Thursday, December 11, 2014

El hombre fragmentado

El presente post comprende un grupo de tres que iré publicando en los próximos días, con el nombre aglutinador de “Irse de Cuba”. Este primero lo escribí un día de septiembre del 2000, y es el recuerdo de mi viaje de salida de La Habana, se llama: “El hombre fragmentado”.
El segundo, cuyo título es “El regreso”, contará las impresiones de mi primer viaje a Cuba, después de haber emigrado a Canadá, ocurrido en Abril del 2004. Y el tercero, cuyo nombre es el que da título la serie, “Irse de Cuba”, cuenta mi estación actual de sentimientos.
Cuando miro atrás, y leo estas líneas, me sorprendo, pero también recuerdo mi ingenuidad, las preguntas que me asaltaban entonces, mis temores y mis angustias, pero también mis esperanzas. Todas hoy han cambiado.

El Hombre Fragmentado


La línea verde azul del mar iba desapareciendo el contorno de la isla por última vez. Mi isla, verde alargada, encerrada en el ambarino mar caribeño se iba convirtiendo en una fina línea trazada, quizás, por la mano de Dios en el horizonte.
Treinta y un años encerrados en sus fronteras marinas. Viajando la longitud terrestre de sus costas, pero nunca traspasando sus fronteras líquidas.
Mirándola ir, viéndola desaparecer desde la altura del avión en su destino nocturno a lo incógnito, olas de nostalgia y dolor se agolpaban en mis ojos. Treinta y un años perdidos, lanzados al espacio virtual y real de mi vuelo, rumbo a un lugar al cual nunca soñé con pertenecer, conocer o siquiera visitar. Canadá se me antojaba entonces un lugar de maravilla, pero también un destino  incógnito, un futuro incierto e indomable.
Atrás dejaba la sonrisa extraña de mi madre, una sonrisa fingida, detenida en la tristeza y la frustración de una vida perdida. No podía borrar su rostro de mi memoria, estaba allí, con la alegría congelada, esa suerte de felicidad fingida que esconde las lágrimas, y el dolor de la pérdida inevitable. Un rostro al que no podría ver por algún tiempo. ¡Quién sabe cuánto!
Desde mi pequeña ventana redonda miraba irse lejos, en esa cristalina tarde de Abril, la última porción de mi vida en mi país. Lejos, las arenas blancas de Varadero, sus aguas ambarinas y la espumosa corriente de sus olas me lanzaban su último adiós, el último adiós por todos los años futuros en los que no podría tocar sus costas.
Desde allí, del mismo lugar que vi cambiar de mi niñez cada verano, el niño tranquilo y feliz que fui me sonreía, con su pequeño cubo colorido lleno de arena, construyendo el inevitable castillo infantil para derrumbarlo una vez más en sus juegos. Varadero es el primer recuerdo de mi niñez feliz, inocente, y también la última mirada a mi pasado.
A mi alrededor, el murmullo tranquilo del resto de los pasajeros del avión me envolvía, con esa atmósfera de bochorno y cotidianeidad, ajena a mi entorno. Algunos comentando rutinariamente cuándo volverían, qué vuelo tendrían que volver a coger para regresar, cuántos días estarían en aquella u otra ciudad de Canadá, el hotel, los nombres nuevos y desconocidos para mis oídos vírgenes, las palabras de estreno en el idioma extraño, que pronto comenzaría a ser el nuevo sonido de mi lengua. Todas y cada una de las palabras golpeaba mi memoria, dejada atrás, en el niño que fui, corriendo por las aguas transparentes de la playa azul, inocente del futuro incierto y traidor.
Llorando y gimiendo en mil pedazos, destrozando cada uno de los recuerdos de ayer, rompiendo el puñado de fragmentos en que se había convertido mi memoria. Un hombre fragmentado, una historia pasada, un nombre borrado definitivamente del pasado. Todos los sueños, las esperanzas, las preguntas acumuladas en meses de espera caían hoy como gotas saladas por mi rostro. Un eterno gotear sin respuestas.
