Tuesday, December 9, 2014

Perros domesticados

La foto la tomé en Septiembre del 2010, mientras caminaba por el llamado “boulevard de Obispo”, que es como esa vitrina natural de contrastes de La Habana.
Entre la población flotante que pasa buscando “los mandados”, escasos, otros que curiosean esos cuchitriles de tiendas en divisas, los que se apuran a llegar a la oficina de ETECSA, allá, en lo hondo de Obispo, o los puestos de cambio de divisa, los escasos turistas del atardecer, o los que se encaminan presurosos a alcanzar el muelle para poder tomar la lancha de Regla, y encontrarse en el camino a Yemayá o a la Virgen de Regla, encontré a este perrito callejero, a los pies de un “latón de basura” postizo, de ocasión, para decirlo de algún modo, tomando quizás alguna siesta después del calor, la sed o el hambre.
Miraba a todos los que pasaban, esperando, quizás, el regalo de algún simpático caminante para matar el hambre, o tal vez la caricia pasajera de algún niño solidario con su huerfanidad callejera.
¡Quién sabe dónde dormiría esa noche! ¡Cuántos golpes habrá recibido en su vida aventurera!
Y de pronto, hoy, leyendo las noticias en los sitios cubanos, me viene a la memoria este perrito callejero, domesticado a golpes, a migajas lanzadas por un alma caritativa que pasa en su camino apurado al banco, a recoger divisas o a “jinetear” algún turista.
Ese perrito callejero se me parece tanto a estos cubanos domesticados que, en estos días, se han apurado a “echarse”, lengüita afuera, sedientos de palabras “dulces”, suplicando migajas al embajador-jefe de la Sección de Intereses de Castro en Washington, José Ramón Cabañas.
Porque son intereses de Castro, no de Cuba. Son los intereses de esa familia lo que se reparte en palabras, en migajas de pronunciamientos, en golpes bajos y compromisos corruptores.
Han recibido tantos golpes de estos mismos antipáticos “pasadores de manos”, temporales y temporeros, que vienen y van, trafican con la palabra, los compromisos y las migajas con perritos domésticos, que acuden siempre a la misma mano, no importa que le lancen un hollejo seco, un pedacito de pan insípido, o esas curiosas palabras que, casi en un susurro sibilino, parecen olvidar tantas otras, tantos golpes y tantos ingratos momentos.
Pero, ya se sabe, los perritos callejeros, huérfanos, que han vivido tantos años recibiendo migajas de miserias, como justificación ideológica de una dictadura, siguen fieles a cualquier viajero, no importa que represente la bota, la misma bota que le ha dado tantas veces los mismos golpes.
¿Qué dijo este cancerbero?”, se pregunta el perrito.
"No existen problemas de fondo hoy entre Cuba y la mayoría de sus emigrados. La gran mayoría de los cubanos que viven en el exterior desea una relación seria y respetuosa con su país"
Al cancerbero de ocasión ahora se le olvidan los golpes, las frases hirientes de “mercenarios y gusanos”, los epítetos molestos e inconvenientes, se le olvidan las piedras y las pintadas en los frentes de casas de esos “perritos” domesticados, que hoy se aparecen en su cuartel de perros.
Se le olvidan los huevos, pero bueno, esos nunca han sido suficientes, han estado siempre en falta, y a algunos nunca le han tocado de cuota “obrera”.
“No existen problemas de fondo entre Cuba y sus emigrados”.
No, no existen.
Cuba no es su gobierno. Cuba soy yo, anclado en Toronto, o el amigo que se encuentra en Madrid y abrió un pequeño mercado frente a una escuela, y vende helados. Lo conozco, vivió al lado de mi casa por treinta años.
No existen problemas entre aquellas calles habaneras que recorre este perrito. Entre esas casas despintadas, esas rejas que delimitan el pequeño portal frontal. Tampoco de los símbolos patrios que señalizan nuestra nacionalidad, nuestra pertenencia.
No existen problemas.
No existe problema alguno con la poesía, los versos martianos, la palabra que Cecilia le decía a Leonardo en una tarde acrisolada del siglo XIX, ni de aquellas embestidas mambisas contra el poder español.
No existe problema con la geografía, el contorno verde de nuestra isla, sus aguas cristalinas, los caracoles que se arraciman en sus playas. Ni tampoco con Varadero, aunque nos lo hayan llenado de turistas con pantalones cortos y goma de mascar en los labios, que sólo se interesan por la mulata, el ron y el tabaco moreno.
No existe problema con su música, esa música contagiosa, arrabalera, que se introduce por nuestras células y nos hace bailar, sudar, apretar nuestra novia, o mujer, en cualquier rincón, y besar, y amar y escribir versos.
No existe ningún problema, porque todo eso es Cuba, pero no es su gobierno.
Y con Cuba los emigrados, exiliados, escapados, idos, y reunidos, lanzados al mar o a la geografía internacional, dondequiera que estemos, todos, hemos tenido y tenemos una relación seria, una relación de amor y cariño, una relación que se mantiene, se ha mantenido y se mantendrá por siempre.
Cuba no nos ha abandonado, porque Cuba no es su gobierno.
¡Con el gobierno sí hay muchos problemas!
¡Todos!
Pero, quizás, al cancerbero ocasional de ese gobierno le sea difícil comprenderlo. Sólo conoce una relación con estos “perritos domesticados”, que acuden a la cancillería a recibir las migajas ideológicas de fidelidad huérfana. Que aplauden palabras vanas, consignas desgastadas en los tacones presurosos de esos que, tantas veces, ¡por Dios!, ¡cuántas veces!, le han dado puntapiés después del almuerzo frugal, la copa apurada, y las palabras de compromiso ausente.
Los perritos siempre miran con esa mirada de dulzura acontecida. Mueven la cola, bajan la cabeza sumisa, y lengüetean los mismos zapatos lustrosos hoy, botas ayer.
No importa los golpes, las tantas ocasiones de golpes. El dinero enviado, las cuotas de sudor y de trabajo para conseguir una estampa de fidelidad, y que las puertas, naturales del país, se le abran, cerradas con los candados artificiales de un gobierno corrupto, y que corrompe.
Han corrompido el corazón tierno de ese perrito amaestrado. Lo han vuelto sumiso, sin dientes para morder, y con sólo esa larga lengua sedienta de palabras adulzadas.
Pobre perrito, echado en el portal eterno de su propia casa. Expulsado, pulgoso, sediento, con la lengua afuera y un corazón tierno, volando por todas partes, que se ha amargado por el pesar de tantos pensamientos viejos.
¡Le han hecho tantas promesas y tan pocas se han cumplido!
Hoy acuden en tropel. Y siguen ahí, en la puerta, delante de las rejas de su propia casa, pidiendo y suplicando un permiso que no tienen que pedir.
¿Cuál es su precio? ¿Cuál es el cebo que deben morder, masticar, acaramelar en su encía desdentada?
Una cartita de fidelidad, un compromiso y una petición contra algunos embargos, espías y aplaudidores norteños, que se pudren por su propia culpa en algún agujero.
Lo firmarán, y volverán a estar ahí, echados, esperando el próximo puntapié, la próxima patada.
¡A un corazón amancebado a golpes no le queda una gota de sangre heroica para la necesaria dentellada!
¡Pobre perrito!

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