Thursday, January 1, 2015

Descalificaciones

A veces no se cuál es el enemigo mayor de una sociedad estancada en el pasado, el  régimen que establece el estanco, o las propias víctimas, acorraladas en las redes de la policía cultural, política y de fuerza de ese régimen. Entiéndase, no necesariamente acorraladas al alcance geográfico de las herramientas utilitarias de esa estructura de poder.
Diariamente los cubanos nos enfrentamos a estos retos, o a estas pequeñas miserias humanas, que son como rastrojos de aquella realidad estratificada por demasiado tiempo y que se van arrastrando, se siguen arrastrando desde lejos. Cargamos como viejos caracoles los resabios, las vicisitudes, nuestro pasado, viejas actitudes y accidentes. La historia personal pesa en nuestra actitud, y ejerce una presión subjetiva en nuestros pensamientos y creencias, ¡tanto!, que lo pueden ensombrecer.
El tema me viene por lo sucedido con Tania Bruguera. Y alejémonos de la reacción tradicional de aquella plaza sitiada. Alejémonos de los actores por excelencia del “represidio” cubano. Hablemos de los rastrojos que se arrastran por estos lares, lejos. De los caracoles, no de las culebras.
Hay personas que, al parecer, solo existen, o subsisten para calificar o descalificar a los demás. Si los intelectuales no hacen nada, o hacen poco, les cruzan su punta de lápiz como un cuchillo por sus cuellos virtuales. Los degüellan en “artiscidio”.
O lo contrario. Si hacen algo que les fastidie, o les pise la pezuña hipercrítica, también acuden al mismo cuchillo, lápiz degollador de principios, y alegan teorías conspirativas ya conocidas. Las conspiraciones viven gracias a estos viejos conspiradores de resabios, artistas del desprestigio y la palabrería. No esperan resultados. Por supuesto, el “arte” de la descalificación es la tarea desconsolada de Penélope de no esperar nunca que ocurra el final. Ese, en cuanto llegue Ulises, tendrá otra descalificación diferenciada.
En el caso de Tania han acudido de que si es hija de un diplomático. Que si fue la campana de resonancia de Yoani Sánchez – ya saben, adjúntese este nombre y ya tienen la bandada de gaviotas picoteando los despojos –, que si los disidentes nunca han necesitado performances, que es mejor un machete encima del tejado ajeno que una convocatoria a un lugar icónico del estanco. Ya saben, la plaza de la revolución, que siempre debió quedarse con su verdadero nombre: cívica, o al menos no tenerlo. A veces una plaza a solas es el verdadero lugar de paz y descanso. Los nombres y apodos desgajan su desvergüenza, como hojas arrancadas a un árbol viejo.
Lo curioso es que muchos de estos, casi todos, nunca movieron un dedo en Cuba. Vivieron una vida balsa, escribieron sus folletines por largo tiempo con loas oficiales al gobierno, en revistas bohemias de panfletos, con mucho sabor local, mucha prosopopeya lingüística, enjundia empalagosa de la intrascendencia, para después despuntarse en algún momento, en el extranjero o al final gregario de su vida, o por algunas pocas coplas que tuvieron muy pocos oídos atentos.
La esencia del asunto, algunas veces pienso, es que casi nadie les hizo el caso que ellos anhelaban capturar. En otras ocasiones son cuestiones más subjetivas y personales. Resabios de senectud, pérdida inevitable de la plasticidad en las neuronas cerebrales e intelectuales, envidias pequeñas de diminutas células en algún lugar lejano de la geografía mundial, donde la mano represora ya no puede tocar ni con un dedo de rosa, o mil otras pequeñísimas miserias. En ocasiones es, como dicen los españoles, simple “mala leche”.
Yo también creo que es incultura sesgada, mesclada con la rabia incontenible por un pasado de frustración, sobre todo por la triste y mala conciencia de no haber hecho nada a tiempo, y no poderlo decir, no tener el valor personal de la decencia. Mala conciencia, es la frase justa.
La mala conciencia se refleja en la negación de un pasado a toda costa, en el no reconocimiento de alguna culpa, algún credo, por infantil que fuera, y es que en esencia lo que resume esta actitud es una infantilidad moral, una incontinencia de un alma que se siente culpable y no tiene el valor de reconocerlo. Cobardía en estado puro.
De eso tenemos bastante de este lado.
“El genio en el arte consiste en saber hasta dónde podemos caminar demasiado lejos”, dijo Jean Cocteau. Y el arte no está separado de la vida, ni tampoco el artista. Si criticamos a estos intelectuales blandos, de “baja intensidad”, por desviarse del curso de la verdad, circunvalarla para evitar agravios, ¿por qué entonces se critica con amargura a los que no bajan su intensidad para acomodar su tren de vida?
¿Por qué se busca demasiadas justificaciones a unos y no se concede la benévola porción de duda para otros?
Estamos lejos, muy lejos. No tenemos que herir a nadie ni ceder en principios para reconocer una postura coherente, un valor vertical en una palabra o en una acción, y tampoco somos la divinidad absoluta del arte. No somos Dios, ni hemos obtenido su omnisciencia.
Y, además, no se puede descalificar sin pretender no ser descalificados por cualquier otro, y por nuestro propio pasado. Y no se puede ir por la vida lanzando dardos venenosos sin conocer exactamente la virtud de cualquier acción, cualquier performance. Desdichadamente esta palabra se está convirtiendo demasiado en una moda.
