Sunday, December 14, 2014

Irme de Cuba – El Regreso

El avión aterrizó en el aeropuerto José Martí a las 12 y 10 de la tarde, también volvía a ser otro Abril, cuatro años después de aquel otro, en primera y única salida de Cuba. La bienvenida fue ese palmetazo de calor asfixiante, abrumador, y una escuadra de trabajadores de inmigración, vestidos con ese uniforme verde desteñido, color “caca de niño”, que se habían colocado a los lados del pasillo por donde debíamos pasar, y nos miraban como si fuéramos visitantes de un planeta alienígena, una especie exótica de planta, o tal vez el preciado trofeo a desbancar. Se me hacía difícil calibrar cuáles eran los pensamientos, y sentimientos, que se escondían detrás de aquellos rostros, aquellas miradas.
Eramos “turistas” de Canadá, en la entrada diaria del vuelo Toronto-Habana. Especie suculenta para el desplumaje de maletas y “regalos”. Era la señal convenida, la presa fácil, el bocado para la diaria captura. ¡Tantas cosas a la vez!
En el chequeo de inmigración la mujer, aún vestida con ese uniforme deslavado, fue amable, a pesar de la sorpresa cuando le hablé en español y me identifiqué como cubano. Tres veces tuve que desinflarles las “alas” a los empleados del “José Martí”. Especialmente a una mulata que, en cuanto salí con mi carga de equipajes se dispuso, muy oronda, a interceptarme
“Este es mío”, y les guiñó el ojo a la “tropa” restante.
“Yo era de ella”. La “carga preciada” de mi equipaje estaba “en sus manos”. Yo era su “blanco”. Era la consigna. Pero no fue lo peor, lo peor ya había pasado con mi maleta de medicamentos, en la que había cargado cuanto “tesoro” vitamínico, de primeros auxilios o normal botiquín que un hogar cubano debería tener, previendo las carencias y ausencias conocidas. Entre aspirinas, tylenols, termómetros, complejo vitamínicos, curitas antisépticas, ungüentos y cuanta parafernalia de primera necesidad escondía aquella maleta, había escurrido algún chocolate y también algún caramelo ocasional de última hora.
Una hora estuvo mi maletín retenido por la aduana. “Necesitaban instrucciones”, dijeron. El mío era uno de cuatro “casos inusuales”. Entiéndase, no eran drogas, ni marihuana, ni equipamiento electrónico prohibido. Tampoco eran teléfonos satelitales ni propaganda enemiga. Las instrucciones necesarias eran para chequear las medicinas que, compradas sin necesidad de prescripción en Canadá, se hacían “sospechosas ideológicas”, al parecer.
Necesitábamos “tratamiento especial”.
Y así, a los sospechosos, nos enviaron para una pequeña habitación donde “un doctor”, con la paciencia de un mandarín chino de la dinastía Qin, nos abría las maletas y trataba de descifrar, una a una, mirándolas a trasluz a través de unos anticuados espejuelos de un plástico negro desteñido, qué eran aquellos medicamentos, qué contenían y para qué servían.
La tardanza, según la oficial de inmigración que nos acompañaba para dondequiera que nos moviéramos, era que el “doctor” no sabía inglés, por lo que teníamos que, los propios “sospechosos” del tráfico medicamentoso, teníamos que traducirle al experto de inmigración de qué “drogas alucinógenas” estábamos cargados. La oficial de inmigración, de cuando en cuando, me echaba una ojeada curiosa al rosario que se balanceaba sobre mi camisa a cuadros.
“Le gusta” ¿Lo quiere?”
Pero ella presurosa, y casi en pánico, me decía que no, y me señalaba furtivamente una cámara oculta en el techo.
Al final, luego de dos horas y mucha paciencia, las puertas de salida a La Habana se abrieron. Gracias a Dios, el cielo en Cuba seguía siendo azul.
La primera impresión de aquella post-Habana fue su ruido, y su oscuridad en la noche. También su suciedad, pero ya llegaremos a eso.
