Tuesday, December 16, 2014

Irme de Cuba

Las cinco y 45, el cielo de Toronto parece una coreografía de nubes que transitan con algún destino desconocido. Es viernes, pero puede ser cualquier otro día de septiembre, aunque no sea este 18 del 2010. Puede ser aquel día de Abril del 2004, cuando regresé de Cuba por primera vez, o el otro de Enero, Día de Reyes del 2008. Cumpleaños de mi abuela, por cierto. Ya no vive, pero sigue aquí conmigo, para siempre, tendiendo su manita delgada, cariñosa, para acariciar esa cabecita rubia, caprichosa, que siempre fui yo.
Arrastro, camino, me pierdo entre los viajeros que arrastran sus maletines de mano en el laberinto de pasillos. He regresado dos veces más a Cuba, después de aquel día de Abril del 2004. Regresos ineludibles, indeseados, tristes, conociendo que alguien menos me espera en casa.
Y este es el final. No me queda nadie más a quien regresar.
Casi con la automaticidad de un robot entrego mi pasaporte, contesto una o dos preguntas a la oficial de emigración canadiense. Me sonríe. Tiene una bonita sonrisa, y unos dientes parejos.
“Welcome Home”
De regreso a casa. Los autos pasan a través de la ventanilla del taxi, parecen espectros grises, húmedos. Una niebla densa, oscura, va cayendo sobre la ciudad. Las luces se encienden como ojos que parpadean ocultas señales que desconozco. Me hablan un lenguaje oculto, lluvioso y frio. Se acerca el otoño, adios verano.
Por esos caprichos de la vida me veo en mi viejo barrio, esquina de Neptuno, San Miguel y Prado. Vivía un poquito más allá, pero esa intercepción de calles se me antoja la clave esencial de mi ida, mi escape. El hombre es el hombre y sus circunstancias.
Estas son las mías. Mis circunstancias.
Cuando regresé en Septiembre del 2010 me encontré en esa intercepción de calles. El gentío cruzando, perdiéndose en las angostas aceras de Neptuno. Los autos viejos, almendrones como les decimos, lanzando su humareda sulfurosa. Para el habanero este es un entorno conocido, revisitado.
En la misma esquina hay una pequeña tienda de divisas donde venden perfumes y otras minucias. Parece una tienda para los enanos de Blanca Nieves, tan pequeña como una estampa del Hobbit. Detrás queda un bar, también en divisas. Casi todo lo pintado, aparentemente “nuevo", es en divisas en esta ciudad. El peso tiene color gris.
Al frente me saluda un restaurante, recién pintado también, antes fue una cafetería y antes algo más, sin memoria histórica. Y encima está el antiguo “Caracas”, donde tantas veces practiqué kárate. El antiguo cine de ensayo, a su lado, ahora es otro establecimiento de música. En La Habana los cines desaparecen, como los edificios que se convierten en parques cuando se derrumban, para viejos que leen esas cuatro hojas que llaman “periódico”. Los cines se convierten en locales de música, y alcohol.
¡Cuántas veces recorrí, casi corriendo para llegar a tiempo al entrenamiento, estas calles!
Subía aquellos accidentados escalones, que parecían columpiarse en la escalera oscura, para llegar al tatami a tiempo. Los escalones eran de mármol, pero la vejez, la falta de mantenimiento y el abandono lo habían separado de sus cimientos, y los que quedaban eran como “patines de mármol”, que cuando los pisabas parecían deslizarse por una pendiente escabrosa.
Esta esquina representa Cuba. Mejor dicho, representa el gobierno de un país que se llama Cuba.
Rodeada de hoteles, enfrentando la majestuosidad del parque central, los leones rugientes del Prado, los taxis de turismo, los bicitaxis o coquitos, que es la variante oficialista de los bicitaxis privados, los autobuses de turismo de dos pisos que recorren la cara postal tropicalista de La Habana, esta esquina es la imagen exacta de lo que ha hecho el sistema en los 56 años de sobrevida política.
