Wednesday, April 15, 2015

Un viaje de cine a La Habana inexistente

¿Alguna vez han intentado recorrer La Habana que no existe?
Mi recorrido tendría que ser a través del cine clásico mundial, y tendría la memoria de La Habana inexistente  a través de la memoria de películas italianas, japonesas, francesas y norteamericanas que hoy constituyen clásicos del cine, unidas al recuerdo de muchas de las clásicas destrucciones de salas de la que los jóvenes de hoy, viviendo en una Cuba post-destrucción, no conocen de su existencia.
Por supuesto, tendría que empezar por el principio, sin ser un pleonasmo, y ese principio en mi memoria tendría que venir de la mano del “Vértigo” de Hitchcock, en el antiguo cine “Dúplex”, situado en el hoy languidecido “boulevard” de San Rafael. Los cines «gemelos»,  «Rex» y «Duplex», ya no tenían entonces el esplendor de sus días de gloria, pero seguían sobreviviendo y llenando sus salas en el circuito secundario en que estaban incluidos.
Aquellos cines ya no exhibían las películas de estreno, sus salas, bastante oscuras, especialmente la del “Rex” en la que, comenzada la proyección, aventurarse en su pasillo central se convertía en una jornada accidentada para “descubrir” un asiento – las “acomodadoras” con sus muy convenientes linternas habían dejado de existir entonces en aquellos dos cines.
Una década después de ver por primera vez el clásico de Hitchcook las puertas del “Rex-Duplex” se cerraban para siempre, el ventanal redondo de uso para promocionar la última película en exhibición a través de un colorido cartel, semejaba un ojo oscuro, tuerto, golpeado y taponeado con dos tablas, como el rabioso remiendo a un puñetazo del tiempo. Dentro, las sillas de madera del lunetario habían desaparecido, el olor a humedad y a desperdicios humanos escapaban por sus resquicios como el aliento hediondo de un vertedero infernal, en plena ciudad. Sobre «el ojo taponeado» el cartel lumínico se caía en pedazos, oscuro, sin vida, el recuerdo triste de una época que lo hacía desaparecer y perderse en la memoria de una Habana desfallecida.
El «Rex» está unido a la memoria sensual de una Claudia Cardinale curvilínea, de ojos pícaros, en aquel “Erase una vez en el Oeste”, de Sergio Leone. Las butacas rígidas de madera resistían sus lunetas llenas, y también la belleza de la tunecina actriz de sangre siciliana.
Por una asociación caprichosa me asalta el recuerdo del cine de Belascoaín, al que le desaparecieron el nombre antes de que yo naciera, quizas su muerte tenga que ver con su nombre, «Miami». Yo solo pude ver sus ruinas, como también las del cine “Infanta”, donde nunca pude disfrutar – por los mismos motivos – de ningún clásico. Entre las ruinas sin techo del «Miami» a alguien se le ocurrió crear un simple “tatami” – debe ser otro nombre, por supuesto – para practicar karate y taichí, y también una escuela de yoga que sobrevivió por un tiempo.
En el cine “Reina”, en la esquina de esta céntrica avenida comercial con la estrecha “Rayos”, más de una vez disfruté de los clásicos de Zatoichi, y de su encarnación femenina, Oichi. ¿Se acuerda alguien de aquellas dos estrellas ciegas en el «oasis japonés», entre tanta película fastidiosa rusa de guerra, hoy que solo quedan sus muros cerrados por la humedad y el abandono?
Me recuerdo que para llegar a ese cine había que cruzar un portal apuntalado y que amenazaba con caerse a la mas mínima mirada del que se aventuraba en pasar. Ya no recuerdo si esas muletas siguen allí, o si por vez definitiva se habrán caído aquellos muros. El cine languideció después de los Ichi y los Oichi, y fue quedando para un exiguo grupo de cinéfilos que, me imagino, no tenían adonde ir, o aprovechaban su oscuridad para cualquier otra cosa, «accidentes amorosos» quizás.
De alguna forma los cines de barrio fueron falleciendo en La Habana ante una vida anémica de películas, habaneros y del interés de las autoridades oficiales de la cultura.