La mezcla ensordecedora de los cláxones de los autos que transitan, la gente que pasa atropellada por Neptuno, los pocos autobuses que despiden su lenguaje bravucón en su estrépito, los bicitaxis, la música en alta voz colgada de balcones y azoteas, donde se adivinan las barbacoas y la gente que grita, se apresura, discute o conversa entre balcones.
El ruido permanece en La Habana de mi post-ida como un testigo hiriente en sus noches. No importa la hora avanzada, los balcones cerrados como párpados durmientes de sus casas. En sus calles aún circulan esos monstruos almendrados de todos colores, viejas reliquias de un pasado de esplendor y vitrolas, despertando con la música de su carrera estridente a las dos de la mañana, a cualquier hora.
O la pareja que se abofetea en los mismísimos bajos del piso donde duermes, y se llama con todos sus nombres, palabras y blasfemias. Y luego la aparición tardia policial, las sirenas, las palabrotas de ambos lados, la tonfa, la vulgaridad que se adivina en su orientalidad, los gritos y chillidos, el barbarismo locuaz y el “asere” que se escupe por todas partes. La vulgaridad es el lenguaje de la calle, y es el sonido natural de Cuba.
Más tarde, cuando todo parece que la noche va a dormir su solaz y el silencio la va a cubrir con su manto, la recurrencia del siempre ocasional borracho, locuaz y jolgorioso, de los jóvenes que lanzados de la "Casa de la Música", en el antiguo cine "Jigüe", recorren Neptuno hasta la hondura del Prado, hablando alto, cojones en voz y palabras ácidas donde se adivina algo del alcohol, las anfetaminas y alguna marihuana, para seguir algún concierto de tiros, carreras locas, gritos y hasta alguna risa histérica, perdida en la bruma calurosa de la noche que despierta al día, y lo hace bostezar brumoso.
Así "amanecí" la primera noche de mi post-Habana. Sin dormir, molesto con aquel universo que no descansa ni deja hacerlo, con aquella ciudad sin ley para el sueño y tantas prohibiciones para la palabra diurna. Molesto con los ruidos, con la calle, las paredes y aquella Habana escandalosa, desvelada.
Me desperté a caminar, a descubrir “las tiendas habaneras”, los parques y calles. Sentir la vida cotidiana que se había escapado de mi vida cuatro años atrás. Era también una manera de olvidar el mal sueño, la falta de sueño.
Cuando entré a "La Epoca" lo primero que me golpeó fue el olor, y el calor. Olor a viejo, a ropa que lleva estancada o que ha sido guardada por mucho tiempo, ¡sabe Dios dónde! Aquel olor se hacía insoportable en el tercer piso, convertido en un cementerio de zapatos viejos.
Entonces me vino la memoria de aquellos "poppies" (sandalias deportivas, para los que desconozcan el argot cubano), las primeras que compré con un dinerito ganado por la izquierda, y que sólo duraron una semana de andar por La Habana. Entonces achaqué la triste noticia a la mala calidad de aquel calzado, pero hoy sabía que no era su calidad, sino su vejez en aquel almacén de zapatos ya viejos.
Y "La Epoca" es eso, un gran cementerio de mercancías viejas, olorosas al tiempo que ha estado en la tienda, y a su edad anterior, en contenedores en el puerto, o en viejos almacenes en Panamá, donde un insensible agente de gobierno lo compra a precio de lechuga, mientras se embolsilla un premio por la ganga.
La Habana se me reveló como eso, un mercado de reúso. Con sus grandes tiendas convertidas en gigantescos baúles de artículos de reúso, no reciclados, sino de reúso en la edad, por la edad.
“Flogar”, con sus maniquíes colgando desnudos, señalando en esa posición de hielo su antigüedad, un tiempo pasado que fue mejor. La pequeña cafetería de la esquina, convertida en venta al menudeo de cigarrillos y esa cola oscura barata, a precio de oro, y la alargada barra de lo que un día fue una estupenda cafetería, hoy cerrada, con los bancos redondos descascarando su vinil gris, reliquia de aquellos momentos en que estuvieron ocupados.
Cementerio de bancos grises.
