Tuesday, December 2, 2014

Quizás la muerte

Los padres queremos que el fruto de nuestro amor, el cariño y la dedicación, nuestros hijos, logren encauzar su vida en algo útil y que así florezca su virtud. Los maestros quieren que sus alumnos logren cosechar la semilla de talento, que le lograron descubrir. Los artistas desean ver su obra reconocida, sus libros vendidos y al alcance de sus lectores, sus pinturas en lugares públicos, sirviendo la función para la que fueron creadas: traer algo de belleza e inteligencia a este mundo.
Los políticos, bueno, los políticos quieren cosechar dinero, y algunos enderezar un poco este mundo retorcido nuestro. Pero todos, me imagino, quieren que mañana lo recuerden con algo de simpatía, y la memoria histórica sepan colocarlos en algún lugar decente, si no brillante y decoroso, de esa historia.
Algunos…
Los fundadores de las últimas “revoluciones” sociales, esas que crearon el cataclismo político de principios de siglo XX, me refiero a la rusa, no vieron desaparecer lo que fue su creación: aquella unión de repúblicas soviéticas, “socialistas”.
Un mundo para los obreros, una dictadura proletaria, sin ricos. ¿Sin ricos?
Fracasaron, no los ricos mercaderes de ideas, esos se retreparon en sus pantalones los ideales fundacionales (si los hubo) y se echaron a vivir la buena vida, sirviéndose a sí mismos. Mientras, el río de útiles proletarios marchaba con banderitas los primeros de mayo, las carrozas del triunfalismo, y la propaganda positivista de un futuro mejor.
¡Que no fue!
Pero al menos los creadores fundacionales de esas onomatopeyas gramaticales políticas no vieron fracasar sus sueños. Lenin murió, después de haberle mandado a cortar la cabeza a un poco más de un millón y medio de soldados blancos, en prisión o en los campos de batalla o donde los apresaran. Lo cual es muy típico de las “revoluciones”. Las cabezas cortadas, digo. La “revolución” castrista terminó en lo mismo.
Nada de juicio. La cabeza les sobraba. Pensaban demasiado y había que desechárselas. Y así murió Lenin, tartamudeando su delirio, pero no vio fracasar la unión de esclavos proletarios.
Y Stalin, y Khrushchev, y Brezhnev, aquel que a finales de su pantomima le levantaban el brazo, por detrás, y le hacían mover los labios, mientras alguien leía un discurso formulado desde el mausoleo del Lenin muerto, convertido en estatua de cera.
Al menos demostró de qué es lo que tratan estos sistemas: remplazar la realidad por una fantasía ideológica, sostenida por un harén de políticos corruptos que dicen abrazar la austeridad. No ellos, otros.
Pero, otra vez, ninguno de ellos contempló la caída estrepitosa de aquel dinosaurio rengo, que atropellaba a todo el que se interpusiera en el camino a su palacio.
Ni la unión de las repúblicas proletarias, ni consejo de ayudas mutuas satelitales, ni socialismo, ni mafias ideológicas. Todo se acabó, o se encausó para lo que siempre fue: una mafia de estado, que es lo que tenemos en Rusia con Putin.
La muerte los liberó de conocer que su parto ideológico, su hijo postizo político, desapareció. Tal vez, me dirá alguno, en el infierno le estén recordando, simpáticamente, estas verdades.
¿Y en Cuba?
Bueno, en Cuba quizás la muerte hubiera podido librar a los “fundacionales”, copistas cosechadores de vendedores de corbatas, de ese lastimoso destino. Desgraciadamente, para ellos, no ha ocurrido. Y también para los cubanos que ven, día a día, caerse en pedazos el país que recibieron en sus manos. La obra que pretendieron ejecutar, deshacerse y retroceder en el tiempo, como la más audaz aventura de un Wells criollo. Y la creación de ese “hombre nuevo”, tan profetizada en los altares comunistas, convertida en una mueca de espanto, inmoralidad y latrocinio.
La muerte no los ha salvado de verlo.
Me recuerda, en el sentido contrario de su historia pero también en su esencia, la leyenda y mito de Qin Shi Huang, aquel príncipe chino de la dinastía de los Qin.
El joven Qin, 2 300 años atrás, transformado en emperador y para uniformar al pueblo chino, le obligó a igualar sus vestimentas, las opiniones, los modos de lucha e idiomas, y su escritura. Centralizó el ejército, controló personalmente las actividades económicas y dividió al país a su propio capricho, en 36 distritos, todos dentro de sus dominios, que mantuvo bajo un control feroz. Tuvo tiempo de planificar la construcción de la Gran Muralla China, y su gigantesco mausoleo.
Ah, el mausoleo.
De carácter obsesivo y totalitario, Qin trató siempre de controlar a sus súbditos, ganándose de esa forma la animadversión de muchos de ellos, por lo que, para evitar ser asesinado, siempre debía ignorarse en cuál de sus 260 palacios se encontraba.
¿Le recuerda algo de esto a alguien en particular?
Entre las muestras de despotismo con su pueblo, Qin  destaca la de quemar todos los libros que no trataran de agricultura, medicina o profecías y, sin embargo, vindicó los libros que apoyaban su régimen, para los que creó una biblioteca imperial.
El poderoso Qin tenía un miedo patológico, obsesivo, a la muerte, por lo que trató de planificar hasta su ”inmortalidad”. Fue esta obsesión por la inmortalidad, precisamente, la que desencadenó su inevitable muerte y precipitó la rápida caída de su dinastía.
Para él, su tumba debía ser una copia de todo el universo conocido, y en ella encerrar todas las maravillas del mundo. Quería que su morada eterna fuera la más espléndida jamás construida, y que nadie pudiera profanar su descanso. Y es así que mandó a sus numerosos súbditos a construir 8 000 soldados de tamaño real, de barro, cada uno diferente al otro, formados para siempre en posición de batalla, vigilantes ante su tumba y, junto a ellos, toda una manada de bellos caballos y carros de combate.
Un ejército inmortal que le acompañaría al más allá. Para siempre, o algo así.
¿Siguen sin lograr descifrar ese nombre?
Por supuesto, Qin al menos unificó China, con atropellos, muerte y venganza, pero al final hasta dejó la muralla como símbolo de lo que fue su poder, a la que acuden millones de turistas idiotizados en pantalones cortos y con cámaras fotográficas. Al menos todos conocen la muralla, aunque no les garantizo que conozcan a quien la planificó.
El Qin caribeño, para su lastimosa muerte, no ha reservado nada de esto. Y ve como el inevitable curso de su vida, y de su propio nombre, será recordado como lo que es: un nombre maldito que causó toda la destrucción de lo que un día pusieron en sus manos, con buena fe, millones de aplaudidores de simpatías, con un sueño fantasioso de igualdad, que nunca ocurrió.
El Qin del Caribe no unificó pueblos, los dividió. Esto es lo que le queda hoy. Nada más.
Un último detalle, sin embargo, lo sigue igualando lastimosamente a Qin: buscando la inmortalidad precipitó, por sí mismo, la destrucción de su propio nombre.
Ni la muerte le concedió esa suerte.

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