Pintaron las fachadas de azul y colores celestes a esta pequeña cuadra de San miguel, casi escasos 50 metros. La cerraron al tráfico y le colocaron unos bien cuidados bancos de madera verde, ¿esperará Penélope a su amante aquí?, unas pocas farolas a los lados, unos pobres arbustos en macetas, y ahí lo tienen, “El boulevard de San Miguel”.
¡50 metros!
Puro colorete. Los vecinos siguen malviviendo en sus entrañas con sus barbacoas, sus tanques plásticos para almacenar agua, porque a esta zona sólo le entra el agua potable una vez en el día. Y, ¡gracias!, porque hay lugares en esta gran ciudad donde hace años no llega ni una gota del preciado líquido.
Tenían que colorearle los labios a la meretriz, ponerle esas pestañas postizas para aparentar lo que no es, el saco verde de payaso, la nariz roja y el pantalón azul vistoso. ¡Y aquí lo tenemos!
Este boulevard transpira Cuba. Todo apariencia, todo maquillaje. Con el Hotel cinco estrellas, “Parque Central”, dándole la cara, la ciudad necesitaba ocultar la mal vivencia, la piel gris, descascarada y agrietada de la vieja maquillada esquina para el postor turista de pantalón corto, que pasa por las aceras deslumbrantes de los cuatro hoteles y tiran fotos a la vieja prostituta arquitectónica, con colorete nuevo.
Cuba es el país de las apariencias. Salud pública gratis, para todos. Medicinas que no existen en las farmacias, también para todos, o casi todos. Hospitales que visitan delegaciones políticas, camas sin sabanas en los del pueblo. Piso turístico en el Almeijeiras, que alterna con el otro, que no lo es, que es para ese pueblo que vive detrás de ese colorete azul y verde, y para este servidor por 31 años.
Sabana, bombilla, cubo de agua, bolsa de amigos para que traten bien al paciente, regalitos a la enfermera. Apariencias. Conveniencias. Disimulos.
Y en la noche, el deslumbre de esta esquina, con sus colores azules y verdes. Tres pasos mas allá, oscuridad, vejez, humedad, delincuencia. Dominó madrugador rodeado de alcohol y gritos de jugadas sobre el tablero que desvela. Música de balcones, cuchillada trampera para robar algún celular, unas zapatillas nuevas, y algún dólar en el bolsillo.
Le han pintado la fachada al monstruo, pero sigue siendo el mismo por dentro. Los que vivimos en su cuerpo seguimos languideciendo en la apariencia turística. Somos fichas móvibles en un tablero político. Cuando hace falta el colorete, el carmín y el pintalabios, las brigadas se apuran en aparecer, y maquillar.
Y también aparecen las “otras brigadas”, las de la necesidad, del baño a medio hacer, o de la barbacoa a medio empezar. Y los sacos desaparecen, el cemento se esfuma, la arena lavada se la lleva la marea por algún malecón. Desaparecen por esos trillos tan bien conocidos, a precio de mercado oculto.
Pero los habitantes son los mismos. Las puertas pintadas, los muros retocados, los azules y verdes, colores del disimulo, simulan la ciudadela que queda detrás, la misma.
Ese es uno de los motivos de la ida, del escape, del deslave cotidiano de cubanos. Los que no vivimos de esas apariencias sufrimos los desengaños de estos maratones de maquillaje, al que acuden las ideologías de desgaste.
El taxi sube un elevado. Detrás de la cortina de niebla y llovizna se adivina el contorno elevado de la ciudad, a lo lejos. Toronto es una muralla de rascacielos y luces. Miro los muros que resguardan la autopista en el puente y regreso al malecón del Caribe. Desgastado por el golpeo continuo del salitre y el susurro continuo del mar, chocando en los acantilados con su espuma. Los adolescentes que retozan en la Punta, bajando por las escaleras angostas al diente de perro, y nadan en aquella agua salitrosa, en la que se adivina rastros de petróleo y desechos industriales de la bahía.
