Sunday, January 18, 2015

El zumbido de la Mosca

¿Se ha preguntado cuán fastidioso es el zumbido de la mosca? Y, a la vez, ¿se ha preguntado cuán fastidioso no lo es, o resulta serlo su ausencia? No son preguntas triviales, casuales, accidentadas, ni tampoco porque este blog se haya reconvertido en uno que trate del tema de esos dípteros fastidiosos, necesarios en algunas circunstancias de la naturaleza, molestos y malignos en la sociedad humana.
Por otra parte no soy de los reconvertidos de nuevo cuño, ni mi blog pretende reconvertirse o reconvertir a nadie. No he sufrido tampoco la enfermedad infantil de la reconversión, esa tan frecuente en nuestros días, por algunos lugares.

El zumbido de la mosca lo provoca el rápido movimiento con que mueve sus pequeñas alas para lograr sostenerse en su vuelo, alrededor de los lugares por donde cotidianamente ejerce su despreciable labor predadora, casi siempre entre desperdicios humanos y de animales, corrupción del cuerpo y de la vida. Un símil muy coherente con el del insecto social con que padecemos en las sociedades humanas.
352 veces por segundo bate sus alas este insecto, y a la vez que ayuda a retornar a la naturaleza los restos de animales y sus excretas, contamina de enfermedades y muertes a otros seres vivos, porque los infesta.

Pero piénsese en su zumbido, en ese aletear continuo que nos molesta y nos hace recurrir al conocido artefacto para matarla, para sorprendernos una y otra vez más de la forma sutil con que logra escapar a nuestro manotazo, al cazamoscas o a cualquier otro invento ingenioso.

La naturaleza dotó a la mosca de un mecanismo ingenioso para predecir las acciones hostiles de sus depredadores en su contra, y muchas veces escapa.
Pero dejemos de hablar de la mosca, por más que se parezca a la otra, a la Mosca social, la que depreda en el organismo civil y urbano de los hombres. Porque todo esto acude a mi mente desde este fin de año por la recurrencia de un fenómeno que, no por ser ya cíclico y casi común entre los cubanos, deja de ser molesto, bochornoso, si no patético.

Sí, patético.

Nos fastidia el sonido de "aquella Mosca", la que se subía en la "plaza de Zaratustra” a zumbar venenosamente y acabar con la magnífica soledad de la que nos habla Nietzsche:
"La plaza pública comienza donde termina la soledad. Y donde comienza la plaza pública comienza también el ruido de los grandes histriones y el zumbido de las moscas venenosas"
Agrega Friedrich Nietzsche, con todo acierto: 
“Lleno de bufones solemnes está la plaza, ¡y el pueblo se gloría de sus grandes hombres! Éstos son para él los señores del momento”
Y no se consuela de perderlos, de extrañarle su silencio cuando precedió la palabra. Horas y horas de zumbido, intolerancia, "sí o no", "por o contra". Nada entre esas dos aguas. Nada que escape de los dos bandos, costados de una costura o herida pública, costosa, largamente sufrida y que no sana, o no la deja sanar mucha gente.

Se extraña su silencio, fastidia su retorno, se piden sus palabras, molesta que reaparezcan, se caricatura su sobrevivencia, sus cartas, sus resuellos moribundos, sus ausencias, balbuceos e infortunios.

Dentro y fuera de casa. En la plaza, el mercado, los periódicos y los chismes. Ilustrísimos y chusma, disidentes y coincidentes, partidarios y contrarios, mas y menos, cubanos y no cubanos. Todos.
No hay resto. No hay paz para el cadáver. No se le deja retornar a su sepultura, reconvertirse en podredumbre. Morir.

¿Para qué entonces algunos reclaman su extinción? ¿Para qué algunos se consuelan con su silencio? ¿Para reclamarlo después?

Esta patética costumbre de acudir a la Mosca explica que no haya muerto, ni aun cuando los altavoces anuncien su entierro, y las turbas de los bufones acudan vestidos de negro, y sus coterráneos insectos pululen su descompuesta geografía y lo reconviertan en polvo, el polvo en barro, el barro en suelo cenagoso, la ciénaga en agua, el agua en vapor y el vapor desaparezca en el silencio de la soleada tarde, frente a la muralla azul del mar, golpeando el muro de concreto en el litoral habanero.

Y se pierda en el mar, en una balsa, recurve en una isla o sea capturado por guardacostas.

Si no hubiera existido esa Mosca algunos, sino muchos, la hubieran inventado, fabricado, compuesto desde el desperdicio y el barro. Para oírla, aplaudirla, seguirla como zombis al olor de la podredumbre y los detritos humanos. Tengo la dolorosa conjetura de que algunos lo hacen para lograr su sobrevida, que es una conspiración de incorruptibilidad lo que recorre esos murmullos, esas caricaturas, esos verbos, esa tinta gastada en tantos lugares. Como si mencionándolo, pidiendo su reaparición o condenándolo lo lograran sobrevivir.

Que si no recibe a nadie. Que si no aparece sus ojos peludos y sus dedos largos en la prensa. Que si su tipografía no se reproduce en los diarios. Que si su verbo falta. Que si escribe una carta y acuña su firma. Que si se burlan de la carta y de la firma. Que si Maradona y los cinco detritos del diablo. Que si el silencio, la muchedumbre y la tía tata de los cuenta cuentos.

¡Vaya fastidio!

¿Cuándo aprenderán a vivir su propia vida? ¿Cuándo comprenderán que un conjunto humano es una mísera célula de tiempo en el reloj infinito de la vida?

Somos nada, polvo en el viento. Disfrutemos de la fantástica libertad de nuestra soledad y dejemos de acudir a la plaza aquella, de Zaratustra. Dejen morir a los muertos. Entiérrenlos en vida como merecen. Desprécienlos y acábenlos de olvidar.
“Todos los pozos profundos viven con lentitud sus expe­riencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad.”
Esa lentitud tiene consecuencias profundas, heridas salvajes, putrefacciones y castraciones que tienen que ser cortadas, amputadas del cuerpo viril que sostiene la vida. Salgan del pozo, dejen el zumbido molesto, ponzoñoso de la Mosca.

¡Olviden de una vez!

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