Monday, January 26, 2015

Gradualismo versus Revolución

Es siempre una lección de humildad leer. Por supuesto, la humildad se cosecha de muchas formas, pero la lectura de fuentes diversas sobre un mismo tema nos debe ayudar a recordar que somos un grano de arena en el vasto universo que nos rodea, y que los fenómenos sociales que transcurren en nuestro tiempo de vida no pueden ser descritos de un plumazo, sentados en nuestra silla superior, en alguna latitud moderna, con todas las comodidades al alcance de nuestros dedos, nuestros mandos acomodados a cambiar de canal, conectarnos a internet, tocar con la punta delicada de nuestros dedos una de esas virtuales maravillas tecnológicas celulares y aterrizar en cualquier geografía social del mundo. La maravilla de internet acapara la arrogancia intelectual de los mediocres, casi siempre.
Y así, cuando todo parece de una perfección “imperfectible”, alguien tropieza con el incómodo cable en la esquina de nuestra casa, o un pajarillo posa al descuido un ala sobre un transformador sobrecargado, alguna hoja seca lanzada al viento por las ráfagas del otoño tardío nos hace perder toda nuestra superioridad de ese Olimpo griego en que nos hemos elevado, y nos deja a oscuras más indefensos en nuestra inutilidad que en el Medioevo, quizás para recordarnos que aún estamos aquí, y no al lado del trono de Zeus.
En esa disposición de espíritu es como siempre leo los artículos que en la prensa extranjera aparecen con ese análisis superficial, apresurado, del hombre de prensa que viaja a Cuba por una semana, disfruta de la ciudad, entrevista dos o tres cubanos de la calle, el funcionario oficial del gobierno, y tal vez se aventura a la zozobra del encuentro con algún disidente, opositor, o intelectual incómodo.
Y se marcha. Regresa a casa, a ese cuarto inmaculado de tecnología y confort en que acumula fotografías de todas las latitudes viajadas, viejos recortes de artículos de prensa sobre algún rincón lejano del planeta. Una carta de reconocimiento del imprescindible ejecutivo del medio de prensa de alta circulación y prestigio que le llenó las líneas de su resumé. Plumas, papeles garabateados, libros autografiados, computadoras e impresoras MAC, un fragmento del Coliseo Romano que sostiene algunos sobres de cartas no leídos, lápices, cámaras de video y de fotografía, y los suvenires ineludibles del tropicalismo, muchos.
Y es allí donde compone ese próximo artículo sobre Cuba, los últimos acontecimientos del 17 de Diciembre, lo que viene y lo que va.
Me he leído ese artículo, Noah Feldman. ¡Tantas veces!
Lo leí del enviado de la BBC, el Sr. Ravsberg. Lo he leído en las páginas del “Toronto Star” mientras volvía a casa en el tren metropolitano, o en el ineludible “The New York Times”, algunas veces desde las páginas del británico “Financial Times” y otras tantas desde los diarios de España. Pero esta vez viene la lección neocolonial desde las hojas virtuales de “Bloomberg View”. El señor Feldman es un columnista de ese sitio en internet, profesor de Leyes Constitucionales e Internaciones en Harvard y autor de seis libros.
Bueno, hablando de libros que se escriben y tienen “éxito”.  Edward Stratemeyer alcanzó la cifra de 1300; Ryoki Inoue, 1075; Kathleen Lindsay, 904; Lauran Bosworth Paine más de 900 libros. Y quien es toda una industria editorial en sí misma, la señora Maria del Socorro Tellado López, o para que todos la reconozcan, Corín Tellado, llegó al precioso record de superar los 4000 libros escritos y vendidos como caramelos en la puerta de un colegio infantil.
Así que los seis libros de este profesor de Harvard pueden ser solo un entremés inapetente en la industria editorial, no vender nada, no significar nada, a pesar de sus títulos y su profesorado en la prestigiosa universidad. Pero también puede significar lo contrario, y ser verdaderas enciclopedias del saber y de la intelectualidad elevada de esa institución académica. Es, por lo que parece, un estudioso de la época de la “guerra fría”, y estando encallado todavía un pequeño iceberg en esa islita del Caribe que es Cuba, se aventuró el querido profesor a hablar del naufragio romántico del momento: el deshielo cubano.
