Sunday, April 12, 2015

Un país vacio

Mientras en Panamá se celebraban los encuentros previos a la “Cumbre de Las Américas”, tres embarcaciones con 59 cubanos llegaban a Mangrove Bight, Guanaja, en el Caribe de Honduras. En México, en ese mismo día, la armada reportaba el rescate de otros 14 cubanos en una embarcación artesanal, al norte de la localidad de “El Cuyo”, Yucatán.
Son tres noticias que vinieron juntas pero que han tenido repercusiones diferentes. Dos contrastes, el “aparente deshielo” de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y el flujo indetenible de una sociedad que escapa, desesperada.
A veces me he preguntado qué es más importante, los discursos y la retórica política que acapara los titulares de primera plana en los principales diarios continentales y trasatlánticos, o estas otras noticias de personas anónimas, sin el sello de la mediatizada “descongelación política”.
Tal vez la pregunta debería ser diferente, porque el fenómeno de los balseros ya no es una noticia que ayude a acapar la atención política de nadie, mientras los gestos sublimes, pero vacios de contenido real humano, como el saludo de Obama y Castro, tienen el “carismático” símbolo que se espera para aparecer como divas en el diario acontecer mundial, en tanto el trasfondo humano – que debería ser lo que importa – continúa su curso usual.
La topografía de los grandes nombres, y sus aparentes «grandes gestos», nos ha empobrecido la inteligencia mundial sobre la verdadera esencia de la vida social.
Para los cubanos, en cambio, la situación no ha cambiado, ni cambiará con el arribo de la diplomacia americana. La retórica oficial solo hace el amago “amable” ante el «anfitrión» de turno, al que hay que acaramelar.
Y entonces las últimas declaraciones del presidente americano me resultan una sarta de simplezas ingenuas y, quizás, otorguémosle el recurso de la honradez, cuando afirma que la política americana ha llegado a un punto de inflexión en el tratamiento del «caso cubano».
Alguien ya una vez me cansó con su librito del «fin de la historia».
Es posible que la «inflexión» haya ocurrido en la Casa Blanca, pero en el Palacio de la «revolución» siguen los mismos fondos acojinados soportando las mismas viejas nalgas, mientras la agenciatura de pescozones viaja a Panamá, reparte su “pan con timba” y regresa acojonada, y satisfecha, de haber jugado su papel, es decir, brindar la misma diplomacia de la porra.
Se puede entender que el ser práctico es una buena virtud norteamericana, y defender los intereses de sus ciudadanos es, sencillamente, el primer deber de su presidente. Y puede que por eso se sea condescendiente con la política de apertura de la administración actual. A fin de cuentas, los mismos americanos se preguntaban, desde mucho antes del «deshielo cubano», por qué ellos no podían pisar el suelo de Varadero mientras los canadienses lo hacen, sin que importen los regímenes políticos, las ideologías sacralizadas y las nomenklaturas establecidas.
Otra cosa sucede con los cubanos a los que nadie intenta unir, o nadie intenta alcanzar con una «nueva inflexión», cuya oposición parece seguir amenazando con seguir viviendo «sin cabeza». Cuba es, de hecho, un país vacio, ingobernado e ingobernable.
De ambas partes parece fluir la misma doctrina, ese «sálvese quien pueda», tan cómodo para los regímenes personalistas, en tanto destruye toda posibilidad y todo riesgo de la pérdida del poder temporal. Hoy el régimen navega hacia un fallecimiento biológico de sus «líderes históricos», sin que exista la mas mínima intención de extender la mano hacia su sociedad, solo sostener un nuevo respiro a las próximas autoridades que se sienten en la oficina general, o regionales, de ese cuartel.
Per secula seculorum.
Se puede pensar que la destrucción de la Cuba física llevará años, pero ni el estado calamitoso de la arquitectura urbana, de la economía y de sus campos, nada del atraso oneroso de su tecnología y de su infraestructura de comunicación, de las maquinarias y las herramientas para producir será lo importante, ni siquiera difícil de reemplazar y mejorar en un suspiro. Después de todo, los cubanos hemos prosperado lejos de Cuba, somos pobres, y abandonados, y míseros solo allí..
Es el país vacio de espiritualidad lo que llevará una dolorosa eternidad.
Nadie se percata que los golpes producen cambios más dolorosos en la mente y en la sicología humana que en el rostro, la piel y los huesos. Nos hemos acostumbrado tanto a la porra, a los pelotones de fusilamiento mediáticos, al ladrido de estos perros televisivos que los argumentos de la inteligencia, el dialogo y la humanidad se nos han escapados definitivamente de las palabras.
Y ese fue el verdadero protagonista de Panamá, y al parecer nadie parece reconocer esa «compleja» realidad.
De otra parte están las condiciones incómodas de admitir: la huerfanidad política en Cuba.
Los ideales políticos que dijeron «abrazar» los que asaltaron el poder en 1959 ya no existen. El personalismo del poder llevó a la gubernatura cubana a ser una veleta, moviéndose al ritmo de los vientos alisios de las finanzas, y generando la indiferencia, el desprecio al valor del pensamiento social, al vacio cultural en que vive un pueblo que es capaz de leer y conocer, pero que desea ignorar.
Cuando desaparezcan esas estructuras que mueven, y dicen sostener, el esqueleto social de Cuba se descubrirá que el país seguirá transcurriendo como en un relato de Kafka – ya antes lo dije –, sin cambiar nada, con el ritmo automático de una maquinaria embrutecida y robotizada, sin intentar imponer una voluntad, y sin desear hacer nada por sí mismo.
Esa vacuidad es lo que refleja, precisamente, la más adecuada respuesta que los cubanos le dieron a esta Cumbre de Panamá, es decir, el continuo flujo de escape de aquel país, el sueño de toda una juventud que desea olvidar sus raíces y fundarse en cualquier otro lugar.
Me imagino que lo más doloroso para las autoridades actuales del régimen, y para sus dos cabecillas en jefe, sin que tengan el valor de decirlo ni quieran hacerlo por su propia ignorancia, es reconocer que la vieja generación que le opuso todo tipo de batalla, espiritual, ideológica, intelectual y de fuerza, representa el espíritu más vivo del regreso a sus orígenes, a su cubanidad, mientras que las generaciones que son el producto autóctono de esa «revolución» no les importa para nada sus propias raíces, su identidad como país y su destino como nación.
Son turistas del espíritu.
Para desgracia de todos, a esa generación pasada se le está acabando el tiempo, y están atrapados en el con sus enemigos ideológicos. Para el momento en que el país no tenga los rostros de la iconografía «revolucionaria» en el poder, Cuba será un lugar vacio, sin trascendencia.
Un Hawai para veranear. La Península tropicalista donde un gobierno de remiendo prepara el futuro generacional para huir, repartirse, desvanecerse en el diluido mar del olvido.
Un país vacio.

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