Monday, March 9, 2015

La vida oculta de Fidel Castro

La verdadera estatura del hombre se conoce en su intimidad, en su relación con su familia, sus hijos y esposas, amigos e íntimos, amantes y amorosos planetas que le rodean en su cotidianeidad. En un hombre de estado, en el poder, en su relación íntima con los miembros de su gabinete, los que le sirven, el chofer que le maneja el auto donde se mueve, su guardia pretoriana, desde la más alta cumbre de la escala de servidumbre hasta la menor, del que le cuida la vida hasta el que le sirve el café en su despacho. Los detalles, a pesar de su pequeñez, delatan la verdadera naturaleza humana detrás del hombre de estado.

Estas palabras surgen por haber acabado de leer "La vida oculta de Fidel Castro", escrita por quien fuera su guardia personal por 17 años, Juan Reinaldo Sánchez. Es, sin lugar a dudas, un libro alucinante.

Dejarlo claro. No me ha descubierto nada nuevo, no mucho, aunque desconociera anécdotas, intimidades, hechos, lugares y relaciones. No conocía la existencia de “Cayo Piedra” y su significado en la geografía íntima castrista, como tampoco la cacería de patos en su finca “La Deseada”, en Pinar del Río, en invierno. En cambio me ha reafirmado en el convencimiento de quién es, o fue, Fidel Castro. Un ser notable por su arrogancia, un hombre solo, aislado en su pedantería, que conociendo a la perfección sus limitaciones como ser cotidiano, se propuso ser un ser excepcional.

Y lo logró, sin lugar a dudas.

Ese ha sido su único talento notable. Se valió de la astucia, el desprecio a todos los valores seculares sobre la familia, la amistad, la consanguineidad con sus seres queridos. Y estableció el régimen de arrogancia de su carisma, el cultivo de la fidelidad ilimitada y ciega a su persona, la encarnación de la castidad virginal a un ideal revolucionario adjunto a su persona, el trasiego mediático del enigma y el encantamiento de lo misterioso y secreto, como las armas oportunas, cautivadoras del estatus de su particular leyenda.

Cuando se lee el libro de Sánchez, y se lee con los ojos advenedizos del que nunca creyó en encantamientos y personalismos, se descubre a una personalidad gris, enfocada solo en auto colocarse en ese peldaño elevado, intocable, gracias al establecimiento de un poder omnímodo, unitario y devastador. Personalidad reconcentrada en sí misma, fagocitaria de todo lo que ponga en peligro su estatus de líder único, y máximo.
Escrito en un lenguaje ameno, claro y directo, lo más notable del libro radica en sus pequeños detalles, aquellas pinceladas minúsculas que establecen el carácter y el retrato íntimo de quien es un hombre, no solamente solo en el poder, sino solo por el poder.
Quizás el momento que descubre en su verdadera “estatura” su pequeñez como ser humano es aquel que cuenta Sánchez cuando el hermano mayor de Fidel Castro, Ramón, le suplica a través de su persona ser “recibido por su majestad”, poder hablar con el hermano a quien ha solicitado ver por todas las vías y no le ha concedido el “favor de la palabra”.
¿Alucinante? ¿Surrealista?
Pues, ¡no!
Casi lo adivinamos allí, levantado como estatua de mármol, en la plaza, “saludando” desde lo alto, desde lejos, “a las masas”, y percibimos qué es lo que es. Un inhumano reconcentrado en sí mismo, que ni a sus hijos, su misma familia y sus acólitos considera con ninguna diferencia de la nulidad.
Para él han sido servidores, utensilios humanos que han realizado su labor y, terminada su utilidad se hace tarde para desecharlos, como le hizo al propio Sánchez casi al final de su vida útil como guardaespaldas, que dedicó más de la mitad de su vida a lo que consideró “la revolución”, es decir, él.
Al final del libro Juan Reinaldo Sánchez se hace algunas preguntas:
“… ¿por qué las revoluciones siempre acaban mal? ¿Por qué sus héroes se transforman sistemáticamente en tiranos todavía peores que los dictadores a los que han combatido?”
La respuesta, Sánchez, puede ser muy sencilla. Y seguramente que lo es: no son héroes. Nunca lo han sido.
El antiguo guardaespaldas confiesa que cometió un error al dedicar la primera parte de su vida a proteger la vida de un hombre que había admirado, que según él había luchado “por la libertad de Cuba”. Pero la realidad siempre fue otra: “la fiebre del poder absoluto y el desprecio al pueblo” siempre fue su objetivo ancestral.
Los hombres magros de virtud no crecen para hacerse vírgenes vestales del virtuosismo. Cultivan, en cambio, y en demasía, lo que son: su desvergüenza.
El libro de Sánchez me hace recordar aquel otro libro de Jorge Edwards, “Persona non grata”, y la conocida frase escatológica de Edwards sobre Castro, al rodearse de “vendedores de corbatas” para “deslumbrar con su inteligencia y virtud”.
Astucia, sobrada astucia en cambio ofrece este alfeñique, la astucia endemoniada del que ha logrado establecer una leyenda sobre una gran mentira: un ideal de revolución, un ideal de supuesta libertad, la suya.
No la de los demás.
No puedo, sin embargo, dejar de establecer una diferencia con el autor, y ex guardaespaldas de Castro, en dos aspectos claves.
El primero es la fascinación que, aun relatando los (des)hechos de su vida al lado del delincuente, cuidándosela con la suya propia, todavía parece salirle como una corriente superflua, subterránea, entre las palabras y anécdotas del libro.
Abierto mis ojos, constatado el crimen, la verdad expuesta en su fría crueldad, jamás se me ocurriría volverle a llamar “comandante en jefe” al emperador romano que, con calculada frialdad, exclama “Menudo imbécil” del propio jefe de su escolta, Paco Cabrera, al morir golpeado por las aspas del avión imperial en Venezuela.
Retrato descarnado, no obstante.
Quizás sea esa misma fascinación la recreada “gracias” al hálito de misterio que el emperador de “Punto Cero” ha sembrado, con mucha astucia y utilidad, en el pueblo de Cuba, cegado por el carisma que todo emperador romano tenía, aun al indicar con el pulgar hacia abajo la esperada muerte del gladiador por el león de turno.
Castro demuestra que no hay que retornar a Roma, ni en los tiempos ni en la geografía, para levantar la misma reverencia divina a su persona.
La segunda, y quizás peor falta del libro, transcurre al final, cuando exime de odio y culpa al dictador, y la recarga a los esbirros… que sufrirán en algún momento también la caída, porque en un poder absoluto se ejerce la venganza absoluta, sobre todos. No hay que olvidarlo.
Personalmente, no puedo sentir ningún odio a ninguna persona, es como pienso. Tal vez odio a lo que esa persona simboliza y representa, odio a su poder seductor sobre esos esbirros, para ejercer su particular odio sobre las víctimas. Pero al final, ni es tampoco odio, sino desprecio absoluto.
Como decía Voltaire: “Es el más desgraciado de los seres humanos, porque es el peor de todos”.
Al leer las críticas en la prensa sobre el libro de Sánchez pensé que era “algún otro libro” sobre el mismo personaje de siempre. Me equivoqué, tengo que admitirlo. Es absolutamente un libro fascinante. Ineludible para conocer al emperador de Cuba.
¡Léanlo!

1 comments:

Mario Riva said...

Para abundar un poco más sobre "Cayo Piedra" te propongo que leas un artículo mío:

http://manchiviri.blogspot.pt/2014/06/a-proposito-del-escolta-de-fidel-castro.html