Saturday, January 10, 2015

Quisiera pensar, señora Jacobson

Quisiera pensar que aún existen personas de buena voluntad, intelectuales que se levanten sobre la petulancia del dinero y las conveniencias, poetas que sigan rimando versos y no vendiendo libros, defensores de humanos sin derechos que no se acojan a otra ley que no sea la de la inconveniente rebelión contra todo el odio, la humillación y la injusticia.
Quisiera pensar que aún existen políticos que siguen creyendo en la honradez, líderes que hagan de la humildad no una consigna, un pretexto para la próxima campaña política o la conveniente etiqueta de mercadeo para su liderazgo de ocasión. Las ocasiones pasan, los líderes mueren, la vida continúa su curso y a veces hasta los olvida o aplasta.
Quisiera pensar que aún existen versos, y libros, y escritores limpios y serenos. Que existen hombres que examinen primero sus conciencias antes que sus bolsillos. Artistas que valoren su obra por la belleza intrínseca de su paleta más que por el rastro alado, luminoso de espejismo, de su estrellato fugaz en el mercado provisional del arte del momento.
Quisiera pensar que existen hombres, más que marionetas; pueblos, más que multitudes; gobernantes, más que caudillos; estadistas, más que dictadores.
Quisiera pensar todo eso, señora Jacobson.
Es muy fácil soñar. Vestirse de fantasía y decir que este mundo puede arreglarse con unos pocos soñadores que cantan canciones y componen arpegios y cultiven la belleza. Seres ilustres, iluminados, que navegan contra la corriente impetuosa del mercadeo populista de ideas, conceptos y definiciones. Quisiera pensar que los filósofos gobiernan, los humanistas conducen a los pueblos, los poetas conciertan multitudes, las buenas voluntades reclaman titulares todos los días en nuestros diarios, los congresistas no son sobornados, los mercaderes no visitan nuestros templos, y la tierra sea la iglesia celestial de la honradez humana.
Quisiera pensar que las organizaciones que dicen defender los derechos humanos de los que no lo tienen, en esas sociedades acorraladas por aquellos caudillos que sustituyen gobiernos, no cuentan con personas deshonrosas, que contabilizan sigilosos los billetes escondidos en sus bolsillos, o los que lograran tener si alcanzan algún proyecto en alguna agencia de oportunidad de alguna administración pública, o un gobierno.
Quisiera pensar que esas agrupaciones caritativas actúan de corazón, más que de conciencia. El corazón no calcula con raciocinio conveniente sus defensas, no acude a ninguna brújula oportuna para brindar una ayuda, no extiende el talonario para imponer un precio a sus deberes, sino que actúa con puridad espartana hasta con sus propios enemigos. El corazón es un padre amoroso con sus hijos, los sentimientos. El cerebro es el amante despechado, celoso y cruel, antojadizo y vagabundo, que extiende su onerosa mano en cualquier mercado, por impuro que sea, o precisamente por serlo.
Quisiera pensar tantas cosas buenas de este mundo. Es tan hermosa la vida, los pájaros que cantan, las flores que endulzan el silencio con sus olores y colores, los animales graciosos que pueblan los rincones más insospechados de nuestro universo. Todos tenemos derecho a disfrutar de esos encantos, es el regalo sagrado de Dios para con la vida, que es decir, con los hombres.
Quisiera pensarlo, Sra. Jacobson, pero no puedo.
He visto tanto desinterés en la humanidad, y tanta conveniencia por tantos lados y rincones. Ahora mismo pienso que en su próximo viaje a Cuba reflexione cuánto ha sufrido ese país, cuántos años ha pasado su gente sin conocer esencialmente qué cosa es la libertad y su verdadero significado, decidir por sí mismo, levantarse cada día con sus propios pies y andar por su país.
Su país, ¡qué hermosa frase!
No la conocen, Sra. Jacobson. Algunos duendes muy celosos han cerrado los libros, han comprado con miserias conciencias, han sembrado el oportunismo comedido de la envidia, cosechado los labios mentirosos, los oídos atentos, y los odios. ¡Muchos!
Viajará a un país dividido por el odio, más que por las aguas. Los que viven en el inxilio y en el exilio los dividen unos pocos, un pequeño puñadito de leprosos, y nada más. Pero cosechan miles que mantienen viva la llama de los odios. Y en esa cosecha hay malos, menos malos, y un poco mejores.
¡Muy pocos buenos!
La desgraciada mezquindad de sus gobernantes, pero ¡qué digo!, de sus caudillos de barro, ha logrado promover un pueblo de holgazanes de la palabra, escribidores dulzones del miedo, contadores de alabanzas y dignatarios del miedo. ¡Conspiradores de todos lados!
Y esos conspiradores “de lados” le han servido listas. Han acomodado fichas en un tablero a conveniencia, una conveniencia que sortea la legalidad puritana de un estado que no respeta ni a sus propias leyes. Y ahí están, le han servido una lista incompleta de 53 nombres.
¡Faltan! Y muchos, algunos de ellos no son mencionados por ningunos de los escribidores oficiales de listados.
Sorprende leer las “razones” en listas de presos políticos que algunas de estas “Comisiones” de derechos humanos y “reconciliación” citan, y no se apiadan ni a sí mismas de referir, como conceptos que definen la politicidad de algunos reos de conciencia. Cito algunas, aunque me apiado de los merecedores (y es muy posible sea cierta su oposición, al menos así lo quisiera creer), por eso no incluyo sus nombres:
  • Condenado por lanzar un coctel molotov contra una shopping estatal en protesta por la situación económica reinante (¿quien definió la conciencia de este hecho?)
  • Rompió el cristal de una puerta del auto de un oficial de la policía política (no dudo de que el policía político le dio algunos bastonazos mucho antes de lo del cristal)
  • Activista que en un registro policial le ocuparon un cigarrillo de marihuana (¿la marihuana ahora es una actividad política?)
  • Opositor activo. Golpeado brutalmente y detenido por agentes policiales al negarse a abandonar el Parque Central de La Habana donde estaba sentado leyendo un libro

