Wednesday, March 4, 2015

La suerte de Albertina

Albertina Puente Ortega no tuvo la “suerte” de vivir en Africa y sufrir de “ébola” – que yo tampoco le recomendaría esa “suerte”, ni se la deseo – para que los 461 médicos y enfermeros cubanos se preocuparan por ella y le tendieran su “mano solidaria”, muy “veloz y afectiva”, en el momento que más lo necesitaba. Sola, anciana, sin nadie a quien acudir y nadie que acuda a su ayuda, a pedirle al enfermero “de guardia”, el que quedó sin ir a Africa, y que subsiste “atendiendo” o desatendiendo a pacientes de los que nadie va a pedir cuentas, como Albertina, porque ya ella no existe para nadie.
Albertina, como otros, es un paciente cubano que no está en ninguna estadística, y “no existe”.
Tampoco tuvo la “suerte” esta pobre mujer, abandonada a la soledad de una ancianidad huérfana, de que el “The New York Times” elogiara al “Hospital Covadonga” por “su buen servicio a la humanidad” por abandonar, precisamente, a ancianos como Albertina a una suerte que no es de nadie, ni de ella misma porque, probablemente, la propia Albertina ya no sabe el por qué ya nadie acude en su ayuda.
Pero tiene que perdonarle al “querido diario norteamericano”, “muy ocupado” elogiando a los médicos que se fueron, muy dispuestos por 3 000 dólares, a atender africanos afectados por el ébola, mientras los que ganan un mísero salario en Cuba se cargan cientos de pacientes, y ancianos solos, sin nadie que clame por ellos.
Albertina también tuvo la “suerte” de no tener ningún familiar cercano, hijo o nieto, en los Estados Unidos – o en cualquier otra parte – que le enviara remesas para que “alguien” se hiciera cargo de Albertina, de su soledad, y de ese amargo transcurrir por uno de los hospitales “para cubanos” de La Habana. O para sufragar su comida, las medicinas necesarias, las sabanas, las bolsas de sondas, y también el “amable enfermero” que se ocupara de cambiar y atender a la señora.
Tuvo la “suerte” de encontrarse en un hospital que no es “vitrina de turistas”, donde ningun racimo de turistas en pantalones cortos se arraciman aplaudiendo a la delegación oficial de “campeones de la salud mundial”.
Y así sus días se fueron recortando hasta morir sin poder ver a la estrella de la idiotez útil, Michael Moore, que le pudiera “tender su mano solidaria” y evitar esa muerte vergonzosa, solitaria, quizás mas cruel que la del terrorista que sobrevive en Guantánamo donde acudió “Sicko” para su operación mediática de millones.
Tal vez Albertina, si aún hubiera podido tener alguna luz de entendimiento, en ese lento camino hacia su final, le hubiera respondido entonces a Michael Moore – en caso de que el gordo se le hubiera ocurrido de entrevistarle, para algún otro documental de esos con los que gana sus millones, sus “Oscares” y sus entrevistas en CNN –, de que Cuba es “una comedia acerca de 11 millones de personas sin salud pública en el país que más publicita sus servicios médicos en el mundo”.
Pero Michael Moore estaba muy ocupado en cualquier otra parte, y no tuvo la suerte de ver morir a Albertina.
Para ella ni la ayuda del reportero independiente cubano llego a tiempo, y hoy, al parecer, tampoco ese reportero parece tener buena suerte después de ser citado por la policía cubana por, ¡vaya milagro!, reportar una negligencia en un país donde nunca puede haberla… reportada en la prensa.
Pero como Albertina están todos lo que no tienen acceso al dólar, o a algún hijo o familiar en el extranjero, que cae desfallecido en uno de esos hospitales que no son vitrinas “Made in Michael Moore” y ve salir con banderitas en las manos a la brigada médica, muy dispuesta a salvar del ébola a pacientes africanos, pero dejar morir a una señora anciana en el Covadonga en plena Habana.
Pero, ¡qué le vamos a hacer!, para que unos sobrevivan en Africa tienen que morir otros en La Habana.
¿No es esa la lógica, señor Roberto Morales?

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