma, que «apalabreaba» manoteando, histéricamente, que lanzaba epítetos y salivazos como disparos efusivos de una rabiosidad ideológica que no podía aguantar el chancleterismo, el barrioterismo de un temperamento gansteril cultivado en la universidad de la pistola, la guapería altisonante y el acojonamiento arrogante del poseído.
«Demonios en la Plaza», pudiera titularse ese peliculón criollo de 50 años.
Cincuenta años de aquel toqueteo de micrófonos y nerviosidad intrigante no pasan en vano. Se cultivan a imagen y remedo. Se convierte en la política estatal del manotazo, la porra y el acto de chismería frente a las casas del «otro», del diferente.
La sociedad cubana olvidó el argumento, el espíritu de discusión y de respeto, de intercambio y de serenidad. Cuba se convirtió en un país nervioso. Agréguese la vulgaridad, la palabrería estridente, la bofetada permisible y permitida, el «chanchullo» de solar y la chancleta del guapo alcoholizado y tendremos lo que es el resultado en Sucelyz, y el desafortunado encontronazo con Vallejo.
La falta de respeto, la indecencia y la incultura social es un mecanismo espontáneo que surge cuando los instintos básicos están acostumbrados a reaccionar siempre de la misma forma: como perro con rabia frente a un hueso, apelan al ladrido antes que al verbo.
No se puede dialogar con una persona que, por muy «sicóloga» y profesional que sea, no tiene el entendimiento, la cualidad de intercambio de argumentos y el espíritu de diálogo que una verdadera democracia desarrolla.
Son 56 años de soledad amparadas por la histeria.
No fue Sucelyz quien manoteó en Panamá, fue Cuba.

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