Friday, December 5, 2014

Motembo: historia de un regreso

Yo también estuve en Motembo. Yo también recolecté, pocas, calurosas guayabas rojas de los interminables surcos bajo el sol abrazador de agosto. En esas cortas semanas Cuba es como un sartén tropical, cocinándonos los cuerpos y abrasándonos la respiración.
Sin camisa, con la idea loca de que el sol del campo podía ponerme la piel morena, en aquellos días juveniles en que envidiaba ser menos blanco y más trigueño, y cambiar esas guedejas rubias por el pelo oscuro. Motembo era la playa obligada de frutas.
Eran campos interminables de guayaba, mangos de todo tipo, mamey amarillo, riquísimo para hacer un dulce casero, como el que preparaba mi abuela, y mamey rojo. También la dulce fruta bomba y el níspero. Alguien decía que el níspero, aunque no muy bueno en ese lugar, se cultivaba porque era la fruta del “jeque tropical”, ya saben, el loquero de estado
De todas formas, Motembo era el paraíso de la fruta cubana tropical. Cerca quedaban los baños curativos, y sulfurosos, de Elguea, y un poco más arriba una playa, en aquel entonces cenagosa, con arenas que al primer paso se hundía hasta los tobillos de un cieno gris, con olor a azufre.
Fueron quince días de las vacaciones, obligados a acudir a trabajar en el campo. No era una fiesta, y tratábamos de pasarla lo mejor que podíamos. La productividad era poca, la eficiencia mucho menos, y los gastos de transportar aquella muchachada, a la que no le quedaba más remedio que acudir, la alimentación y el acomodo mínimo eran superiores a lo que nuestras manos producían al final de la jornada.
En la noche, sólo acudir a un pequeño batey cercano que tenía un pequeño club campesino, con techo de guano, y un televisor en colores, recuerdo que japonés, sanyo. Unos colores desteñidos, y una programación harto aburrida. Los más nos dedicábamos a noviar.
El fin de semana nos escapábamos para Elguea, o quizás para aquella playa que creo se llamaba “El Salto”, y de la que he visto fotos con una arena blanca. Quizás la memoria me falle del lugar, pero lo que recuerdo era aquel caserío casi al borde del agua, con un pequeño remanso de arena oscura, y el agua contorneándose entre el cieno que arrastraba, y ese olor a azufre, pegajoso, que lo envolvía todo: polvo, maderas húmedas, cristales, ventanas, ropa y gente.
No volví nunca más a Motembo.
De recuerdos sólo me llevé sus frutas, escondidas entre pantalones, calzoncillos y camisas. Los mangos colgaban desde las matas con sus colores brillantes. Exquisito era uno que le llamábamos “mango compota”. Pequeño, casi que lo cubrías con tus dos manos, rojo encendido en la corona, y un amarillo albaricoque en la punta, por donde lo mordías, después de apretarlo, y lo chupabas como una pequeña lata de compota de mango. Se volvía todo pulpa, néctar puro de los dioses tropicales. Oloroso y tibio, dulce.
Lo recolectaban para la fábrica de néctar de mango, que se exportaba casi en su totalidad para el medio oriente, y los países árabes.
Nosotros lo “importábamos” para nuestras papilas, y las comelatas de frutas que organizábamos a escondidas, mientras haraganeábamos y nos reíamos de los planes estatales, los informes de productividad, y toda la burocracia que escondía aquella improductividad planificada.
De regreso a casa, después de aquellos obligatorios quince días, arrastrábamos maletines llenos de fruta bomba, mangos y guayabas, mientras íbamos deshaciéndonos de la ropa sucia, inútil, a no ser de la imprescindible para ocultar el tesoro natural cubano, del que no encontrábamos en la ciudad: las frutas.
Los quince días de vacaciones de Motembo fueron eso.
Años después, aquellos planes frutales demostraron lo inevitable: su improductividad. Y desaparecieron.
He leído por algún lugar, y he visto sus fotos, los baños curativos, “milagrosos”, de Elguea destruidos. Rotas sus fuentes y pocetas. Construcciones que se caen en pedazos.
Y por ahí, por internet, he descubierto las arenas de “El Salto”, recambiadas, y reconvertidas en paraíso de turismo… como tantas cosas.
Hoy leo que una compañía australiana, la MEO Australia Limited, acaba de firmar un convenio con el gobierno cubano para cambiar, lo que un día fueron los planes voluntaristas de frutas, en torretas de extraer petróleo sulfuroso.
Los mangos, guayabas y mameyes retornarán a su pasado. Motembo deja de ser hectáreas y más hectáreas de frutas de maravillas, y retorna al oro negro. Después de todo, fue allí donde, en 1881, se construyó el primer extractor de ese líquido.
¡Ironías del destino!
Quizás nunca debió cambiar, o quizás debió cambiar y quedarse como la maravilla de las frutas. Pero ninguna la disfrutábamos los cubanos. Los convenios petroleros se firman como papel mojado. Compañías extranjeras entran y salen de Cuba, pero el país sigue sin tener frutas en sus mercados, y el petróleo se cambia por dinero, y el dinero, no se sabe por qué se cambia… o se sabe demasiado..
Desaparecieron de Motembo toda aquella planicie frutal, y también de Trinidad, la villa de donde eran los campos infinitos de marañones.
Desaparecieron.
¿Cuántos cultivan las tierras en Cuba y cuántos las dejan de cultivar?
Se dice que los primeros que se fueron del país fueron los burgueses, pero yo recuerdo que muchos de los que también se fueron, junto a aquella marea de “burgueses”, también eran guajiros, algunos con no muy buena letra, ni muy buen currículo literario, pero que no querían saber nada del comunismo.
Y con razón.
Y de aquellos “mameyes” recogimos estos “marañones”.
Motembo regresa a su historia antigua, pero Cuba no regresa a su normalidad. Y los campos donde ayer se cultivaban frutas, por planes voluntaristas de un enemigo ancestral de la propiedad, hoy permanecen improductivos, llenos de hierbas y abandonados.
¿Hasta cuándo?

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