Sunday, April 26, 2015

La coherencia del abuso

A veces nos lamentamos, o nos quejamos, o reprochamos las incoherencias de artistas, pastores evangélicos, curas reconversos, Iglesias y prelados, políticos y disidentes, revolucionarios y revolucionarizados, de la total falta de escrúpulos de esos que, despojándose de viejas vestiduras, abrazan nuevos corolarios, teoremas que antes demostraban su irrealidad.
Sencillamente, nos dicen, cambiaron los tiempos, se reajustaron las llaves del viejo baúl, desaparecieron viejos juguetes de inconveniencia.
Es cierto. Hoy los que ayer mercadeaban con las armas a las guerrillas infestadas de drogas e infancia secuestrada, mercadean hoy con su desaparición.
Es cierto. Hoy los que ayer expulsaban monjes y curas, cerraban templos e invadían iglesias, arriman hoy la mano con el rosario colgados del meñique, suerte de sacerdotes de la sobrevida política. Casi se adornan los hombros con el benedictino escapulario.
En una tierra de contradicciones, donde el abono es la blasfemia y el bautismo la rabia y el encono, Cuba es territorio libre de coherencias. Fertilidad natural de contradicciones, las instituciones terrenas y divinas han bailado al son de ellas mismas.
¿Qué esperar entonces de las que los representan?
A Silvio Rodríguez que cantó despectivamente a serpientes, hoy la abraza con fruición.
A homoeróticos escribidores que fueron vapuleados en su homosexo, encerrados en alambradas y borrados del libro cultural del hombre nuevo, erotizan hoy versículos lunares sobre la masculinidad estilizada de viejos venéreos dictadores.
Más Raulistas que Raúl. Más Fidelistas que Fidelio. Más Papistas que el Papa.
El nuevo clero de conversos es la consecuencia típica de la coherencia del abuso.
Se dieron cuenta. Tarde, ¡sí!, pero a tiempo de reconvertirse.
No hay que lamentar. No hay que elevar ninguna queja. No hay que reprochar nada ni llorar, desvanecer ninguna lágrima, hojear ningún sermón del cielo, las estrellas y planetas invisibles, adyacentes. El «hombre viejo» hizo su pacto de sangre con el «hombre nuevo». Acabó reconociendo que el país no navega a su destino sino a su final. Que la sangre joven escapa, se desvanece, naufraga encontrando algún camino donde huir.
Y ellos se quedan.
Nadie se levanta. Nadie protesta. Nadie intenta siquiera levantar un dedo.
Se han dado cuenta que el pueblo de Cuba es una oveja mansa, en camino a su matadero. La única opción visible, con futuro para sus espaldas llagadas es la reconversión. Desvestirse, exponer sus carnes impúdicas y carroñeras de siempre. Bailar con el badajo senil enredándosele en las rodillas y besar con labios leprosos la mano enteca, huesuda, relamida por tantos otros.
Todas estas personas e instituciones sostienen una estrategia de supervivencia. Han llegado a la «honrada» conclusión de que su sobrevivencia depende de la del régimen, y el régimen sabe de esa estrategia, e intuye que no podría sobrevivir sin ellas, y sin alentar esa misma estrategia.
Todos, absolutamente todos, están convencidos de que el estatus político cubano sobrevivirá un par de muertes biológicas, no por los sofismas ideológicos construidos, ni por ninguna supuesta fortaleza política del régimen, sino porque las fuerzas sociales que pueden alentar el cambio alientan la huida, rehúyen el cambio.
En el caso particular de la Iglesia Católica hay que recordar que ha sido una sobreviviente mundial en todas las situaciones extremas. Tiene experiencia para no sucumbir ningún terremoto político y social. Sobrevivió lo peor, y hoy el régimen conoce que le debe su acercamiento al gobierno norteamericano.
Por décadas ese régimen cultivó el aislacionismo, a la vez de la «rara» pretensión de alentar el fin del embargo, puesto siempre de zancadillas cada vez que el guía ideológico intuía que se estaba demasiado cerca del fin del conflicto.
La Iglesia conoce eso, y también conoce que las nuevas generaciones que le siguen detrás no alientan el aislacionismo, y que quien está hoy al timón del país apuesta por el relevo del «batón» a sus retoños naturales. Quiere y necesita sobrevivir el poder para sus hijos y nietos. Ese conocimiento ha sido transmitido por el alto clero cubano cercano a Roma, al Vaticano, y ha dado sus resultados.
La Iglesia Católica, como máxima sobreviviente de todas las instituciones mundiales también sobrevivirá cualquier holocausto en Cuba, a cualquier precio. Y este lo es.
Amigos, enemigos, doctores y fulleros, todos camino al entierro, cargando una hoguera, lastimándose en su sacrificio de orgullo, pero refocilándose en su lujuria perversa. Le hacen la comparsa útil, la despedida oportuna. Celebran el nuevo poder que surge de la corrupción del viejo verbo.
Son los mismos. Los dueños de entonces. Sus hijos, sus leporinos hijos que hoy aprovechan viejas enemistades reconvertidas.
Exprimen viejas y escasas lágrimas por caricaturas populistas colgadas de viejas joyas que bailan un viejo tango argentino, resonando esas joyas al mejor estilo de aquel John Lennon al que erigieron su estatua de utilidad en algún parque del Vedado, y que solicitaba aplaudir las nuevas melodías beatleneanas con el «canto» de las joyas.
Viejas divas de la desvergüenza, pero ¿no es una desvergüenza que este país se desbarate, se desajuste, se acabe de emponzoñar y sus hijos ni siquiera tengan la voluntad del bostezo?
No nos engañemos.
Los nuevos apátridas de la coherencia solo abrazan una nueva, la coherencia del abuso, del estupro con el poder, de sostener una vida que no tiene utilidad en el escape. Tienen sus encías desdentadas, las canas demasiado podridas y los ojos hundidos en esos pobres lentes que ya no logran ver las viejas coplas, versos y rimas que escribían entonces.
No saben escribir, susurran.
No saben hablar, hacen muecas.
No saben fornicar, menean el culo.
Así, como la vieja prostituta del Apocalipsis, se han unido a la Bestia. Pretender vivir por los siglos de los siglos con ella. No porque la Bestia sea eterna, sino porque los que deberían matarla, huyen.
¿Es alentador conocer esto?
No, pero ¿qué se le puede hacer?

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