Wednesday, April 1, 2015

Culpas “ajenas” y propias

Es casi un pleonasmo en política decir que la revolución cubana ha constituido el proceso social más destructivo que ha azotado Cuba. Dividió la familia, destruyó tradiciones seculares, lanzó al mar a hombres y mujeres, desgajó al país del mundo occidental – o casi –, desvirtuó las relaciones sociales, convirtió la chivatería en un estado permanente del ser social, resquebrajó la economía, hundió al país en el caos del capricho de un ser arrogante levantado sobre los hombros del cubano medio para hacerse “inmortal”.
Pero a veces lo evidente esconde una historia subterránea que muchos, casi todos, olvidan a conveniencia.
He estado revisando los archivos fotográficos de la Universidad de Miami, la llamada “Colección de Fotografías Cubanas” que la conocida Universidad ofrece en internet y que creo todos deberíamos visitar. Y es así que llegué a la foto que encabeza este post y que muestra, en aquel amanecer del 1ro de Enero de 1959, a un grupo de habaneros destruyendo las máquinas traga-monedas como muestra del “fervor revolucionario” del momento.
Y me pregunto, ¿alguien les invitó a destruirlas? ¿Algún líder barbudo lanzó la consigna “patriótica”? ¿Hubo alguna “orientación política” del movimiento rebelde para que destruyeran los símbolos “bochornosos” del “estado burgués”? ¿Ya se establecía entonces, de facto, que se construía un régimen comunista, alter ego político de la censura, el aburrimiento y el orden militar, suerte de virgen vestal verde olivo?
Es muy fácil romper los platos y cambiar después la historia, acusando al futuro rompedor de platos de ser el primero en romperlos. Dejémonos de hipocresía, y reconozcamos que aquí, en esta desafortunada historia, hay mucho culpables.
Un año y cuatro meses después, una tarde del 10 de Mayo de 1960, esa misma turba con “fervor revolucionario” se alistaría a romper, ya no máquinas traga-monedas, sino el más moderno equipamiento de impresión de prensa del “Diario de la Marina”.
Entonces el enemigo subversivo no era el juego sino la libertad de prensa. El “fervor revolucionario” no tenía “causa propia”, sino ya cargaba la “causa ajena”, la del castrismo. Ya se recibían las orientaciones, ya las barbas mandaban en la capital, y las vírgenes vestales se habían sentado en su pedestal de mármol para imponer sus órdenes.
Los hechos no pueden ser discutidos olvidando todas las causas que motivaron estas consecuencias de 56 años.
Al ver la foto no puedo dejar de recordar un ejemplo muy típico de cómo un “estado de efervescencia destructora” conlleva la parálisis permanente que se sufre en Cuba. Y para recordar que Cuba no es solo La Habana, y que las consecuencias y causas de nuestros males no están limitadas a la geografía secular de la capital, me remito a lo ocurrido con Placetas.
Placetas es una ciudad situada casi en el mismísimo centro geográfico de Cuba, que está – para quienes no lo saben – a solo quince kilómetros de su extremo sur, en un pueblito de nombre Guaracabuya.
En el momento en que en La Habana se destruían las máquinas traga-monedas, Placetas contaba con la mejor planta de radio del centro del país, el mejor equipo de proyección de cine de esa región, en el cine “Pujol”, situado frente a uno de los más hermosos parques que tuviera un pueblo y ciudad de la antigua provincia de Las Villas.
La ciudad era conocida entonces como la “Villa de los Laureles”, por poseer 24 frondosos laureles cubriendo con su follaje verde su majestuoso parque central, en cuyo centro se erguía una glorieta, donde cada sábado una orquesta animaba las noches de la vida de los pobladores de esa tranquila ciudad.
En aquel entonces Placetas era casi tan grande, o casi más, que la propia capital provincial. Su vida cultural era más rica y diversa, y sus habitantes se enorgullecían de tener una ciudad, no perfecta, pero mejor que la propia Santa Clara. Pero entonces llegó el “espíritu de la destrucción de las traga-monedas” a las almas míseras de las autoridades locales, y los 24 laureles del parque se convirtieron, de la noche a la mañana, en villanos contrarrevolucionarios a los que habían que descuartizar desde sus raíces.
En un pestañazo el verde follaje desapareció del parque, las butacas y bancos de madera y metal fundido fueron arrancados y sustituidos por bancos de piedra fría – al parecer mas “revolucionarios” y patriotas –, las rejas que protegían las zonas verdes fueron levantadas y la orquesta sabatina dejó de tocar, nadie sabe por orden de quién, pero dejó de tocar. Sembraron unos tristes árboles, pobres sustitutos de aquellos otros laureles deportados, que poco o casi nada cubrían el duro asaetar del sol tropical. La vida del pueblo comenzó a cambiar, para siempre. Los bailes comenzaron a faltar y, con el tiempo, el alcohol barato y la cerveza aguada se establecieron en una explanada mal pavimentada en los suburbios del norte del pueblo, lugar que los locales ahora conocen como la “plaza roja”.
