Wednesday, December 31, 2014

Paisaje después de la pos-Habana

Parecía que todo cambiaba. Las veletas también tornaron sus flechas hacia algún costado, al oeste del Kremlin, los vientos huracanados desaparecieron de las plazas, las palabras alcanzaron algún otro significado que, no obstante, se hacía difícil calcular, algunos gestos hicieron pensar en la esperanza.
Enterradas están. Cavadas por el pico del avestruz que nunca ha querido ver, y ha terminado siempre ocultando su cabeza en las arenas corredizas de las playas, en alguna zona cómoda de hoteles y Varadero. La Habana no se vistió de nuevo, tuvo la misma casaca verde, colgada de aquel perchero ideológico de hace muchos años, cuando se renovaron algunos ritos, y se institucionalizaron algunas banalidades.
Pero para algunos, debía decir para muchos, comenzó su existencia esta pos Habana del mercadeo mediático, del fin de la historia y de los comienzos de una nueva era en las relaciones internacionales, del oeste.
¿Cuántos aplaudieron? ¿Cuántos condenaron? ¿Cuántos pidieron una mínima señal de distención entre la familia dividida?
Poco duró.
La Habana amaneció el 30 de Diciembre con arrestos, golpes de cinco horas en puertas que desafiaban, entre el reto artístico y la irreverencia política, una pintura antigua de intransigencia encallada en la historia. Y alguna plaza, la misma, que en muchas ocasiones se declaró “del pueblo” volvió a definirse como de los paramilitares.
Se paralizó el corazón ideológico de un régimen antiguo. Se llenó la explanada de prensa y las botas oscuras volvieron a circular, enrarecer el asfalto donde tantos actos han acuñado relevancias que se las ha llevado los vientos de la historia, los cambios y “reformas”. Ya no queda nada de ellas, son como hojas secas en un otoño que no existe, en un país de sólo una estación política inamovible: el castrismo.
Es patético ver el accionar de un gobierno que moviliza medio batallón de represores para evitar que una mujer hable por un micrófono, una artista que no empuña una bala, ni calza una pistola humeante. Me recuerda la histeria brujera de la edad media, de cierta edad media de dictaduras religiosas infernales. Las hogueras hirvientes de brujos e incineradores de almas. Los inquisidores de diferencias, los gritos de las víctimas, los ojos sanguinolentos de los que atizaban el fuego, aún con la conciencia de su crimen, pero con la hipnoticidad de la ignorancia del momento.
Un Siglo XXI en una pos Habana de brujas, e inquisidores. Pero hubo algunas diferencias.
Tania Bruguera, curioso nombre que nos remite a aquellos lares antiguos y nos hace recordar las cenizas remanentes de los castigos en la hoguera española, está silenciada, aparentemente, en un traje gris entre rejas… como esperando el martirio, la hoguera, la rabia del verdugo, los gritos de condenación de la chusma.
Lo más patético del tablado de esta inquisición medieval-caribeña es que, al parecer, no pueden ya movilizar coherentemente los tumultos. No están seguros de su capacidad de “revolución”, de su poder de aglutinar condena y, mucho más importante, de arracimar razones para contener preguntas, delinear respuestas, exponer con claridad y decencia un proyecto.
¿Existió alguna vez?
Es la pregunta que despega de las llamas sulfurosas de esta hoguera castrense.
Lo que les queda es el puñado de "aseres" para dar golpes y palos. Soldados del grito, la porra y la chismería. Asalariados del brete. Gritadores de blasfemias y desencantos. Y, al parecer, tampoco le quedan "fulanos" intelectuales, y artistas, en su convite de sinrazones.
La unión defenestrada de artistas calificó el tablado de “provocación” al entendimiento de Norteamérica y el castrismo. Me pregunto si no será el preámbulo para coartar la continuación de este “diálogo” que siempre ha sido de sordos. No podemos olvidar que los paisajes no se renuevan de la noche a la mañana, y se erosionan con el acontecer “humano”, con el lastre de viejos rencores y viejas tácticas.
Pero, a pesar de algunos “desencantos”, queda el resto coherente de un buen resultado a toda esta pachanga del micrófono: se ha demostrado que esa plaza es sólo para los paramilitares. Ya no es del pueblo, ya no es de Martí, quien mira con vergüenza la verde satrapía que le impide alcanzar la voz de los cubanos.
Los ojos miran una plaza vacía, colmada de prensa internacional, rodeada de este asalariado acerado de botas. Chusma totalitaria en que se ha tornado La Habana posmodernista, pos embargo, y sin embargo. Algunos asistentes a la pachanga resuman decepciones, el NYT entre ellos. O debiera haber dicho, sólo el NYT de todos ellos.
“Decepcionante, pero no sorprendente”, dice hoy.
Las palabras se quedan cortas, o destilan una rabia entrecortada, o tal vez una indiferencia de descuido. Este escribidor de suerte llamó a nuestro conflicto como peor que el de “israelíes y palestinos”, suerte de cercano oriente caribeño. Lo cual denota lo mal informado y estructurado que está su conocimiento. Viajó a la pos Habana, conversó, y se marchó. Turismo para recoger algunas palabras.
Los cubanos no somos palestinos ni israelíes. Lo hemos demostrado por cincuenta y seis años. En cuanto tenemos la más mínima oportunidad, y nos acercamos, no deja de faltar la curiosidad, el encuentro afectivo y hasta el entendimiento. El diferendo está en el poder, en las ramas del árbol, lejos de la raíz y los zumos.
Y tampoco es decepcionante el suceso de esta pos Habana. Era previsible para los mismos cubanos. Lo conocemos todos, al menos lo que hemos vivido en el monstruo y le conocemos sus entrañas. Y el monstruo no es la Norteamérica de Lincoln, sino las ramas de este árbol viejo de Cutting que fallece en aquella plaza, sitiado.
Algunas mentes adormecidas, o perturbadas, pero con intenciones de edulcorada narcoticidad han querido situarse desde lejos, vivir desde el balcón aquella plaza, la calle ruidosa, las marchas solemnes.
“Desde la Plaza de la revolución”, le llaman. Un carnaval de mayúsculas y minúsculas, pero aún con el mismo nombre. No se percatan que esa “revolución” amaneció quemada un domingo de lecturas, en una Biblioteca Nacional, donde todo era a favor de la hoguera o contra la hoguera, sin contrastes. El hacedor entonces hoy guarda silencio.
Y significa.
No pronuncio, no reclamo nada. Debió estar en ese silencio siempre. Pero estas “confusiones” temerarias que algunos quieren guardar, como sacando el dedo del resplandor de la llama para ni sentir su calor quemante provoca asco, y como mínimo desprecio.
Esta intelectualidad de “baja intensidad”, esta bochornosa hojarasca escribidora de poemas y libros intrascendentes de la pos Habana, es la deudora de aquella plaza, de lo sucedido en aquella plaza tantas veces. Es su consecuencia. Son los resultados de aquellos encuentros masivos de grito y chusma, de consignas y hogueras incendiarias, de cuentos y leyendas políticas que contrajeron deudas de silencio, crímenes de olvido y compromisos de culpabilidad licenciosa.
Por eso callan, y sus testimonios describen un paisaje a medias donde abundan las preguntas, algunas, y saltan las evidencias inexistentes. Eludir el monstruo, recorrer las rutas tranquilas de la mansedumbre equinoccial del que disiente para agradar, y silencia para no obtener desagravios. Este cachumbambé de peripecias estilísticas es lo que nos sobra en este “fin de siglo” en La Habana, o suerte de final de conflicto.
Nada ha cambiado. Nada cambiará en el futuro cercano. Se puede, incluso, atropellar la conjetura y pensar que tendremos una saga cuartelaría al estilo Gross a lo Bruguera. ¡Quién sabe!
Los afeites no cambian los antiguos inquisidores, y la vejez es una máscara difícil de maquillar, ocultar cicatrices, suturar antiguas escaras. Las botas siguen golpeando las mismas calles y plazas. Las palabras, aún con afeites y afectaciones, siguen teniendo los mismos significados. El diccionario político tampoco se transforma y reconvierte, es el mismo.
Hay un detalle que sigue siendo un misterio, que quizás se devele en algún momento futuro, tal vez con las visitas de los altos funcionarios de la administración americana en Enero. A Bruguera se le permitió entrar al país, se le recibió en los aposentos culturales del poder, acudió a algunos despachos de inquisidores, se le “aconsejó”, se le abofeteó virtualmente en las redes, se le condenó como bruja mediática de antemano, y golpearon cinco horas de tormento en su puerta. Todo eso, ¿para qué?
Usted puede sacar cualquier conclusión sensata. Yo tengo mis respuestas.

