Wednesday, December 31, 2014

Paisaje después de la pos-Habana

Parecía que todo cambiaba. Las veletas también tornaron sus flechas hacia algún costado, al oeste del Kremlin, los vientos huracanados desaparecieron de las plazas, las palabras alcanzaron algún otro significado que, no obstante, se hacía difícil calcular, algunos gestos hicieron pensar en la esperanza.
Enterradas están. Cavadas por el pico del avestruz que nunca ha querido ver, y ha terminado siempre ocultando su cabeza en las arenas corredizas de las playas, en alguna zona cómoda de hoteles y Varadero. La Habana no se vistió de nuevo, tuvo la misma casaca verde, colgada de aquel perchero ideológico de hace muchos años, cuando se renovaron algunos ritos, y se institucionalizaron algunas banalidades.
Pero para algunos, debía decir para muchos, comenzó su existencia esta pos Habana del mercadeo mediático, del fin de la historia y de los comienzos de una nueva era en las relaciones internacionales, del oeste.
¿Cuántos aplaudieron? ¿Cuántos condenaron? ¿Cuántos pidieron una mínima señal de distención entre la familia dividida?
Poco duró.
La Habana amaneció el 30 de Diciembre con arrestos, golpes de cinco horas en puertas que desafiaban, entre el reto artístico y la irreverencia política, una pintura antigua de intransigencia encallada en la historia. Y alguna plaza, la misma, que en muchas ocasiones se declaró “del pueblo” volvió a definirse como de los paramilitares.
Se paralizó el corazón ideológico de un régimen antiguo. Se llenó la explanada de prensa y las botas oscuras volvieron a circular, enrarecer el asfalto donde tantos actos han acuñado relevancias que se las ha llevado los vientos de la historia, los cambios y “reformas”. Ya no queda nada de ellas, son como hojas secas en un otoño que no existe, en un país de sólo una estación política inamovible: el castrismo.
Es patético ver el accionar de un gobierno que moviliza medio batallón de represores para evitar que una mujer hable por un micrófono, una artista que no empuña una bala, ni calza una pistola humeante. Me recuerda la histeria brujera de la edad media, de cierta edad media de dictaduras religiosas infernales. Las hogueras hirvientes de brujos e incineradores de almas. Los inquisidores de diferencias, los gritos de las víctimas, los ojos sanguinolentos de los que atizaban el fuego, aún con la conciencia de su crimen, pero con la hipnoticidad de la ignorancia del momento.
Un Siglo XXI en una pos Habana de brujas, e inquisidores. Pero hubo algunas diferencias.
Tania Bruguera, curioso nombre que nos remite a aquellos lares antiguos y nos hace recordar las cenizas remanentes de los castigos en la hoguera española, está silenciada, aparentemente, en un traje gris entre rejas… como esperando el martirio, la hoguera, la rabia del verdugo, los gritos de condenación de la chusma.
Lo más patético del tablado de esta inquisición medieval-caribeña es que, al parecer, no pueden ya movilizar coherentemente los tumultos. No están seguros de su capacidad de “revolución”, de su poder de aglutinar condena y, mucho más importante, de arracimar razones para contener preguntas, delinear respuestas, exponer con claridad y decencia un proyecto.
¿Existió alguna vez?
Es la pregunta que despega de las llamas sulfurosas de esta hoguera castrense.
Lo que les queda es el puñado de "aseres" para dar golpes y palos. Soldados del grito, la porra y la chismería. Asalariados del brete. Gritadores de blasfemias y desencantos. Y, al parecer, tampoco le quedan "fulanos" intelectuales, y artistas, en su convite de sinrazones.
La unión defenestrada de artistas calificó el tablado de “provocación” al entendimiento de Norteamérica y el castrismo. Me pregunto si no será el preámbulo para coartar la continuación de este “diálogo” que siempre ha sido de sordos. No podemos olvidar que los paisajes no se renuevan de la noche a la mañana, y se erosionan con el acontecer “humano”, con el lastre de viejos rencores y viejas tácticas.
Pero, a pesar de algunos “desencantos”, queda el resto coherente de un buen resultado a toda esta pachanga del micrófono: se ha demostrado que esa plaza es sólo para los paramilitares. Ya no es del pueblo, ya no es de Martí, quien mira con vergüenza la verde satrapía que le impide alcanzar la voz de los cubanos.
Los ojos miran una plaza vacía, colmada de prensa internacional, rodeada de este asalariado acerado de botas. Chusma totalitaria en que se ha tornado La Habana posmodernista, pos embargo, y sin embargo. Algunos asistentes a la pachanga resuman decepciones, el NYT entre ellos. O debiera haber dicho, sólo el NYT de todos ellos.
“Decepcionante, pero no sorprendente”, dice hoy.
Las palabras se quedan cortas, o destilan una rabia entrecortada, o tal vez una indiferencia de descuido. Este escribidor de suerte llamó a nuestro conflicto como peor que el de “israelíes y palestinos”, suerte de cercano oriente caribeño. Lo cual denota lo mal informado y estructurado que está su conocimiento. Viajó a la pos Habana, conversó, y se marchó. Turismo para recoger algunas palabras.
Los cubanos no somos palestinos ni israelíes. Lo hemos demostrado por cincuenta y seis años. En cuanto tenemos la más mínima oportunidad, y nos acercamos, no deja de faltar la curiosidad, el encuentro afectivo y hasta el entendimiento. El diferendo está en el poder, en las ramas del árbol, lejos de la raíz y los zumos.
Y tampoco es decepcionante el suceso de esta pos Habana. Era previsible para los mismos cubanos. Lo conocemos todos, al menos lo que hemos vivido en el monstruo y le conocemos sus entrañas. Y el monstruo no es la Norteamérica de Lincoln, sino las ramas de este árbol viejo de Cutting que fallece en aquella plaza, sitiado.
Algunas mentes adormecidas, o perturbadas, pero con intenciones de edulcorada narcoticidad han querido situarse desde lejos, vivir desde el balcón aquella plaza, la calle ruidosa, las marchas solemnes.
“Desde la Plaza de la revolución”, le llaman. Un carnaval de mayúsculas y minúsculas, pero aún con el mismo nombre. No se percatan que esa “revolución” amaneció quemada un domingo de lecturas, en una Biblioteca Nacional, donde todo era a favor de la hoguera o contra la hoguera, sin contrastes. El hacedor entonces hoy guarda silencio.
Y significa.
No pronuncio, no reclamo nada. Debió estar en ese silencio siempre. Pero estas “confusiones” temerarias que algunos quieren guardar, como sacando el dedo del resplandor de la llama para ni sentir su calor quemante provoca asco, y como mínimo desprecio.
Esta intelectualidad de “baja intensidad”, esta bochornosa hojarasca escribidora de poemas y libros intrascendentes de la pos Habana, es la deudora de aquella plaza, de lo sucedido en aquella plaza tantas veces. Es su consecuencia. Son los resultados de aquellos encuentros masivos de grito y chusma, de consignas y hogueras incendiarias, de cuentos y leyendas políticas que contrajeron deudas de silencio, crímenes de olvido y compromisos de culpabilidad licenciosa.
Por eso callan, y sus testimonios describen un paisaje a medias donde abundan las preguntas, algunas, y saltan las evidencias inexistentes. Eludir el monstruo, recorrer las rutas tranquilas de la mansedumbre equinoccial del que disiente para agradar, y silencia para no obtener desagravios. Este cachumbambé de peripecias estilísticas es lo que nos sobra en este “fin de siglo” en La Habana, o suerte de final de conflicto.
Nada ha cambiado. Nada cambiará en el futuro cercano. Se puede, incluso, atropellar la conjetura y pensar que tendremos una saga cuartelaría al estilo Gross a lo Bruguera. ¡Quién sabe!
Los afeites no cambian los antiguos inquisidores, y la vejez es una máscara difícil de maquillar, ocultar cicatrices, suturar antiguas escaras. Las botas siguen golpeando las mismas calles y plazas. Las palabras, aún con afeites y afectaciones, siguen teniendo los mismos significados. El diccionario político tampoco se transforma y reconvierte, es el mismo.
Hay un detalle que sigue siendo un misterio, que quizás se devele en algún momento futuro, tal vez con las visitas de los altos funcionarios de la administración americana en Enero. A Bruguera se le permitió entrar al país, se le recibió en los aposentos culturales del poder, acudió a algunos despachos de inquisidores, se le “aconsejó”, se le abofeteó virtualmente en las redes, se le condenó como bruja mediática de antemano, y golpearon cinco horas de tormento en su puerta. Todo eso, ¿para qué?
Usted puede sacar cualquier conclusión sensata. Yo tengo mis respuestas.

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