Thursday, December 25, 2014

¿Feliz Navidad?

Pesebre y Arbol de Navidad en el Vaticano
La Navidad se fue de Cuba clandestinamente y, al parecer, regresa de la misma forma. En 1969 el gobierno suspendió las celebraciones oficiales, la justificación oportuna fue la “zafra de los 10 millones”… que no hubo.
Y nunca regresó.
No hubo pronunciamientos oficiales, no hubo aclaraciones y escritos en la prensa recordando aquellas celebraciones, que eran una tradición del pueblo cubano, mayormente católico. Las iglesias se vaciaron y pocos acudían, casi con la misma clandestinidad con que se fueron las fiestas de fin de año.
Yo recuerdo aquellas iglesias como “salones de silencio”, y de también de paz. El padre cura, cuando terminaba la misa, me ponía su mano sobre mi cabeza mientras hablaba con mis padres, me revolvía suavemente el pelo y me miraba, con esa mirada triste con que se miran a esos ángeles traviesos que se han escapado del paraíso, para nunca regresar.
A la Misa del Gallo acudían entonces muchas más personas, pero no llenaban aquellas hileras oscuras de madrea moldeada que eran sus asientos. Se “escabullían” entre la vigilancia secular que estaba en las esquinas, y tu detectabas allí, en varios puntos de la iglesia, sentados, aquellos rostros que no sabían nada de liturgia y sí mucho de vigilancia y temor.
Las iglesias en Cuba han sido siempre el encuentro silencioso de dos mundos. Las Navidades tuvo ese tiempo de silencio y pudor, de duelo y dolor insepulto, donde no se oían las campanas, donde no se hablaba en otro tono con el susurro y el secreto. Algunas mantienen aun ese silencio, pero ahora el tropel es mucho mas bullicioso, las colman, las desbordan, aunque siguen estando colmadas con esos “pájaros onerosos” de escucha y vigilia. Y en las procesiones muchos comentan que son “segurosos” aquellos que cargan a la virgen a cuestas, mientras un coro de “curiosos infrecuentes” rodean la multitud.
El gobierno “revolucionario” temía a Dios entonces, y le sigue temiendo, le cerraba sus puertas, lo consideraba su enemigo de clase, ideología y gobierno.
Dios estaba fuera de Cuba, aparentemente.
Hoy regresa, de la misma forma que como en aquel pasado se fue, clandestinamente. Algunos adornos, muy pobres, se expenden furtivamente aquí y allá. Los árboles de Navidad florecen esporádicamente en hogares, algunas tiendas, pero todavía se esconden de las plazas y las celebraciones públicas. A las autoridades de la iglesia les permiten, en una estación de radio muy secundaria y poco oída, dirigirse a su feligresía. Quizás alguna aparición deslizada de apuro en la televisión, para cubrir formas. Retornó el 25 como día feriado, “gracias al Papa Juan Pablo II”, no gracias a su pueblo, como si hubiera que justificar ante algún ojo ortodoxo comunista divino, demasiado celoso, las “concesiones” a los “infieles” al santísimo sacramento socialista.
Y ahora se habla de una “revolución silenciosa” de las propiedades de la iglesia que le fueron robadas, convertidas en cualquier cosa, almacenes de cachivaches milicianos, o simple lugar de destrucción. Algunos de ellos hasta sirvieron de cobijo a tropas represoras durante la visita de Gorbachov a La Habana en los finales del 80.
Pero, ¿cuándo de verdad tendremos una Navidad en Cuba?
¿Cuándo se celebrará públicamente en alguna plaza de la capital una fecha que es símbolo de la espiritualidad universal?
¿Cuándo tendremos un símbolo de festividad familiar como ese árbol de Navidad que fue desterrado, y murió entre cajas, olvido y añoranza en nuestras casas?
Las capitales del mundo se llenan de esas celebraciones. Y el árbol es un contorno familiar a la alegría. La Habana es una capital aséptica a la espiritualidad, a pesar de que sus habitantes retornan por miles, llenan iglesias, aplauden a los santos, huyen de la soledad de la hagiografía socialista.
Quizás para marcar silenciosamente, y con clandestinidad, una diferencia más entre su pueblo y los que le gobiernan.
La “huida” de la Navidad de nuestra isla fue el síntoma del miedo a la coexistencia con la diferencia. No hay ninguna otra razón, no hay ninguna otra respuesta. Sólo el miedo prohíbe. Sólo el miedo impide conversar con “el otro”, el diferente. Sólo el miedo provoca el rechazo, la ira, el odio, la persecución, el destierro, la maledicencia, la conspiración y el silencio.
Los “líderes” verde olivo han hablado por casi 50 años, después de aquella huida clandestina, de que “no les tienen absolutamente miedo a nada”, ¿se acuerdan de aquel cartel enfrente de la SINA?
Si no le tenían miedo, ¿por qué entonces desterraron la Navidad clandestinamente, a cuchicheos, en silencio? ¿Por qué entonces no la retornan con valentía, sin el mismo tono de confabulación secreta con sus temores, y sus vísceras de arrepentimiento?
Gotean hoy, mañana, el año que viene con alguna concesión. Quizás observan con aprensión secular las hojas de sus calendarios y piensan se acerca el final, su final, el verdadero, del que nadie retorna.
Todos caminamos por la misma autopista hacia el final, lo que es diferente es el viaje, y el destino.
Tal vez ese destino es el que le hace conceder esas gotas de “benevolencia católica” de vez en vez. Y quizás cuando Raúl Castro se marche de “presidente”-general-dictador, cuando ya su retiro póstumo sea una realidad, veremos las guirnaldas en la Plaza Cívica, adornando la celebración, anunciando el fin de un destierro divino.
Mientras tanto, y por desgracia, lo que hoy regresa a Cuba en clandestinidad silenciosa no es la verdadera Navidad, sino sus brillos artificiales, el jolgorio de fantasía, los adornos, la irrelevancia del acto, su envoltura vulgar. Lo que se desterró en el 69 fue su espíritu, la unidad familiar que es la esencia prístina de esta celebración religiosa.
La vieja gubernatura no creía en unión, sino en parcelas de poder, en parcelas de credos, en lados ideológicos y diferencias. Y eso fue lo que se oficializó en aquel fatídico fin de año. El fin de la esencia de la Navidad, el comienzo de la conflagración contra la familia y contra Dios.
Hoy aún no existe la Navidad. Hoy sigue estando Dios acorralado ante su verdugo.

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