Sunday, December 28, 2014

La Memoria Incómoda

En estos días muchos sitios cubanos, y también blogs personales, les ha dado por la moda de elegir las “personalidades” del año 2014. Una suerte de usanza como sacada del cesto mediático de Hollywood, o de algún otro cesto. He estado leyendo todos ellos y, como suele suceder muchas veces, se encuentra uno con ese recurrente e injusto olvido, el de la memoria inconveniente de un nombre.
Nadie menciona el nombre de Angel Santiesteban. Nadie lo recuerda, es como si la memoria colectiva de los cubanos hubiera borrado aquel nombre, por maldito e impronunciable, desterrado el apellido a alguna zona oscura donde no se pueden encontrar sus letras.
Y, sí, las letras de ese nombre están en la zona oscura de las inconveniencias e incomodidades políticas, sociales e intelectuales de la Cuba transitiva.
Pero yo no lo entiendo. No puedo entenderlo, y a la vez casi que logro “comprender” – los verbos muchas veces son pobres vehículos de los pensamientos justos - la corriente subterránea que recorre este olvido.
Son símbolos de los tiempos, símbolos de ese eje extraño en que algunos sectores intelectuales giran, circunvalan, rotan en su trayectoria esquivando elegantemente los compromisos demasiados inconvenientes, aquellos que los harían demasiado incómodos como para no ser “olvidados”, o "recordados”, por los centros represores del régimen.
No sé qué puede ser peor, si el olvido o el recuerdo por parte de esos centros de poder, de represión.
A veces los olvidos reflejan complicidades, auto complicidades como las de Wendy Guerra o Leonardo Padura, o complicidades auxiliares del aparatitch, como las de Miguel Barnet, al frente del órgano de censura cultural del régimen (UNEAC), o como las de Nancy Morejón, al frente de la Academia Castrista de la Lengua.
Independiente de esos auto-olvidos y de sus vecinos auxiliares, resulta demasiado extraño que aquellos sitios que, supuestamente, no padecen de nada de esto, también olviden a Angel.
Y entonces nos encontramos también con esta suerte de carnaval de vocablos, epítetos que cierta prensa, demasiado comprometida con una “apertura” a medias, controlada, o comprometida con algún estatus económico de reacomodo, acuña en sitios, diarios y análisis de columpio intelectual.
Digamos, para citar un caso, el detalle curioso del diario “El País”, donde se ha acuñado un término demasiado extraño, sospechosamente curioso. Habla de “exiliados de baja intensidad”.
¿Qué significa ese término? ¿Cuál es la alta intensidad? ¿Cuál es la baja?
Y entonces ahí relacionan a los auto-olvidados que ya mencioné, Padura y la señorita Guerra, junto a otros como Ronaldo Menéndez y Pedro Juan Gutiérrez. Esta suerte de cuño, estampa criollera de dividir mitades ya divididas, etiquetado de subproductos de una intelectualidad de dictadura es ya, de por sí, bastante sospechoso de acudir a la limpieza aséptica de una memoria incómoda, una memoria que no quiere ser utilizada como lo que es, la herramienta honrada de la conciencia.
Estos personajes de “baja intensidad” pueden darse el lujo de vivir o no vivir, viajar o no viajar, de ver publicados sus libros o no verlos, en la isla pero son silenciosamente tolerados, y cuanto más sólo una mano larga les hala un poquito las orejas, las esquinas, con esos “dedos de rosa” demasiado onerosos para no significar complicidad, demasiados dúctiles para no compartir el poder de la limosna oficial de desagravio.
¿O me equivoco?
Los años setenta fueron llamados la “década gris” de la intelectualidad cubana. Sí, aquella época floreció de mucha basura reciclada, mucho compromiso aplaudidor, mucha censura del intelecto, pero también conoció de una memoria incómoda que no se perdió, no se dobló ante ningún trono, un conjunto de voces que no dejaron de reclamar lo justo por los que vivían en una condena, en la cárcel de rejas, o en la cárcel del silencio.
Heberto Padilla sufrió la oportuna solidaridad de esa intelectualidad gris, y también la sufrió Lezama y Virgilio. Hoy Santiesteban no sufre ninguna solidaridad de nadie, de ninguno de sus iguales, ni siquiera de estos de “baja intensidad”, lo que me hace pensar que aquella “década gris” era, o fue, más solidaria, más humana, y también más decorosa que esta década de compromisos de medio lado, silenciosos y precavidos.
No en balde Miguel de Montaigne dijo que “el intelectual es heroico hasta la muerte exclusive”. En Cuba asistimos a la muerte de toda heroicidad, de toda intelectualidad consciente.
¿Es esta la “década rosa”? ¿La del labio besador con la mejilla de medio lado para sufrir la cachetada suave del represor y seguir subsistiendo?
Existen otros hechos inconfesados que me llegan de vez en vez, a cuentagotas, y me hacen ser un poco cauto, pero no menos claro en determinadas sutilezas del intelecto. Y, por encima de todo, no puedo callar sin faltar a mi honradez, y a mi pensamiento de hombre libre.
Me han llegado noticias demasiado reveladoras, y demasiado perturbadoras como para preguntarme si todo esto no es sino un complot de silencio, no establecido, por cierto, sólo por los medios de represión y los círculos castristas, sino también por determinados intelectuales “disidentes”, ciertos activistas “pro-derechos humanos”, que han influido activamente ante organizaciones como Amnistía Internacional, para que no consideren a Angel Santiesteban como preso de conciencia, y ante CADAL, para que dicha organización regional obvie el nombre del escritor preso en un juicio oscuro y amañado, precisamente por estos intelectuales de conveniencia de “baja intensidad”.
Y no son los círculos castristas, que han usado y usan la muy conocida y recurrida técnica del silencio, y la ignorancia informativa. No, son supuestos miembros de la oposición, activistas anti-dictadura, “luchadores” de los “derechos humanos”.
¿Es que acaso los derechos están también divididos para unos y otros, gracias a las “bajas intensidades” y las conveniencias?
Y de la misma forma también me han llegado informaciones sobre personajillos de estos “derechos humanos” a conveniencia, activistas según su acuñación mediática, que se han encargado de la bochornosa labor de presionar, acudir al chantaje y la blasfemia e, incluso, a la amenaza, a aquellos pocos nombres que aún tienen el valor, los pantalones intelectuales de ayudar con su recuerdo, y su posición vertical, a Angel Santiesteban, para que no se pierda su memoria.
No acuño nombres, aunque los conozco. No quiero hacer más incómodas esas vidas decorosas que aún quieren seguir con la memoria, también incómoda e inconveniente, de Angel. Ya que llegamos a fin de año, y se hacen listas por todos los lados del cuadrado en que se ha convertido Cuba, yo sólo quiero poner en mi lista particular un único nombre: Angel Santiesteban.
Ya que se habla en términos de “fin de la guerra fría” en el Caribe, y algunos intelectuales de hojaldre se catalizan como estrellas mediáticas del espectro mundial del 2014, sería decoroso y digno que se recordara a aquellos que están en la cárcel, no por ser “estrellas autocomplacientes” del régimen, o de su silencio, ni tampoco por cosechar laureles innombrados en coquetas de intelecto engañoso, sino por constituir la piedra en el zapato intelectual de esos topos con la memoria incómoda del Angel caído… del que no quieren hablar.

Saturday, December 27, 2014

El león, la bruja y el armario

El último editorial del NYT sobre Cuba aborda el tema de la oposición cubana, y la dimensiona en el nuevo entorno político de las recién lanzadas relaciones diplomáticas, por establecer, entre los Estados Unidos y el régimen de La Habana.
Alucina por exceso, a pesar de que logra ofrecer un esbozo bastante coherente de algunas de las tendencias de la disidencia cubana. No todas, pero al menos es un intento decoroso.
El mayor error que comete el editorial, evidentemente redactado por el topo neoyorquino que visitó recientemente La Habana (Ernesto Londoño), es que concede demasiada importancia a lo que ocurrirá en la Cumbre de las Américas. Y demasiada importancia a dos presidentes que no harán absolutamente nada para colaborar con la apertura democrática de Cuba, y mucho menos con su oposición.
Dice el editorial:
“If Cuban dissidents and civil society leaders are allowed to participate in the summit meeting, as Washington has advocated, Ms. Rousseff may well be speaking to the future leaders of a democratic Cuba.”
Traducción: "Si a la disidencia cubana y a los líderes de la sociedad civil se les permitiera participar en los encuentros de la Cumbre (de las Américas), como Washington ha abogado para que lo hagan, Ms. Rousseff pudiera muy bien estar hablando con los líderes del futuro de una Cuba democrática”.
He leído algunas evaluaciones sobre cómo los miembros editoriales de este diario norteamericano, sin lugar a dudas el de mayor circulación en aquel país, sobrevaluan en exceso la importancia de su propia influencia en los medios políticos, y sociales. Esta vez, creo, saltan la barrera de ese exceso, y se lanzan con la alabarda cual Quijote contra los molinos, alucinando, creyendo poder dirimir con una divina omnisciencia los asuntos internacionales, con tanta influencia y capacidad, que piensan y creen (que es lo más peligroso), que las partículas atómicas de su potencia intelectual pueden barrer las arenas del populismo que recorren los palacios de gobierno de América Latina.
¡Pobre tontos!
No sé si por ignorancia, desconocimiento, o sencillamente petulancia egotista.
Primer error. Escogen al gobierno de un país que más ha hecho por acercarse a Cuba, y ayudarlo con inversiones millonarias en el mayor y más moderno puerto comercial de su área geográfica - ¿preparando el terreno?, me pregunto.
Segundo error. Un gobierno que ha dicho que trata con respeto a democracias y dictaduras, por igual, sin discriminación. ¿Qué les dice esto al NYT? ¿O es que lo desconocen?
Tercero. Un gobierno cuya presidencia ha pertenecido a ese grupo de la izquierda ortodoxa de raigambre castrista, que ha estrechado sus manos, ha cultivado su adulación ideológica, y lo ha defendido, como mínimo, con su silencio.
¿No es suficiente saberlo?
Brasil, tanto con Lula como con Rousseff, ha desconocido y despreciado la oposición cubana. Se ha negado incluso a emitir la menor de las condenas cuando la muerte de Orlando Zapata, estando su titular entonces, y muy a propósito, en La Habana en el momento de aquella muerte.
¿Y el NYT espera que ese gobierno, y su presidente, conversen o permitan la presencia de la oposición cubana en la Cumbre de las Américas?
¿De qué América está hablando el NYT?
Nicolás Maquiavelo dijo en alguna ocasión que la naturaleza de los hombres soberbios y viles es mostrarse insolentes en la prosperidad, y abyectos y humildes en la adversidad. Precisamente lo que hemos visto estos días en La Habana en boca del régimen.
Precisamente lo que escucharemos en la Cumbre en boca de los que aplauden a ese régimen.
El NYT le pide a los dos gobiernos más reluctantes de América Latina, México y Brasil, que actúen a favor de una salida hacia la democracia de un régimen totalitario al que no le han hecho el más mínimo gesto, y palabra, y señalamiento, en todos los años de su idilio amoroso con aquel gobierno sobre sus métodos de represión.
El único calificativo que me merece el editorial, y sus escribidores, es de ser sencillamente lunáticos. No existe otro.
No hace mucho el gobierno de Peña Nieto conversó en términos demasiados amistosos con La Habana. Rousseff ha aplaudido hasta el placer los gestos de Obama. La Latinoamérica del populismo aplaude como victoria “antiimperialista” la defección de la administración americana de la política tradicional de aquel país hacia la dictadura.
Evidentemente el diario de marras padece de soberbia, petulancia y de una arrogante autocomplacencia de su supuesta influencia en el mundo político, y especialmente en las arenas del sur. Importancia e influencia que no tiene, y que tampoco goza en el mismo suelo de su país.
No, no se puede alegar ignorancia de factores a los catedráticos del ícono del periodismo internacional.
No, no se puede alegar desconocimiento de hechos en el tramado latinoamericano.
Quien escribió estas líneas fue saludado, no sólo por los que lo recibieron en el grupo editorial del NYT, sino hasta por los que lo despidieron del Washington Post como poseedor de “una capacidad extraordinaria para ver historias donde la competencia no lo hizo”.
¡Bravo!
Ha nacido para el mundo literario del periodismo el próximo Clive Staples Lewis. Sólo le falta por publicarles sus modernas crónicas de Narnia.
Adivinen, a contrapelo del inglés amigo de Tolkien, el colombiano se apresta a escribir “El león, la bruja y el armario”. No importa el plagio, ni las segundas partes. ¡Es el New York Times!
Les convido a que adivinen quiénes son los personajes del relato asombroso.

Thursday, December 25, 2014

¿Feliz Navidad?