Veremos en un resumen qué nos dice el profesor Noah.
Cuba no está preparada para una “revolución”. Habló en La Habana con “cubanoamericanos” que hacen negocios allí (¿?), oficiales del gobierno y artistas. Todos le dijeron “nada ha cambiado, todavía”. Raúl Castro no movió ningún dedo, lo hizo Obama [¡vaya descubrimiento académico!]. Es bueno que “liberaran” 53 prisioneros políticos, pero eso no es “inconsistente con el Socialismo” [no, señor profesor, lo inconsistente con el Socialismo en la Libertad Individual, en mayúsculas]. Turistas en pantalones cortos aún no coparán las calles de La Habana. Ah, y Cuba no está lista para que los de pantalones cortos tumben al gobierno. Hay más timbiriches y mercachifles que diez años atrás, pero todavía La Habana no es Las Vegas.
No se impacienten, este es el preámbulo. Continúa Noah, no el del arca, el de Bloomberg.
Cuba hay que compararla con Haití y con Jamaica [aunque exista Suecia, Suiza y Canadá]. Las exportaciones agrícolas dependen de las fluctuaciones de precios [no hay que ir a Harvard para darse cuenta]. El turismo es bueno porque atrae capital extranjero y promueve el balance comercial, pero también atrae actitudes neocoloniales y neo imperiales [¿una autocritica aquí, señor Feldman?], y los trabajos que genera son de ínfima importancia. Ah, y depende de las fuerzas económicas fuera del alcance nacional.
Conclusión salomónica de Noah Feldman: la lentitud le permitiría a Cuba focalizarse a una industria turística de mayor valor.
Noah Feldman no quiere que Cuba explote las riquezas de playas, sino las “riquezas morenas”. Ya saben, el “turismo cultural” nocturno, las jineteras de alto nivel intelectual tropical. Aquí parece olvidar Noah Feldman que Cuba no puede competir con las posibilidades de recreación de un Miami, o incluso un Cancún. Y, curiosamente, parece también olvidar que ese “turismo cultural” lo que atrae es prostitución, drogas y todo tipo de problemas sociales que es lo que, supuestamente, vino a “resolver” la otra “revolución”, no la de Feldman, sino la de Castro. Y no pudo lograrlo.
¿Es esa la Cuba que los cubanos queremos? Solo me pregunto.
No puedo perder la tentación de citar al querido profesor Noah, el que no es del Arca:
But when it comes to Cuba's economic development, slow progress is preferable to radical transformation. The same is true of political evolution: moving too fast might not produce greater freedom, but actually the opposite. [Traducción: Pero cuando se trata del desarrollo económico de Cuba, el progreso lento es preferible a una transformación radical. Lo mismo puede decirse de la evolución política: moviendose demasiado rápido podría no producirce una mayor libertad, si no lo contrario]”
Este profesor es una enciclopedia de sofismas. Me recuerda a Ravsberg.
El final es el previsto para todos los mismos escribidores de cuatro días. Perdón, me faltó decirles que este profesor de leyes fue eso lo que estuvo en La Habana. Cuatro días. Pero ahora viene lo mejor. Sigo el resumen.
El valor positivo de la “revolución socialista” es que Cuba ha invertido en capital humano. Su sistema educativo es mejor que el de los países comparables a ella [ya recuerden, Haití y Jamaica] y puede jactarse de exportar médicos y enfermeras. No es realista para Cuba generar millones de puestos de trabajo con salarios altos. Entiéndase, el mismo miserable salario continuará en la transición mágico-realista con velocidad de tortuga del señor Feldman. Y lo mejor de todo, los inversores extranjeros “pudieran identificar y tomar ventaja de la fuerza de trabajo ventajosa de Cuba”.
Esclavitud moderna tropical, vamos.
Final.
¿Cuántas veces he leído algo parecido a lo que el querido profesor Noah “descubrió” en  Bloomberg y en sus cuatro días en La Habana?
Muchas. Y no necesariamente por una temporada intelectual de un académico de Harvard en La Habana. Ya Ravsberg, en sus vacaciones pagadas por la BBC, nos lo escribió para todos, y también para Noah Feldman, en un post que él tituló “Normalidad y Progreso”. Los mismos presupuestos neocoloniales, los mismos sofismas.