Las historias personales de los que emigramos desaparecen en el mismo momento en que se cruza la puerta hacia el mundo. Una puerta se cierra, y el vacio nos viene al encuentro y nos sobrecoge como una trampa. Ya no somos del país donde nacimos, pero tampoco somos del que nos acoge en la próxima sobrevida. Somos fragmentos dispersados por el viento, náufragos virtuales, cristales perdidos del fragmentado vitral del universo.
Entre todo aquel naufragar de sentimientos, memorias y recuerdos, el olor del café de la azafata me salvó del hundimiento espiritual, como salva la campana del perdón a los condenados a algún suplicio del verdugo, o de la horca. Ese pedazo oloroso de mi isla, de aquella isla que desaparecía en el infinito de la oscuridad, que se convertía en noche, me agarró el alma abrumada y me hizo volver del abismo para salvarme.
Junto con el café, el recuerdo de mis dos abuelos saltó sobre mi memoria, e inundó ese pequeño  espacio que todos tenemos guardado para los momentos gratos de la vida. Fragmentos dispersos de mi vida en un pasado que se pierde, en algún lugar en el recuerdo.
Era el niño corriendo detrás de los animales que mi abuela criaba en el patio de su casa. O la alborotada alegría subiendo la escabrosa elevación de la parte posterior del cementerio, donde mi abuelo criaba sus cerdos para cada fin de año. Quizás la pequeña personita encaramada en el librero de mi madre para alcanzar los libros prohibidos, en el tope del librero. ¡Quién sabe!
Me vi caminando el largo camino a mi escuela con el inevitable nombre de algún mártir, que nunca conocí. ¿Qué significa aquel nombre? ¿De qué me hablaba y por qué? ¿Qué de común su historia comparte con mi vida? No lo sé, o sí lo sé, no comparte nada, son nombres extraños de un diccionario de recuerdos ajenos, pero allí sigue estando, con sus letras de bronce grabadas en el muro de entrada a mi escuela primaria. ¡Los tributos oficiales son siempre tan pomposos!
¡Qué extraño resulta todo desde la altura! El avión recorría la luminosa alfombra de luces de las ciudades norteamericanas, quizás New York, y mi memoria repasaba mis recuerdos de niño como si aún viviera allí, en aquella ciudad oscura, brumosa. Nunca he podido explicarme el por qué del retorno, ni su instante en su viaje de regreso a mi memoria.
En La Habana ya era de noche, como esa oscuridad densa del espacio que recorría el avión rumbo a Toronto, y las luces que me guiñaban desde la profundidad de la distancia entre mi vuelo nocturno y las ciudades que traspasaba, con aparente inercia mecánica, se me antojaban guiños maliciosos a mi mala memoria.
"¿Qué desea comer?"
La pregunta de la azafata me devolvió a la realidad concreta del momento con ese tono neutro, anónimo, de quien rutinariamente tropieza con mil rostros, hace su misma pregunta y se marcha para volverla a hacer a cualquier otro.
Nada, comer se me antojaba un ejercicio desastroso a los sentimientos. 31 años de mi vida estaban quedando atrás y alguien, de manera anodina, con esa mirada congelada que tienen los peces, me preguntaba por una comida insípida, fría e inadecuada para las circunstancias. No necesitaba nada más que mis recuerdos, es lo único que nos queda a los que abandonamos el entorno natural de nuestras vidas.
Volver, en el momento todo se concentraba en mi existencia con esa palabra. ¿Cuándo podría volver? Quizás mañana, quizás en un año, quizás nunca. El volver es una distancia que nadie puede calcular y siempre hiere en la memoria. Para el que emigra es como la cuchilla del verdugo sobre la víctima. Es la palabra que siempre está, pero nunca se dice, nunca llega a articularse como vocablo en nuestros labios. Mejor no pensar en nada de eso.
Pedí otro café. La azafata me lo trajo gustosa, con una sonrisa en los ojos pero con los labios pegados en un gesto de comprensión mudo, estático. ¿Comprensión? Quizás ella también tuviera alguna persona muy cercana lejos, bien lejos de su alcance y memoria. Los cubanos todos tenemos a alguien, conocemos algún nombre, arrastramos alguna historia perdida detrás, en el recuerdo.
