Sunday, March 29, 2015

Recipientes vacios

Enfrentados con su reloj biológico, la dirección del régimen tiene que estar preocupada con su futuro. ¿Qué pasará cuando los "líderes históricos" dejen de estar vivos y el aparato de poder se descomponga en una cadena de lidercillos que no tienen eco en la sociedad?
Una pregunta que deben estar haciéndose, y una ecuación que deben estar recomponiendo.
De cara a ese futuro, ¿qué pasará con las agrupaciones que han servido de muro de contención para su poder?
Después de la primera generación contemporánea con el pre-y-bajo-post-revolución, que llenaron estos convenientes recipientes grupales de manera voluntaria y bajo el entusiasmo del recién ordenamiento social, las restantes generaciones los llenaron de manera automática, y el entusiasmo palideció hasta convertirse en el necesario oportunismo de conveniencia, hasta llegar a ser solo el actual recipiente vacío, como el mismo vaso de leche que nunca ha sido satisfecho.
Las organizaciones sociales del castrismo cumplieron el papel inicial de contención y encarrilamiento del poder, hoy no cumplen ningún otro que servir de muro de contención. No tienen objetivos inmediatos para sus miembros, no tienen un proyecto que genere un entusiasmo verdadero, que haga ingresar verdaderos componentes a su estructura. Son, en cierta forma, escaleras para subir a un poder de oportunidad… hasta caer en desgracia.
El objetivo inicial de los que crearon aquellas organizaciones fue parametrizar los grupos sociales por edad, género e identidades. Imponer un modelo automático de contención, una estructura de comportamiento que colocase al individuo como persona, con su carga de conciencia y determinación, aislado de la sociedad, para imponer la necesidad de entrar en el grupo social ya previamente parametrizado.
Fue el miedo a la individualidad y el usual actuar de la psicología de masas que, en los regímenes totalitarios, ejecutan la coerción de grupo, la estratificación del miedo a la no-inclusión, el contagio a la represión al diferente.
A mediados de los setenta aquel "entusiasmo revolucionario" juvenil de los inicios degeneró en el ingreso en las organizaciones clandestinas de la represión, auspiciadas dentro del recipiente CDR, y con la algarabía mediática de aquella serie que engrandeció la chivatería, la represión y el sabotaje al espíritu independiente y cívico que fue “En silencio ha tenido que ser". Se crearon entonces los ladrillos fundadores de los órganos de represión que auspiciaron los actos de repudio, y las actuales brigadas de contingencia contra cualquier disidencia.
¿Qué ha sucedido desde entonces?
Como todos sabemos, los recipientes sociales de la “revolución” quedaron vacios. Fuera de ellos se generó un movimiento silencioso, algunos de ellos contestatarios, otros sencillamente sin ninguna proyección futura, pero hastiados de la formalidad originaria castrista. El castrismo los combatió como inicialmente lo hizo en sus inicios: garrote y zanahoria. Dio algunos frutos esa política de coerción. Pero los ochenta generaron en el horizonte internacional la aparición de movimientos que hicieron cambiar la estrategia al régimen, que necesitaba insertarse en el mundo de las organizaciones no-gubernamentales.
Ya no servía los campos de concentración para homosexuales, disidentes y artistas contestatarios. En su lugar, aparecieron otras opciones, la creación de estructuras paralelas oficiales ante la aparición de esos grupos: agrupaciones LGBT oficialistas, disidencia leal ante disidencia real, institucionalizar el fidelismo en el medio artístico creando figuras con actitudes populistas pero con tendencias oficialistas, que reprodujeran el discurso oficial, el ícono de esta degeneración intelectual es el artista plástico Kcho. Quizás lo del WIFI del estudio del pintor es una de esos últimos intentos por atrapar la sociedad nueva, revuelta.
Ahora, al parecer, intentan maquillar e insuflar de vida a un cadáver, los CDR. Se agencian de figuras ornamentales que ofrezcan un rostro nuevo a viejas instituciones con la vida desgastada y desprestigiada. Es el caso, por ejemplo, de Elián González con el recipiente decano de la represión.
El joven monigote acaba de ser colocado como líder de los grupos de liderazgo juvenil dentro de los “comités”, una suerte de plataforma para poner a funcionar la futura formación de un nuevo lidercillo. Han creado, además, los llamados “Destacamentos Juveniles de Donantes de Sangre”. Son acciones que lo que quieren es insuflar caras jóvenes a un organismo desangrado, sin vida, ante la necesidad de recrear la “sociedad civil cubana” desde el poder de cara al futuro.
Pero estas organizaciones de masas son solo recipientes oficiosos para contener la sociedad civil independiente dentro de los moldes y los conductos adecuados para la manutención del poder. Recipientes vacios, que han perdido su contenido y sus funciones originarias con el decurso del tiempo. Algunas de ellas ya no tienen las figuras que generaron la iconoclasia revolucionaria, como es el caso de la FMC con Vilma Espín. Fallecen de liderazgo y de verdadero poder.
En cambio hacen surgir nuevas figuras, del mismo apellido y raza espiritual, para encauzar otras corrientes muy de moda en el mundo internacional: el caso icónico es el de Mariela Castro y el ADN de las organizaciones de homosexuales, que se insertan en una nueva era mediatizada.
En cambio, otras organizaciones carecen de continuidad, defenestrados muchos de sus lazarillos criollos, la UJC es quizás la que más ha sufrido y el ejemplo antológico es su exflamante líder y exministro del exterior, Roberto Robaina, surgido de esta plataforma de lanzamiento. Hoy no se atreven a usarla con Elián, quizás para que la sombras de los pasados desastres de liderazgo no corroan la imagen del niño-balsero-devenido-patriota.
En el caso del mundo de la racialidad, el régimen aun necesita de la figura necesaria para su iconoclasia, lo intentaron varias veces, pero ha quedado vacío el pódium ante la falta de carisma, o el deterioro y corrupción de las figuras que emplearon, hoy caídas en desgracia, y después de que el representante nominal y ortodoxo de la racialidad cubana revolucionaria, Juan Almeida Bosque, haya muerto y no tenga aun el imprescindible remplazo.
El régimen intentó elevarlo aun mas cuando reveló que era su persona la original figura que lanzó aquel “aquí no se rinde nadie, carajo”, tan manoseado en la literatura clásica de la historia rebelde y a costa de despojar de la aureola a uno de sus santos, Camilo Cienfuegos, para santificar la racialidad oficial.
Típica reconstrucción histórica al muy puro estilo orweliano.
Hoy, 56 años después de todos los ensayos, el cubano, especialmente el joven, no ve con simpatía la idea de asociarse a algo, de crear  e integrar un grupo con alguna orientación política. Incluida la propia disidencia, donde abunda el oportunismo de todo tipo, esencialmente a la hora de ganar alguna prominencia, algún vehículo de escape.
Los jóvenes no creen en proyectos sociales, los recipientes que el poder estableció para contenerlos los ha imbuido de esa incapacidad de entregarse, y de creer. Esta enfermedad de descrédito se extiende hasta su vida post-escape, en el exilio. Las agrupaciones de cubanos en el exterior no existen, y tiene su semilla en aquel vacio recipiente en que el régimen parapetó su poder. Ese mismo poder hoy explota esa misma incapacidad de ser contenido del emigrado para su labor de desunión y de zapa.
¿Cambiará el futuro?
Una pregunta que no tiene respuesta, sobre todo porque los que pudieran proyectar ese futuro se encargan, por sí mismos, de desacreditaste en ese futuro: la disidencia.
Al final lo que sobrevive es la ley del hastío: vivir aun en un recipiente vacio.

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