Pesebre y Arbol de Navidad en el Vaticano
La Navidad se fue de Cuba clandestinamente y, al parecer, regresa de la misma forma. En 1969 el gobierno suspendió las celebraciones oficiales, la justificación oportuna fue la “zafra de los 10 millones”… que no hubo.
Y nunca regresó.
No hubo pronunciamientos oficiales, no hubo aclaraciones y escritos en la prensa recordando aquellas celebraciones, que eran una tradición del pueblo cubano, mayormente católico. Las iglesias se vaciaron y pocos acudían, casi con la misma clandestinidad con que se fueron las fiestas de fin de año.
Yo recuerdo aquellas iglesias como “salones de silencio”, y de también de paz. El padre cura, cuando terminaba la misa, me ponía su mano sobre mi cabeza mientras hablaba con mis padres, me revolvía suavemente el pelo y me miraba, con esa mirada triste con que se miran a esos ángeles traviesos que se han escapado del paraíso, para nunca regresar.
A la Misa del Gallo acudían entonces muchas más personas, pero no llenaban aquellas hileras oscuras de madrea moldeada que eran sus asientos. Se “escabullían” entre la vigilancia secular que estaba en las esquinas, y tu detectabas allí, en varios puntos de la iglesia, sentados, aquellos rostros que no sabían nada de liturgia y sí mucho de vigilancia y temor.
Las iglesias en Cuba han sido siempre el encuentro silencioso de dos mundos. Las Navidades tuvo ese tiempo de silencio y pudor, de duelo y dolor insepulto, donde no se oían las campanas, donde no se hablaba en otro tono con el susurro y el secreto. Algunas mantienen aun ese silencio, pero ahora el tropel es mucho mas bullicioso, las colman, las desbordan, aunque siguen estando colmadas con esos “pájaros onerosos” de escucha y vigilia. Y en las procesiones muchos comentan que son “segurosos” aquellos que cargan a la virgen a cuestas, mientras un coro de “curiosos infrecuentes” rodean la multitud.
El gobierno “revolucionario” temía a Dios entonces, y le sigue temiendo, le cerraba sus puertas, lo consideraba su enemigo de clase, ideología y gobierno.
Dios estaba fuera de Cuba, aparentemente.
Hoy regresa, de la misma forma que como en aquel pasado se fue, clandestinamente. Algunos adornos, muy pobres, se expenden furtivamente aquí y allá. Los árboles de Navidad florecen esporádicamente en hogares, algunas tiendas, pero todavía se esconden de las plazas y las celebraciones públicas. A las autoridades de la iglesia les permiten, en una estación de radio muy secundaria y poco oída, dirigirse a su feligresía. Quizás alguna aparición deslizada de apuro en la televisión, para cubrir formas. Retornó el 25 como día feriado, “gracias al Papa Juan Pablo II”, no gracias a su pueblo, como si hubiera que justificar ante algún ojo ortodoxo comunista divino, demasiado celoso, las “concesiones” a los “infieles” al santísimo sacramento socialista.
Y ahora se habla de una “revolución silenciosa” de las propiedades de la iglesia que le fueron robadas, convertidas en cualquier cosa, almacenes de cachivaches milicianos, o simple lugar de destrucción. Algunos de ellos hasta sirvieron de cobijo a tropas represoras durante la visita de Gorbachov a La Habana en los finales del 80.
Pero, ¿cuándo de verdad tendremos una Navidad en Cuba?
¿Cuándo se celebrará públicamente en alguna plaza de la capital una fecha que es símbolo de la espiritualidad universal?
¿Cuándo tendremos un símbolo de festividad familiar como ese árbol de Navidad que fue desterrado, y murió entre cajas, olvido y añoranza en nuestras casas?
Las capitales del mundo se llenan de esas celebraciones. Y el árbol es un contorno familiar a la alegría. La Habana es una capital aséptica a la espiritualidad, a pesar de que sus habitantes retornan por miles, llenan iglesias, aplauden a los santos, huyen de la soledad de la hagiografía socialista.
Quizás para marcar silenciosamente, y con clandestinidad, una diferencia más entre su pueblo y los que le gobiernan.
La “huida” de la Navidad de nuestra isla fue el síntoma del miedo a la coexistencia con la diferencia. No hay ninguna otra razón, no hay ninguna otra respuesta. Sólo el miedo prohíbe. Sólo el miedo impide conversar con “el otro”, el diferente. Sólo el miedo provoca el rechazo, la ira, el odio, la persecución, el destierro, la maledicencia, la conspiración y el silencio.
Los “líderes” verde olivo han hablado por casi 50 años, después de aquella huida clandestina, de que “no les tienen absolutamente miedo a nada”, ¿se acuerdan de aquel cartel enfrente de la SINA?
Si no le tenían miedo, ¿por qué entonces desterraron la Navidad clandestinamente, a cuchicheos, en silencio? ¿Por qué entonces no la retornan con valentía, sin el mismo tono de confabulación secreta con sus temores, y sus vísceras de arrepentimiento?
Gotean hoy, mañana, el año que viene con alguna concesión. Quizás observan con aprensión secular las hojas de sus calendarios y piensan se acerca el final, su final, el verdadero, del que nadie retorna.
Todos caminamos por la misma autopista hacia el final, lo que es diferente es el viaje, y el destino.
Tal vez ese destino es el que le hace conceder esas gotas de “benevolencia católica” de vez en vez. Y quizás cuando Raúl Castro se marche de “presidente”-general-dictador, cuando ya su retiro póstumo sea una realidad, veremos las guirnaldas en la Plaza Cívica, adornando la celebración, anunciando el fin de un destierro divino.
Mientras tanto, y por desgracia, lo que hoy regresa a Cuba en clandestinidad silenciosa no es la verdadera Navidad, sino sus brillos artificiales, el jolgorio de fantasía, los adornos, la irrelevancia del acto, su envoltura vulgar. Lo que se desterró en el 69 fue su espíritu, la unidad familiar que es la esencia prístina de esta celebración religiosa.
La vieja gubernatura no creía en unión, sino en parcelas de poder, en parcelas de credos, en lados ideológicos y diferencias. Y eso fue lo que se oficializó en aquel fatídico fin de año. El fin de la esencia de la Navidad, el comienzo de la conflagración contra la familia y contra Dios.
Hoy aún no existe la Navidad. Hoy sigue estando Dios acorralado ante su verdugo.

Tuesday, December 23, 2014

Inseminación cerebral

Algunos días han pasado después del intercambio de prisioneros entre Estados Unidos y Cuba. Ha sido lo más claro del asunto, al menos de lo que tiene que ver con respecto a reciprocidad y negociación entre ambas partes. Algunas preguntas, sin embargo, permanecen sin responder, algunas ni tan siquiera han sido hechas por nadie: prensa, oposición, analistas, políticos, cubanos.
Se ha dicho por parte del gobierno norteamericano que las negociaciones duraron 18 meses, lo que es casi dos años. La pregunta que me asalta es tan evidente que no entiendo cómo no ha sido preguntada por los cientos de posts que le han dedicado la prensa mundial al fenómeno del “fin del conflicto” en el Caribe.
¿Por qué duró 18 meses? ¿Por qué tanto tiempo? ¿Qué concedió Cuba que Estados Unidos necesitó 18 meses para “convencer” a la dictadura de esa concesión?
Preguntas.
¿Fue acaso la libertad del famoso y esencial espía del que no se sabe nada?
¿O convencer al dictador que dejara a un lado las propuestas de eliminar los programas de USAID y tomara el rumbo de los tres espías?
Dejemos claro que el restablecimiento de relaciones, las medidas para el relajamiento casi absoluto del embargo y la eliminación del régimen de Cuba de la lista de promotores del terrorismo son medidas unilaterales de la administración norteamericana. Ninguna de ellas presenta ni sostiene ningún balance político de contraparte con la minuta de los supuestos 53 prisioneros políticos cubanos, de los que no se conoce ni sus nombres.
¿Es que esta es la primera vez que el régimen ha liberado prisioneros para que el convencimiento fuera tan difícil de obtener?
Pues, no. Casi en todas las décadas el régimen de los Castro ha ofrecido estas minutas a personalidades como, por ejemplo, Felipe González, o el Papa Juan Pablo II, François Mitterrand, Michelle Mitterrand, y muchos otros.
No se entiende que  sean necesarios 18 meses para convencer a un “reformador, ¿no es así como llama la prensa occidental a Raúl Castro?, mientras que a un recalcitrante “irreformista”, como Fidel Castro, sólo una minucia de visita lo convencía de la liberación de prisioneros. ¿No resulta esto demasiado evidente?
Lo que me hace entonces preguntarme  si hay algo más guardado bajo la manga que los dos interventores del conflicto no han anunciado.
Sólo pregunto, ya que nadie lo ha hecho.
Por otro lado, existen señales inequívocas de intransigencia, de un espíritu histérico de “victoria” y hasta de desafío político por el régimen castrista, no sólo contra la administración Obama, sino incluso hasta con los mismos que han ofrecido el aplauso benevolente al llamado “comienzo del final” del último conflicto de la era de la guerra fría.
Veamos algunas de esas señales.
Por ejemplo, una señora funcionaria de nombre Josefina Vidal ha expresado, de forma bastante retadora a la parte norteamericana, de que no devolverán los delincuentes norteamericanos acusados de crímenes que han recibido “asilo político” en Cuba. Para decirlo más claro, no tienen intención de entregar a Joanne Chesimard, que no es ninguna perseguida política y sólo una vulgar criminal.
Tema caliente muy a propósito de los crímenes ocurridos en las últimas horas en New York.
Esta misma señora se ha encargado de reclamar, de manera bastante soez, que “quiten la excusa (el embargo) y póngannos a prueba”. Una indirecta directa a los que han reclamado tantos años el levantamiento del embargo para “desmerengar” al régimen.
Saben, la fulana tiene razón. De una vez por todas se va a poner a prueba esta premisa ilusa, para desgracia del pueblo cubano, pero no hay mejor medicina para curar la enfermedad alucinatoria de la negociación con dictaduras que la misma coexistencia con esa dictadura. De todas formas, los alucinantes siempre encontrarán las respuestas oportunas.
Otra señal. Las declaraciones chovinistas de Raúl Castro en la última sesión de la Asamblea Nacional. “Más Socialismo”, dice el general. Y nada más.
Un aparte: la retórica castrista sería para morirse de la risa si ya no rebasara el campo de la comedia para zambullirse en la desfachatez trágica. En ese país nunca ha existido, ni siquiera, un  ápice de socialismo. Pura demagogia, puro personalismo castrista. ¡Nada más!
Y la tercera es, quizás, los toques de arrebato de la prensa cubana sobre los tres, los cinco, y la misma cuchufleta de siempre. Es decir, “ahora sí vamos a construir el Socialismo”. ¿Recuerdan?
Lo vienen anunciando desde que alguien tropezó bajándose del tanque en que entraron un 8 de Enero de 1959 en La Habana. ¡Patético!
Faltan respuestas a las reclamaciones de 7 mil millones de dólares sobre las propiedades robadas a empresarios cubanos y americanos por esa administración que está embriagada de “victoria”. Dice el ejecutivo americano que lo presentará en sus discusiones en La Habana.
¿Qué logrará? ¿Una carcajada?
No anticipo nada. No hay nada que anticipar. La forma en que los dos jefes de los negociadores anunciaron sus respectivos “negocios” lo dice todo. Obama, en traje y corbata azul acerado, con un discurso desgranándolo todo, o al menos el todo que quería decir (recuerden las preguntas al inicio de este post). La otra parte vestido de lo que es, general-dictador.
¿Vale mejor retrato de lo ocurrido?
La nota jocosa, sin embargo, la viene a ofrecer el embarazo de la mujer de uno de los espías. Según ahora salta a la prensa, fue una concesión de la administración Obama para que “mejorara” las condiciones de Alan Gross en La Habana.
La duda que me queda es, ¿cuál mejora?
Gross salió flaco y hasta sin dientes. El marido de probeta de la que inseminaron pues bien gordo y alimentado. ¿Queda alguna duda de dónde quedan las cloacas presidiarias entre ambos lados?
El detalle de la esperma viajera contradice, sin embargo, aquello de los 18 meses de negociación. Si desde hace esa cantidad de tiempo se estaba negociando, ¿para qué entonces el espermatozoide espía tuvo que viajar a la vagina revolucionaria?
La única respuesta sería, quizás, la necesaria inseminación cerebral de la prensa para que olvidara estas minucias reformistas.

