Thursday, April 9, 2015

Cuba «K»

En los albores del séptimo barranco, que no cumbre, la vida transcurre en Cuba como uno de los tantos cuentos de Kafka, donde se plantea el esfuerzo de un pueblo, o el subconjunto de un pueblo, o la minúscula atomización de un pueblo – los disidentes, viajeros o no, verdaderos o pasteurizados por algún interés temporal, convencidos de pensamiento o acontecidos por los procedimientos, no importa cuáles y dónde – por acceder a las leyes que lo gobiernan, que están supuestamente escritas para ser cumplidas y se violentan, y que paradójicamente son mantenidas en secreto.
Por supuesto, la categoría «pueblo» es una definición filo marxista para conjugar la masa, la nada, la inexistencia de la individualidad, que es lo que somos hoy, lo que es Cuba, lo que «define» al cubano.
Kafka escribió sobre todo esto y, especialmente, sobre ese supuesto absurdo alrededor de los años de la primera guerra mundial sin pensar en ninguna isla en el Caribe, sin siquiera sospechar que su dramática intelectualización tendría una materialidad geográfica lejos de sus fronteras físicas. Cuba no existía para la Europa del escritor checo-alemán. Era aún una península perdida en el otro lado del Atlántico. No «aspiraba» a convertirse en ombligo nuclear ni en amenaza de revoluciones. Estaba entonces muy indefinida, y algunos «protagonistas» de ese cuento escrito – o re-escrito por esa alma atormentada que representaba Kafka – no existían, estaban por comenzar su ciclo destructor biológico.
Otras narraciones del checo-medio-alemán-judío describen la situación en que los ciudadanos de un país, una región, un lugar desconocido han olvidado quiénes los gobierna, o donde el gobierno se ha olvidado de quienes son los gobernados y de para qué los gobiernan, aunque los ciudadanos de esa zona absurda de la realidad kafkiana mantienen su orden de vida, sus cepillos dentífricos cuando hay pasta, el sostenedor del papel sanitario para cuando regresen a la venta pública en alguna tienda en divisas, o el cómodo calzador para los ya pasados de moda zapatos en las pocas tiendas en moneda local, aunque estén ya podridos de humedad en una tienda «por departamentos» cuyo nombre apocalípticamente se llama «La Epoca», sin introducir modificaciones, obedeciendo leyes cuya razón de ser desconocen.
Son ¿fantasías? – ¿pudiéramos llamar hoy así a todas esas fábulas abstractas? – que describen y muestran comunidades que han perdido el acceso a sus propias leyes – que son sus orígenes –, que vegetan sin experimentar transformaciones, sometidas a un voluntarismo político sin que el «soberano», caracterizado como «ley viviente» o «padre de la patria» y la patria con apellidos, apenas realice actos externos de poder, quizás esté de recorrido tomando su temprano té de moringa. Y en realidad no necesita realizarlos, ni aparecer públicamente, levantar la mano, emitir una palabra, respirar o cerrar algún ojo como una artificiosa pretensión de «bioexistencia», pues la propia comunidad acepta su situación y se limita a justificar su «estado de inanición», su realidad absurda, cuasi real, y a negar la posibilidad de alternativas.
Quizás leer a Kafka debería ser la tarea primera de todo cubano para salir de esta inanición, para comenzar a ocuparse por primera vez de esta vida lejos del escape, la huida, el automatismo en que hoy navega la sociedad cubana.
Son los únicos, mirando a Panamá y su barranco, ausentes de todo, y del todo.
Por ellos hablan «otros», pero ellos continúan un andar, o un desandar inapetente de decisión, voluntad. Y de ellos hablan las dos partes, las dos murallas, y entre ellas nadie escucha, nadie apetece oír, nadie intenta detenerse un momento, ocuparse de alguna decisión, existir.