Y "Fin de Siglo" haciendo merecido uso de su nombre. Oscuro, cerrado, con pocas luces, tres largas perchas donde colgaban ropas de descuento en su puerta a Galiano, y donde un grupo de mujeres removía lo removido por tantas manos, para quedarse allí, por siempre, esperando por otras manos para su próxima removida.
Todo tan depresivo. Todo tan viejo.
Siempre he sido un caminador. Recuerdo mis días de vivir en Cuba. Regresaba del trabajo a pie, pues no tenía carro entonces, ¿cuántos lo tienen en ese país? Pero a pesar del cansancio, caminar se me antojaba la forma de descubrir cada rincón de la ciudad, guardarme en el recuerdo cada esquina, charco, mal olor o aroma que recorría su geografía. Muy pocos logran conocer el alto grado de sugestión que los olores representan para nuestra imaginación, y para la memoria.
Y en el regreso hice lo mismo. Caminar.
Esta vez caminar por Monte o Reina era como volver al pasado, pero también descubrir las desoladas desapariciones físicas de algunos lugares que recordaba, que estaban todavía allí antes de irme.
Reina sigue desapareciendo. El angosto lugar de venta de libros viejos, allá en la barriga de esa ancha avenida que desemboca en Carlos III, había desaparecido. Con tristeza recordaba mi visita al lugar los fines de semana. Allí encontré muchas joyas de la literatura universal. Una de las poquísimas copias de “La Divina Comedia”, traducida al español por el argentino Bartolomé Mitre, o el “Paradiso” de Lesama Lima, cuando aún no se había publicado años mas tarde. Escritores perdidos, escondidos detrás de otros libros con timidez disimulada.
¡Tantos libros perdidos!
Las columnas siguen allí, aguantando tanta vejez, tantos años de demolición y caída, tanta humedad. Columnas descascaradas, grises, llenas de hollín y humedad. Soportando viejos edificios como bastones o muletas. Aguantando su edad, como San Lázaro.
Caminar por Monte es como retroceder en el tiempo. Impregnarse de humedad y olor a polvo húmedo, a pedazos calcinados de ciudad. Todo gris, manchado por el humo grasiento de los autos viejos, las guaguas que despiden esa pestilencia negra, como pedos ventosos de carbón y azufre, y hasta un insospechado carretón tirado por caballos.
Entre toda aquella grisura, pequeños mercados en divisas, arrinconados entre rejas, basura y puertas corredizas de metal para impedir el robo nocturno. Y el olor de humedad que te penetra por la nariz, se aloja en los pulmones y parece no abandonarte nunca.
La Habana es gris. De día por el hollín, y oscura de noche por la falta de luz.
Neptuno se hace entonces como un túnel oscuro que desemboca en un tumulto de escalones silenciosos en el “Alma Mater” de la Universidad. De vez en vez, el ruido estrepitoso de un “almendrón” con su música estridente, a toda voz, gritando la última moda melódica de erotismo ramplón. Despertando madrugadas.
“Antes de llegar al parque del Quijote, un agua albañal, sucia y podrida, con todas las gradaciones que su maloliente y fétido olor describe, te hiere el olfato y te obliga a salir al pavimento. El agua encharca toda la acera y se hace imposible cruzar. Desde que recorro este viejo caminito la conozco, y sigue corriendo con su rutinario y doloroso sonido, ensuciando la populosa avenida, sin que nadie se percate de su antiguo andar.”