Ya saben, toda inspiración “revolucionaria” termina con ese sustantivo colorido: rojo.
Algo muy parecido a lo ocurrido en Placetas quisieron hacer en Camagüey y en Trinidad, pero allí su población local se le enfrentó al “fervor revolucionario”, y pudieron preservar las tradiciones arquitectónicas de esas dos ciudades. Pero en general, tanto Trinidad como Camagüey fueron dos oasis en el “desierto revolucionario” de destrucción del país.
Treinta y cinco años después de aquel talado revolucionario las autoridades locales de Placetas, al parecer, se dieron cuenta de que necesitaban reactivar las viejas tradiciones de aquel parque. Volvieron a plantar unos pocos raquíticos laureles, encontraron otros pocos viejos bancos, sobrevivientes no se sabe cómo de aquella marea rebelde del 59 – la misma de las traga-monedas de la foto –, e intentaron también regresar la orquesta sabatina, solo para atraer a un grupito de ancianos que bailaban un danzón anémico cada sábado.
Los jóvenes, bueno, muchos ya se habían ido de Placetas. Algunos para Santa Clara, otros para La Habana, la mayoría para Miami. Prácticamente cada familia en esa ciudad tiene un hijo, un amigo, un  pariente en algún lugar en el mundo, desde donde le envía remesas para que sobrevivan allí los suyos. Y los que quedan sueñan con irse, si no se matan a alcohol y a machetazos.
Ah, se me olvidó contarles que la estación de radio fue deportada como los árboles, solo que esta vez hacia Santa Clara junto con el equipo de proyección del cine “Pujol”, para la sala de cine más importante de aquella ciudad capital. Santa Clara sepultó a Placetas.
Hoy día, Placetas oscurece a las siete de la noche y se convierte en ese pueblo oscuro, sombrío y gris, cargado de mosquitos, donde el alcoholismo, las riñas y los machetazos florecen en “la plaza roja”. Cada sábado el hospital municipal le da la bienvenida a la madrugada con el muy frecuente caso de salvajismo alcohólico, fruto de una riña entre rivales de cualquier tipo, pero sobre todo “gracias” al alcohol.
Las propias autoridades provinciales reconocen que esa pequeña ciudad sostiene el desafortunado record de ser la de más alto grado de alcoholismo entre los habitantes de la región central de Cuba. Y según fuentes fidedignas, los presos placeteños son los más violentos y los que se infringen las más horrendas automutilaciones en prisión, solo para lograr escapar, por un período de tiempo, de sus celdas o de su condena. Algunos mueren en la ocasión, otros quedan con secuelas horrorosas por la desafortunada mutilación.
Ah, de eso nadie habla en la prensa, tampoco en los blogs de internet, pero las autoridades lo conoce muy bien.
En el nuevo siglo el régimen le hizo otro “regalo” a Placetas: el desmontaje de dos de sus queridos centrales azucareros, el Zaza y el Fidencia, que habían cambiado a otros nombres gracias a esa fiebre nominal con que el régimen superpobló Cuba, pero que nunca logró sustituir en la memoria popular de su pueblo.
Con el decreto de muerte a los dos centrales, Placetas perdió el sustento económico por excelencia de la ciudad. Ya no se oye aquel suspiro quebrado en la madrugada señalando el cambio de turno en el central Fidencia (“Carbó Serviá”), y el guarapo que podía saborearse en el “Zaza” (intitulado “Benito Juárez”) desapareció con las “muelas” gigantescas de los trapiches y los hornos de azúcar.
¿De qué vive Placetas hoy?
De lo que vive mucha Cuba, de los bolsillos de sus hijos que se han ido para otras latitudes. La ciudad es el dibujo “perfecto” de las consecuencias de no oponer resistencia a esa “causa ajena” que destruyeron los equipos de impresión del diario habanero un 10 de Mayo de 1960. Pero también lo es de la “causa propia”, el haber dejado destruir el pueblo sin ofrecer resistencia a los destructores y a la destrucción.
En una suerte de metáfora social global criolla, Placetas es Cuba.
Las culpas no son solo “ajenas” – del gobierno –, sino también propias, de cada ciudadano que no se opuso a que se llevaran aquellos bancos del parque de los laureles, que se cruzó de brazos ante la poda inmisericorde de los 24 majestuosos árboles que le daban el frescor verde ante la asoleada tropical en sus tardes, que no protestó al ver desmantelado su estación de radio local, y ver con ojos tristes como secuestraban los equipos del mejor de sus cines y dejó marchar a sus secuestradores sin ofrecer la menor de las resistencias.
Pero todo esto sucedió en La Habana, a escala exponencial, desde un primero de Enero en que un grupo de malandrines, con “fervor revolucionario”, decidieron tomar a las máquinas traga-monedas como los enemigos subversivos de una revolución que solo ha logrado la destrucción del patrimonio heredado de sus antecesores.
Nos duela admitirlo de cualquier forma, ajenas o propias, las culpas son de todos.

Nota: La foto fue tomada del Archivo de la Universidad de Miami intitulado “Colección Fotográfica Cubana”.

0 comments: