Sunday, April 26, 2015

La Bestia que sube del mar

“Se le dio una boca que hablaba palabras arrogantes y blasfemias, y se le dio autoridad para actuar durante cuarenta y dos meses. Y se abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su tabernáculo, es decir, contra los que moran en el cielo. Se le concedió hacer la guerra contra los santos y vencerlos; y se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación.”
Apocalipsis 13:5
Este es, sin dudas, Raúl Suarez.
El Raúl Suarez que cerró la biblia de los oprimidos y pobres y cultivó el poder. El Suarez que cerró un pacto, aquella tarde de los noventa, cuando los aliados de la Bestia se le hacían cortos y decidió extender la mano, y alcanzar otros.
La Bestia nunca compartió el poder, pero supo crear aliados temporales para su poder ilimitado. Repartir migajas, aunque sea comprometiendo su historia pasada, sus palabras, sus promesas. Las palabras son hojas que se las lleva el viento.
Era el momento exacto de abrazar una doctrina escrupulosamente reventada, en los marcos de la muerte de los sesenta y el nacimiento de los 70, cuando se expulsaban padres de la iglesia, se cerraban templos, se despedía a Dios porque no era útil en los nuevos tiempos.
Fracasada la doctrina y la avalancha revolucionaria, era hora de abrazar nuevos cómplices.
Volvería un Dios, otro, en los noventa. El retorno era el compromiso de conveniencia, se tendía la mano a la iglesia «amiga», la de Suarez, un «apostolado» que concedía el poder de Dios por el poder terreno del Cesar.
El rostro del denario, ya que no la palabra de Dios del Nuevo Testamento.
Sellado el pacto de compromiso. Se abrían templos, las puertas para pastores antiembargos y ovejas pitiyanquis llenas de promesas. Se abría una plaza para un coro aplaudidor de un dios, en minúsculas, que ayer concedió el poder de la bofetada a la mejilla del cristiano.
Ya no es el Cristo redentor, el pastor de ovejas. Es el lobo puñetero de porras e histerias.
Las concesiones de ayer son las consecuencias de este día, de este hoy. La sonrisa benevolente de entonces, y su pacto, es el compromiso de coparticipación en el mismo coro de insultos y puñetas. El Dios rabioso del Viejo Testamento, no el sereno padre benevolente del Nuevo Testamento, de Jesucristo, del Nazareno.
¿De qué Dios habla Suarez?
¿A qué iglesia representa?
Ni él lo sabe. Tampoco EL.
 “Mostradme un denario. ¿De quién es la imagen y la inscripción que lleva? Y ellos le dijeron: Del César. Entonces El les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”
Lucas 20:25
La “casa de oraciones” no es la casa del César y su moneda, como muy bien conoce Raúl Suarez, sigue llevando la estampa del propio César.
No hubo Dios en Panamá, tampoco acompaño al antiguo pastor de ovejas. Fue solo el César, el mismo rostro del denario, las mismas barbas, el mismo espíritu vengativo que combatió a Jesús y su templo, que convirtió su casa en patrimonio de mercaderes y fariseos.
Ironías de una iglesia que acompaña a la Bestia: no logró la paz en Cuba. No logró que el César se sentara en la mesa de diálogo con el Norte, ni con su propio pueblo. No logró reconciliar las dos naciones enfrentadas, los dos gobiernos terrenales, las dos historias encontradas.
No hablo con su pueblo, puro comercio prostituido de frutas y monedas. Solo eso.
Y fue la otra iglesia, la que enfrento Suarez con su compromiso con el poder del César. La perseguida, expulsada, demolida casi hasta de cimientos terrenales. No fue la biblia golpeadora de este pastor quien intercedió entre los Césares. Fue la otra, la que un día consideraron bastarda, pitiyanqui, «gusana», contrarrevolucionaria, enemiga, antipatriótica, opio de los pueblos. A la que arrebataron padres curas, templos y ovejas.
Concesiones hubo, existieron. Existen. No debemos olvidralo.
Mientras Raúl Suarez golpeaba disidentes con la biblia de su Bestia, el Papa de la otra Iglesia, la «bastarda», conseguía sentar al dictador en la mesa. Curioso desencuentro de la historia.
A Raúl Suarez se le recordara como la mano que golpeaba con su biblia al prójimo. A Francisco I, el argentino, de tender puentes de entendimiento, de conversar, establecer el diálogo y creer en la paz sobre los bofetones.
¿A quién habló verdaderamente Dios?
¿Quién representó verdaderamente su Iglesia?
No hay ecumenicidad en el bofetón, sino en la mejilla dolida del que concede la respuesta violenta con la benevolencia de la misericordia. Esa es la verdad cristiana, cualquier otra es la verdad de la Bestia.
La que surgió del mar y habló con palabras arrogantes y blasfemias, y se otorgó a si misma autoridad para actuar durante cincuenta y seis años, y permitió y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su tabernáculo, y maldecir a los que moran en el cielo.
Fue la Bestia a la que cedió Suarez y ELLA, entonces, le concedió hacer la guerra contra los santos y vencerlos, y se le concedió autoridad sobre toda su tribu, pueblo, lengua y nación.
Fue solo el espíritu de esa Bestia, no el de Dios.

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