Sunday, December 21, 2014

Reflexiones después de un anuncio

El 17 de Diciembre nos vuelve a desunir, y también a unir. Descubre el rostro sin maquillajes, surcado de arrugas, envejecido y descarnado del egotismo cubano. Nos hemos lanzado como lobos a comernos a la abuelita, sabiendo que está sola, desarmada, inerte, y un poco desalmada por los años.
Dejémoslo claro, llevamos años en este empeño.
Llevo días pensando qué escribir sobre ese 17 de Diciembre que, según la prensa, también es el cumpleaños del Papa Francisco, además de ser el día de ese santo tan venerado en Cuba, San Lázaro. Pero se hace tan difícil escribir, se oponen tantos principios fundamentales, y fundacionales, de mi pensamiento, contra la piedra angular de mi espíritu, el deseo de una Cuba libre.
Y entonces la pregunta de qué es Cuba resurge como un enigma.
¿Qué es Cuba?
El gobierno de ese nombre lleva 56 años haciéndonos creer que son los titulares de ese nombre. Y también un hombre, un personaje, un ser mítico de leyenda, escrita en una autobiografía impublicable. Y un partido, también creación del mismo mito, del mismo nombre, la misma hagiografía socialista.
Y para hacérnoslo creer han adjuntado viejos santos tutelares de nuestro patronato histórico. ¡Hasta Martí ha tenido su culpa de esa leyenda!
Y después está la ideología, que también suscribe ese nombre, y las consignas, y los credos políticos, las leyendas públicas y los misterios insolubles de una historia que no se nos cuenta toda, y que son como pozos profundos, en los que el balde no puede llegar al agua.
Y así Cuba se nos ha vuelto, y revuelto, este lugar incorpóreo, que pertenece sólo a un bando, empoderado en un trono, encastillado entre muros, desolado.
¿Y quiénes somos, entonces, los cubanos?
¿Los que reconocen sólo aquellos términos? ¿Los que afirman que una nación tiene sólo un costado, y duerme solitaria sólo en una cama?
No lo puedo creer. No es posible creerlo. Y entonces recuerdo a ese otro culpable espiritual, para los infieles, que una vez dijo tenía dos Patrias: Cuba y la noche.
¿Cuál noche? ¿Esta? ¿Será por eso que reclaman los infieles ese nombre?
Y entonces retorna esa fecha del 17 de Diciembre en imágenes. En el Versailles, estas fotos que encabezan estas líneas. Dos rostros del mismo nombre. Dos cubanos, grupos, atómica representación de ese desprendimiento geográfico de aquella isla a la que se le desdibuja la nominación oficial de su nombre.
Unos pocos rostros, ya viejos, descarnados, gritando improperios en el frente de la ciudad anticastrista por excelencia, Miami, y de su corazón, el Versailles. Y otro, muchos de ellos jóvenes, que disfrutan, ajenos al tablado político que se teatraliza en el frente, el entrenamiento de boxeo de su ídolo temporal, Rigondeaux.
No están ni en el promontorio de tierra cuya identidad reclama el nombre de Cuba. Y entonces la decisión de Madre Coraje de soltar el brazo indefenso del hijo para no herirlo me devuelve al pasado-presente de nuestro conflicto.
Embargo versus no-embargo. Madre Coraje frente a Antígona. Y la reacción de esos jóvenes del parqueo del Versailles se me asemeja la de Edipo rey, que se revienta los ojos para no ver, o para su auto castigo, o para cualquier otra cosa, mas siniestra, oportunista, flajelante.
Ignorar, olvidar, ofender.
En la isla rodeada del líquido mar, verde azul, poblada de playas donde acudirán presurosos los turistas americanos, como hoy acuden los canadienses, muchos, casi todos aplauden lo ocurrido ese 17 de Diciembre.
¿A quienes debemos obedecer? ¿A nuestro corazón o a los que aún permanecen como centro de nuestras vidas en el corazón nuestro?
Es posible que, como dijo Daína Chaviano en un excelente post en su blog, no exista justicia posible terrena, y humana, para los culpables de todos los destierros, las traiciones y las muertes. Pero entonces me viene a la memoria Horacio, ah, el viejo Horacio, que siempre creía en la diosa justicia aunque cojeara en su carrera contra los criminales.
Quizás no exista para los grandes culpables, y esa sea su justicia, nunca recibir el perdón, nunca cobrar su condena, morir infieles, condenados, directo sin alas en su viaje al infierno.
Menandro dijo, alguna vez, no recuerdo dónde, perdido en la memoria de libros y nombres, “el hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia, si no el que pudiendo ser injusto no quiere serlo”.
¿Fue eso lo que llevó al acto de contrición de Obama ante Raúl Castro?
No lo sé. Yo sólo miro el resultado del acto, los presumibles resultados, porque no sabemos la extensión de la “felicidad cubana”. Y a mí me cuesta evaluar la extensión de los gestos políticos de los actores fundamentales en el tablado de las naciones, al menos del lado de la democracia, los actores de las dictaduras, y sus dictadores, son antológicas figuras del desprecio. Ante nosotros hay un pueblo que sufre, y no ha tenido justicia, no conoce incluso qué es esa justicia, cuál puede ser su particular justicia, y si existe o existirá, al menos.
Y en el otro lado, tenemos que vivir con lo ocurrido. Tenemos que superar el miedo. Tenemos que tener esperanzas. La felicidad no es una estación a la que se llega, es un viaje. Y se me antoja que el nuestro comienza.
Y hasta aquí quiero llegar hoy. No quiero avanzar más. No quiero agregar al agravio otras palabras de más agravio. Quiero detenerme, a voluntad propia, a dejar cursar el tiempo, esperar los eventos, reacomodar los impulsos. Yo y mi corazón, yo y mi conciencia, yo y mi destino.

Saturday, December 20, 2014

Lecturas y Libros del 2014

Leer es como viajar, regresar y volver, pero también vivir muchas otras vidas, las que no tendremos nunca. Aprendí a leer gracias a mi madre, que con su paciencia ilimitada me regaló el tesoro del amor a los libros. Mi padre me enseñó a escribir, mi madre a leer. La escuela sólo fue una formadora estructural de disciplina, pero el amor al conocimiento lo encontré en casa.
Recuerdo las visitas semanales a la biblioteca. Tenía cinco años, y para un niño de esa edad aquellos salones silenciosos donde las pisadas golpeaban las paredes, y parecían trepar los muros, llegar hasta el techo y regresar, se le antojaban la antesala del reino de otro mundo, donde la palabra, la escritura y los colores cobraban vida, se levantaban de esas hojas antiguas de papel y salían a cruzar la ciudad, vivir y retornar a aquellas páginas con otras letras hechas palabras.
Aún recuerdo el dulce olor envejecido de aquellas encuadernaciones de colores, su olor delicado a tinta usada, manoseada por otras manos infantiles, algunas que ya habían perdido el brillo, pero que seguían teniendo aquel encanto particular de la fantasía.
Aprendí a leer. Crecí leyendo. La lectura ha seguido siendo la acompañante invisible de toda mi vida. El hombre que no lee, la persona que nunca toca un libro, es como el ciego que nunca puede ver la luz, o el mudo que nunca puede expresar una palabra de amor a su pareja.
Soy un lector compulsivo. Leo de todo, a toda hora. En cualquier lugar, y en cualquier momento. Mi padre me decía que mi peculiar forma de leer, esa manera encadenada de ir de una lectura a otra, siguiendo las reseñas interiores a otras lecturas, los saltos y las referencias de cada libro leído a otros por leer, era como el agua clara que se escurre por un fregadero, cada vez más hondo en esos eslabones invisibles que enhebra la lectura.
Estos son algunos de los libros que he leído este año, y que les recomiendo leer. Una migaja de lo leído. Una buena migaja:
"Dispatches from the Front" de David Halton: Una excelente biografía de su padre, Mathew Halton. Lo recomiendo particularmente por su capítulo 6, que recoge las vivencias de Halton como reportero en la Alemania Nazi. Muy a propósito de los corresponsales extranjeros en una dictadura.
"La ciudad de N" de Leonid Ivánovich Dobychin: Autor maldito, prohibido por el régimen estalinista, la obra de Dobychin había sido borrada de la historia de la literatura de su país por las sucesivas generaciones de la burocracia cultural comunista soviética. Su estilo ha sido comparado con los de Nabókov o incluso Proust.
"El Silencio del Sepulcro" de Arnaldur Indridason: Un autor irlandés, de un país poco conocido, que demuestra cómo se puede escribir dentro del género policiaco sin abandonar su intensidad, pero sin discriminar por eso su profundidad y alcance. Excelente. Una novela que habla de un tema muy pocas veces abordado, la violencia doméstica.
“El Mapa y el Territorio" de Michel Houellebecq: Una novela que es sencillamente un clásico moderno, un autor imprescindible en la Francia actual. Ganó el Premio Goncourt de novela del 2010, el más prestigioso de Francia.
“Los acuarios de Pyongyang” de Chol Hwan Kang y Pierre Rogoulot: La vida en un Gulag de Corea del Norte. No hay que decir mucho más. Es un recuento autobiográfico de Hwan Kang.
“Ferdydurke” de Witold Gombrowicz: Uno de los más grandes escritores polacos de todos los tiempos. Un verdadero clásico de la literatura mundial.
“El reporte  de Brodeck” de Philippe Claudel: De Claudel he leído dos libros, “Las almas grises” (extraordinario), y este otra pequeña novela, también excepcional. No tengo que decir nada más.
“La rabia y el orgullo” de Oriana Fallaci: Para aquellos que son devotos del periodismo del “realismo mágico”, colaborador de regímenes totalitarios al estilo de kapuscinski, fabulador de mentiras hermosas y fantásticas, leer a Oriana es como darse un baño de brutal honradez. Esta es su pequeña contribución para desmitificar el mundo musulmán dentro de Italia. Imperdible.
“El cero y el infinito” de Arthur Koestler: Obra cumbre de la literatura política. Un testimonio excepcional de la angustia que sufrieron cientos de antiguos miembros del Partido Comunista Ruso que desaparecieron, fueron encarcelados y juzgados o llegaron a auto inmolarse para salvarlo. De obligada lectura.
“La guerra que terminó la paz” de Margaret MacMillan: Para conocer de verdad por qué sucedió la I Guerra Mundial hay que leer este libro. No hay nada más que explicar.
Estas son mis 10 sugerencias, espero las lean.

Wednesday, December 17, 2014

¡Bienvenido, Poscastrismo!

Un día histórico en las relaciones internacionales post-guerra fría. El gobierno de los Estados Unidos, a través del mismo presidente Obama, ha anunciado al mundo el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. Y algo más.
Un rápido resumen telegráfico podría decir algo así: intercambio de rehenes por parte de La Habana, Alan Gross y otros 50 presos políticos, por tres espías presos en los Estados Unidos. Gobierno americano autoriza 12 categorías de posibles visitas a Cuba, haciendo imposible que algún norteamericano no pueda encontrar un nicho entre esas doce posibles opciones para visitar las playas cubanas. Autorización a bancos norteamericanos para transacciones financieras de sus ciudadanos en sus viajes a Cuba, a través de tarjetas de crédito y débito. Gobierno de Estados Unidos autoriza a inversionistas norteamericanos en el área de tecnología y comunicación a invertir en Cuba. Aumento de remesas hacia la isla, y la posibilidad de importar productos de origen cubano. Viaje a La Habana de altos ejecutivos del gobierno americano a principios del próximo año. Y posible viaje de Kerry y el propio Obama antes del fin de la administración actual.
Como se ve es un Plan Marshall a toda vela para impulsar el poscastrismo.
¿Es una sorpresa?
Pues no. La Habana ya había dado señales de que algo se cocinaba en sus oficinas nocturnas.
Recientemente Margallo viajó flamantemente a La Habana para impulsar Veracruz, y obtener combustible político en Latinoamérica para el gobierno español. Fracaso total. Castro no lo recibió. Primera señal.
Editoriales consecutivos del más influyente diario norteamericano pidiendo, ¡vaya casualidad!, casi las mismas medidas anunciadas por Obama en el día de hoy. Viaje del articulista de influencia a La Habana. Recibimiento y copas de champan oficial. Se me hace totalmente evidente que, los editoriales del NYT y la visita de Londoño, fueron sondeos de opinión sobre la avalancha diplomática de la Casa Blanca por venir. Segunda señal.
Semanas atrás el dictador-presidente-general anunciaba la suspensión de las reuniones con la Unión Europea, sin explicaciones y de sorpresa. Años buscando este acercamiento, para rechazarlo a última hora. ¿No les resulta extraño? Tercera señal.
Hoy conocemos que los Estados Unidos y el gobierno de Cuba llevaban 18 meses conspirando la normalización de sus relaciones, gracias al eje Canadá-Vaticano. El Primer Ministro Canadiense y su Santidad el Papa Francisco establecieron el clima adecuado para que los “negociadores” se sentaran y se dividieran el pan. Canadá siempre sirviendo de celestina, y el Papa santificando la unión transexual.
Una minuta directa para la Unión Europea, y especialmente para España: ¡Olvídense de Cuba!
Jugaron por años a burlar el embargo. Establecieron relaciones de negocios, invirtieron en grande en el turismo y en la economía. Burlaron todos los preceptos de moralidad política negociando con una dictadura. Y en un día, hoy, los mandan de patitas para la casa.
No deja de ser una ironía que los que aplaudieron la salida en 1961 de La Habana sean hoy los que aplauden de nuevo su regreso. Los Estados Unidos se convierten en rey de Cuba. Y, saben, los europeos se lo merecen. No se puede jugar con el diablo sin caer en su propia trampa.
Por años los hombres de negocio de los países de la Unión Europea y Canadá han vivido de la explotación de la indefensión del cubano frente a su gobierno. Hoy se restablece el equilibrio para el país del norte. Hoy también los americanos podrán hacer lo mismo con los cubanos, explotar la misma indefensión.
Hay una diferencia, no obstante, y esta es sicológica. Los europeos nunca han podido darse cuenta, y entender, de que el cubano, no importa que sea del gobierno castrista o sea un ciudadano común, sea opositor, o sea jugador de dos bandos, es pro-americano. No en balde la mayor comunidad cubana está en ese país, y no es sólo por las facilidades legislativas, sino por la inclinación natural del criollo al sistema norteamericano de vida. Nos viene de antaño, de nuestra tradición.
No lo han entendido en 56 años, creo podrán entenderlo en los próximos días.
Pero repasemos ahora qué pasará con el embargo, porque a pesar de que Obama casi lo hace añicos, en la práctica con sus decisiones ejecutivas, es una ley, y como ley tiene que ser derogado por el Congreso y el Senado.
¿Será sepultado el embargo?
Yo creo que sí.
¿Quiénes se oponen?
Los legisladores cubanos, los cubanos, parten de su comunidad, al menos aquella parte que tiene poder de decisión. Con respecto a las cifras y estadísticas del electorado cubano en la Florida y el resto de la federación americana, se hace difícil saber quiénes apoyan o no cada bando. Pero yo creo que hoy las cifras están bastantes balanceadas en las dos partes, sino inclinada en una, y no es precisamente la pro-embargo. Sin embargo, no puedo arriesgarme a afirmar esto.
Lo esencial aquí, empero, es que el electorado americano, aquel que no es de origen cubano, y los millones de emigrantes de otras nacionalidades, con toda evidencia favorecen el levantamiento, el establecimiento de la normalidad legislativa en términos de igualdad para la emigración cubana con el resto, y eso será tomado en cuenta por sus legisladores, congresistas y senadores. Habrá discusión, aparecerán recursos de emergencia por parte de algunos, pero al final si la administración Obama presenta una ley para derogar el embargo, y se hace de voluntad para imponerla, mi opinión es que será aprobada.
En el pasado he predicho, varias veces, que lo que hoy ocurrió ocurriría alguna vez, si la administración y su Presidente se lo propusieran. Les parecía a ellos un imposible. Pues aquí lo tenemos, lo imposible, Watson, se hizo posible.
Desde hace mucho tiempo dije que la decisión de levantar las restricciones a Cuba era, con total exclusividad, una prerrogativa de la administración americana. Fueron ellos quienes la establecieron. Fueron los Estados Unidos quienes rompieron relaciones con Cuba. Eran ellos quienes debían decidir. Nadie más.
Hoy decidieron, a su conveniencia, como era de esperar, no a la de Cuba, no a la del pueblo cubano.
La oposición, la disidencia, la parte de la población que se opone, pasivamente o de forma directa, al castrismo en Cuba, y en su exilio, siempre ha puesto su voluntad en manos extranjeras, especialmente norteamericanas. Craso error. Nunca debió haber sido, nunca debió suceder, ni ser pensado, pero las alucinaciones políticas son consecuencias de las propias circunstancias políticas en que surgió el conflicto.
Hoy el conflicto llega, de cierto modo, a su fin. Aún queda el conflicto entre los propios cubanos, que son ellos mismos los que tienen que resolverlo.
Pero eso, amigos, nunca lo hemos llegado a comprender, o al menos algunos, muchos, casi todos.
El señor Marco Rubio podrá anunciar medidas para oponerse a la decisión Obama. Los congresistas harán lo propio también, pero nada puede cambiar la realidad de que es Cuba, y los cubanos, quienes tienen que actuar.
En otro lado del espectro, las relaciones diplomáticas y el levantamiento en la práctica del embargo, que es lo que ha ocurrido, no generarán ningún cambio en el régimen castrista. Cuba no será más democrática porque una embajada americana se estrene en La Habana, o porque haya hombres de negocios de ese país, o porque las compañías americanas inviertan en Cuba, o porque los turistas caminen por las arenas de Varadero, o porque los periodistas reporten abiertamente desde La Habana, que nunca lo harán mientras esté Castro o alguno de sus espectros.
¡Lo que ha ocurrido hoy es simplemente OXIGENO!
Oxígeno para un enfermo de 56 años, que clamaba por una inyección salvadora americana. Ya lo oyó desde los labios de su presidente. Ya la administración se apresta a luchar por la derogación del embargo. Ya llegarán las maquiladoras americanas a La Habana, y el castrismo le seguirá pagando su salario miserable al cubano, desplazando inversionistas de un lado, favoreciendo otros, apresando nuevos Tokmakjian canadienses para ofrecerle la plaza al nuevo contribuyente norteamericano.
Esto es sólo un tablero de dominó al que se le ha dado agua, y un paciente terminal al que se le concedió otro término de vida. Ya se podrá morir “el difunto” con complacencias de inmortalidad. Ya han aplaudido a los que han regresado, “victoriosos” y sublimes. Mañana serán un olvido, como tantos otros.
Ese sistema es un sistema de olvidados. Cada cual tiene su turno.
Para no dejar nada en el plato quisiera agregar dos últimos ingredientes a este ajiaco de poscastrismo.
El gambito de intercambio que fue Alan Gross nunca fue totalmente inocente. Es mi plena convicción que nunca lo fue. El conocía adónde iba, conocía a qué se exponía, y sabia cuál podría ser las consecuencias. Lo hizo. Jugó su ficha. El gobierno cubano jugó la suya. Y Obama ahora movió su alfil.
Todo ha sido una jugada de una mano de la cual se desconoce, en el día de hoy, su nacionalidad y filiación ideológica. Este chef culinario aún no tiene nombre.
Pudo ser planificada por la misma administración americana, o por sus órganos de inteligencia a partir de una orientación de la administración americana, para descongelar las relaciones Cuba-Estados Unidos.
O pudo ser Cuba a través de sus agentes de inteligencia en las propias instituciones norteamericanas.
Quien haya sido, Alan Gross fue sólo su ficha de cambio.
El segundo ingrediente del ajiaco: Venezuela.
No deja de ser una ironía de enormes proporciones el que hoy, la casa matriz del chavismo, el patrón, el dueño de los hilos que mueve los títeres del andamio venezolano, aplaude y se apura a estrechar las relaciones con el “imperio”, mientras que su títere, Maduro, hace todo lo posible por romper esas relaciones.
Me pregunto si todo esto no es si no otra maniobra aislacionista de Cuba, para retener Venezuela por más tiempo, comprometerla aún más y mantener esa mano insaciable en el bolsillo ajeno, a costa de todo, incluso, de destruir aquel país.
Vivir para ver.

