Monday, February 16, 2015

La apología de la desverguenza

Oscar Wilde dijo alguna vez que “algunas personas causan felicidad a donde van, y otras cuando se van”, a estas últimas parece acercarse el señor Miguel Barnet.
Un último escrito del póstumo escritor habla de luminosidad en estos días cuando aborda, en una rara mezcla bipolar de espías liberados, edulcoración de una revolución inexistente y el restablecimiento de una relación escabrosa entre una dictadura, la cubana, ¡una más!, y una democracia, la norteamericana.
No hay que exagerar la importancia del desmedro, ni tampoco la estatura del escribidor, póstumo en sus letras. Barnet pudo escribir sobre un cimarrón, sobre una entretenida mujerzuela de vodevil o por algún ancestro perdido de español, pero el talento alcanza lo que puede, y no pudo escribir sobre Cuba. Porque Cuba está mas allá de su pluma, del cimarrón que escapó de su barracón de esclavos, o de la cantadora entretenida entre las hojuelas de cristal en un perdido teatro habanero, inexistente.
Ironia de la vida, y del paso de esa vida, ese teatro de vodevil, ya no existe. Se suicido en su derrumbe.
Barnet fue esa víctima que “entendió” que solo plegando sus alas podía convertirse en algo, en victimario de los demás, segador de otros a su conveniencia. Aceptó las reglas, olfateó los desperdicios y encumbró su vida a obtener migajas a cambio de servidumbre. A sabiendas, retrocedió los pasos de su cimarrón hasta reconvertirse en el esclavo, y dejó de cantar, de entretener, se convirtió en sargento cultural.
Hoy dicta clases desde un buró en una agencia cultural del gobierno para encaminar intelectuales en la ruta correcta: convertirlos como quería Gramsci, en intelectuales orgánicos, servidores del sistema. Desde ese mismo buró entiende las señas, habla del Baraguá con las mismas luces oblicuas del poder y de un bastión moral que, ¡no se entiende!, tiene miedo a la libertad de expresión del artista, de su independencia del poder y su libre albedrio.
¿Cómo se puede ser invulnerable y se teme a la palabra, a la libertad de expresión?
¿Cómo se entiende invulnerabilidad censurando, ocultando nombres incómodos, haciendo una justicia tardía, oportunista, a otroras escritores marginados por el mismo poder, fusilados mediáticamente, silenciados?
No se entiende, o si se entiende, en el lenguaje medrado de oportunistas como Barnet, que da un portazo al pasado para reconstruirlo en una operación desvergonzada de desmemoria.
Estos apóstatas culturales “más que por la fuerza, nos dominan por el engaños”, como decía Bolívar. El mismo Bolívar que hoy viviría encarcelado en Venezuela por rechazar una relación bochornosa con un país insular, ser su apéndice ideológico, cinturón apostólico de un socialismo inexistente.
¿A quien engaña Barnet más que a sí mismo?
¿A los intelectuales cubanos? ¿A cuales y a quienes? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? ¿Qué libros perdurables escriben y dónde? ¿Cuánto cobran por su silencio, o cuántas dádivas aceptan por pestañear oportunamente o mirar de lado a alguna otra parte?
Resulta patético ese gesto de genuflexión, casi místico, que este burócrata de la cultura se arriesga a ejecutar a su antiguo esclavizador, aquel que lo condenó al ostracismo por su condición de homosexual para después concederle el beneplácito de la sobrevivencia, a cambio de la pérdida de su pudor, de su vergüenza, y de su libertad de creador.
Barnet es esta nueva Thais que Dante describe en versos últimos en el Octavo Círculo del “Infierno”, revolcándose en su genuflexión, "inmunda y licenciosa", que se "rasca con las merdosas uñas" y se revuelve en su fosa sin encontrar la paz, ni para él mismo, mucho menos para los demás que lo acompañan en su revuelco inmundo.
No es en balde que Dante encuentra a un adulador más culpable que a un homicida o que a un tirano.
¡Infeliz!
El tirano y el homicida trabaja en nombre propio, para su propio provecho de desvergüenza, el adulador trabaja para desvergüenza propia, pero para provecho del homicida y del tirano. No es pura casualidad entonces que lo coloque en aquel octavo círculo, casi al final del infierno y muy profundo en su estercolero final.
Y lo vemos ahí, inclinándose medroso, aferrando con sus uñas merdosas, ¡gracias Dante!, la estatua de sal, rindiéndose como el cobarde que fue y sigue siendo, por unas monedas, un pasaje de avión, unas palabras licenciosas y una dádiva temporal que lo hará llegar más profundo que a aquella segunda fosa de Dante. Olvidando al país que ya se fue, a los cubanos que ya no piensan vivir en él, a los que se lanzan en una balsa, no precisamente para defender la “moral invulnerable” de un país, sino para escapar de el país que ya no es.
Las leyes que amparan un escape no generan el escape, no son su causa, sino su consecuencia. Las causas son propiciadas por individuos como esta Thais caribeña que se revuelca, sulfurosa, aún defendiendo una causa indefendible, perdida.
Curiosamente, las lenguas mentirosas se muerden con verdades sus propias mentiras, diciéndolas. El señor Barnet ha puesto una muy grande en su final, luego de tantas palabras desechables, y en nombre de alguien a quien no alcanza en estatura, Fernando Ortiz:
“Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio”.
Eso es lo que día a día, señor Barnet, transcurre entre las dos costas cercanas, separadas por un mar desesperado y turbulento. Cuba está en trance de su suicidio precisamente, Thais Barnet, por sus ofidios oficios.
Cuba estará tremendamente feliz cuando los dos, usted y el otro, se les marchen para sus respectivos lugares en el Infierno de Dante.

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