Las tres horas de vuelo en el avión de LACSA se me convirtieron en segundos recordando mi vida pasada, la del niño feliz, no la del adolescente frustrado, deprimido. Al final, es ese niño que todos tenemos albergados en el corazón, y en el recuerdo, al que retornamos con la edad, el tiempo y la vejez. Después de todo, como siempre dijo Saint-Exupéry, los adultos siempre hemos sido primero niños aunque muy pocos lo recordemos.
Un mar de luces ahora se entendía bajo la barriga mecánica del avión. Un mar que titilaba que mi destino final se acercaba, y estaba allí, palpitanto como guiños cómplices de mi llegada. Pearson se antoja, desde el aire, una ciudad de luces. El aeropuerto de Toronto.
No sé por qué todos los aeropuertos tienen esa atmosfera de vitrina, de museo, donde todos somos seres anónimos, y las luces, los equipos electrónicos de vigilancia y detección son los verdaderos protagonistas de su historia.
La ciudad donde anclaba era enorme, el mar de luces se extendía mas allá del horizonte que lograba ver desde el ojo artificial redondo de mi asiento. Quizás mis ojos habían perdido su azul, allá detrás, en el otro azul del mar de Cuba, ¿o eran mis pensamientos? Las similitudes de lugares no tienen nada que ver con la geografía del lugar que se observe, sino con la memoria sensitiva en que se viva. Yo estaba aún atrás, mirando la línea azul de Varadero cuando la azafata anunció que aterrizaríamos en minutos en Pearson.
Eran las 10 y 20 de la noche. Afuera, la primavera canadiense se despertaba lentamente. Con sus cero grados, y aún los retazos de nieve ennegrecida en algunos rincones de su geografía, la ciudad donde comenzaría mi nueva vida me daba una fría bienvenida, con su sonoro nombre aborigen: Toronto.
Físicamente estaba allí, casi al abandonar aquel avión y caminar los primeros pasos, pero mis pensamientos estaban en La Habana, o cuando jugaba con los animales en el patio, o bailando en la secundaria con la primera novia a la que algún día le di mi primer beso, o recorriendo los pasillos fríos de la Universidad en algún día de noviembre. No sé por qué razón recordaba ese día de noviembre. Los recuerdos son como cristales caprichosos que se pierden en un desván, o en un baúl, y se mezclan, desaparecen y regresan sin orden, sin razón.
El bajar del avión, los largos pasillos anónimos y fríos, interminables, las esteras que transportaban viajeros y equipaje, luces, carteles con indicaciones para el que llegaba por primera vez, conversaciones y rostros anodinos. Esa es la memoria de mi llegada a Canadá, y el corazón palpitándome y saltando por el temor a lo desconocido, al mañana.
El oficial de emigración me preguntó dos veces si quería algún traductor. Mis pensamientos volaban. Le dije que no. Sólo estaba nervioso, y perdido. Por dentro gritaba y lloraba de rabia, de dolor, de inutilidad en aquel espacio enorme de maletas, viajeros y cámaras. En mis bolsillos, 60 dólares que me acompañaban para pagar mi taxi al primer hotel que encontrara barato. Nada más viajaba conmigo.
O no. También viajaba La Habana, y Cuba, y los caracoles de Varadero, y el mar celeste, y las arenas blancas, y las gaviotas y el pelo enredado de mi primera novia, y el olor a café, y el beso tierno, angustioso, de mi madre. Ese era mi equipaje virtual, mi maleta de viaje.
Incidentalmente la voz del altavoz me devolvió al mundo del presente. Volver, volver de mi memoria, retornar a la vida actual. Recogí mis documentos, agarré como pude mis maletas, llenas de cosas inútiles, y me lancé a la noche fría, con sólo mis 60 dólares en mis bolsillos, y una montaña de memorias y recuerdos para vivir, llorar y gritar en el futuro.
Hecho pedazos. Un hombre fracturado entre el pasado en otro lugar, y sus actuales coordenadas geográficas. Un hombre fragmentado… para siempre.

0 comments: