Sunday, February 22, 2015

Eufemismos castristas

La inteligencia no es amiga de quien se la acredita, sobre todo cuando se vale del poder, o de ensalzar el poder, como vía de éxito personal seguro, subiendo, oportunamente, por los peldaños de las teorías perfectas para el autoengaño. Una lección que, sabiamente para su propio culto, el investigador Antonio Aja acaba de demostrar con su teoría del comodín sobre la emigración cubana a los Estados Unidos.
Según Aja – un apellido muy conveniente para un muy conveniente “investigador” académico de movimientos humanos –, la emigración cubana hacia los Estados Unidos comenzó su tendencia negativa en 1930, con la dictadura de Machado.
Y se mantiene hasta ahora. Es decir, sin que él mismo pueda explicarse el desliz, comienza en una dictadura, sigue por otra dictadura (Batista) y transcurre por otra dictadura, la castrista. Por supuesto, estas teorías académicas siempre fluyen por las venas oportunas de la conveniencia. Son eufemismos, los cubanos los conocemos muy bien.
El discurso oficial del castrismo nos ha empantanado el lenguaje, la vocalidad oficial, periódicos y literatura especializada con estos convenientes retruécanos, muy útiles en épocas difíciles para la sobrevivencia política. Hoy transcurre una de ellas, y el lenguaje oficial necesita una teorización para reacomodar los cambios. El enemigo por excelencia cambia de frente, se necesita cambiar de lenguaje para ajustarlo. Y entonces no es casual así, por ejemplo, que Aja recurra a Machado y se olvide del periodo en que nuestro país era una colonia de España y ya los cubanos se asentaban masivamente en Tampa.
Allí acudió Martí para pedir ayuda para su proyecto de independencia. Y los emigrados se la dieron, humildemente, sin tener que acudir a Congresos y a Senados, sin tener que “perretear” a políticos americanos, partidos republicanos y diplomacias de conveniencias. ¿Se le olvida esto a Aja? ¿O es más conveniente tapar una dictadura con otra?
No hay, sin embargo, explicación de por qué entonces los cubanos no huían entonces cruzando las cercas que dividían la Base de Guantánamo para acogerse a la protección americana. En cambio, trabajaban allí y cruzaban diariamente, y tranquilamente, esas mismas cercas para vivir en Cuba y trabajar en territorio falsamente americano.
¿Se le olvida eso, convenientemente al “académico”?
¡Ajá!
No se explica por qué desde entonces no escapaban a tropel en balsas, se refugiaban por miles asaltando embajadas en La Habana, incluso después de recorrer el río humano que gritaba, frente a esos mismos muros “Que se vayan”. Ni que se arracimaran en embajadas occidentales soñando con una visa o un permiso de residencia.
¿Mala memoria, Ajá?
Tampoco explica cómo muchos cubanos vivian en Miami y trabajaban en Cuba. Yo tuve, casualmente, un jefe de departamento en Cuba que trabajó en la Compañía de Teléfonos en La Habana y vivía en Miami, en la época de la "república mediatizada" – otro eufemismo para desacreditar lo de república –, y cada día cruzaba el estrecho en 45 minutos de vuelo para ocupar su flamante puesto en La Habana – su pasaje se lo sufragaba la propia compañía. O los cubanos que normalmente, sin riesgos para su vida, viajaban el mundo pero mantenían su unidad espiritual y física con su país. Artistas, intelectuales, algunos hasta con vocación “socialista y comunista” y que no rompían su pertenencia a Cuba. No se consideraban emigrantes, ni lo eran. ¿Tengo que mencionarle nombres, Ajá?
En Cuba no había ocurrido aquella avalancha nocturna de hombres cargando sobre sus cabezas balsas, restrojos de embarcaciones de zozobra, seguidos por un convite de locales que aplaudían, los acompañaban al Malecón como si lo que transcurriese esa noche ventosa fuera un carnaval y no una huida, una escapada. No aventuro aquí una anécdota, lo viví en una esquina de La Habana Vieja una noche de Agosto de 1994.
Pero, sobre todo, no se explica cómo Cuba entonces, años 30-40-50, era un país de emigrantes. No se explica cómo cantoneses crearon el segundo más grande barrio chino del hemisferio occidental en la capital cubana. ¿Dónde está esa emigración hoy, Ajá?
Yo soy hijo de emigrados españoles. Pero para el señor académico la avalancha de gallegos, canarios y vizcaínos no existió, como no existe hoy mismo esos cubanos que las autoridades emigratorias mexicanas han atrapado en las manos de traficantes de humanos en sus fronteras. ¿Qué españoles emigran a Cuba a vivir y a crear su familia?