Tuesday, December 16, 2014

Irme de Cuba

Las cinco y 45, el cielo de Toronto parece una coreografía de nubes que transitan con algún destino desconocido. Es viernes, pero puede ser cualquier otro día de septiembre, aunque no sea este 18 del 2010. Puede ser aquel día de Abril del 2004, cuando regresé de Cuba por primera vez, o el otro de Enero, Día de Reyes del 2008. Cumpleaños de mi abuela, por cierto. Ya no vive, pero sigue aquí conmigo, para siempre, tendiendo su manita delgada, cariñosa, para acariciar esa cabecita rubia, caprichosa, que siempre fui yo.
Arrastro, camino, me pierdo entre los viajeros que arrastran sus maletines de mano en el laberinto de pasillos. He regresado dos veces más a Cuba, después de aquel día de Abril del 2004. Regresos ineludibles, indeseados, tristes, conociendo que alguien menos me espera en casa.
Y este es el final. No me queda nadie más a quien regresar.
Casi con la automaticidad de un robot entrego mi pasaporte, contesto una o dos preguntas a la oficial de emigración canadiense. Me sonríe. Tiene una bonita sonrisa, y unos dientes parejos.
“Welcome Home”
De regreso a casa. Los autos pasan a través de la ventanilla del taxi, parecen espectros grises, húmedos. Una niebla densa, oscura, va cayendo sobre la ciudad. Las luces se encienden como ojos que parpadean ocultas señales que desconozco. Me hablan un lenguaje oculto, lluvioso y frio. Se acerca el otoño, adios verano.
Por esos caprichos de la vida me veo en mi viejo barrio, esquina de Neptuno, San Miguel y Prado. Vivía un poquito más allá, pero esa intercepción de calles se me antoja la clave esencial de mi ida, mi escape. El hombre es el hombre y sus circunstancias.
Estas son las mías. Mis circunstancias.
Cuando regresé en Septiembre del 2010 me encontré en esa intercepción de calles. El gentío cruzando, perdiéndose en las angostas aceras de Neptuno. Los autos viejos, almendrones como les decimos, lanzando su humareda sulfurosa. Para el habanero este es un entorno conocido, revisitado.
En la misma esquina hay una pequeña tienda de divisas donde venden perfumes y otras minucias. Parece una tienda para los enanos de Blanca Nieves, tan pequeña como una estampa del Hobbit. Detrás queda un bar, también en divisas. Casi todo lo pintado, aparentemente “nuevo", es en divisas en esta ciudad. El peso tiene color gris.
Al frente me saluda un restaurante, recién pintado también, antes fue una cafetería y antes algo más, sin memoria histórica. Y encima está el antiguo “Caracas”, donde tantas veces practiqué kárate. El antiguo cine de ensayo, a su lado, ahora es otro establecimiento de música. En La Habana los cines desaparecen, como los edificios que se convierten en parques cuando se derrumban, para viejos que leen esas cuatro hojas que llaman “periódico”. Los cines se convierten en locales de música, y alcohol.
¡Cuántas veces recorrí, casi corriendo para llegar a tiempo al entrenamiento, estas calles!
Subía aquellos accidentados escalones, que parecían columpiarse en la escalera oscura, para llegar al tatami a tiempo. Los escalones eran de mármol, pero la vejez, la falta de mantenimiento y el abandono lo habían separado de sus cimientos, y los que quedaban eran como “patines de mármol”, que cuando los pisabas parecían deslizarse por una pendiente escabrosa.
Esta esquina representa Cuba. Mejor dicho, representa el gobierno de un país que se llama Cuba.
Rodeada de hoteles, enfrentando la majestuosidad del parque central, los leones rugientes del Prado, los taxis de turismo, los bicitaxis o coquitos, que es la variante oficialista de los bicitaxis privados, los autobuses de turismo de dos pisos que recorren la cara postal tropicalista de La Habana, esta esquina es la imagen exacta de lo que ha hecho el sistema en los 56 años de sobrevida política.
Pintaron las fachadas de azul y colores celestes a esta pequeña cuadra de San miguel, casi escasos 50 metros. La cerraron al tráfico y le colocaron unos bien cuidados bancos de madera verde, ¿esperará Penélope a su amante aquí?, unas pocas farolas a los lados, unos pobres arbustos en macetas, y ahí lo tienen, “El boulevard de San Miguel”.
¡50 metros!
Puro colorete. Los vecinos siguen malviviendo en sus entrañas con sus barbacoas, sus tanques plásticos para almacenar agua, porque a esta zona sólo le entra el agua potable una vez en el día. Y, ¡gracias!, porque hay lugares en esta gran ciudad donde hace años no llega ni una gota del preciado líquido.
Tenían que colorearle los labios a la meretriz, ponerle esas pestañas postizas para aparentar lo que no es, el saco verde de payaso, la nariz roja y el pantalón azul vistoso. ¡Y aquí lo tenemos!
Este boulevard transpira Cuba. Todo apariencia, todo maquillaje. Con el Hotel cinco estrellas, “Parque Central”, dándole la cara, la ciudad necesitaba ocultar la mal vivencia, la piel gris, descascarada y agrietada de la vieja maquillada esquina para el postor turista de pantalón corto, que pasa por las aceras deslumbrantes de los cuatro hoteles y tiran fotos a la vieja prostituta arquitectónica, con colorete nuevo.
Cuba es el país de las apariencias. Salud pública gratis, para todos. Medicinas que no existen en las farmacias, también para todos, o casi todos. Hospitales que visitan delegaciones políticas, camas sin sabanas en los del pueblo. Piso turístico en el Almeijeiras, que alterna con el otro, que no lo es, que es para ese pueblo que vive detrás de ese colorete azul y verde, y para este servidor por 31 años.
Sabana, bombilla, cubo de agua, bolsa de amigos para que traten bien al paciente, regalitos a la enfermera. Apariencias. Conveniencias. Disimulos.
Y en la noche, el deslumbre de esta esquina, con sus colores azules y verdes. Tres pasos mas allá, oscuridad, vejez, humedad, delincuencia. Dominó madrugador rodeado de alcohol y gritos de jugadas sobre el tablero que desvela. Música de balcones, cuchillada trampera para robar algún celular, unas zapatillas nuevas, y algún dólar en el bolsillo.
Le han pintado la fachada al monstruo, pero sigue siendo el mismo por dentro. Los que vivimos en su cuerpo seguimos languideciendo en la apariencia turística. Somos fichas móvibles en un tablero político. Cuando hace falta el colorete, el carmín y el pintalabios, las brigadas se apuran en aparecer, y maquillar.
Y también aparecen las “otras brigadas”, las de la necesidad, del baño a medio hacer, o de la barbacoa a medio empezar. Y los sacos desaparecen, el cemento se esfuma, la arena lavada se la lleva la marea por algún malecón. Desaparecen por esos trillos tan bien conocidos, a precio de mercado oculto.
Pero los habitantes son los mismos. Las puertas pintadas, los muros retocados, los azules y verdes, colores del disimulo, simulan la ciudadela que queda detrás, la misma.
Ese es uno de los motivos de la ida, del escape, del deslave cotidiano de cubanos. Los que no vivimos de esas apariencias sufrimos los desengaños de estos maratones de maquillaje, al que acuden las ideologías de desgaste.
El taxi sube un elevado. Detrás de la cortina de niebla y llovizna se adivina el contorno elevado de la ciudad, a lo lejos. Toronto es una muralla de rascacielos y luces. Miro los muros que resguardan la autopista en el puente y regreso al malecón del Caribe. Desgastado por el golpeo continuo del salitre y el susurro continuo del mar, chocando en los acantilados con su espuma. Los adolescentes que retozan en la Punta, bajando por las escaleras angostas al diente de perro, y nadan en aquella agua salitrosa, en la que se adivina rastros de petróleo y desechos industriales de la bahía.
Pero para ellos es el mar, y quizás la felicidad momentánea del agua.
Esa conformidad triste, calamitosa, que arrastra el cubano por este malecón salpicado de salitre, sol y noches ardientes de alcohol es otra de las causas para marcharse, escabullirse entre las olas, y encallar en algún rincón tranquilo del mundo.
La felicidad no es una estación a la que se llegue en la vida, sino una manera de viajar. No se puede vivir en conformidad con nada porque entonces el tren de la vida se detiene en esa estación,  se descarrila para siempre, y muere. Hay que seguir, marcar el paso, trascender la nube, el arrecife, la lluvia, los desastres naturales y personales, las apariencias sociales y políticas, las consignas ideológicas.
La felicidad es un viaje, una marcha continua. Eso lo pensé entonces. Eso pienso ahora.
Cuba se quedó en aquella estación.
Y entonces está el factor humano, los cubanos.
La amoralidad creciente, estrepitosa, de los jóvenes me abofetea y me sorprende. Una amoralidad que ya ni se esconde en los eufemismos. Ya no les interesa esconderse en el “jineterismo” para esconder la prostitución. O el “luchar” para cualificar “robar”.
Los eufemismos son esos colorines pintorescos de esta esquina habanera de Neptuno, San Miguel y Prado. Los inventó el mismo sistema. Jugueteó con ellos. Los asimiló y hoy son como el tatuaje natural de su lengua ideológica.
En la noche la jinetera sale, pintoresca, al malecón, a la esquina del hotel, o se desplaza a 5ta avenida. Y el pinguero camina al avioncito, o se encuadra en alguno de esas puertas de bares nocturnos, ofreciendo su mercancía sin disimulo. Es como un dominó sociológico. El gobierno mercadea con las simulaciones, los habitantes de esa ciudad gobernada ya ni desean el disimulo.
En Cuba todo el mundo roba, y la prostitución se quitó la máscara escandalosa de la desvergüenza. Los jóvenes se cuidan las uñas, se depilan las cejas para encuadrar un rostro andrógino, y la metro sexualidad se escapa de Nueva York para desvirginizar La Habana.
En uno de los apartamentos encima de lo que un día fue mi casa, allí, a pocos metros de esta prostituta maquillada de azul y verde,  a quien le llaman “Boulevard de San Miguel”, vive una familia compuesta por cuatro hermanos, tres jóvenes y una joven, y su madre. Todos recurren a esa profesión “por cuenta propia” que los cubanos llaman “jineterismo”.
¡Prostitución!
Esta forma solapada en que la conveniencia ha querido esconder su pudor por su desvergüenza. Malviven, “luchan” prostituyendo sus almas, su cuerpo, el sexo y hasta su propia sobrevida. El mayor vende su producto exótico a hombres, canadienses muchos, que golpean de noche, madrugada, a cualquier hora la puerta. Suben aquellas dos escaleras de mármol, y se acuestan en aquel cuchitril con barbacoa, por unos dólares de placer tropical.
Me pregunto cuántos de los canadienses que me acompañaron en el avión de regreso conocieron esos placeres baratos, tropicales.
El hermano del medio, Reinier, casado, prostituye a su mujer, se prostituye a sí mismo. Mercadea electrónicamente su geografía física con un mexicano que viaja a La Habana, con su mujer, y los dos se intercambian de placer, dinero, palabras de conveniencia y mercadeo sexual.
¿Se escandalizan?
Ellos no. Se ríen, se alcoholizan y divulgan los secretos eróticos de sus aventuras a todo el barrio. Equipos electrónicos, de video, celulares de última marca, coche, viajes a Varadero, llamadas de “papito” y “mamita”. Cuchicheos vecinales que todo el mundo conoce. Y nadie se avergüenza del trapicheo lúdicro.
Al hermano menor la madre lo manda también a que siga el camino de los mayores.
“Y tu empínate, porque ya es hora que te vayas…”
No, no es Mariana Grajales mandando al hijo menor al campamento mambí. Los mambises hoy, en esa Habana de mi segundo piso, tienen otro nombre, otra profesión y otro machete. O el mismo, usado de manera diferente, y con precio de mercado.
¿Se sorprenden?
En Queens, aquí en Toronto, yo también me tropecé con algunos  de estos cubanos, durante el Festival de Jazz del 2005 descurbimos un "café cubano", y entramos. También la misma profesión, el mismo machete, el mismo vocabulario e idioma. Se fueron de Cuba, pero Cuba no se fue de ellos. ¿Para qué se fueron si siguen en lo mismo?
El taxi me deja en la misma puerta de mi casa. Lo veo partir como vi partir, desde lo alto, los techos grises de La Habana, horas antes. El cielo seguía siendo azul, entonces.
Esos que se prostituían, y habitaban en el segundo piso del edificio de mi casa, vivían mejor que yo. Ganaban más. Tenían un plato de comida diario garantizado. Coche, viajes y ropa nueva. A costa de despojarse de toda vergüenza, pudor, pacateria, moralidad, principios. ¡Todo!
Y nadie les apuntaba con el dedo para marcarlos como intocables, ni llamarlos marginados. El policía de la esquina conocía sus nombres. Mercadeaba música, ropa de niño de  “Gap” para sus hijos en Santiago. Los vecinos lo saludaban casi que hasta con un respeto reverencioso. Popularidad, amistad, el rey de la vecindad de esta esquina habanera, pintada, maquillada, coloreada de azul y verde.
Convertida al turismo de conveniencias.
¿Yo?
Pues para ponerlo en un término bien cubano. Un comemierda. Sin coche, ni zapatos con qué caminar. A veces casi sin poder poner un plato de comida en mi mesa. Un salario que se iba en tres días. El resto era invención. Robar nunca. Vender nada.
Traficar con el correo de estos vecinos en su “jineteo” canadiense. Reparar alguna computadora. Dar clases de computación por la izquierda. Convertirme en ese espectro sin futuro por ser una persona honrada, y honesta, que no es lo mismo.
El honesto, y el honrado, no tienen casa en Cuba. Es así de sencillo.
¿Y me preguntan por qué me fui? ¿Y creen que volveré a regresar?
Hoy, que ya nadie queda detrás, La Habana queda mucho más lejos. Mas allá de la añoranza, los recuerdos y la memoria. Más allá de esta lluvia, la nieve, las tormentas de invierno. Más allá de las palabras, las historias, los pocos amigos que quedan. Más allá de todo. La felicidad no es una estación a la que se llega, es el viaje, el recorrido, la búsqueda.
No volveré a Cuba. No me hace falta. Tengo lo necesario conmigo. Mis recuerdos. Mi niñez vivida con intensidad, rodeada de auténtica felicidad a pesar de las carencias, los golpes de la vida, las pequeñas miserias humanas del entorno. Tengo un camino que recorrer. Mil estaciones donde parar para tomar algún otro tren. Un avión en mi vida que siempre tendrá algún destino. Un propósito. Unas manos para trabajar, con honradez, sin necesidad de prostituir mi mente, mis pensamientos, mi cuerpo, absolutamente nada.
Detrás quedó aquella estación oscura, accidentes e imprevistos. No tengo nada de qué arrepentirme. ¡Absolutamente nada! Viví con intensidad y no tuve que mercadear con mi pensamiento
¿Sufrí las consecuencias?
Sí, pero aquí estoy.
Séneca dijo, en alguna ocasión, que “los elementos de la dicha son: una buena conciencia, la honradez en los proyectos y rectitud en las acciones”.
Es hora de dejar atrás una estación de mi vida, y comenzar un nuevo viaje… hasta el final.

