Saturday, March 7, 2015

Dominando la técnica de Conan O’Brien

Nunca he sido asiduo de los “Late Night Shows”, mucho menos del de Conan O’Brien, pero no tengo nada personal contra el payaso norteamericano. Precisamente, eso es lo que es.
¡Payaso!
Pienso, mirando la foto que promociona su programa hecho en Cuba, que sería el epítome perfecto para enmarcar lo ocurrido – y transcurrido – desde el 17 de Diciembre entre las oficinas del MINFAR y la oficina oval de la Casa Blanca.
Piénsese, cámbiele el rostro a Conan y colóquele el de Barack Obama, caminando de “puntillitas” por un camino trillado para complacer a Castro y no romper la frágil senda de vidrio del restablecimiento de relaciones.
Descubra a Rajoy asomándose, a lo lejos, con aquel pulóver blanco en el umbral de la puerta, mirando a Barack, asombrado de descubrir un hecho insólito: “los americanos se le quieren colar en ‘casa’”.
Margallo puede ser este “titiritero” que tropieza, casi, en púrpura y vestido a rayas, dejado atrás, adelantado por esas dos “payasinas” que corrieron, “a partirse los pies”, a asegurar sus puestos de fritas en La Habana, Zapatero y Morantinos.
Evidentemente la de la izquierda es Zapatero, que recibe la mirada “angélica” de Morantinos desde la derecha – tan a propósito esa “derecha” de la izquierda, ¿no es verdad? –.
La música, especialmente aquella trompeta, los viandantes y los pocos ingenuos que se asombran a su paso pueden ser cualquier otra cosa. Desde un desconcertado disidente, hasta un tímido “cubanauta” que desconoce quién es “el blanco” – debería decir “el negro”, refiriéndome a Obama como lo hago, pero la política de “café enlechado” de esta administración lo ha desteñido tanto que merece ese seudónimo –.
Conan nunca ha sido tan gracioso como cuando no está en estudio. Pero La Habana no lo necesita, es en sí misma un tablado para una puesta de payasos.
En Cuba hizo lo que hace todos los canadienses. Rodearse de estos saltimbanquis que salen, día a día, encargados por la dirección de la vieja ciudad a distraer sus visitantes de “pantalones cortos”. Fumarse un tabaco, disfrutar de la casa del ron y, para variar y estar con los tiempos, visitar una “paladar”.
Entretuvo entreteniéndose él mismo. Tropicalista como todos los canadienses, nada que criticarle con exceso a Conan, después de todo, ¡lo hacen todos!
Se me ocurre, sin embargo, que la actitud del cubano medio, ese que no conoce mucho, ni sabe, lo que transcurre entre bastidores, es la de esa muchacha a la derecha de “Margallo” – saltimbanqui en púrpura –, que agarra el brazo a su acompañante y ríe burlona, con sus jeans apretados, sus tacones altos, la perfecta criolla habanera, de esta “comparsa de payasos”, del “blanco-negro” que camina de “puntillas”, y de todo este proceso extraño, casi místico, que sucede a su alrededor, y no comprende.
Las piedras antiguas de estas calles habaneras han visto caminar tantas comparsas, tantos payasos, ¡tanta agua ha corrido por sus rebordes!
Esta vez, sin embargo, Conan gana la sonrisa, no el desparpajo de la risa o la carcajada, pero la indulgente sonrisa del que sabe que está buscando ganar teleaudiencia en un horario con demasiados competidores de alto calibre. Cuba fue la opción, y quizás haya ganado algunos puntos, pero mañana será la “cenicienta” de estos shows, y será olvidado.
Como Obama, en su final en la “Casa Blanca”.

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