Pero, ¡no! ¡No puede ser! Eso lo escribí hace cinco años atrás, en 1999. Pero sigue allí, en el mismo lugar, el mismo mal olor, la misma estampa de abandono. Y también compruebo que muchas otras líneas que escribí entonces subsisten. Como esta:
“Por la Calle J los autos esquivan el antiquísimo bache, siempre colmado de agua sucia que salpica intermitentemente la acera. Del otro lado, tres jóvenes pierden el tiempo diciéndole groseros piropos a cuanta mujer pasa por la calle, o burlándose de la ropa del que cruza, o de la nariz del anciano que recoge algo en el latón de la basura que está al lado del viejo árbol. No se sabe qué busca este hombre entre los desperdicios, unas veces recoge botellas plásticas y la mete en un viejo saco, otras abre jabas de basura podrida, buscando un mendrugo que comer. De todas formas, su vestimenta, su falta de aseo y su arrugado rostro hacen ver las heridas que el sufrimiento, la miseria y la locura le han hecho sobrevivir. Pobre viejo: sin salud, sin edad, sin esperanza para vivir que no sea buscar en un sucio contenedor de basura, y del cual se burlan los tres jóvenes continuamente, con la marginalidad y la insensible falta de escrúpulos que encierra su indiferencia ante el dolor humano.”
El viejo ya no está. Los jóvenes, quizás, se hayan marchado del país, en alguna balsa. Por ellos hay una señora que vende cigarrillos. Surcos de piel le recorren la cara, y unos ojos grises, de una edad indefinida, pero viejos y cansados.
El bache sigue donde mismo, y los autos siguen esquivando su antiguedad de podredumbre.
La Habana parece una colección de postales viejas, con parches de luz, borrones de alguna pintura dada recientemente, y hollín.
El cine de Infanta sigue esperando una edad en que lo reparen. El viejo cine de Neptuno, de asientos duros de madera, lo han convertido en un club nocturno, donde el alcohol barato, la marihuana y las pastillas vuelan en su atmósfera de humedad. De allí escapa la sobrevida que despierta a la ciudad por la madrugada.
La impresión de La Habana me sobrecoge.
Quizás los cuatro años de ausencia me han hecho olvidar la destrucción. La ciudad es sucia, la gente la puebla de papeles y basura, de olor a orine en las esquinas y rincones oscuros, donde se arraciman barbacoas y cuartuchos. Los barrenderos pasan sus viejas escobas en la mañana temprano, por las principales avenidas, pero sólo unas dos escasas horas y las calles muestran sus cicatrices de suciedad, papeles de cualquier destino las recorren como inanimados habitantes indeseados.
En Obispo, a la altura de “La Moderna Poesía”, se suceden unos pequeños depósitos verdes de basura. Algunos llenos, otros vacios, mientras por doquier el cubano lanza su despojo. No le importa que a pocos metros le espere ese recipiente verde, vacio, destinado a su desperdicio humano. Y así permanecen contenedores, muchos apilados como una concentración oscura de pestilencia y moscas, que desgarran partes turísticas de la Habana Vieja, o la arteria comercial de siempre, Neptuno, en el fondo de “La Epoca”, por los lados de “Roseland”, en las esquinas angostas del destartalado boulevard de San Rafael.
La Habana es un hervidero humano desde las siete de la mañana, que se apaga con la oscuridad y la noche. De alguna forma, pienso, la ciudad se ha ido, me ha abandonado, no existe más para mí. Ha dejado de ser “mi ciudad”. Es algo más, un espectro sin vida.
La tercera noche en mi antiguo hogar tampoco pude dormir.
Las paredes retumbaban como tambores gigantescos golpeados por algún dios molesto y roñoso. TUM TUM TUM. Los oídos parecían recoger todos los gritos inimaginables de la naturaleza inhumana de una tribu maldita, encabritada y violenta.
En el edificio de al lado, segundo piso, una tropa de santeros “celebraba” su festín de ruido y orgía de alcohol. La cuadra despierta, abrumada, sumisa a ese retoque rabioso de tambores. Nadie podía dormir. Nadie se preocupaba por quejarse. Nadie llamaba a la policía.
“¿Para qué? No les importa. Ni le hacen caso”
Describir aquella noche es como describir el horror de vivir en el último círculo del infierno de Dante. Las cornisas del techo de mi vieja casa parecían caerse en pedazos, los muebles saltaban, las pequeñas persianas de las puertas francesas del balcón parecían gritar de dolor, los muros parecían delgadas hojas de papel doblándose, quebrándose, transmitiendo el retumbar de aquella loca jornada de gritos, risas, cantos y blasfemias. Y un olor a alcohol, sangre y vómito que entraba por las rendijas de las puertas y ventanas, que no me dejaban dormir, respirar, sobrevivir la jornada.