Nota: Las dos primeras partes de esta serie:
Primera Parte: El Hombre Fragmentado
Segunda Parte: El Regreso

Monday, December 15, 2014

La sombra Americana

No más Sonia Garro fue excarcelada emitió unas declaraciones que, como mínimo, son extrañas. La opositora cubana dijo que “al régimen le molestaba el trabajo que hacía con la comunidad y para el pueblo, que no era de carácter político, sino social, con la raza afrocubana".
Hoy se publican algunas declaraciones del Foro “Raza y Cubanidad”, auspiciado por el Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR), que siguen casi la misma cuerda de lo que la expresa del régimen comunista de Cuba dijo, horas después de estar en casa.
Según el vicecoordinador del CIR, Leonardo Calvo Cárdenas:
"No existe el atrincheramiento en la identidad que en Estados Unidos fue arma fundamental para la emancipación."
No creo ser el único al que le ha llamado la atención las declaraciones de Sonia Garro. La escritora Zoe Valdés, en un post en “Libertad Digital” titulado “Liberaciones… y Detenciones”, que les recomiendo leer, señaló con mucha justeza el lenguaje enrevesado de algunos opositores cubanos en los últimos días.
Dice Zoe:
“… no acabo de entender la actitud de algunos presos políticos cubanos, y mucho menos su discurso.”
Yo tampoco lo entiendo.
La escritora se pregunta de qué valió entonces los dos años que estuvo Sonia Garro si, inmediatamente que sale de la cárcel, se niega a reconocer que su lucha tenga carácter político.
Sin embargo, yo creo que hay algo más preocupante en todo esto. Algo que tiene que ver, ineludiblemente, con la alineación que, alguna oposición en Cuba, está adoptando a raíz de los conflictos raciales que en los últimos meses han aflorado en los Estados Unidos.
En ese sentido, la declaración de Leonardo Calvo descubre definitivamente la alineación afroamericana contemporánea de su oposición en Cuba. Entonces las preguntas a las que yo me enfrentaría son las siguientes:
¿Qué pasaría si el gobierno de Castro le concediera “pequeños privilegios oficiales” a la población afrocubana y mestiza?
O para ponerle nombre, a los miembros de este CIR. ¿Qué pasaría entonces?
¿Qué pasaría si el régimen de La Habana le concediera representatividad en los “órganos de poder” legislativo y de gobierno a ese porciento afrocubano?
¿Qué pasaría si Raúl Castro concediera privilegios de acceso a financiamiento, educación, gobernabilidad y negocios a ese sector de raza?
¿Dejarían los afrocubanos opositores de oponerse a la dictadura, de ser opositores? ¿Le concederían entonces un tiempo de gracia a los mismos dictadores de siempre?
Es sumamente peligroso, en una nación donde los límites de raza son desconocidos y se diluyen, parcializarse de manera tan evidente, quitándole el matiz político que tiene toda oposición a una dictadura, por alinearse, convenientemente y de manera oportunista, al momento político que vive la sociedad norteamericana.
Yo no lo entiendo. ¿Es para acceder con más facilidad al financiamiento del gobierno de Obama? ¿Qué se pretende con esto?
Yo no puedo afirmar categóricamente que esa haya sido la intención, pero las palabras colocadas en un contexto tan resbaladizo y extraño dicen demasiado de las intenciones, mucho más que, incluso, las proyecciones anteriores de los que las han enunciado.
Sería muy triste y bochornoso que, después de tantas divisiones por caciquismo, personalismo e intereses financieros, precisamente con el dinero que proviene de los programas americanos de apoyo a la democracia en Cuba, apareciera una nueva división en esa oposición “gracias” a una simple alineación de raza de un sector afrocubano de esa oposición.
Los cubanos no somos negros, blancos y mestizos. Somos cubanos y punto. Y la oposición no puede hacer, como desafortunadamente dijo Sonia Garro, un trabajo social con la raza afrocubana, porque todos somos hijos de Cuba, y Cuba no es blanca o negra o mestiza.
Lograr la identidad y la unión de fuerzas. Crear un proyecto unificador. Esas son tareas de la oposición, de toda la oposición. La dictadura en Cuba no es contra una raza, sino contra un pueblo. Y tiene carácter político. Los beneficios sociales de una democracia son para todos, ¿o no?
Definir con claridad estas cosas puede abrir caminos a la oposición, pero también puede cerrárselos.
¡Cuidado!
En Cuba no hay un conflicto de razas, sino un conflicto con la democratización de una sociedad oprimida toda, cualquiera sea la raza.