Cada diciembre la oficialidad del cine, el ICAIC, recuenta una historia aséptica del cine cubano, pero olvida que muchas de las salas que florecían en La Habana han desaparecido para siempre, ante los mismos ojos indiferentes de los que estrenan sus discursos en las jornadas del festival de cine de esa ciudad. La chaquetilla le hacía cubrir los hombros a Guevara para presumir gestos afeminados de un desprecio a la realidad, y de servidumbre amanerada a la claque incestuosa del poder político cubano. Pero no recuerdo nunca haber oído mencionar a la chaquetilla volandera la desaparición misteriosa de las salas de cine de barrio.
¿No eran importantes? ¿No constituían componentes coherentes de la nueva cultura, de la nueva ola cinematográfica latinoamericana? ¿Se puede defender el cine olvidándose de los lugares donde se proyectan sus películas? ¿No son esos lugares santuarios de la cultura, en un país cuyo gobierno proclamaba, lo sigue haciendo cada diciembre,  defender el legado cultural local y regional con la pasión virginal de las vestales de Roma?
El mismo cine «Yara», antiguo “Warner” de los años 40, o “Radiocentro” en la época de oro de la televisión cubana, años cincuenta, no ha estado ausente de la lista de males que han causado las heridas mortales a los cines como el «Rex» y el «Duplex». No falleció de muerte natural, ni fue sacrificado por los años, por estar donde esta, ser el «rostro» populachero del Festival de La Habana.
Mi recorrido de “primera vez” tendría que incluir a “Los pájaros”, ese otro clásico de Hitchcook, en el cine “Neptuno”, desaparecido también, convertido en cuchitril de humedad y salideros apestosos en una primera etapa para después reconvertido en discoteca de mala muerte, infestada de marihuana y alcohol en las noches oscuras habaneras de la importante calle que le daba el nombre.
En esa época visitaba frecuentemente el «Rialto», esa otra sala de ensayo que exhibía clásicos del cine en coordinación con la Cinemateca de Cuba. Allí vi por primera vez “Amarcord”, de Fellini, y las películas del otro clásico italiano, Michelangelo Antonioni, como “El eclipse”. Y con él viene el recuerdo de aquella rubia despampanante, especie de «Marilyn Monroe» italiana, Monica Vitti.
A ese pequeño “cine de ensayo”, como le llamaban entonces, acudían los amantes inveterados del cine, y era uno de los pocos oasis en los que uno podía refugiarse del calor, la baladronada vulgar de la cultura de la cerveza aguada y de la escandalosa tarde habanera. Como para guerrear con la cultura de la borrachera, el «Rialto» estaba a pocos metros de «Los Parados». Esquinado por el derrumbe de un edificio que no se había convertido aun en parque, y por la entrada ruinosa del “Caracas”, donde acudía lunes, miércoles y viernes a practicar kárate a las seis de la tarde.
El «Rialto» desapareció por esas reconversiones culturales de salas de cine en “salas de música”, a la que también sucumbió el cine “Jiguey”. Hoy en aquel lugar nadie se acuerda de Antonioni, ni de Fellini, ni de “Ladrones de Bicicletas”, ni aun lo sargentos culturales del régimen que tanto ensayan esos discursos de diciembre de los que le hablaba. En su lugar, hoy tenemos el «motor cochambrero» de estas pequeñas «casas de música» que defienden el dólar y la vulgaridad sexualizada de los ritmos pedestres de la nueva ola musical cubana.
No sería inconveniente recordar que todo esto ocurría a pesar de que esos mismos sargentos culturales de las «chaquetillas» situaban siempre, en sus discursos inaugurales de festival en festival, al cine clásico italiano de la nueva ola como el “inspirador” de la cinematografía “de la revolución”.
Al parecer, también las revoluciones destruyen los cines con el mismo fervor “revolucionario” que a las máquinas traga-monedas y a los equipos de impresión de diarios inconvenientes.
Mientras los cines de estreno repartían las películas del momento, muchas de ellas norteamericanas, arrancadas, no se sabe cómo, al embargo y proyectadas sin pagar un centavo a sus productores y artistas, los cines de segunda mano, o segundo circuito, como le llamaban eufemísticamente, constituían la defensa incontenible del cine de autor, de los verdaderos clásicos del cine. ¿Cuántos quedan hoy?
Y a pesar de ser ellos las trincheras de defensa del buen cine, literalmente, fueron desapareciendo. La larga lista de proyecciones y de salas cinematográficas que aparecían en cada muro en los cines de La Habana, o en sus periódicos locales, también murieron con ellos, desaparecieron.