Para Cuba, la real, Panamá del 10 de Abril y del once no existe, está ajena a la batalla de pronunciamientos, pescozones y ediles mágicos. Mejor que cualquiera de esos escritos que navegarán por las salas de noticias e internet sería declarar esos cuentos de Kafka como la ley primera de la república que ignora a Cuba, que es ella misma, y son la mayoría de sus ciudadanos.
Porque para los ciudadanos de esa no-república, de la inexistente, la tarea primordial de sus existencias es irse, pero no a la Cumbre. A cualquier otro lugar. Y entonces el regreso resulta no como el de Ulises, porque nadie espera hilando y deshilando alguna tela infinita de paciencia, porque el país como sociedad no existe sino para dejarse ir, abandonar su existencia. Penélope ya no teje, tal vez ya se haya ido con su telar a alguna otra parte.
Los que en Panamá hablarán por Cuba, que debe ser hablar por la sociedad que representa la «fisicalidad» de ese país, no se han dado cuenta que Cuba ya no existe, que el automatismo se ha escabullido incluso en los que se han ido y regresan, que todo el mundo parece eludir y desconocer  un momento, una realidad asombrosa.
Y esa realidad es, precisamente eso, que Cuba no existe.
Y entonces, como re-cuenta el antiguo Kafka, sus ciudadanos no conocen cuáles son sus leyes definitorias, sus estatutos como ser viviente de algún lugar con ese nombre, sus poderes civiles y sus condicionamientos sociales.
Sobreviven. Se arrastran. Huyen.
Y en esa sobrevida, en ese arrastre y en esa huida, todo se nos ha ido.
Nuestra historia. Nuestra lengua. Nuestros ideales primarios. Los fundamentos básicos de nuestra vida. Lo que somos, lo que hemos sido. Subsistimos como ese Josef K que es “detenido una mañana sin haber hecho nada malo”.
¡Literalmente!
El pueblo de Cuba no ha hecho nada malo, y está preso, camino a alguna cantera fuera de la ciudad para ser definitivamente acuchillado por ninguna razón que no sea su propia existencia. Se ha logrado, de alguna forma biológica, deshacerse por fin «de su padre», pero no de su ley. ¿Lo logrará hacer en algún otro tiempo?
Y ese cubano «K», cualquiera, está conduciendo él mismo a sus verdugos al lugar donde será asesinado definitivamente, y allí, asombrado de su propia «clarividencia», descubrirá por fin, en un último remordimiento de amargura, que no ha sabido desempeñar su papel hasta ese fin, y que no ha sabido ni siquiera ahorrarle tiempo, trabajo y esfuerzo intelectual a las autoridades.
Exclamarán entonces como K:
- « ¡Como a un perro! », y será demasiado tarde.
Da mucha pena todo, y también mucha vergüenza, y bochorno. También mucha rabia por saber lo que fuimos y hemos dejado de ser. Por conocer el largo camino descorrido, desgastado, olvidado y ser testigo de tanta complacencia, complicidad e ignorancia automática.
No somos lo que hoy somos sin haber sido antes lo que fuimos, y no es un pleonasmo ni tampoco un fácil remiendo de palabras.
Ayer dejamos entrar a una caravana de infantes barbudos. La dejamos hacer. Crearon este entuerto. Escribieron leyes para hacerlas olvidar. Y las olvidamos. Y hoy nos amanecemos con Kafka re-escrito y esta inanición social, y un coro de tontos sirviendo de coreografía a la reina «de corazones» en alguna cumbre neoexistencial del descalabro que significa Panamá.
Pero Panamá no existirá nunca más, y no existe. No ocurrió. No es siquiera un accidente. Es una línea de un diario que alguien borrará pasado mañana para seguir sobreviviendo. Tal vez Orwell le preste su pluma para esa línea en la neolengua de Las Américas.
Ya nos han escrito. No somos ni de carne y hueso. Somos personajes que se desangraron en tinta con alguna ortografía alemana en algún cuaderno y, para colmo de males, no estamos ni autorizados para poder decírnoslo a nosotros mismos.

0 comments: