Friday, March 6, 2015

La tolerancia de la intolerancia

Nimrod, fundada en el siglo XIII antes de Cristo a orillas del río Tigris, y considerada uno de los principales vestigios de la era asiria, tal vez haya desaparecido para siempre. En el último de sus crímenes, los terroristas del Estado Islámico (EI) asaltaron la antigua ciudad  y la demolieron con buldóceres y excavadoras.  La destrucción comenzó tras la plegaria del mediodía de este jueves 5 de marzo, después de que algunos testigos vieran grandes camiones en la zona que sirvieron para llevarse piezas arqueológicas que aún permanecían en el lugar.
Otra vez en nombre de algún dios han destruido la labor del hombre, creado por El.
Los vestigios de la ciudad asiria desaparecen apenas una semana después de que ese estado islámico  difundiera un vídeo en el que mostraba la destrucción de estatuas milenarias en el museo de Mosul, y de dos toros alados en una de las entradas a la antigua Nínive, en las afueras de esa ciudad.
Viendo las imágenes me pregunto qué quedará para la memoria de las futuras generaciones sobre los que nos antecedieron. ¿Podrán nuestros hijos y nietos tener memoria de nuestro pasado?
No puedo entender aún una civilización que destruye las raíces comunes de sí misma, porque todos habitamos en este planeta, y la destrucción y desaparición de una joya arquitectónica de algún lugar remoto sobre una civilización remota también nos empequeñece a nosotros, a todos.
Las sociedades no viven solas, ni viven aisladas de su pasado, o de cualquier pasado, y todas arrastran el peso de la irresponsabilidad de su paso por este mundo, no importa dónde vivan y qué presupuesto cultural, ideológico y político soporten. El hombre no es una mosca atrapada en una telaraña que sobrevive aislada en esa red hasta morir. Somos enanos sobre los hombros de otros enanos que descansan así en el cúmulo gigantesco de otros hombros humanos que vivieron entonces, construyeron, y también destruyeron.
Pero si algo debiéramos haber aprendido es que la destrucción rompe el eslabón de conocimientos sobre nuestras raíces, sobre nuestro pasado común, y que destruyendo no podremos nunca más comprender de dónde vinimos, cuál fue nuestro origen, y cuál será nuestro futuro.
Son muchas las preguntas que me hago, para el presente y por él.
¿Cuántas veces hemos visto erigir nuevas estatuas de piedra? ¿Y cuántas veces la hemos visto demoler?
¿No aprenderemos nunca a valorar primero el valor de levantar un símbolo antes de provocar que, en un futuro, la generación que nos prosiga reniegue de ese pasado, lo ignore, quiera borrarlo con “ese dedo de Dios” que interpretamos por ignorancia y derribemos una huella secular, para siempre?
Ha ocurrido tantas veces.
La era soviética levantó estatuas de Stalin, para demolerlas después.
La época de la república cubana levantó su homenaje al Maine, para ser demolida su águila por el castrismo.
La época castrista levantó estatuas de “semi-dioses” ideológicos en cada latitud cubana, ¿serán demolidos mañana? ¿Cuáles levantarán entonces para después ser demolidas por cualquier otro?
¿Cuáles son los valores que queremos preservar y cuáles debemos despojarnos para vivir una vida verdaderamente libre?
La limpieza cultural del estado islámico sobrevive por la tolerancia de la intolerancia, de la misma forma que la limpieza cultural del castrismo, del Kim-Jong-Unismo, el Madurismo, el Chavismo y todos los “ismos” sobreviven por la tolerancia que se preserva sobre regímenes y estados cuya ley de orden es la intolerancia.
¿Cuándo vamos a acabar de entender que dando la mejilla no se cultiva la cultura de la inteligencia, la convivencia pacífica y el respeto?
Días atrás una noticia recorría las televisoras canadienses. Una familia islamista invitaba a sus canadienses “tolerantes” a visitar un “hogar islamista” en plena selva cultural occidental torontiana. Y aparecieron los tontos útiles, como siempre.
Todas las culturas, y religiones, y sociedades, y minorías, y mayorías tienen elementos buenos, positivos. Nadie los niega, pero la cultura de la tolerancia a la intolerancia trata de subliminar esos “buenos ejemplos” para cultivar la política de “otorgar la mejilla”, de convivir con la intolerancia.
Hay que ser ciego, o tonto, o quizás muy ingenuo o prevaricador, falto de estatura intelectual, o sencillamente estúpidamente bien intencionado, con el alma noble del ciego para abrir las puertas, de par en par, y no decirle a esos grupos, minorías, religiones y sociedades que tienen que cambiar, que tienen que convivir con respeto con el diferente. Y, lo más importante, que tienen que lidiar con los grupos extremistas dentro de su mismo seno social y detener su obra destructora, intolerante.
Exigírselos con rigor.
En cambio, callamos por miedo a que nos acusen de recalcitrantes, falsamente intolerantes y conservadores. El miedo a hablar provocará mañana imágenes como estas. Culturas que desaparecen por ignorancias que fueron permitidas por la tolerancia con el intolerante.
No sé como otros podrán entender estos hechos tristes, pero a mí me disminuye como persona, y me hace pensar que el fin de nuestro mundo, como civilización culta e inteligente, está muy cerca.
Demasiado.

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