Sunday, April 5, 2015

El hombre chejoviano

Se ha anunciado la agenda oficial cultural del régimen de Cuba. Kcho viajará a Panamá y presentará una obra especial compuesta por murales con los colores de la bandera cubana, para servir “como estandarte de la delegación de la Isla". Y Silvio Rodríguez animará el evento paralelo, ¿con “el necio”?
Tal vez.
Nunca la cultura cubana había estado tan aplanada como en estos tiempos. Se diluye en un manantial de servilismo y me hace pensar en lo que escribió Chejov en sus cuentos. Esos personajes serviles, que transitan por la vida, grises, con aspiraciones de grandes ideales en mesas de champán y buen vino. El gran escritor ruso no dejó de aborrecerlos, a la vez que describía sus rostros con rasgos inmortales:
“Me parecía absurdo y molesto estar sentado a la mesa, bebiendo champán, escuchando discursos que celebraban el despertar de los humildes, la libertad y demás, mientras al mismo tiempo otros siervos con traje negro corrían de una mesa a otra, igualmente esclavos, y fuera, a la intemperie ateridos de frio, esperaban los cocheros. Eso significa pecar contra el espíritu”.
Así le escribe a Maria V. Kiseliova. Y así enfrenta su escritura, describiendo el espíritu vil de esos que se sientan a la mesa y toman champaña, que se dejan conducir en los coches para llegar a lugares donde discursarán sobre “los humildes, la libertad y demás”.
Es que Chejov fue el hombre que, en virtud de la caída en desgracia de Maksim Gorki en 1902 con el gobierno del zar, solicitó a ese mismo zar la suspensión de su cargo de académico honorario al conocer que la Academia de Ciencias le había retirado su pertenencia a Gorki por un articulo espurio de la ley zarista. ¿No nos suena esto demasiado familiar a los cubanos?
Pero, ¿cuántos intelectuales cubanos han pedido a la UNEAC su renuncia por solidaridad con los artistas malditos, como Angel Santiesteban, o por otros, condenados también con un articulo espurio de una ley del criollo zar? ¿Quiénes denunciaron abiertamente el juicio político y el bochorno desvergonzado a Heberto Padilla? ¿O los golpes a la poetisa María Elena Cruz Varela en su propia casa?
A diferencia de esta intelectualidad leal cubana, Chejov era el escritor que le reprocho a su editor, con duras palabras, por considerar inútil su viaje a Sajalín, la isla de los presos:
“Sajalín puede ser inútil y carecer de interés solo para una sociedad que no deporte allí millares de hombres […] un lugar donde los hombres, libres y prisioneros, tienen que soportar sufrimientos intolerables […] y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja.”  
Y agregaba:
“Toda la Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros”
En nuestro caso, muy pocos reconocen su culpa. Muchos reconocen la de «otros».
Estos representantes cubanos en Panamá me recuerdan al hombre chejoviano, que no a Chejov, a esos de sus cuentos que también perfila con acuchillada pluma e incisivo verbo. Son los “héroes de nuestro tiempo” en Cuba, los Kchos y Rodríguez, que «brochean» sus servicios y afinan sus acordes a la melodía de sus oficiales de gobierno, nuevos zares caribeños, y no les interesa nada la vida de “carceleros borrachos de nariz roja”, ni tampoco de los prisioneros que “tienen que soportar sufrimientos intolerables”.
En realidad, no les importan nada.
Incisivamente Nabokov apuntaba en “Lezioni di letteratura” sobre el “intelectual chejoviano”:
El intelectual chejoviano es un hombre en el que se entreveran la más profunda respetabilidad de que es capaz el ser humano y una incapacidad casi ridícula de transformar en actos los propios ideales y los propios principios; un hombre dedicado a la belleza moral, al bienestar de su gente, al bienestar del universo, pero incapaz de auspiciar ninguna mejora en su vida privada; un hombre que desperdicia su existencia provinciana en una bruma de sueños utópicos; que sabe con exactitud lo que está bien y por qué merece la pena vivir, pero que al mismo tiempo cada vez se hunde más en el fango de una existencia monótona, infeliz en el amor, desesperadamente ineficaz en todo: un hombre bueno que no sabe hacer el bien. […] Ese hombre es infeliz y hace infelices a los demás; no ama a sus propios hermanos, ni siquiera a las personas que le son más próximas, sino a las más remotas. La suerte de un negro en un país lejano, de un culi chino, de un obrero de los Urales le causa sufrimientos morales más intensos que las desventuras de su vecino o las tribulaciones de su mujer.”
Y agrega, con extraordinaria visión el autor de “Lolita”:
“Hombres que podían soñar, pero no gobernar. Que arruinan su propia vida y las de los demás. Insensatos, débiles, fútiles, histéricos.”
Kropotkin escribió sobre el gran escritor ruso de que ningún otro había representado tan bien los defectos de la naturaleza humana en la civilización contemporánea, especialmente, y cito, “la completa ruina moral de los intelectuales”.
Yo agregaría que la ruina moral la escriben los mismos intelectuales y los buenos escritores solo hacen la función divina del reflejo artístico de esa ruina. ¿Existe alguien al que pudiéramos acudir, como acudimos a Chejov, para hablar de la ruina intelectual de la cultura cubana?
Los nombres se estrechan, pocos, quedan pocos, pero ninguno tiene la mirada cristalina de aquellos ojos oscuros, “colgados detrás de lentes redondos”, que se atrevieron, durante la época azarosa de los zares, y también bajo fuertes censuras, a escribir “Sajalín”, que le ayudó a comprender por qué escribía y cuáles eran los fines últimos de la escritura.
Decía Chejov en una carta a Aleksei Suvorin, después de los largos meses en la isla de los presos y deportados en la Siberia rusa:
“La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la libertad”.
Y quizás por eso Silvio Rodríguez escribió, alguna vez en el pasado, sobre serpientes, y algunos brochazos del Kcho pudieron entreverar el “escape”. Hoy sus vidas marchan hacia su propia cárcel.
Son presos políticos. Atrapados en la telaraña de sus mismas contradicciones como artistas que han comprometido su libertad y han dejado de escapar. Los gruesos trazos de botes y cuerdas de Kcho lo han llevado a la iconoclasia de la bandera atada a un mástil, enclavada en algún promontorio de su vejez como artista. Ya no navega libre, tampoco promete la libertad.
Y las melodías se le extraviaron a Silvio Rodríguez en “el necio” vagar de sus cuerdas.
A ambos les preocupa “la suerte de un negro en un país lejano, de un culi chino, de un obrero…” en algún lugar y les causa sufrimientos morales más intensos que las desventuras de su vecino o las tribulaciones de su mujer.
En respuesta a esta intelectualidad leal, en la cumbre de la confrontación en Panamá, quizás hoy Chejov le re-enviara su carta a Suvorin a estos personajillos escapados de sus cuentos, recalcándole aquello de que “ningún «futuro radiante», ningún «amor por el futuro» pueden justificar la mentira”.
Pero no se les puede pedir a personajes chejovianos saltarse de sus páginas para alcanzar la estatura intelectual de quien los escribe.

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