Hay, además, gente que se molesta de todo. De los libros que otros escriben, de los versos que otros publican, de las fotos desnudas que cuelgan en las paredes de sus casas, de sombreros, sonrisas y carteles lumínicos, hasta del agua sucia que corre por la esquina de sus casas en otoño. El vecino le molesta porque toma leche en jarra. La pareja del frente porque sonríe de medio lado, quizás es hemipléjica. Los paseantes porque van de la mano y se besan en la esquina. No se dan cuenta que la petulancia no está más allá de los muros de su casa, sino dentro de ella, observando desde el balcón, detrás de los cristales protectores de sus ventanas.
Me viene a la memoria una frase de André Gide que decía que no se hacía literatura, buena literatura, con buenas intenciones. La política, desgraciadamente, es muy parecido, pero el resultado es diferente. El arte tiene la necesidad de hacer las preguntas inconvenientes, las que todos nos hacemos y tememos lanzarlas a la publicidad, al coro de la sociedad en que circulamos. El artista es el ciudadano de esa pregunta, y de esa actitud.
Y es quizás aquí donde el gesto, por ejemplo, de Bruguera en Colombia de servir cocaína tiene su punta de lanza como verdadero performance. Damien Hirst es un artista plástico británico de fama mundial, ha sido descalificado en muchas ocasiones, más que Bruguera. Su arte tiene la virtud de usar todo el material publicitario que se encuentra en el mercado, y no por eso deja de ser referencia, de llamar la atención y colocar algunos temas que se escurrirían por los rincones y nunca fueran centro de conversación.
Eso es arte, también.
Bruguera quiso cuestionar la plaza, el lugar, y las acciones en las que esa plaza ha sido la protagonista. Lugar de discurseo, de política manipuladora, de marchas y contorsiones sociales. Y lo quiso hacer con los mismos recursos que el poder unívoco ha usado para ejercer su manipulación, la palabra. ¿Es eso valido?
Pues lo es. Como su acción es valiente, por encima de la de otros que con baladronadas vociferan desde fuera, no meten su mano en el círculo ardiente de Dante, y terminan descalificándolas. Lo más esencial, e importante logrado, es desenmascarar un momento y un lugar. Mostrar que los afeites no han cambiado la cara, el viejo rostro. Y lo ha hecho con las herramientas de su usanza tradicional, que ya hizo saltar y molestar al viejo “establisment”.
¿No fue Mella quien se tomó la taza de leche del desayuno de Zayas en la famosa escena de leyenda?
Este es su remedo público. Esta es la taza de leche pública de alguien que le gusta provocar. El arte es provocación, nada más. Todos los grandes y pequeños lo han hecho. La provocación es la sobrevida del arte, y no al revés.
Y sobre los disidentes, una palabra necesaria. Tienen que cambiar, tienen que ajustarse a los momentos, salir a la calle, no a payasear en una esquina o arriba de un tejado con un machete. Lo último puede parecer una acción muy heroica y sublime, pero es de una soberana tontería porque no convoca nada, no provoca ninguna reacción evidente y el hecho queda sepultado en el silencio.
Cuba necesita una nueva oposición, que hable más para su pueblo, y deje los videítos, las sesiones de youtube y los paseos por Miami y Europa, que convoque a sus plazas, que recorra sus calles, que converse con sus vecinos y que deje de ser campana y se convierta en badajo.
Y a los artistas, los artistas que viven en aquella isla, que caminan por esas plazas y escriben renglones de medio lado como un reporte insípido de café con leche americano, que ejerzan su función con sus herramientas, con su talento y dejen de ser estos seres colgados de globos que pasean por las nubes, esquivando escollos, dolorosas zancadillas y barrancos.
En lo personal, me cuesta mucho trabajo descalificar a alguien que tuvo el valor de convocar a un lugar de convite de botas, y colocarse coherentemente en el centro de ese convite. Llamar la atención de la prensa, generar expectativa, provocar un espasmo de terror en el poder e, incluso, acudir al ámbito personal y artístico, al punto que la jauría de descalificaciones oficiales, amenazas y exabruptos de instituciones del régimen conllevó a la represión, y a demostrar que Cuba sigue siendo lo que es, una dictadura.
No he oído aún hablar a Bruguera con calificativos amargos y despreciativos acerca de los disidentes y opositores y, con toda honradez, muy pocos de ellos se sintieron con ánimos de hacer nada, ni levantar un dedo. Me pregunto si es por aquello que no eran entonces el centro del performance. Desgraciadamente, en esas plazas opositoras existen muchos que solo desean ser la estrella, y nada más. Hay algunos que hasta se pavonean con actitudes presidencialistas, y acusan de arrogancia al poder siendo ellos mismos arrogantes. Y hay muchos descalificadores que piden premios “Nobel” para estos atorrantes antiabortos, que parecen presbíteros de una iglesia luterana de la edad media, y solo conversan con iguales energúmenos de un congreso de jaurías, republicanas de la inquisición. Para condenar la arrogancia hay que caminar el trillo de la humildad.
Los descalificadores, además, muchas veces cometen el mismo delito que los descalificados, o peor, se convierten en esa oveja que camina por el caminito trillado, oculto, hacia la carroza del poder.
Cuba necesita una nueva oposición, y también de una nueva intelectualidad. Quizás hasta de un nuevo pueblo, en el exilio y en el inxilio.
¡Sin  descalificadores de ocasión!

Nota: La ilustración que encabeza el post corresponde a una de las obras del artista polaco Pawel Kuczynski, ganador de premios internacionales en caricatura e ilustración.

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