Sunday, December 14, 2014

Irme de Cuba – El Regreso

El avión aterrizó en el aeropuerto José Martí a las 12 y 10 de la tarde, también volvía a ser otro Abril, cuatro años después de aquel otro, en primera y única salida de Cuba. La bienvenida fue ese palmetazo de calor asfixiante, abrumador, y una escuadra de trabajadores de inmigración, vestidos con ese uniforme verde desteñido, color “caca de niño”, que se habían colocado a los lados del pasillo por donde debíamos pasar, y nos miraban como si fuéramos visitantes de un planeta alienígena, una especie exótica de planta, o tal vez el preciado trofeo a desbancar. Se me hacía difícil calibrar cuáles eran los pensamientos, y sentimientos, que se escondían detrás de aquellos rostros, aquellas miradas.
Eramos “turistas” de Canadá, en la entrada diaria del vuelo Toronto-Habana. Especie suculenta para el desplumaje de maletas y “regalos”. Era la señal convenida, la presa fácil, el bocado para la diaria captura. ¡Tantas cosas a la vez!
En el chequeo de inmigración la mujer, aún vestida con ese uniforme deslavado, fue amable, a pesar de la sorpresa cuando le hablé en español y me identifiqué como cubano. Tres veces tuve que desinflarles las “alas” a los empleados del “José Martí”. Especialmente a una mulata que, en cuanto salí con mi carga de equipajes se dispuso, muy oronda, a interceptarme
“Este es mío”, y les guiñó el ojo a la “tropa” restante.
“Yo era de ella”. La “carga preciada” de mi equipaje estaba “en sus manos”. Yo era su “blanco”. Era la consigna. Pero no fue lo peor, lo peor ya había pasado con mi maleta de medicamentos, en la que había cargado cuanto “tesoro” vitamínico, de primeros auxilios o normal botiquín que un hogar cubano debería tener, previendo las carencias y ausencias conocidas. Entre aspirinas, tylenols, termómetros, complejo vitamínicos, curitas antisépticas, ungüentos y cuanta parafernalia de primera necesidad escondía aquella maleta, había escurrido algún chocolate y también algún caramelo ocasional de última hora.
Una hora estuvo mi maletín retenido por la aduana. “Necesitaban instrucciones”, dijeron. El mío era uno de cuatro “casos inusuales”. Entiéndase, no eran drogas, ni marihuana, ni equipamiento electrónico prohibido. Tampoco eran teléfonos satelitales ni propaganda enemiga. Las instrucciones necesarias eran para chequear las medicinas que, compradas sin necesidad de prescripción en Canadá, se hacían “sospechosas ideológicas”, al parecer.
Necesitábamos “tratamiento especial”.
Y así, a los sospechosos, nos enviaron para una pequeña habitación donde “un doctor”, con la paciencia de un mandarín chino de la dinastía Qin, nos abría las maletas y trataba de descifrar, una a una, mirándolas a trasluz a través de unos anticuados espejuelos de un plástico negro desteñido, qué eran aquellos medicamentos, qué contenían y para qué servían.
La tardanza, según la oficial de inmigración que nos acompañaba para dondequiera que nos moviéramos, era que el “doctor” no sabía inglés, por lo que teníamos que, los propios “sospechosos” del tráfico medicamentoso, teníamos que traducirle al experto de inmigración de qué “drogas alucinógenas” estábamos cargados. La oficial de inmigración, de cuando en cuando, me echaba una ojeada curiosa al rosario que se balanceaba sobre mi camisa a cuadros.
“Le gusta” ¿Lo quiere?”
Pero ella presurosa, y casi en pánico, me decía que no, y me señalaba furtivamente una cámara oculta en el techo.
Al final, luego de dos horas y mucha paciencia, las puertas de salida a La Habana se abrieron. Gracias a Dios, el cielo en Cuba seguía siendo azul.
La primera impresión de aquella post-Habana fue su ruido, y su oscuridad en la noche. También su suciedad, pero ya llegaremos a eso.
La mezcla ensordecedora de los cláxones de los autos que transitan, la gente que pasa atropellada por Neptuno, los pocos autobuses que despiden su lenguaje bravucón en su estrépito, los bicitaxis, la música en alta voz colgada de balcones y azoteas, donde se adivinan las barbacoas y la gente que grita, se apresura, discute o conversa entre balcones.
El ruido permanece en La Habana de mi post-ida como un testigo hiriente en sus noches. No importa la hora avanzada, los balcones cerrados como párpados durmientes de sus casas. En sus calles aún circulan esos monstruos almendrados de todos colores, viejas reliquias de un pasado de esplendor y vitrolas, despertando con la música de su carrera estridente a las dos de la mañana, a cualquier hora.
O la pareja que se abofetea en los mismísimos bajos del piso donde duermes, y se llama con todos sus nombres, palabras y blasfemias. Y luego la aparición tardia policial, las sirenas, las palabrotas de ambos lados, la tonfa, la vulgaridad que se adivina en su orientalidad, los gritos y chillidos, el barbarismo locuaz y el “asere” que se escupe por todas partes. La vulgaridad es el lenguaje de la calle, y es el sonido natural de Cuba.
Más tarde, cuando todo parece que la noche va a dormir su solaz y el silencio la va a cubrir con su manto, la recurrencia del siempre ocasional borracho, locuaz y jolgorioso, de los jóvenes que lanzados de la "Casa de la Música", en el antiguo cine "Jigüe", recorren Neptuno hasta la hondura del Prado, hablando alto, cojones en voz y palabras ácidas donde se adivina algo del alcohol, las anfetaminas y alguna marihuana, para seguir algún concierto de tiros, carreras locas, gritos y hasta alguna risa histérica, perdida en la bruma calurosa de la noche que despierta al día, y lo hace bostezar brumoso.
Así "amanecí" la primera noche de mi post-Habana. Sin dormir, molesto con aquel universo que no descansa ni deja hacerlo, con aquella ciudad sin ley para el sueño y tantas prohibiciones para la palabra diurna. Molesto con los ruidos, con la calle, las paredes y aquella Habana escandalosa, desvelada.
Me desperté a caminar, a descubrir “las tiendas habaneras”, los parques y calles. Sentir la vida cotidiana que se había escapado de mi vida cuatro años atrás. Era también una manera de olvidar el mal sueño, la falta de sueño.
Cuando entré a "La Epoca" lo primero que me golpeó fue el olor, y el calor. Olor a viejo, a ropa que lleva estancada o que ha sido guardada por mucho tiempo, ¡sabe Dios dónde! Aquel olor se hacía insoportable en el tercer piso, convertido en un cementerio de zapatos viejos.
Entonces me vino la memoria de aquellos "poppies" (sandalias deportivas, para los que desconozcan el argot cubano), las primeras que compré con un dinerito ganado por la izquierda, y que sólo duraron una semana de andar por La Habana. Entonces achaqué la triste noticia a la mala calidad de aquel calzado, pero hoy sabía que no era su calidad, sino su vejez en aquel almacén de zapatos ya viejos.
Y "La Epoca" es eso, un gran cementerio de mercancías viejas, olorosas al tiempo que ha estado en la tienda, y a su edad anterior, en contenedores en el puerto, o en viejos almacenes en Panamá, donde un insensible agente de gobierno lo compra a precio de lechuga, mientras se embolsilla un premio por la ganga.
La Habana se me reveló como eso, un mercado de reúso. Con sus grandes tiendas convertidas en gigantescos baúles de artículos de reúso, no reciclados, sino de reúso en la edad, por la edad.
“Flogar”, con sus maniquíes colgando desnudos, señalando en esa posición de hielo su antigüedad, un tiempo pasado que fue mejor. La pequeña cafetería de la esquina, convertida en venta al menudeo de cigarrillos y esa cola oscura barata, a precio de oro, y la alargada barra de lo que un día fue una estupenda cafetería, hoy cerrada, con los bancos redondos descascarando su vinil gris, reliquia de aquellos momentos en que estuvieron ocupados.
Cementerio de bancos grises.
Y "Fin de Siglo" haciendo merecido uso de su nombre. Oscuro, cerrado, con pocas luces, tres largas perchas donde colgaban ropas de descuento en su puerta a Galiano, y donde un grupo de mujeres removía lo removido por tantas manos, para quedarse allí, por siempre, esperando por otras manos para su próxima removida.
Todo tan depresivo. Todo tan viejo.
Siempre he sido un caminador. Recuerdo mis días de vivir en Cuba. Regresaba del trabajo a pie, pues no tenía carro entonces, ¿cuántos lo tienen en ese país? Pero a pesar del cansancio, caminar se me antojaba la forma de descubrir cada rincón de la ciudad, guardarme en el recuerdo cada esquina, charco, mal olor o aroma que recorría su geografía. Muy pocos logran conocer el alto grado de sugestión que los olores representan para nuestra imaginación, y para la memoria.
Y en el regreso hice lo mismo. Caminar.
Esta vez caminar por Monte o Reina era como volver al pasado, pero también descubrir las desoladas desapariciones físicas de algunos lugares que recordaba, que estaban todavía allí antes de irme.
Reina sigue desapareciendo. El angosto lugar de venta de libros viejos, allá en la barriga de esa ancha avenida que desemboca en Carlos III, había desaparecido. Con tristeza recordaba mi visita al lugar los fines de semana. Allí encontré muchas joyas de la literatura universal. Una de las poquísimas copias de “La Divina Comedia”, traducida al español por el argentino Bartolomé Mitre, o el “Paradiso” de Lesama Lima, cuando aún no se había publicado años mas tarde. Escritores perdidos, escondidos detrás de otros libros con timidez disimulada.
¡Tantos libros perdidos!
Las columnas siguen allí, aguantando tanta vejez, tantos años de demolición y caída, tanta humedad. Columnas descascaradas, grises, llenas de hollín y humedad. Soportando viejos edificios como bastones o muletas. Aguantando su edad, como San Lázaro.
Caminar por Monte es como retroceder en el tiempo. Impregnarse de humedad y olor a polvo húmedo, a pedazos calcinados de ciudad. Todo gris, manchado por el humo grasiento de los autos viejos, las guaguas que despiden esa pestilencia negra, como pedos ventosos de carbón y azufre, y hasta un insospechado carretón tirado por caballos.
Entre toda aquella grisura, pequeños mercados en divisas, arrinconados entre rejas, basura y puertas corredizas de metal para impedir el robo nocturno. Y el olor de humedad que te penetra por la nariz, se aloja en los pulmones y parece no abandonarte nunca.
La Habana es gris. De día por el hollín, y oscura de noche por la falta de luz.
Neptuno se hace entonces como un túnel oscuro que desemboca en un tumulto de escalones silenciosos en el “Alma Mater” de la Universidad. De vez en vez, el ruido estrepitoso de un “almendrón” con su música estridente, a toda voz, gritando la última moda melódica de erotismo ramplón. Despertando madrugadas.
“Antes de llegar al parque del Quijote, un agua albañal, sucia y podrida, con todas las gradaciones que su maloliente y fétido olor describe, te hiere el olfato y te obliga a salir al pavimento. El agua encharca toda la acera y se hace imposible cruzar. Desde que recorro este viejo caminito la conozco, y sigue corriendo con su rutinario y doloroso sonido, ensuciando la populosa avenida, sin que nadie se percate de su antiguo andar.”
Pero, ¡no! ¡No puede ser! Eso lo escribí hace cinco años atrás, en 1999. Pero sigue allí, en el mismo lugar, el mismo mal olor, la misma estampa de abandono. Y también compruebo que muchas otras líneas que escribí entonces subsisten. Como esta:
“Por la Calle J los autos esquivan el antiquísimo bache, siempre colmado de agua sucia que salpica intermitentemente la acera. Del otro lado, tres jóvenes pierden el tiempo diciéndole groseros piropos a cuanta mujer pasa por la calle, o burlándose de la ropa del que cruza, o de la nariz del anciano que recoge algo en el latón de la basura que está al lado del viejo árbol. No se sabe qué busca este hombre entre los desperdicios, unas veces recoge botellas plásticas y la mete en un viejo saco, otras abre jabas de basura podrida, buscando un mendrugo que comer. De todas formas, su vestimenta, su falta de aseo y su arrugado rostro hacen ver las heridas que el sufrimiento, la miseria y la locura le han hecho sobrevivir. Pobre viejo: sin salud, sin edad, sin esperanza para vivir que no sea buscar en un sucio contenedor de basura, y del cual se burlan los tres jóvenes continuamente, con la marginalidad y la insensible falta de escrúpulos que encierra su indiferencia ante el dolor humano.”
El viejo ya no está. Los jóvenes, quizás, se hayan marchado del país, en alguna balsa. Por ellos hay una señora que vende cigarrillos. Surcos de piel le recorren la cara, y unos ojos grises, de una edad indefinida, pero viejos y cansados.
El bache sigue donde mismo, y los autos siguen esquivando su antiguedad de podredumbre.
La Habana parece una colección de postales viejas, con parches de luz, borrones de alguna pintura dada recientemente, y hollín.
El cine de Infanta sigue esperando una edad en que lo reparen. El viejo cine de Neptuno, de asientos duros de madera, lo han convertido en un club nocturno, donde el alcohol barato, la marihuana y las pastillas vuelan en su atmósfera de humedad. De allí escapa la sobrevida que despierta a la ciudad por la madrugada.
La impresión de La Habana me sobrecoge.
Quizás los cuatro años de ausencia me han hecho olvidar la destrucción. La ciudad es sucia, la gente la puebla de papeles y basura, de olor a orine en las esquinas y rincones oscuros, donde se arraciman barbacoas y cuartuchos. Los barrenderos pasan sus viejas escobas en la mañana temprano, por las principales avenidas, pero sólo unas dos escasas horas y las calles muestran sus cicatrices de suciedad, papeles de cualquier destino las recorren como inanimados habitantes indeseados.
En Obispo, a la altura de “La Moderna Poesía”, se suceden unos pequeños depósitos verdes de basura. Algunos llenos, otros vacios, mientras por doquier el cubano lanza su despojo. No le importa que a pocos metros le espere ese recipiente verde, vacio, destinado a su desperdicio humano. Y así permanecen contenedores, muchos apilados como una concentración oscura de pestilencia y moscas, que desgarran partes turísticas de la Habana Vieja, o la arteria comercial de siempre, Neptuno, en el fondo de “La Epoca”, por los lados de “Roseland”, en las esquinas angostas del destartalado boulevard de San Rafael.
La Habana es un hervidero humano desde las siete de la mañana, que se apaga con la oscuridad y la noche. De alguna forma, pienso, la ciudad se ha ido, me ha abandonado, no existe más para mí. Ha dejado de ser “mi ciudad”. Es algo más, un espectro sin vida.
La tercera noche en mi antiguo hogar tampoco pude dormir.
Las paredes retumbaban como tambores gigantescos golpeados por algún dios molesto y roñoso. TUM TUM TUM. Los oídos parecían recoger todos los gritos inimaginables de la naturaleza inhumana de una tribu maldita, encabritada y violenta.
En el edificio de al lado, segundo piso, una tropa de santeros “celebraba” su festín de ruido y orgía de alcohol. La cuadra despierta, abrumada, sumisa a ese retoque rabioso de tambores. Nadie podía dormir. Nadie se preocupaba por quejarse. Nadie llamaba a la policía.
“¿Para qué? No les importa. Ni le hacen caso”
Describir aquella noche es como describir el horror de vivir en el último círculo del infierno de Dante. Las cornisas del techo de mi vieja casa parecían caerse en pedazos, los muebles saltaban, las pequeñas persianas de las puertas francesas del balcón parecían gritar de dolor, los muros parecían delgadas hojas de papel doblándose, quebrándose, transmitiendo el retumbar de aquella loca jornada de gritos, risas, cantos y blasfemias. Y un olor a alcohol, sangre y vómito que entraba por las rendijas de las puertas y ventanas, que no me dejaban dormir, respirar, sobrevivir la jornada.
En la mañana, los restos de la suciedad maléfica. Palomas muertas, sin cabeza en el patio. Un olor nauseabundo, a alcohol barato, impregnando las paredes de ladrillos que nos dividían geográficamente de la tribu de santeros y babalawos. Plumas sanguinolentas, botellas de ron rotas, cristales y restos de vómito de algún alma que había perdido las entrañas biliares en la orgía nocturna. Todo tan surrealista como un eco populista de aquel “Ecue Yamba O” de Carpentier, convertido en tragicomedia.
Nuestro vecino nos dijo que su casa estaba peor, viviendo en los bajos de la tropa de babalawos, sufrió los peores embates de la rabia y el fervor nocturno. La cuadra despertaba somnolienta. Era domingo, muy pocos caminaban por Neptuno y mis ojos se perdían en la bruma calurosa. No podía dormir, pero tampoco podía quedarme despierto.
La Habana entonces me pareció letal. Un escenario tercermundista de miseria. Peor que Rio y sus favelas. Peor que aquellos bajareques de chozas de Haití. Una colmena descascarada de vidas desechadas, y entonces descubrí con certidumbre por qué me había ido de aquel país, de aquella ciudad, de aquel infierno en que no se podía vivir, ni dormir, ni sobrevivir.
Cuba me había abandonado. Se había ido. Desaparecida estaba. Sus habitantes se habían transformado en estos espectros rabiosos de tambores, que lanzaban su rabia a los vientos, volando a través de las ventanas desvencijadas de estos edificios viejos, húmedos, cargados de ron, pestilencia y palomas muertas.
Una noche de brujas. Una ciudad de brujas. Un país de brujas.
En los quince días que estuve en mi país dos noches, dos fines de semana terribles estremecieron mis noches y mis días. Noches de brujas, y brujos. Espectros insomnes de un malestar social, lúdicro de rabias y resabios. Entendí entonces que me había ido de aquel país no sólo por la miseria de su vida, lo miserable de su sistema social, la pérdida inevitable de mis sueños de juventud, y la imposibilidad de ser persona.
Me fui también, y esencialmente, porque los cubanos habían perdido su existencia como seres sociales. Bestias, bestias encerradas en un país aplastado, silenciado, mudo. Arrastraban sus vidas por sus calles, enmudeciendo su rabia y la gritaban en aquellas noches de locura y dolor. Tambores de protesta silenciada en años y edades.
Esa no era la Cuba que soñaba y recordaba aquella tarde en el avión que desaparecía del contorno de mi isla, cuando Varadero se perdía entre la distancia, las nubes y la altura. El país de mi cabeza sólo existía allí, en recuerdos. El largo y estrecho archipiélago era un lugar de pesadilla, algunas de ellas perdidas entre arrecifes, aguas cristalinas, el malecón habanero y sus playas y costas.
Y los cubanos se habían perdido, transformando sus vidas en esta pesadilla aguardentosa, con aliento a festín barato. Encerradas sus subsistencias entre muros húmedos, que se derrumbaban después de cualquier pestañazo lluvioso del cielo.
Cuando tomé el avión de regreso, del verdadero regreso esta vez a mi país, a Canadá. Cuando crucé los cristales limpios del aeropuerto inmenso de Toronto, y aquel oficial me devolvió mi pasaporte canadiense y me dijo “Welcome Home.
“Welcome Home!”
Entonces, y sólo entonces, supe que mi hogar estaba aquí, en este país de cuatro estaciones. Entendí también por qué por estos lares se dice “Home is where the heart is”.
Y mi corazón está aquí.
¿Cuba? Cuba viaja conmigo. Está en mí. No tengo que mirar atrás. No hay pensamiento de culpa en mi regreso a mi hogar. Todo está conmigo. Todo está en mí. ¡Soy yo!
Allá lejos, en aquel rincón del Caribe, sólo vive un espectro.
¡Nada más!
Nota: La primera parte de esta serie se titula "El Hombre Fragmentado"