Friday, February 27, 2015

Banalidades de Paris Hilton

Albert Einstein pensaba que solo en el mundo existían dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. De la primera, según él mismo, no estaba muy seguro. De la segunda, si nos atenemos al caso de la señorita Hilton, podemos asegurarle que es infinita.
Paris Hilton está en La Habana, y en Instagram ha estado lloviznando su alado flotar por las partes turísticas de esa ciudad. Por supuesto, no por ninguna otra. Le sigue ese desperdicio de “haute couture”  de carteras, vestidos vaporosos y las imperdibles gafas oscuras para no mirar a los lados oscuros de la ciudad, si no a los luminosos.
Sonríe enardecida y lanza su suspiro melancólico, “Cuba, Baby”, con los brazos queriendo levantar vuelo, quizás para cualquier otro lugar, pero mirando una bahía que si se acerca a sus grasientas orillas levantaría respingada sus narices, para perderse precipitadamente en algún coche de caballos y recorrer el contorno romántico de esta Habana que es postal turística, ensoñación viajera de millonarios, y mucha fantasía.
Calles adentro un pueblo hierve, camina presuroso para buscar lo cotidiano – bien difícil – desconociendo el romance de la señorita Hilton, y algunos hasta ignorando quién cojones es esta alada criatura de postal.
Bueno, ella no es ni mucho ni poco.
Heredera del que era dueño del “Habana Hilton”, que fue en su tiempo el hotel y edificio más alto de América Latina, y que un año después de haber sido inaugurado por su propietario, el bisabuelo de esta célebre señorita, le fue robado por el mismo que sigue gobernando en Cuba.
¡Perdón!, por el segundo del que se lo robó.
La banalidad es un ave ciega, ligera de cascos, prostituida en la calle, en los rincones oscuros de cualquier latitud, y también en la espiritualidad sosa del que carece de talento pero le sobra el billete. Y viaja.
A Dubai. Ah, ¡las arenas!, el flamante hotel que parece perderse en el cielo, mientras miles ni saben que existe, y dos o tres hediondos poderosos envuelven con trapos sus cabezas y siguen poseyendo en sus manos el país, las arcas de petróleo, las miles de voluntades, y los millones de beduinos silenciosos de aquel desierto.
A Beijing. Ah, ¡la muralla china!, que ni sabe para qué se construyó pero allí publica su foto en Instagram, mientras Ai Weiwei reclama democracia y derechos humanos para ese gigantesco país.
“¿Y quien es gueiguei?”, pregunta con el imperdible perrito faldero en las manos.
A La Habana. Y aquí la vemos tratando de saltar desde el frente del litoral habanero del puerto. ¡Cuántos cubanos no querrían aferrarse a sus alas para escapar!
Pero seamos benévolos. Lo de la señorita Hilton en La Habana no es un caso de incorrección política, sino de falta de dignidad, especialmente para la persona de su abuelo, a quien le fue robado su propiedad. Pero, ¿qué se le puede pedir a una banalidad?
¿Qué no lance la señal de que se pueden robar las propiedades y sus herederos perdonarán el robo?
Paris Hilton no hizo el dinero con su talento, lo heredó. Y no se hereda talento, como se sabe, casi siempre se malgasta o se destroza el dinero cuando se carece de lo primero. Es su caso.
Así, no le importa esa señal. Quizás el emporio de su apellido ya tiene asegurada presencia en otros lugares donde conoce no le robarán ningún otro hotel. O tendrá demasiados que no le interese que se le devuelva el suyo en La Habana, ahora en manos de la firma Meliá. Pero siempre me queda esa pregunta que me intriga, ¿qué diría su abuelo?
La desmemoria, la mala memoria, o sencillamente la banalidad caprichosa de esta personita, que se hizo famosa por la local geografía de su entrepiernas, nos hace recordar de la bochornosa existencia de esa juventud que no piensa, no arrastra ninguna conciencia social, vive ajena a este mundo nuestro, sus sufrimientos, los ritmos locales por donde traspasa su sombra desplegando sus alas, malgastando tiempo y dinero, levantando los brazos en un gesto de mariposa alienista, volando de flor en flor, sin posarse en la superficie dolorosa de este planeta.

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