En la mañana, los restos de la suciedad maléfica. Palomas muertas, sin cabeza en el patio. Un olor nauseabundo, a alcohol barato, impregnando las paredes de ladrillos que nos dividían geográficamente de la tribu de santeros y babalawos. Plumas sanguinolentas, botellas de ron rotas, cristales y restos de vómito de algún alma que había perdido las entrañas biliares en la orgía nocturna. Todo tan surrealista como un eco populista de aquel “Ecue Yamba O” de Carpentier, convertido en tragicomedia.
Nuestro vecino nos dijo que su casa estaba peor, viviendo en los bajos de la tropa de babalawos, sufrió los peores embates de la rabia y el fervor nocturno. La cuadra despertaba somnolienta. Era domingo, muy pocos caminaban por Neptuno y mis ojos se perdían en la bruma calurosa. No podía dormir, pero tampoco podía quedarme despierto.
La Habana entonces me pareció letal. Un escenario tercermundista de miseria. Peor que Rio y sus favelas. Peor que aquellos bajareques de chozas de Haití. Una colmena descascarada de vidas desechadas, y entonces descubrí con certidumbre por qué me había ido de aquel país, de aquella ciudad, de aquel infierno en que no se podía vivir, ni dormir, ni sobrevivir.
Cuba me había abandonado. Se había ido. Desaparecida estaba. Sus habitantes se habían transformado en estos espectros rabiosos de tambores, que lanzaban su rabia a los vientos, volando a través de las ventanas desvencijadas de estos edificios viejos, húmedos, cargados de ron, pestilencia y palomas muertas.
Una noche de brujas. Una ciudad de brujas. Un país de brujas.
En los quince días que estuve en mi país dos noches, dos fines de semana terribles estremecieron mis noches y mis días. Noches de brujas, y brujos. Espectros insomnes de un malestar social, lúdicro de rabias y resabios. Entendí entonces que me había ido de aquel país no sólo por la miseria de su vida, lo miserable de su sistema social, la pérdida inevitable de mis sueños de juventud, y la imposibilidad de ser persona.
Me fui también, y esencialmente, porque los cubanos habían perdido su existencia como seres sociales. Bestias, bestias encerradas en un país aplastado, silenciado, mudo. Arrastraban sus vidas por sus calles, enmudeciendo su rabia y la gritaban en aquellas noches de locura y dolor. Tambores de protesta silenciada en años y edades.
Esa no era la Cuba que soñaba y recordaba aquella tarde en el avión que desaparecía del contorno de mi isla, cuando Varadero se perdía entre la distancia, las nubes y la altura. El país de mi cabeza sólo existía allí, en recuerdos. El largo y estrecho archipiélago era un lugar de pesadilla, algunas de ellas perdidas entre arrecifes, aguas cristalinas, el malecón habanero y sus playas y costas.
Y los cubanos se habían perdido, transformando sus vidas en esta pesadilla aguardentosa, con aliento a festín barato. Encerradas sus subsistencias entre muros húmedos, que se derrumbaban después de cualquier pestañazo lluvioso del cielo.
Cuando tomé el avión de regreso, del verdadero regreso esta vez a mi país, a Canadá. Cuando crucé los cristales limpios del aeropuerto inmenso de Toronto, y aquel oficial me devolvió mi pasaporte canadiense y me dijo “Welcome Home.
“Welcome Home!”
Entonces, y sólo entonces, supe que mi hogar estaba aquí, en este país de cuatro estaciones. Entendí también por qué por estos lares se dice “Home is where the heart is”.
Y mi corazón está aquí.
¿Cuba? Cuba viaja conmigo. Está en mí. No tengo que mirar atrás. No hay pensamiento de culpa en mi regreso a mi hogar. Todo está conmigo. Todo está en mí. ¡Soy yo!
Allá lejos, en aquel rincón del Caribe, sólo vive un espectro.
¡Nada más!
Nota: La primera parte de esta serie se titula "El Hombre Fragmentado"

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