Tal vez para ocultar lo evidente, la ausencia cada vez mayor de nombres de salas.
“Ensayo de orquesta” de Fellini, por ejemplo, la pude ver en el cine “Capitolio”. ¿Se acuerda alguien donde quedaba ese cine?
Por supuesto, conocerán la calle, pero de seguro no se acuerda dónde estaba con exactitud y qué queda hoy de él.
Y “Los cien golpes” lo pude ver en el cine «Capri», donde acudían, casi con exclusividad, parejas jóvenes para destruir el amor, o suerte de eso que se practicaba con frecuencia en las salas de cine oscuras y con poca afluencia, a faltas de lugares “donde amar” sin estorbo. El «Capri» lo reconvirtieron en una sala para documentales, después de uno de esos eventos accidentados del festival habanero donde los documentalistas exigieron una sala para exhibir solo documentales, lo que provoco la muerte definitiva, y para siempre, de aquel pequeño lugar en las espaldas del «Capitolio» habanero.
Hoy los jóvenes cubanos ignoran que La Habana era la ciudad del mundo con la mayor cantidad de salas de cine, 358 en total, después de Nueva York y Paris, que estaban en segundo y tercer lugar respectivamente. Y todas ofrecían una cartelera cultural activa. Algunos ofrecían espectáculos alternativos de teatro y música, o funciones matinales para niños.
¿Cuántos de esos 358 sobreviven hoy?
Una cifra que se desconoce… muy convenientemente.
Otro que también corrió mucha mala suerte fue el «Actualidades», situado en “Monserrate”, a las espaldas del hotel “Plaza”, en aquel entonces un hotelucho de tercera. Mi memoria de cine me hace recordar a “Las Leandras”, en una segunda proyección llena de jóvenes chiflados por Rocio Durcal, cuando ya entonces no era tan joven ni hacia películas musicales en España. En algún momento de su vida, mucho después, este cine se convirtió en dormitorio de gente sin techo, centro neurálgico de algunas pandillas y de jóvenes melenudos. Hoy, sinceramente, no que cual será su suerte, si tiene, si sobrevive, si solo conserva su fachada y su letrero lumínico en rojo. Ya cuando “Las Leandras” asomaban las lunetas vacías, rotas.
El clásico «Payret», frente por frente al Capitolio Nacional, y todo un ícono de nuestras salas de cine, también ha tenido sus épocas de oro, y otras donde la falta de luz en sus pasillos, las rajaduras de sus asientos “sonreían” al espectador tardío, enseñando sus muelles, como caries negras de una dentadura mal cuidada y desfavorecida. Allí veía las películas “de moda” como “Entrevista con el vampiro” con Brad Pitt, Tom Cruise y Antonio Banderas, para los clásicos, ya lo dije, recorría los cines de barrio.
¡Ah!, “El Jiguey”, la clásica tragedia de nuestra historia aguardentosa. El primer cine habanero con la comodidad de ofrecer sus entradas con antelación, por horarios y lunetas – lo último desapareció con el tiempo, como un suspiro de moribundo –, hoy “transformado” en “Casa de la Música”, otra más. Solo basta conocer La Habana, o vivir cerca de sus alrededores para saber qué es lo que atrae esa “casa de música”, y ver recorrer sus madrugadas a los que se divierten en aquellos “centros culturales de la CUCtura neocastrista”.  Antes de perder este cine su techo en un infame huracán que azotó el este de La Habana, pude ver allí “Erase una vez en America”, el «oeste» gansteril de Sergio Leone. De la calamidad lo que sobrevivió fue su “transformacion musical”.
Si escribiera la memoria cinéfila personal tendría hoy que escribir nombres de salas de cines en La Habana que ya hoy no existen. Son como agujeros negros de la galaxia cultural habanera, soslayada en cada encuentro de ese diciembre entre la oficialidad cultural cubana. Me he preguntado muchas veces por que ningún escritor escribe algún libro, o un cineasta alguna película, o un historiador algún ensayo que de alguna historicidad a estas destrucciones.
Seria, tal vez, un viaje de ficción pero real a La Habana inexistente.
Un tema que sería, con justicia, la mejor memoria cinematográfica de nuestra cultura de respeto.

0 comments: