Thursday, April 23, 2015

El «Cuomo» de la Desfachatez

Es solo cuestión de ordenamiento ortográfico, y del intercambio de una letra, y tendremos la perfecta alineación de un apellido con su consecuencia.
Andrew Cuomo, gobernador de New York, ha sido el último «accidente político» demócrata que hemos tenido por Cuba, después del deshielo de Obama.
No tengo nada personal en contra de las «intenciones» con que supuestamente el gobernador de ese popular, y populoso, estado visitó mi país. De hecho, todo parece que lo único que necesitaban nuestros buenos vecinos norteamericanos era que la señal de la Casa Blanca diera el pestañazo, el presidente moderara el uso discrecional de la consigna y permitiera el «turismo de estado», eufemísticamente disfrazado de propósitos para hacer negocios con una dictadura sus correrías de placer.
Años llevan esperando la oportunidad y, sinceramente, después de la carrerita apurada de la Pelosi ya nadie puede sentirse muy avergonzado de dar el salto y también teñirse de sol caribeño.
Sin embargo, una cosa es visitar La Habana como turista, pantalón corto en cintura, camarita fotográfica para estampar la mulata, el tabaco moreno y esa vieja reliquia de los años cincuenta a las que los cubanos deberíamos hacerle una estatua en bronce, algún día, algún memorable día en que podamos decir que nuestro país nos pertenece.
Hablo de los «almendrones, como en el que está sentado el gobernador.
Pero Andrew Cuomo no es un turista accidental. Y que yo sepa los políticos en sus viajes de promoción no hacen la foto artera del «almendrón» con el cubano de fondo. Una escenografía que dista mucho de la honorabilidad al lidiar con personajes de una dictadura.
Pero aquí lo vemos, en el «cuomo» de la desfachatez demócrata.
Encantadores de turistas
La «revolución» verde olivo despidió turistas, hoteles, prostíbulos y casinos. Acuñó el turismo como un rezago burgués. Bien claro, mientras los jefes de esos revoltosos vivían en los modernos hoteles recién robados a la élite burguesa, y a la misma «canallada» norteamericana. Así le decían.
El turismo desfalleció. Los hoteles se deterioraron. La Habana se convirtió en un litoral gris donde solo se iba a ver la alineación de barbudos, los comandos de milicianos y la silueta verde olivo. Y comenzó la danza de los millones soviéticos, hasta su huida definitiva y su final.
¿Después? Ah, después sufrimos a los «encantadores de turistas».
Y comenzó la hemorragia de hoteles en Varadero, que hoy amenaza la franja playera natural y su medio ambiente. Y los cubanos se convirtieron en estos nuevos árabes encantadores de serpientes, ¡perdón!, de turistas, cazándolos en La Habana Vieja – de manera ilegal – y por todas las convenciones europeas del ramo – de manera legal –.
Y en este encantamiento se ha convertido la política turística cubana. Alimentando el sueño americano del retorno a Cuba, del disfrute de la arena paradisíaca de los cincuenta. Los mismos que ayer condenaron el burdel cubano hoy lo cosechan, lo promocionan, lo «marketizan» y esgrimen el derecho ciudadano del pitiyanqui americano para exigir la caída de la otra política de embargo.
Y es en este entorno en que resulta grotesca la visita del señor Cuomo, como la de muchos otros.
Lo grotesco está no en sus posibles intenciones, sino en sus actitudes, en esta saltimbanquería fotogénica de tomarse las bochornosas fotos, risa payasina incluida, como si de lo que se tratara es de una fiesta cabaretera en la Riviera francesa. Sí, por cierto, también los franceses vienen.
New York y La Habana – Spitzer y Cuomo
La metrópoli norteamericana recibe alrededor de 50 millones de visitantes al año. En el 2013 recibió 54.3 millones, cifra record. Esto no explica, sin embargo, la visita del gobernador a Cuba. Tampoco justifica la liviandad de su actitud farandulera que recuerda, me permito recordárselo, la de su predecesor, Eliot Spitzer.
Recordemos a Spitzer, solo para refrescar un poco la memoria y encajar con exactitud las actitudes neoyorquinas faranduleras de esta remesa de políticos metropolitanos.
El 10 de marzo del 2008, el “The New York Times” reportaba que Spitzer había frecuentado un servicio de prostitución de alto precio llamado “Emperors Club VIP”, y que había estado con una prostituta por alrededor de dos horas por el «moderado» precio de mil dólares. De acuerdo por el diario neoyorquino, Spitzer había frecuentado este servicio en siete u ocho ocasiones con mujeres de esa agencia, y había pagado más de 15 mil dólares en 6 meses. Según los investigadores, el ex gobernador de New York había pagado 80 mil dólares mientras ejercía su anterior cargo.
Andar con putas es punible para ser gobernador. Servir de puta con dictadores no lo es, al parecer.
Hasta aquí con Spitzer.
Me imagino que como quedaron las cosas el señor Cuomo no las tendrá fáciles en New York y, tal vez, pueda ser mucho más discreta su diversión en La Habana, de ahí sus sonrisas de orgasmo con sus anfitriones habaneros.
New York tiene buena y mala memoria para los cubanos. Fue una ciudad en la que Martí se sintió como un ciudadano más, a la que admiró y dedicó de sus más lúcidas estampas en su labor como periodista.
New York también les sirvió a los anfitriones de Cuomo en Cuba para pasar el sombrero en el lobby judío de esa gran ciudad para hacer de La Habana lo que es hoy, la tumba de su pasado.
¿Le haría feliz esto al señor Cuomo?
No lo sé.
La risa desfachatada de este payaso se me asemeja demasiado a la de Conan O’Brien. O lo contrario, creo que el señor O’Brien resultó mucho más coherente en su papel de visitante modesto, a pesar de que, en su caso, es el servir de payaso lo que se esperaba de su profesión, mientras estas maromerias del señor Cuomo resultan de una desfachatez bochornosa, muy apropiadas para un show de tarde en la noche, y muy poco conveniente en el curriculum vitae de un político que se respete, del estado que tiene el mismo nombre de la mas icónica metrópoli universal, por la cual Martí sintió poderosa atracción.
Pero así están los tiempos. Cuomo no fue el primero en hacerlo, tampoco será el último. Y tal parece que hoy, a diferencia del ayer, son los políticos occidentales los que salen a correr a la isla para «encantar a los tiranos».
Y no al revés.

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