Y aquí me detengo, Sra. Jacobson.
“Leer un libro” puede ser un delito en Cuba, no lo dudo. Por ejemplo, tratar de leer un libro como “Persona non grata” del ex embajador chileno Jorge Edwards. También podría ser leer un libro de Ángel Santiesteban, quien está en cárcel por su crítica vertical, inteligente, en sus libros y en su blog contra el gobierno de Castro.
Como dice una de esas comisiones de ocasión que tanto abundan en Cuba, y dicen ser defensoras de humanos sin derechos, la justicia interesada de ese gobierno basa las acusaciones de sus enemigos políticos, y cito, a través de “distorsiones de los hechos o en calificaciones caprichosas que devienen verdaderas ‘historias oficiales’”.
No se entiende entonces como esas organizaciones de derechos humanos desconocen los verdaderos “delitos” de disensión política como los escritos del multi galardonado escritor, mucho más cuando tienen el indecoroso, y también bochornoso, pudor de decir, unas líneas más arriba de sus acomodados informes de conveniencia, y vuelvo a citar:
“… estamos seguros de que, dentro de la enorme población carcelaria del gobierno de Cuba, existen otros casos que no se conocen”.
Fin de la cita.
Es decir, que estas comisiones, las de los dos lados del estrecho de la Florida, la de La Habana, nombrada Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, cuya cabeza visible es Elizardo Sánchez, y la de la Florida (o más allá, no me interesa donde), la Fundación de los Derechos Humanos de Cuba, de la que no se conoce quién es el nombre director (no aparece por ningún lado – convenientemente, pienso –  en su sitio oficial en internet), estas comisiones reconocen que leer un libro es un “delito político” en Cuba, pero no delinque quien escribió el libro.
Bonito crucigrama, ¿verdad, Sra. Jacobson?
Yo no puedo entender que una organización que escrutina el actuar de un gobierno sobre los derechos que deben tener sus ciudadanos realice un informe donde la razón que apunta, en ese informe, sea un cigarro de marihuana, y un libro, o que alguien le rompa un cristal a una patrulla policial, y sea incapaz intelectualmente de enunciar en sus listas al autor de una obra de denuncia social y de un blog de denuncia política.
A no ser, Sra. Jacobson, que los autores intelectuales de las listas estén en el mismo contubernio de silencio del régimen con respecto al escritor Ángel Santiesteban. O, en el mejor de los casos, pero también en el peor, que se ajusten a las definiciones de justicia de ese régimen. Y en ese caso, debieran eliminar – por coherencia en su definición – de esas “listas de sospechosos” políticos a los mariguaneros, rompedores de cristales y lectores de libros.
Después de todo, una lectura nunca puede ser más delictuosa que la propia escritura de un libro, ¿o me equivoco?
Hay, pienso yo, Sra. Jacobson, otra razón más íntima y poderosa. Y creo que es el miedo de los que se creen “grandes”, y no son más que alfeñiques de barro, a dimensionar intelectuales que se les crecen en valor personal, estatura de inteligencia y talento. Y ese es el caso de Ángel Santiesteban, porque no reclama nada para sí, ningún protagonismo, y estos listadores de herejes solo buscan el patrocinio protagónico del momento.
Olvidado de todos, por conveniencia, por cobardía y por mediocridad cívica.
Antes de finalizar desearía decir algunas últimas palabras. Tiene que ver con la actitud del gobierno que usted representa.
Quisiera pensar que ese gran país, Estados Unidos, que tanto tiempo representó el ideal de democracia y justicia, no se olvide de su estatura moral de su ideario y de su historia. Quisiera pensar que, cuando ya un pueblo ha cesado de luchar por sí mismo para alcanzar una justicia, siempre podrá contar con aquel otro que siempre fue su ideal, y que los hombres que lo dirigen sigan también representándolo y se acuerden de esos pueblos, ya vencidos por su cansancio ante la injusticia y el silencio, o ya derrotados por la vejez o la estulticia, o ¡qué sé yo por cuantas más cosas!, llénelo de justificaciones y razones miles, los verbos no alcanzan para calificar esta suerte de derrumbe y decadencia viril de una nación.
No les pedimos a los de su país, Sra. Jacobson, y a los hombres y mujeres honorables de su gobierno que liberen a Cuba. Les pedimos que no nos olviden en sus pensamientos, y en sus actos. Que el gesto que los ha llevado a darle la mano al injusto para abrir la justicia en una nación sin ella por 56 años, no les olvide que es por el beneficio del surgimiento de esa justicia, de que vuelva a existir y que viva. Y no por viles razones de comercio, vulgares al corazón y al espíritu de América y sus padres fundadores.
Me arriesgo a acudir a una de las figuras más altas de las letras americanas, Toni Morrison, en su alocución al recibir el Premio Nobel, merecidísimo:
“Yo no sé si el pájaro que estás sosteniendo está vivo o muerto, pero lo que sé es que está en tus manos. Está en tus manos. ”
“El pájaro está en sus manos”, señora Jacobson. O para ser más exacto, en la del señor Presidente de los Estados Unidos.
No lo deje morir.

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