Es bonito leer el comienzo del cuento. Duras críticas al régimen de Raúl Castro para después tomarnos la dulce píldora de la lentitud del progreso. Nada de “revolución”, gradualidad de poscastrismo. Esto es lo que nos vende Noah Feldman en su artículo sobre Cuba. Me pregunto qué le valió sus seis libros sobre el deshielo socialista europeo.
Ah, quizás decirnos que no debemos transitar el camino “rápido” de Rusia. Pero, ¡es que Rusia no caminó rápido en su transición!, y es precisamente esa lentitud lo que hizo posible que las mafias comunistas se reposicionaran en la nueva estructura de gobierno de la Rusia actual. Putín, señor Feldman, es un reconvertido en “slow motion”. Ni más ni menos.
Y tampoco, no-bíblico Noah, la “primavera árabe” puede compararse con la transición rusa. No puedo entender que un académico, y nada menos que profesor de Harvard, viva una vida profesional con tantos tópicos. La lentitud, además, no es garantía de ningún progreso en las libertades esenciales de la persona humana. Y los hombres de negocios no viajan a sus "colonias virtuales" para sembrar libertades, sino para llenar sus bolsillos.
No sé cuál es la enfermedad contagiosa, cuasi infantil, que tienen todos estos “queridísimos académicos” de achacarle el valor de ”revolución” a cualquier reconversión de la plutocracia militar en las antiguas geografías socialistas. No entiendo por qué Cuba tiene que sentirse satisfecha con ser Haití cuando pudiera soñar con ser Suiza o cualquier país escandinavo.
No es un sueño, tampoco una fantasía. Ninguno de los países latinoamericanos y caribeños de hoy, donde el turismo y también la miseria hoy pagan los pasaportes de muchos señores Feldman, tuvo el privilegio de tener una economía tan prometedora como la que tenía Cuba en los años cincuenta, precisamente antes de que llegaran quienes ustedes saben. ¿Que tenía problemas? Sí, los tenía, como hoy los tiene peores. Y, a fin de cuentas, nadie sueña con poseer un Moskvich cuando se puede soñar con poseer un Lamborghini.
Los sueños no se tienen en pequeño, so pena de convertirse en mediocridad.
No se construye una nación a base de realismo, sino a base de sueños. Ni Martí, ni Lincoln ni Martin Luther King, ni los padres fundadores de tantas naciones prósperas, fueron realistas cuando intentaron cambiar la historia de sus pueblos. Fueron soñadores. Soñaron con un mundo que no existía en el momento de sus vidas. Algunos lo lograron, otros no, pero abrieron el camino a ese sueño para que otros lo pudieran disfrutar.
La forma conspicua que estos “profesores de leyes” nos miran, y nos calibran en su intelectualidad, se asemeja palmo a palmo a la del antiguo amo de esclavos cuando miraba, condescendiente, el recién crío moreno nacido en sus posesiones coloniales. Para ellos, somos hombres de tercer orden, de tercer mundo y de tercera estatura, nos corresponde una transición lenta, con salarios bajos donde los nuevos colonos “pudieran identificar y tomar ventaja de la fuerza de trabajo ventajosa”. Explotarnos.
Como ocurre hoy con las empresas extranjeras de Europa y Canadá en Cuba, ¿no es así, Noah Feldman?
Lo peor de todo este entramado intelectual es que es casi una realidad en Cuba. Hacia allí vamos. Es eso lo que se instala con el poscastrismo “gracias” a la inapetencia del cubano en tomar en sus manos su futuro, acabar de entender que la indiferencia es la llave que entrega, mansamente, en manos del colono extranjero – que ayer era español, canadiense y en unos pocos meses puede ser americano – de sus propios grilletes.
Y en esta indiferencia pecan inxiliados y exiliados. Dentro de la colonia poscastrista y fuera de las rejas de esa colonia, pero a casi nadie le importa el rábano como para mandar a paseo a un profesor de leyes neocoloniales de Harvard que se hace llamar con el mismo nombre del Noah bíblico, sin ser con toda evidencia, un hombre de Dios.

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