Pero para ellos es el mar, y quizás la felicidad momentánea del agua.
Esa conformidad triste, calamitosa, que arrastra el cubano por este malecón salpicado de salitre, sol y noches ardientes de alcohol es otra de las causas para marcharse, escabullirse entre las olas, y encallar en algún rincón tranquilo del mundo.
La felicidad no es una estación a la que se llegue en la vida, sino una manera de viajar. No se puede vivir en conformidad con nada porque entonces el tren de la vida se detiene en esa estación,  se descarrila para siempre, y muere. Hay que seguir, marcar el paso, trascender la nube, el arrecife, la lluvia, los desastres naturales y personales, las apariencias sociales y políticas, las consignas ideológicas.
La felicidad es un viaje, una marcha continua. Eso lo pensé entonces. Eso pienso ahora.
Cuba se quedó en aquella estación.
Y entonces está el factor humano, los cubanos.
La amoralidad creciente, estrepitosa, de los jóvenes me abofetea y me sorprende. Una amoralidad que ya ni se esconde en los eufemismos. Ya no les interesa esconderse en el “jineterismo” para esconder la prostitución. O el “luchar” para cualificar “robar”.
Los eufemismos son esos colorines pintorescos de esta esquina habanera de Neptuno, San Miguel y Prado. Los inventó el mismo sistema. Jugueteó con ellos. Los asimiló y hoy son como el tatuaje natural de su lengua ideológica.
En la noche la jinetera sale, pintoresca, al malecón, a la esquina del hotel, o se desplaza a 5ta avenida. Y el pinguero camina al avioncito, o se encuadra en alguno de esas puertas de bares nocturnos, ofreciendo su mercancía sin disimulo. Es como un dominó sociológico. El gobierno mercadea con las simulaciones, los habitantes de esa ciudad gobernada ya ni desean el disimulo.
En Cuba todo el mundo roba, y la prostitución se quitó la máscara escandalosa de la desvergüenza. Los jóvenes se cuidan las uñas, se depilan las cejas para encuadrar un rostro andrógino, y la metro sexualidad se escapa de Nueva York para desvirginizar La Habana.
En uno de los apartamentos encima de lo que un día fue mi casa, allí, a pocos metros de esta prostituta maquillada de azul y verde,  a quien le llaman “Boulevard de San Miguel”, vive una familia compuesta por cuatro hermanos, tres jóvenes y una joven, y su madre. Todos recurren a esa profesión “por cuenta propia” que los cubanos llaman “jineterismo”.
¡Prostitución!
Esta forma solapada en que la conveniencia ha querido esconder su pudor por su desvergüenza. Malviven, “luchan” prostituyendo sus almas, su cuerpo, el sexo y hasta su propia sobrevida. El mayor vende su producto exótico a hombres, canadienses muchos, que golpean de noche, madrugada, a cualquier hora la puerta. Suben aquellas dos escaleras de mármol, y se acuestan en aquel cuchitril con barbacoa, por unos dólares de placer tropical.
Me pregunto cuántos de los canadienses que me acompañaron en el avión de regreso conocieron esos placeres baratos, tropicales.
El hermano del medio, Reinier, casado, prostituye a su mujer, se prostituye a sí mismo. Mercadea electrónicamente su geografía física con un mexicano que viaja a La Habana, con su mujer, y los dos se intercambian de placer, dinero, palabras de conveniencia y mercadeo sexual.
¿Se escandalizan?
Ellos no. Se ríen, se alcoholizan y divulgan los secretos eróticos de sus aventuras a todo el barrio. Equipos electrónicos, de video, celulares de última marca, coche, viajes a Varadero, llamadas de “papito” y “mamita”. Cuchicheos vecinales que todo el mundo conoce. Y nadie se avergüenza del trapicheo lúdicro.
Al hermano menor la madre lo manda también a que siga el camino de los mayores.
“Y tu empínate, porque ya es hora que te vayas…”
No, no es Mariana Grajales mandando al hijo menor al campamento mambí. Los mambises hoy, en esa Habana de mi segundo piso, tienen otro nombre, otra profesión y otro machete. O el mismo, usado de manera diferente, y con precio de mercado.
¿Se sorprenden?
En Queens, aquí en Toronto, yo también me tropecé con algunos  de estos cubanos, durante el Festival de Jazz del 2005 descurbimos un "café cubano", y entramos. También la misma profesión, el mismo machete, el mismo vocabulario e idioma. Se fueron de Cuba, pero Cuba no se fue de ellos. ¿Para qué se fueron si siguen en lo mismo?
El taxi me deja en la misma puerta de mi casa. Lo veo partir como vi partir, desde lo alto, los techos grises de La Habana, horas antes. El cielo seguía siendo azul, entonces.
Esos que se prostituían, y habitaban en el segundo piso del edificio de mi casa, vivían mejor que yo. Ganaban más. Tenían un plato de comida diario garantizado. Coche, viajes y ropa nueva. A costa de despojarse de toda vergüenza, pudor, pacateria, moralidad, principios. ¡Todo!
Y nadie les apuntaba con el dedo para marcarlos como intocables, ni llamarlos marginados. El policía de la esquina conocía sus nombres. Mercadeaba música, ropa de niño de  “Gap” para sus hijos en Santiago. Los vecinos lo saludaban casi que hasta con un respeto reverencioso. Popularidad, amistad, el rey de la vecindad de esta esquina habanera, pintada, maquillada, coloreada de azul y verde.
Convertida al turismo de conveniencias.
¿Yo?
Pues para ponerlo en un término bien cubano. Un comemierda. Sin coche, ni zapatos con qué caminar. A veces casi sin poder poner un plato de comida en mi mesa. Un salario que se iba en tres días. El resto era invención. Robar nunca. Vender nada.
Traficar con el correo de estos vecinos en su “jineteo” canadiense. Reparar alguna computadora. Dar clases de computación por la izquierda. Convertirme en ese espectro sin futuro por ser una persona honrada, y honesta, que no es lo mismo.
El honesto, y el honrado, no tienen casa en Cuba. Es así de sencillo.
¿Y me preguntan por qué me fui? ¿Y creen que volveré a regresar?
Hoy, que ya nadie queda detrás, La Habana queda mucho más lejos. Mas allá de la añoranza, los recuerdos y la memoria. Más allá de esta lluvia, la nieve, las tormentas de invierno. Más allá de las palabras, las historias, los pocos amigos que quedan. Más allá de todo. La felicidad no es una estación a la que se llega, es el viaje, el recorrido, la búsqueda.
No volveré a Cuba. No me hace falta. Tengo lo necesario conmigo. Mis recuerdos. Mi niñez vivida con intensidad, rodeada de auténtica felicidad a pesar de las carencias, los golpes de la vida, las pequeñas miserias humanas del entorno. Tengo un camino que recorrer. Mil estaciones donde parar para tomar algún otro tren. Un avión en mi vida que siempre tendrá algún destino. Un propósito. Unas manos para trabajar, con honradez, sin necesidad de prostituir mi mente, mis pensamientos, mi cuerpo, absolutamente nada.
Detrás quedó aquella estación oscura, accidentes e imprevistos. No tengo nada de qué arrepentirme. ¡Absolutamente nada! Viví con intensidad y no tuve que mercadear con mi pensamiento
¿Sufrí las consecuencias?
Sí, pero aquí estoy.
Séneca dijo, en alguna ocasión, que “los elementos de la dicha son: una buena conciencia, la honradez en los proyectos y rectitud en las acciones”.
Es hora de dejar atrás una estación de mi vida, y comenzar un nuevo viaje… hasta el final.

Nota: Las dos primeras partes de esta serie:
Primera Parte: El Hombre Fragmentado
Segunda Parte: El Regreso

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