Bueno, descarados como Willy Toledo, que no vive en Cuba, además, sino que aprovecha el proxenetismo del régimen castrista para hacer su zafra ideológica mientras embolsa su fortuna en España. La conveniencia siempre tiene sus prostitutas ideológicas. Son, en resumen, alienados de la sociedad española, o negociantes sin escrúpulos que hacen su hora de dinero con mano de obra esclava en la isla.
Ningún pobre sale hoy de España para vivir en Cuba, como en las décadas anteriores al castrismo lo hicieron, precisamente en esos mismos años 30, huyendo de Franco, señor Aja, el mismo Franco que trató con guante de seda al castrismo y a Castro. Muchos de ellos se hicieron de un futuro de promesas en nuestro país, alcanzaron una vida digna para terminar, ironía de la vida, atrapados por otra dictadura amiga de la de España.
Tampoco explica el académico la hemorragia de cubanos – más de un millón – que se arracimaron en la embajada de España reclamando su pasaporte, en virtud de ser nietos de emigrantes españoles que fueron a hacer su vida en la isla para ser olvidados, convenientemente, por académicos de terminología y teorías eufemísticas como las del señor Aja.
Pero se comprende, hay que comprender a Aja y a la Academia de Cuba, y a su oficialidad, a las trompetas triunfalistas de sus pobres diarios y publicaciones. No tienen opción, tienen que mentir o que buscar algo a que asirse para poder subsistir en un mundo donde el eufemismo es su cotidianidad.
Hay que entender este meandro caliginoso en que se ha convertido ese país y sus gentes, que ha llevado al hombre común a sembrar en su conciencia ese mismo eufemismo, que le hace hablar el lenguaje sembrado de violencia, superstición ideológica y prejuicios oportunistas que el sistema ha sembrado en décadas de reconversión subliminal.
Se reconvierte la prostitución en jineterismo y se le rinde culto. Se reconvierte el escape, el exilio, en “emigración económica” y se le dedican justificaciones antropológicas en épocas convenientes de la historia cubana. El lenguaje de la diplomacia, los discursos públicos y la política de gobierno se han apropiado de esos retruécanos, los han redefinidos y devueltos a sus orígenes para que hoy, asentados a cientos de millas de su país, los mismos cubanos los reclamen como suyos, hablen en los mismos términos y se convenzan, y auto justifiquen, de su propia ignominia como reconvertidos.
Hay que acabar de comprender que la eufemística castrista no fue inventada por el señor Aja. No es ese señor el culpable, si no una víctima oportuna de su propia conveniencia. El conoce muy bien que la historia que le cuenta a la oficialidad no es suya, no la escribió él, no la “descubrió” ni la investigó. No tuvo ni que acudir al susurro ni a la sugerencia. No necesitó el ovillo de hilo que Ariadna le dio a Teseo para escapar del Minotauro, como cuenta Ovidio. No necesitó el eufemismo de los clásicos teniendo la insinuación constante, casi de sexualidad freudiana, que ha sembrado el régimen en cada institución y en cada estamento social de ese país en este momento.
Los académicos no escriben sus libros, los reproducen.
Y eso, por supuesto, lo conoce Aja. Es consciente que es un hilo artificial, el conveniente préstamo para el éxito en una sociedad corrupta, desde su médula. Y decidió recorrer su camino, el trillo conveniente para hacerse de un nombre, una publicación y una sobrevivencia. Es lo cotidiano lo que hace de su empréstito ideológico algo nauseabundo. Transcurre día a día en la elite artística, y en el país real.
Esa es la verdadera desgracia de la Cuba actual.
Autocensura por un viaje, o un pasaje de avión a algún evento, o el necesario apartamento para familia, amantes e hijos, un medrado transporte privado, la anhelada publicación de algún libro – pobre justificación de ruindades –, un mojito en los jardines de la asociación oficial de escritores, una mención en el diario oficial, una aparición en la prensa y la radio, y el conveniente y laudatorio uso de la teoría del eufemismo que siempre, casi siempre, es la conveniente tabla de salvación de un régimen que no pretende ya ni engañar, pero que le gusta dormir con sus propias redefiniciones y retruécanos académicos, mentiras y medias verdades como la almohada cómoda para el lecho frio de un muerto.
No hay que pedirle a Aja mucho más de lo que es. Académico de re-uso, teórico de la conveniencia, pronombre para ocultar otro engaño.

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